A mi despacho Álvaro
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Álvaro

El miércoles pasado, en la pecera, le pregunté delante de seis personas si el planning de la cocina aguantaba.

Me contestó que sí. Y me pasó una hoja con los plazos día a día y con los proveedores en una columna.

Esa hoja no se la había pedido yo. Elvira Quesada Pino le dio las gracias y dijo que qué maravilla.

Y yo estuve el resto de la reunión mirando la hoja y sin entender por qué me sentaba mal una hoja tan bien hecha.

Diez días de eso. Prefiero una bronca. Una bronca de Rocío Berrocal Cantos dura once minutos y se sale de ella sabiendo algo.

El viernes doce me escribe a las cuatro de la tarde para decirme que suba a su casa a las nueve y que lleve la cena, y no me da ninguna explicación, y yo no la pido.

Tardo veintiséis minutos en aparcar. Lagunillas es una cuadrícula de calles de tres metros con cuestas del doce por ciento.

Hay coches metidos en huecos donde no cabe un coche.

A las nueve menos cuarto de un viernes ahí no aparca uno si no vive ahí desde hace años.

Termino dejándolo en un aparcamiento del centro y subiendo andando con dos bolsas.

Once minutos cuesta arriba. Llego con la camisa pegada a la espalda en febrero, cosa que no me pasaba desde el colegio.

Tercero sin ascensor: eso ya lo sabía, pero una cosa es subirlos a las once de la noche con las manos vacías y otra distinta es subirlos con dos bolsas y con una barra de pan que se sale por arriba.

En el primero hay un felpudo que dice HOLA y en el segundo hay una bicicleta atada a la barandilla con dos candados.

Dos candados dicen bastante de un barrio.

Me abre en calcetines y con unas tijeras de cocina en la mano.

— No preguntes — dice.

— No pregunto.

— Es la higuera.

La terraza de esta casa mide metro y medio de fondo y ahora mismo está ocupada por una rama gruesa como una muñeca que ha entrado en diagonal desde abajo, ha reventado el tendedero y ha dejado dos pinzas colgando en el aire.

La higuera del vecino del segundo lleva subiendo por esa barandilla desde antes de que ella se mudara.

En verano tira hojas y en invierno tira ramas y en septiembre tira higos que no se come ni el vecino.

Berrocal lleva media hora peleándose con eso con unas tijeras de cocina. Con unas tijeras de cocina y de noche.

— Deja eso.

— Que puedo.

— Que puedes, ya lo sé. Deja eso.

Y hace una cosa que no ha hecho en cinco meses y medio: me da las tijeras.

Se aparta, se apoya en el marco de la puerta de la terraza con los brazos cruzados y me deja hacer.

Tardo doce minutos. Bajo la rama en tres trozos para que quepa en el cubo del rellano, y el vecino del segundo abre la ventana, mira hacia arriba y dice que la higuera no es suya, que la higuera se plantó sola.

— Se plantó sola — repito, ya dentro.

— Todos los años dice lo mismo. Y todos los años la riega.

Cenamos en el sofá de dos plazas, porque la mesa del salón está ocupada por una torre de papeles, por el cuaderno de tapa dura cerrado con su pinza de tender y por una caja de zapatos con recibos.

He traído comida de un sitio de la calle Carretería y me he equivocado en las cantidades: he pedido para cuatro.

Hay tres tarrinas que no vamos a abrir. Ella se ríe, cuenta las tarrinas en voz alta y las vuelve a contar.

Yo le explico que no sé pedir para dos, que llevo diez años pidiendo para mesas de ocho o cenando de pie en una cocina donde solo funciona el microondas.

— ¿Y lo que te sobra?

— Se queda en la nevera.

— ¿Y luego?

— Luego lo tiro el domingo.

— Eso es un almacén con luz, Álvaro.

Y me lo dice con la boca llena y sin darle la menor importancia, y sigue con lo suyo.

Hablamos de trabajo cuarenta minutos. Es lo que hacemos siempre y lo que nos gusta.

Del gresite, que sale de horno el veintitrés.

De Marian, que quiere el mismo jabón que se ponía en el Zambra en 2011 y ha localizado al proveedor.

De Fali, que se ha sacado el carné y ha comprado un coche de novecientos euros del que habla con el orgullo de un armador.

A las once y cuarenta, mientras yo estoy en el baño, me hace una transferencia de catorce euros con cincuenta que no veré hasta la mañana siguiente y en cuyo concepto pone MI MITAD, en mayúsculas y sin punto final.

Pero eso es después. Antes hay una noche entera.

Nosotros dos no hemos tenido nunca una noche entera.

Empieza en el sofá, sin ninguna intención concreta, con la televisión puesta en un programa que no está viendo ninguno de los dos.

Ella tiene los pies debajo de mi pierna porque los tiene helados y esta casa se calienta con una estufa que se apaga sola.

Le paso el pulgar por el tobillo. Ella se queda quieta.

Yo se lo vuelvo a pasar. Y cuando la beso lo hago despacio, porque esta noche no hay ninguna prisa y ninguno de los dos tiene que estar en ningún sitio a ninguna hora, y eso, entre nosotros dos, es la primera vez.

— No hay prisa — digo.

— Ya lo sé.

— Lo digo por mí.

Nos levantamos y vamos al dormitorio y en el camino ella apaga la televisión y yo me llevo el vaso, que es la cosa más ridícula que hemos hecho juntos y la hacemos igual.

La cama mide metro treinta y cinco y yo mido metro ochenta y siete.

Eso lo resolvemos como se resuelve siempre: no resolviéndolo.

No hay cabecero: hay pared, con una raya de lápiz a media altura que alguien hizo hace años para colgar algo que no llegó a colgarse nunca.

Me siento con la espalda contra la pared.

Ella se quita el jersey por la cabeza y se le queda el pelo hecho un desastre y no se lo arregla, y eso me gusta más que si se lo arreglara.

La desnudo despacio y por partes, y entre parte y parte hablamos. Eso hoy es nuevo.

— Estás muy callado.

— Estoy concentrado.

— Ay, madre.

— Cállate.

Se sienta encima de mí a horcajadas, todavía con las bragas puestas, y me pone las dos manos en la cara.

Nos quedamos así un rato largo, con ella moviéndose despacio por encima de la tela y conmigo agarrándole el culo con las dos manos.

Tiene la piel de gallina en los brazos porque en esta casa hace un frío que no es normal.

Le paso las manos por la espalda de abajo arriba, dos veces, y ella cierra los ojos.

— Dime una cosa que te guste — digo.

— Muchas.

— Una.

— Esto.

— Eso no vale, Rocío. Una cosa concreta. Una que no te haya hecho.

Y ahí se para. Se para de verdad, con las manos todavía en mi cara, y se le pone una cara que le he visto exactamente una vez, en la pecera, en septiembre, cuando le hicieron quince preguntas seguidas de pie. Tarda ocho o nueve segundos. Ocho segundos es mucho tiempo.

— Es que no sé pedir — dice.

— Ya lo sé. Por eso te lo pregunto.

— No, si ya me he dado cuenta de lo que estás haciendo.

— ¿Y?

— Y que me da una vergüenza espantosa — dice, y se ríe, y se tapa la cara con las dos manos como una cría, y luego se las quita y me lo dice.

Me lo dice al oído, en cinco palabras y muy deprisa, como quien tira una piedra y sale corriendo.

— No pares cuando me corra.

Y se queda quieta encima de mí, con las manos otra vez en mi cara y respirando fatal.

— Otra vez.

— Ya lo he dicho.

— Al oído no cuenta. Dímelo aquí.

— Serás hijo de...

— Rocío.

Y lo dice. Se aparta veinte centímetros para tenerme delante, con la luz de la mesilla dada y con el partido del vecino sonando por la pared, y lo dice entero y en voz normal, y la voz normal le cuesta más que la frase.

— Que no pares cuando me corra — dice-. Que sigas. Y ya sé que dentro de un rato voy a intentar apartarte la cabeza con las dos manos, porque lo hago siempre, y ahí no me hagas ni caso. Si quiero que pares de verdad te llamo por tu nombre.

— Si dices Álvaro, paro.

— Si digo Álvaro, paras.

— Eso está hecho — digo.

— No te rías.

— No me estoy riendo. Túmbate.

Se tumba y se tapa los ojos con el antebrazo, y yo se lo aparto y se lo dejo encima de la almohada.

Le quito las bragas y las tiro al suelo.

Y hago lo que me ha pedido, en el orden en que me lo ha pedido, sin adelantarme ni una vez, con la mano abierta en el estómago para que se esté quieta.

Ella empieza a decir algo a los dos minutos y no lo termina.

La tengo abierta debajo de la boca y con los dedos dentro, y ahí está el momento exacto en que deja de pensar en la oficina, en la higuera y en el visado del colegio profesional.

Se corre agarrada al borde del colchón, con el talón clavado en mi hombro, y esta vez no lo hace en silencio.

Y no paro.

Me mete las dos manos en el pelo y tira hacia arriba, y llega a decir la primera sílaba de algo.

No es mi nombre. Le bajo las manos con una sola mía, se las dejo en el colchón y sigo, más despacio y sin soltarle la cadera.

Le tiembla la pierna izquierda, la de la cicatriz, y no para.

Dice cosas. Ninguna es Álvaro. La segunda tarda mucho más y no se parece en nada a la primera, y me deja el hombro marcado y una mano colgando por fuera de la cama.

— Joder — dice después, al techo.

— Sí.

— Es que la vecina de arriba está jubilada.

— La vecina de arriba estará encantada.

Me subo por la cama y ella me tira del brazo y me pone encima.

Nos colocamos mal. Nos volvemos a colocar.

Mi rodilla derecha se sale del colchón y la sábana bajera se suelta de la esquina de abajo con ese ruido de goma que hacen las sábanas bajeras, y nos quedamos los dos parados un segundo escuchándolo.

— Ni caso — dice.

— Es que no me apoyo en nada.

— Apóyate en mí.