Rocío
La mañana del jueves cuatro de febrero se me va entera en una habitación del Peñalver Nerja que hemos vendido dos veces para el mismo puente, cosa que técnicamente no puede pasar y que pasa dos o tres veces al año desde que existe el mundo.
A las once y cuarto ya tengo a las dos familias colocadas.
Una de ellas en una junior suite que no le corresponde y con una botella de vino de la casa que me va a costar una conversación con compras.
A las once y veinte llega un chico en moto con un tubo de cartón negro de un metro veinte, y como un tubo de un metro veinte no cabe de pie en ningún sitio de la sexta planta, termina encima de la mesa grande de la pecera con cuatro personas alrededor, que es donde acaban en esta empresa todas las cosas que no caben en ningún sitio.
Yo llevo siete años dibujando eso mismo en una libreta de tapa dura cerrada con una pinza de tender.
No lo dibujo bien. Lo dibujo como dibuja la gente que no sabe dibujar, con rectángulos y flechas y una letra minúscula en los márgenes.
Pero está todo: el mostrador curvo, la bóveda, el office donde tiene que estar de verdad y la puerta de servicio movida metro y medio a la izquierda, porque si se deja donde está los carros de lencería chocan con la esquina y en tres meses la esquina se descascarilla.
Y en el ángulo inferior derecho de la lámina, igual que en todas las láminas del mundo, hay una caja de rotulación con los nombres de la gente: promotor, Grupo Peñalver Sociedad Anónima; dirección facultativa, Amalia Rus Bejarano, arquitecta técnica; dirección del proyecto, Ignacio Peñalver Salas; y debajo, en una línea que pone EQUIPO, cuatro nombres seguidos separados por comas de los cuales ninguno es el mío.
Lo leo tres veces: la primera para leerlo, la segunda para comprobar que lo he leído bien y la tercera sin ningún motivo en absoluto, solo porque los ojos vuelven ahí solos igual que la lengua vuelve al diente roto.
— Está muy bien — digo, y me sale la voz completamente normal-. Habría que mirar la puerta de servicio, que en el plano sigue donde está y ahí no cabe un carro.
— Eso me lo dijiste en noviembre — dice Amalia, apuntándolo en la libreta de las gomas de colores-. Lo tengo escrito y se me ha pasado. Perdona.
— No pasa nada. Se cambia en la siguiente revisión y ya está.
— ¿Y el hueco de la puerta de la calle? — dice Fali, que se ha acercado con un café-. Porque si la puerta de la calle es de dos hojas y el carro entra por ahí en un CI, en un check-in, quiero decir, cuando llegan cuarenta pax de golpe...
— Por la puerta de la calle no entran carros, Fali.
— Bueno, pero si entraran.
Nacho llega a los diez minutos y se coloca al lado del tubo con las manos en los bolsillos.
Mira las seis láminas por encima, con la cabeza ladeada, y dice que hay que llevarle una copia enmarcada al despacho de doña Carmela porque le va a hacer más ilusión que un ramo de flores.
Y tiene razón. Le va a hacer más ilusión que un ramo de flores, y además es una idea buena, y además la ha tenido él y no yo.
Luego dobla las láminas por donde no se doblan, se le queda un pico levantado, y me pregunta si las guardo yo.
— Las guardo yo.
— Gracias, Rocío, que eres un cielo.
Las guardo yo, naturalmente. Las pliego por los pliegues buenos uno a uno, las meto en el tubo, encajo la tapa de plástico y las dejo de pie en el armario del archivo, apoyadas en el rincón del fondo, al lado de la caja de cintas de vídeo del año noventa y siete que no tira nadie porque no se sabe qué hay grabado dentro.
Y no digo nada. Miento: digo tres frases sobre una puerta de servicio y me quedo tan ancha.
No se lo digo a Amalia, que lo cambiaría en dos minutos y sin preguntarme por qué.
No se lo digo a Yoli, que subiría ella misma a la séptima con el tubo debajo del brazo y sin llamar a la puerta.
Y sobre todo no se lo digo a la única persona de este edificio que puede arreglarlo en catorce segundos.
Porque si esto se arregla porque yo lo he pedido en una cama, deja de valer para siempre y encima me lo tengo que agradecer a mí misma el resto de mi vida.
A las siete y cuarto se va Yoli y me deja encima de la mesa la lista para firmar del regalo de la boda de una de reservas.
A las siete y media se va el chico nuevo de compras, que se llama Dani y que lleva dos meses despidiéndose de mí con la mano desde la puerta.
Hoy le he contestado con las dos manos, sin querer, y se ha ido pensando lo que haya pensado.
A las ocho menos diez la planta se queda con la mitad de los fluorescentes apagados, porque en este edificio se apagan por sectores y para volver a encenderlos hay que ir a un interruptor que está detrás del armario del archivo y que solo sabemos dónde está tres personas.
Me quedo hasta las nueve, y lo que hago entre las ocho y las nueve es esto.
Abro el expediente de la licencia de apertura del Zambra, que llevo mirando de reojo desde el lunes con esa desconfianza tonta que le tengo yo a los expedientes que van demasiado bien.
Y encuentro exactamente lo que me temía.
El certificado de la instalación de protección contra incendios está tramitado y presentado, pero le falta el visado del colegio profesional, y ese visado tarda entre quince y veinte días hábiles.
Quince días hábiles contados desde hoy se comen la primera semana de marzo y se llevan por delante la puesta en marcha de la cocina.
Llamo a un hombre al que conocí en 2019 durante la reforma del Cabo Roldán y que ahora está en otro sitio y en otro puesto.
Hablamos once minutos. De esos once minutos, siete son sobre su hija, que está terminando enfermería y no sabe si irse fuera, y cuatro son sobre el visado.
Me dice que el lunes lo tengo. Le creo, porque este hombre me debe una de hace cinco años y porque en esta ciudad las cosas funcionan así y el que diga lo contrario no ha trabajado en esta ciudad.
Cuelgo, lo apunto en el cuaderno con una raya al lado y cierro el expediente.
Nadie va a saber nunca que esto ha estado a punto de pasar, y ese es exactamente el trabajo: el trabajo es que no se note.
Lo que ocurre es que llevo ocho años haciendo un trabajo que consiste en que no se note y después me pongo triste porque no se nota, y eso, dicho así, en voz alta y a las nueve menos cuarto de la noche en una planta vacía, suena a chiste malo.
A las nueve y cuatro, mientras bajo por la escalera, me vibra el móvil.
«¿Sigues arriba?»
«No. Bajando.»
«¿Te veo?»
«Hoy no, que voy a casa de mi padre.»
Y hasta ahí todo es verdad, porque voy a casa de mi padre.
Lo que no es verdad es el punto del final, ese punto tan seco, ese punto que en cinco meses no le he puesto ni una sola vez.
Lo veo ahí escrito en la pantalla antes de darle a enviar y le doy a enviar igual, y bajo los seis tramos de escalera con el móvil en la mano esperando que conteste algo, y no contesta nada. Se lo he pedido yo sin pedírselo.
De la oficina a El Molinillo hay veinte minutos andando por la Alameda y luego cuesta arriba, y los hago andando porque tengo el coche en el taller desde el martes por una correa que hacía un ruido que yo llevaba tres semanas fingiendo que no oía.
Mi padre vive en un segundo de dos habitaciones, en un bloque de 1971 con el portal recién pintado y el ascensor original, de los que tienen puerta de madera y espejo.
Abre con la cadena puesta aunque sabe perfectamente que soy yo y aunque le he llamado desde el portal, porque esa cadena la puso mi madre en el noventa y tres y quitarla a estas alturas sería una cosa demasiado grande para un jueves.
— Que te traigo la compra — digo.
— Si yo tengo de todo.
— Ya sé que no hacía falta.
La televisión está puesta. La televisión está puesta desde que murió mi madre y en algún momento de esos once años dejó de ser un aparato para convertirse en un miembro más de la familia, con voz propia y con derecho reconocido a interrumpir a cualquiera.
Hoy hay un concurso de preguntas con un presentador que grita mucho, y mi padre está en su sillón, que está orientado a la televisión y no a la mesa, y esa es la razón física y no poética por la que este hombre no termina una frase desde hace once años.
Guardo la compra en su sitio, y en esta casa el sitio de cada cosa no se discute.
Cambio la bombilla del pasillo, que lleva fundida desde vete a saber cuándo y que él no ha cambiado porque hay que subirse a la silla.
Separo los papeles de la mutua en dos montones, los que hay que firmar y los que son publicidad, y la publicidad es exactamente la mitad.
— Papá, lo de la revisión hay que pedirlo esta semana.
— Eso lo pido yo mañana a primera hora.
— Roma.
— ¿Qué?
— La respuesta de la tele. Roma.
— Roma, claro que es Roma — dice, y sube el volumen dos rayas.
Cenamos con la televisión puesta, porque cenar con la televisión apagada sería mucho peor y los dos lo sabemos, y cenamos un revuelto y una ensalada de tomate con demasiada sal.
Me pregunta por el trabajo tres veces y las tres empieza la pregunta y la deja tirada por la mitad porque el presentador dice algo o porque sale un concursante de Málaga.
No me molesta. Hace años que dejó de molestarme, y además a mí me gusta oírle acertar preguntas, porque acierta muchísimas y eso es una cosa que no sabe nadie de él.
Es un hombre de sesenta y tres años que estuvo veintiocho conduciendo un autobús urbano por las mismas catorce calles.
Un martes de marzo, a la altura de una parada, dejó de responderle el brazo derecho, y tuvo la sangre fría de arrimar el autobús, poner el freno de mano y abrir las puertas con veintidós personas dentro antes de abrir la boca.
Eso no me lo ha contado él nunca. Me lo contó un compañero suyo en el pasillo del hospital, con un café de máquina en la mano, mientras yo tenía diecinueve años y una matrícula de segundo de Turismo pagada desde septiembre.
Cuando me voy, a las once menos veinte, paso por el pasillo a coger el abrigo del perchero y me quedo parada delante del papel.
En la pared del pasillo, justo al lado del interruptor de la luz, hay un folio plastificado sujeto con dos chinchetas.
Es de 2013. Lo hizo alguien en el ordenador de una oficina, lo imprimió cuarenta veces y lo repartió, y arriba pone HOMENAJE A LOS COMPAÑEROS QUE SE JUBILAN ESTE AÑO en negrita y centrado, y debajo hay cuarenta nombres en dos columnas con una letra fea de las que vienen puestas de fábrica.
Tomás Berrocal está el decimoséptimo de la primera columna, entre dos apellidos que no había leído en mi vida.
Trece.
Trece años lleva ese folio en esa pared y lo habré visto diez mil veces.
He apoyado el codo debajo de él para atarme los cordones.
He colgado el abrigo a veinte centímetros.
Y me he peleado con mi padre delante de ese folio por lo de la rodilla, por lo de vender el coche y por lo del pisapapeles de la entrada.
Es un folio. Es un folio de cero euros que alguien hizo en veinte minutos y que no significa absolutamente nada para nadie que no esté escrito en él.
No está enmarcado. Está plastificado, y alguien tuvo que llevarlo a un sitio a plastificarlo y pagar por eso.
Y cuando pintaron el pasillo en 2016 y en 2021, mi padre lo descolgó, lo dejó encima del mueble y lo volvió a poner con dos chinchetas nuevas en el mismo punto exacto de la pared.
Vuelvo al salón a despedirme. El concurso ya se ha acabado y ahora hay un programa de coches antiguos y él tiene el mando en la mano por si acaso.
— Papá.
— Dime.
— Nada. Que me voy.
— Espera, hija, que te iba a preguntar una cosa. Lo del hotel ese vuestro, el que abrís en marzo. ¿A ti al final ahí te ponen en...?
Y se calla, y mira la televisión, y en la televisión hay un señor de Albacete levantando el capó de un coche del sesenta y tres y explicando lo que le ha costado conseguir el filtro del aceite.
— Sí — digo.
— Ah, bueno. Pues ya está.
Bajo los dos pisos y salgo a un frío de febrero de los de verdad, de los que en esta ciudad duran ocho días al año y de los que la gente se queja como si viviera en Burgos. De El Molinillo a mi casa hay doce minutos por dentro y quince bajando por la avenida.
Voy por dentro, andando deprisa y sin pensar en nada, o pensando en muchas cosas seguidas de las que no se me queda ninguna, que a estas horas viene a ser igual, y en la esquina de arriba hay un hombre bajando la persiana de una tienda de recambios que lleva bajando esa misma persiana desde que yo tenía nueve años, con el mismo mono azul y la misma manera de darle el último tirón con las dos manos y de echar la cabeza hacia atrás para comprobar que ha bajado del todo.
Me quedo dos segundos mirándolo desde la acera de enfrente.
Sigo andando, llego a casa a las once y media, me como un yogur de pie con la puerta de la nevera abierta, y me despierto de golpe a las tres y diez de la madrugada, y lo primero que pienso no es dónde he dejado el tubo de los planos, que está en el archivo, sino que mi padre pagó por plastificar un folio en el que su nombre iba el decimoséptimo.