Álvaro
El número llega el martes dos de febrero a las ocho y diez de la mañana, en un correo de tres líneas de Obras y Reformas Cañaveral con un archivo adjunto de once páginas. Yo estoy en el coche, parado en el semáforo del puente de Tetuán, y lo leo con el pulgar. Ciento veinte mil euros. Tres semanas.
No aparco en el edificio. Sigo hasta la calle del Cuartelillo y dejo el coche encima de la acera. No lo hago nunca. Hoy me da exactamente igual.
Curro Salcedo lleva treinta años de obra y tiene el don de dar las malas noticias sin adornarlas y sin disfrutarlas.
Es un don rarísimo. Me lo cuenta en el vestíbulo, de pie, con el casco debajo del brazo y con el plano de la fachada apoyado en el mostrador de recepción.
El gresite ocre del sesenta y ocho no lo fabrica nadie.
Lo puede hacer a medida una fábrica de Castellón que hace piezas de reposición para edificios protegidos.
Hay que encargar la colada entera porque no venden lotes pequeños.
Y hay que pagarla antes de que entre en horno.
— ¿Y si se pinta? — pregunto.
— Si se pinta, se pinta.
— Dígamelo entero, Curro.
— Si se pinta, usted abre en marzo con una fachada pintada y en dos años se le va a cuartear por las juntas — dice-. Y aparte de eso, don Álvaro, es que no es. Yo he trabajado en cuarenta hoteles y este tiene una cara. Se la quita usted y ya es otro edificio con otra cosa delante.
Curro me lleva hasta la esquina de la calle y me enseña la fachada desde abajo, con el dedo.
El gresite del Zambra no es de un solo color.
Son cuatro tonos de ocre puestos sin ningún orden aparente, y de lejos eso hace que el edificio cambie según la hora que sea.
A las nueve de la mañana está pálido. A las siete de la tarde está encendido.
Eso no se copia con pintura y lo sabemos los dos sin decirlo.
— ¿Y usted sabe lo que me preguntó ayer un señor en esta acera? — dice Curro, doblando el plano-. Que si esto era el museo.
— ¿Y qué le dijo?
— Que sí. Que abríamos en marzo.
Se pone el casco, y ya con el casco puesto se acuerda de la otra.
— El ascensor de servicio, don Álvaro. La casa que lo hace ha parado la línea de las cabinas antiguas hasta enero, así que el pedido de octubre lo tenemos en la cola detrás de un colegio de Jaén. Yo he llamado tres veces. A mí ya no me lo cogen.
Subo después a la primera planta y me quedo diez minutos mirando por un hueco de ventana sin medir nada.
Abajo, en la acera de enfrente, hay una señora esperando el autobús que se ha girado a mirar el andamio.
Este edificio lleva siete años cerrado y la gente todavía se gira.
Ese dato no aparece en ninguna hoja de cálculo de las que llevo encima.
Las opciones son cuatro y las tengo en la cabeza antes de bajar la escalera.
Se pinta la fachada: barato, rápido y mal, y a los dos años hay que hacerlo otra vez y cuesta el doble.
Se aplaza la apertura a junio, que es fuera de Semana Santa y fuera del plazo que le he dado a una mujer de ochenta y un años.
Se lleva al consejo una modificación de un presupuesto cerrado en septiembre, y eso son dos consejos, seis semanas y una tarde entera de Ignacio Peñalver Salas explicando con argumentos buenos por qué la obra se está descontrolando. O se paga.
A las nueve y media llamo a mi gestor desde el coche.
Le pido que prepare una aportación de socio de ciento veinte mil euros a fondo perdido, sin condiciones, sin intereses y sin nota en ningún sitio que no sea la contabilidad.
Me pregunta dos veces si estoy seguro. Le digo que sí las dos veces. Me dice que lo tiene el jueves.
A las diez menos cuarto llamo a Curro Salcedo y le digo que encargue la colada.
Y a las diez menos diez ya estoy pensando en otra cosa, porque el problema se ha acabado, y a los problemas que se han acabado yo no les doy más vueltas. Esa es una de las tres cosas que sé hacer bien.
El día sigue. A las once tengo comité de dirección en la pecera, con la persiana torcida, y no digo nada, porque no hay nada que decir: la fachada va, el plazo se mantiene y el presupuesto del grupo no se toca ni en un euro. Lo digo en tres frases y paso al punto siguiente.
Mi primo tarda catorce minutos en volver.
— Perdona, primo, que me he quedado en lo de antes — dice-. Cañaveral pidió revisión. ¿En cuánto se ha quedado la revisión?
— En nada. Se mantiene el presupuesto.
— ¿Y el gresite?
— Encargado. Entra en horno el nueve.
— ¿A precio de septiembre?
— El grupo paga lo de septiembre.
Ignacio Peñalver Salas escribe algo en su libreta y no pregunta la tercera. La tercera es la buena. No la pregunta porque le he contestado dos veces sin mentirle y porque hay seis personas delante. La va a preguntar. La va a preguntar dentro de un mes y con más gente.
A las doce y media, Elvira me para en el pasillo de la sexta con una carpeta contra el pecho.
— ¿Nos ha quedado aterrizado lo de la fachada?
— Sí.
— Perfecto. Pues lo ponemos en común el martes en el comité ampliado y yo te hago un ping el lunes para el orden del día.
— Perfecto.
Me voy a la séptima por las escaleras.
A las seis y cuarenta de la tarde sube Rocío Berrocal Cantos y no llama a la puerta.
Entra, cierra, deja el cuaderno de tapa dura encima de la silla de las visitas y se queda de pie delante de la mesa. No se sienta. Yo estoy con el correo de Nerja y tardo tres segundos en levantar la cabeza, y en esos tres segundos ella no ha dicho nada, y eso ya es una información.
— ¿De dónde han salido los ciento veinte mil? — dice.
— De mí.
Y ya está. Lo digo así, sin pensarlo, porque es la verdad y porque no se me ocurre por qué habría que decirlo de otra manera. Ella se queda callada tres segundos más.
— Repítelo.
— Los pongo yo. Aportación de socio, a fondo perdido, la formaliza mi gestor el jueves. La colada ya está encargada. El gresite entra en horno el nueve y llega a obra el veintiséis.
— ¿Y quién lo sabe?
— Mi gestor. El banco. Curro no lo sabe, Curro solo sabe que hay orden de compra.
— ¿Y el consejo?
— El consejo no tiene nada que aprobar. No se toca el presupuesto del grupo.
Berrocal se lleva la mano a la oreja derecha, se quita el pendiente y se lo mete en el bolsillo del pantalón. Es la tercera vez que se lo veo hacer desde septiembre. Las tres han sido malas y todavía no sé qué significa.
— Álvaro.
— Dime.
— ¿Tú sabes lo que has hecho hoy?
— He resuelto un sobrecoste en hora y media.
He evitado tres semanas de retraso. Si nos vamos a junio perdemos la Semana Santa entera, y la Semana Santa son ciento seis habitaciones a doscientos veinte euros durante nueve días, y perdemos también el arranque de la temporada y las agencias, que reservan en enero para todo el año.
Eso no son ciento veinte mil, son cuatrocientos y pico mil y un año perdido.
— Ya sé lo que son. Los tengo yo en una hoja desde noviembre.
— Entonces sabes que la cuenta sale.
— La cuenta sale — dice-. La cuenta sale perfectamente. Es lo único de todo esto que sale.
Se aparta de la mesa y da tres pasos hasta la puerta de la terraza y se queda ahí, de espaldas, mirando las grúas.
Fuera está oscuro desde las siete y hay un carguero con las luces puestas.
Yo espero, porque me han enseñado que cuando alguien se calla lo que hay que hacer es esperar, y porque no tengo ni idea de qué está pasando en esta habitación.
— Ese dinero tenía que haber ido al consejo — dice, sin girarse.
— Habrían tardado seis semanas.
— Habrían tardado seis semanas y yo habría estado en esa sala.
— Tú no estás en el consejo.
— No, pero el informe lo habría escrito yo, y las cifras las habría puesto yo, y cuando tu primo hubiera dicho que la obra se está descontrolando, alguien habría tenido que abrir mi carpeta encima de la mesa para contestarle.
Y eso habría durado dos horas y habría sido horroroso y lo habríamos ganado — dice, y ahora sí se gira-.
Y hoy eso ya no existe. Hoy eso no ha pasado y no va a pasar nunca, porque tú has firmado un cheque a las nueve y media de la mañana desde el coche.
— El hotel abre en marzo.
— El hotel abre en marzo, sí.
— Ese era el problema.
— Ese era tu problema.
Me levanto. No sé para qué me levanto. Me quedo de pie detrás de mi propia mesa como un tonto.
— Rocío, son ciento veinte mil euros y los tengo. Ni gesto ni regalo: una herramienta que estaba encima de la mesa y la he usado.
— Ya lo sé. Ese es el problema, que la tienes y yo no. Y que cada vez que aparezca una piedra en el camino tú vas a poder quitarla en hora y media desde el coche, y yo voy a tener que ir a una sala a pedirlo. Desde fuera se parece. No se parece en nada.
— Yo lo que quería era que el hotel abriera bien — digo.
— Ya sé lo que querías.
— Entonces no entiendo qué estamos discutiendo.
— Estamos discutiendo que había una conversación que tenía que pasar y la has quitado de en medio — dice-. Y no la has quitado por mala idea. La has quitado porque te salía más barato en tiempo. Y esa conversación era la única en seis meses en la que yo iba a estar dentro de la sala.
Y hay dos segundos, dos, en los que casi lo cojo. Me pasa por delante como pasa una matrícula por el retrovisor. Después se va, porque encima de mi mesa hay un calendario con el diecinueve de marzo rodeado y porque a mí me han educado para mirar el calendario.
— Nadie lo va a saber.
— Se sabe todo. Aquí se sabe todo. Se sabe lo que come cada uno y cuánto ha cobrado el de mantenimiento por las guardias.
Se va a saber en junio, o en septiembre, o dentro de dos años cuando tu gestor mande un papel a alguien — dice-.
Y el día que se sepa, la frase no va a ser que el consejero delegado salvó una fachada.
La frase va a ser otra y la voy a llevar yo colgada.
— Eso no tiene nada que ver con lo tuyo.
— Tiene todo que ver con lo mío.
— Yo no he decidido nada sobre ti.
Y ahí se para. Se para de verdad, tres segundos, con la boca cerrada, y me mira de una manera que no le había visto nunca en cinco meses. No es rabia. Rabia le he visto en octubre y en noviembre y me gusta bastante.
— No — dice al final-. Todavía no.
Coge el cuaderno de la silla. Se lo pone debajo del brazo.
Y antes de salir hace una cosa que me tiene toda la noche dándole vueltas: se para en la puerta, se gira a medias y me dice, en un tono completamente normal, que mañana a primera hora le pase el número exacto de la colada porque tiene que cuadrarlo con el calendario de Amalia.
— Te lo paso.
— Y no me des las gracias por nada — dice-. Es mi trabajo.
Se va por la escalera de servicio.
Yo me quedo hasta las nueve. Repaso el correo de Cañaveral otra vez y está bien. Repaso el calendario de Amalia Rus semana por semana y está bien. Salgo a la terraza cuatro metros y hace un frío de febrero que en esta ciudad dura hasta el día siguiente y ya está.
Llamo a mi abuela para decirle que la fachada va.
Me contesta que ya lo sabía porque se lo ha dicho Nacho.
Le digo que Nacho no lo sabe. Ella dice que entonces se lo habrá inventado y que mi primo se inventa muy bien las cosas y que suele acertar.
Luego me pregunta si he comido y le digo que sí y me dice que no.
En el cajón de arriba, debajo de dos cargadores y de un pasaporte caducado, está el sobre. No lo he abierto y no lo voy a abrir. Lo que hago es cerrar el cajón, que llevaba abierto desde por la tarde.
Y a las nueve y diez, antes de apagar, escribo en una nota lo que hay, porque cuando una cosa no me cabe en la cabeza la escribo y se me pasa.
Presupuesto cerrado de la fachada: cuatrocientos diez mil euros, aprobado en consejo en septiembre.
Revisión de Cañaveral: quinientos treinta mil.
Diferencia: ciento veinte mil exactos. Alguien ha redondeado.
Colada mínima de la fábrica de Castellón: novecientos sesenta metros cuadrados; la fachada tiene ochocientos veinte.
Sobran ciento cuarenta metros cuadrados de gresite ocre que no va a querer nadie.
Entrada en horno: nueve de febrero. Llegada a obra: veintiséis.
Retraso evitado: tres semanas. Transferencia: jueves cuatro, a las nueve y catorce, desde una cuenta que no es de la empresa; en el concepto pone gresite.
Personas que lo saben: mi gestor, el director de la sucursal y yo.
Personas que tenían que haber estado dentro de esa sala: una, y esa se ha ido hace dos horas por la escalera de servicio.