A mi despacho Rocío
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Rocío

El viernes veintidós de enero bajo al sótano del Zambra a contar sábanas. Esa frase resume bastante bien mis ocho años en esta empresa. Bajo con Álvaro porque el sótano tiene ciento veinte metros cuadrados de estanterías metálicas y hay que ir apuntando mientras el otro lee las etiquetas.

A las nueve de la mañana el hotel es un sitio ruidoso y feliz.

Hay ocho hombres picando en la primera planta y un compresor en el vestíbulo que tapa cualquier cosa que se diga a más de dos metros de distancia, y por el hueco de la escalera bajan un olor a yeso mojado y una radio puesta en una emisora que solo pone canciones que le gustan a Curro Salcedo.

Marian ha venido a las ocho, ha dejado la lista de lencería encima del mostrador de recepción con una piedra encima para que no vuele, y se ha ido al Cabo Roldán a resolverle a otro director un problema que no es suyo.

Amalia Rus y Fali están en la primera midiendo huecos de ventana uno por uno, porque de las dieciocho habitaciones de esa planta hay once que tienen el hueco distinto y nadie sabe por qué.

— Esto hay que darle salida — dice Álvaro.

— A esto no hay que darle nada. Esto lleva aquí desde antes de que tú vinieras y va a seguir aquí cuando te vayas.

— ¿Cuando me vaya?

— Es una manera de hablar.

— No, no lo es — dice, y no lo dice con mala cara. Lo dice como el que apunta una cifra en un margen.

Discutimos ocho minutos sobre los albornoces y la discusión es de verdad, con sus datos y con sus argumentos, porque él los quiere repartir entre los otros hoteles para no tener setenta mil euros de género parado y yo digo que el escudo antiguo no lo puede llevar un albornoz de Nerja, y que si un cliente se lleva ese escudo a su casa dentro de una maleta el escudo deja de significar nada.

En algún punto de esos ocho minutos la discusión deja de ir sobre los albornoces y empieza a ir sobre otra cosa completamente distinta, y ninguno de los dos lo dice y los dos lo sabemos.

Digo que los dos lo sabemos. Miento: yo lo sé, y a él se le nota.

Lo empujo contra la estantería. Suena el metal, suenan las bolsas de plástico y suena una balda que lleva mal sujeta desde los años ochenta.

Estamos a doce metros de la escalera del sótano, llevamos ocho días sin vernos fuera de una sala de reuniones con tres personas dentro, y yo tengo las dos manos abiertas sobre su camisa y él tiene una mano en mi nuca y la otra en mi cintura y la boca haciendo en mi cuello cosas que no se pueden hacer en un edificio con ocho albañiles y una radio encendida.

Y entonces suena la puerta metálica de arriba y suena la voz de Fali diciendo mi nombre desde el rellano.

Lo que ocurre en los cuatro segundos siguientes lo tenemos ensayado sin haberlo ensayado nunca.

Álvaro se separa y se mete la camisa por dentro por el lado derecho y se le queda todo el lado izquierdo fuera, cosa que no se ve venir en un hombre que se abrocha la americana para levantarse de una silla.

Yo cojo lo primero que pillo, que resulta ser un albornoz dentro de su bolsa, y lo levanto en el aire igual que una prueba judicial.

Y cuando Fali dobla la esquina de la estantería me encuentra a mí gritando una cifra.

— ¡Cuatrocientos! — estoy diciendo-. Cuatrocientos, Álvaro. Cuatrocientos.

— Ya te he oído.

— Es que llevas siete minutos sin oírme.

Fali se para en seco con la cinta métrica en la mano y con la cara del que ha entrado en el sitio equivocado en el momento equivocado.

Mira al consejero delegado, que tiene media camisa fuera y está mirando fijamente al suelo de hormigón.

Me mira a mí, que estoy roja, despeinada y sujetando un albornoz en alto como una antorcha.

Y su cerebro de veinticuatro años hace lo que haría cualquier cerebro sano y bien alimentado: coge lo que ve y lo mete en la única carpeta que tiene abierta.

— Perdón — dice-. Que Amalia pregunta por el hueco de la tres.

— Ahora subo — digo.

— Ahora sube — dice Álvaro.

— Sí, sí, ahora, tranquilos — dice Fali, y se va por donde ha venido andando de una manera rarísima, sin girar la espalda del todo, como se sale de un despacho cuando te acaban de decir algo que no era para ti.

La cena de equipo del proyecto Zambra es esa misma noche en el chiringuito Casa Chumi, en Pedregalejo, que la puso Amalia en el calendario hace un mes y que a estas alturas no la mueve ni una lluvia, porque en enero un chiringuito abierto es un chiringuito que hay que respetar.

Somos siete: Amalia, Curro Salcedo, Marian, Yoli, Fali, el chico nuevo de compras y yo.

Del centro a Pedregalejo se tarda un cuarto de hora largo en coche, y a la vuelta ya veremos.

Álvaro no viene. No viene a las cenas de equipo porque cuando se sienta a la mesa el que firma las nóminas la gente pide el segundo plato más barato de la carta, y eso lo entendió él solo y en septiembre y sin que hubiera que explicárselo, cosa que le tengo apuntada en la columna de las buenas y que últimamente consulto más de lo que debería.

Se come boquerón, se come una fritura y se bebe.

Curro Salcedo, que lleva treinta años de obra, cuenta la historia de un hotel de Torremolinos donde encontraron una habitación tapiada con la cama hecha y con una maleta encima, y la cuenta tan bien y con tantas pausas que Amalia deja el móvil boca abajo, cosa que en Amalia es una condecoración.

El chico nuevo de compras se llama Dani.

Lo he sabido esta noche, porque se lo he preguntado a Yoli en voz baja mientras iba al baño, y ya está: tres meses de agonía resueltos en cuatro segundos y en el peor momento posible.

Marian pide que le cambien la mesa de sitio a los diez minutos porque hay corriente, y se la cambian, y a los veinte minutos pide que le pongan una servilleta debajo de la pata porque cojea, y se la ponen.

Marian lleva treinta y dos años entrando en habitaciones ajenas y no sabe estar en un sitio sin arreglarlo.

Amalia le pregunta si es verdad que ha mantenido hecha la 114 durante siete años y Marian contesta que una habitación cerrada se pudre y una habitación hecha no, y ahí se acaba el asunto, y no le pregunta nada más porque hay preguntas que se contestan solas cuando ves la cara de quien contesta.

A los cuarenta minutos, entre la fritura y la ensalada, Fali cuenta lo del sótano.

— Es que no lo habéis visto — dice-. Es que yo bajo, doblo la esquina y me la encuentro con un albornoz en la mano gritándole al jefe. Al jefe. Gritándole.

— No le estaba gritando.

— Rocío, le estabas gritando cuatrocientos.

— Estaba diciendo un número en voz alta.

— Estabas diciendo un número en voz alta a nueve centímetros de la cara de un señor que gana lo que gana ese señor — dice Fali, y la mesa se viene abajo.

Marian se limpia las manos en la servilleta y da su veredicto, que en esta mesa es el veredicto que vale y todos lo sabemos.

— Esa niña siempre ha tenido una pechá de carácter, y menos mal, porque si no esto no lo saca nadie.

— Y él ahí, ¿eh? — sigue Fali, que a estas alturas ya no lo para ni una avería-. Él ahí callado, con media camisa fuera. Yo creo que le pillé con el pie cambiado, porque ese hombre normalmente es muy... muy correcto, muy...

— Muy planchado — dice Curro Salcedo.

— Eso. Muy planchado. Y estaba desplanchado perdido.

Ahí está la cosa. Ahí está exactamente, y yo me estoy riendo con los demás.

Riendo no: medio segundo tarde y con la boca, que es otro deporte.

Y me estoy sirviendo vino, y por dentro se me está encendiendo una centralita entera con todas sus luces, porque siete personas de esta empresa acaban de recibir la versión oficial de lo que pasó esta mañana en ese sótano y la versión oficial es que la coordinadora de calidad le echó una bronca de campeonato al consejero delegado por unos albornoces de 2017.

Y esa versión nos protege. Esa versión es un muro de carga.

Y no hemos tenido que mentir ni una sola vez, porque las mentiras que de verdad funcionan no las dice nadie: las construye un chaval de veinticuatro años con la mejor intención del mundo y luego las va repartiendo gratis por Pedregalejo.

Lo que pasa es que a los postres, cuando la conversación ya se ha ido a otra parte y Amalia está enseñando por cuarta vez en el móvil la foto de la bóveda de ladrillo, yo me quedo mirando el mantel de papel y hago la cuenta al revés.

Porque si Fali llega a bajar veinte segundos antes, no hay ninguna carpeta que abrir.

Y si eso pasa, mañana en esta misma mesa hay siete personas contando otra historia distinta.

En esa historia el Peñalver es un hombre de treinta y seis años que se ha liado con una empleada, y eso dará que hablar tres semanas, y a las tres semanas será una anécdota de barra que alguien contará mal en una comida de Navidad.

Y en esa misma historia yo soy la que lleva ocho años apagando incendios en la sombra y que ahora, mira tú qué casualidad, está dirigiendo el proyecto más importante de la casa.

Y eso no dura tres semanas. Eso dura exactamente lo que me quede de vida laboral en esta ciudad, que son veintiocho años si no me muero antes.

Y no me estoy poniendo dramática. Me estoy poniendo exacta, y lo exacto asusta más, porque yo llevo ocho años haciendo previsiones de ocupación y sé perfectamente lo que es una tendencia.

Estas siete personas dirían que no. Estas siete, las que están aquí sentadas partiéndose de risa con lo de la camisa, dirían que no y lo dirían de verdad y me seguirían queriendo igual.

Y dentro de dos años, en una comida, uno de ellos haría un chiste sin pensarlo y a los demás les daría la risa antes de poder evitarlo.

Yoli y yo volvemos juntas porque hemos venido juntas y porque conduzco yo.

Cruzamos el paseo marítimo hacia el coche, que lo he dejado a cuatrocientos metros porque en Pedregalejo aparcar en fin de semana es un deporte de riesgo, y hace un frío raro de enero con el mar completamente plano, y hay dos personas bañándose a las doce menos cuarto de la noche, cosa que en esta ciudad no le llama la atención absolutamente a nadie.

— Oye — dice Yoli cuando llevamos doscientos metros-. Esto no te lo he dicho yo.

— Qué.

— Elvira ha pedido a administración la lista de personas asignadas al proyecto Zambra, con dedicación y con porcentaje.

— Eso es normal. Eso lo pide siempre para el cierre del trimestre.

— Lo ha pedido con copia a Nacho.

Y yo me acuerdo de golpe, y sin querer acordarme, de una libreta de anillas cerrándose con una goma el dieciocho de diciembre.

Andamos treinta metros sin decir nada. El paseo está mojado de la humedad de la noche y las farolas de Pedregalejo dan esa luz naranja que no ilumina nada y que a mí me ha gustado siempre, desde que venía aquí con doce años en el autobús con mi padre y una tartera.

— Yoli, te voy a preguntar una cosa en abstracto.

— Ay, madre.

— Una amiga mía se está viendo con alguien de su trabajo.

— Ay, madre.

— Es en abstracto.

— Que sí, que es en abstracto, sigue.

— Con alguien de arriba — digo, y me oigo la voz perfectamente normal, y ese mérito me lo apunto yo sola-.

Y si eso se llega a saber, a él le dirán cuatro cosas en un consejo y le pondrán una cara rara durante un mes y luego se acabó.

Y a ella le van a cambiar el nombre. Ella ya no se va a llamar por su nombre en ningún sitio, ni aquí ni en la empresa siguiente ni en la otra, porque esta ciudad es un pañuelo y el sector es medio pañuelo mal doblado.

Y lo peor no es lo que digan. Lo peor es que desde ese día todo lo que haga bien va a tener por delante una explicación distinta a la de haberlo hecho bien.

Llegamos al coche. Abro con la llave metida en la cerradura, porque el mando lleva tres meses sin funcionar y no lo he arreglado y a estas alturas ya me da apuro arreglarlo. Nos sentamos las dos dentro y no arranco.

Yoli no dice nada durante un rato larguísimo. Yoli, que se adelanta a todo, que cuenta las cosas tres días antes de que pasen, que lleva quince años siendo la primera en enterarse de cada movimiento de esta empresa, se queda callada mirando por el parabrisas hacia un contenedor de vidrio.

— ¿Y ella lo sabe? — dice al final.

— Lo sabe.

— ¿Y sigue?

— Sigue.

— Pues entonces no me estás preguntando nada — dice-. Rocío.

— Qué.

— Cuando dices una amiga.

Tengo la llave metida y el motor arrancado y el limpiaparabrisas dando la primera pasada en seco, que chirría, y tengo las dos manos en el volante a las diez y diez como si fuera a examinarme, y Yoli está girada hacia mí en el asiento del acompañante con el cinturón todavía sin poner y con la boca abierta a mitad de la segunda parte de la frase.