Álvaro
En Navidad no nos vimos. Ella estuvo con su padre en El Molinillo.
Yo estuve con mi abuela y con catorce Peñalver en una mesa demasiado larga, y el veinticinco por la tarde me fui a andar por el paseo marítimo con el abrigo puesto y con cara de tonto.
Del club náutico al espigón y vuelta, tres veces.
Eso es lo que mide un veinticinco de diciembre.
El siete de enero volvió la obra. Desde entonces el Zambra tiene ocho hombres dentro y un compresor que se oye desde la esquina de la Alameda.
Han picado el falso techo entero. Han encontrado una viga con termitas antiguas y muertas y eso ha costado cuatro días.
Amalia Rus lo lleva todo apuntado en una libreta con gomas de colores y me manda un parte cada viernes a las dos.
Y el lunes se me presentó Marian en el despacho a las ocho y diez, con el abrigo puesto y una lista de siete cosas escritas en el reverso de un albarán. No se sentó.
Y se fue antes de que yo terminara de leer la dos.
Hoy es jueves catorce de enero. Son las nueve y veinte de la noche.
El edificio de Muelle Heredia se vacía a las siete. A las ocho la sexta está vacía. A las nueve sube Pepe Nadales con la ronda, mira desde la puerta y se despide igual que se ha despedido treinta y un años. Le he dicho ocho veces que no hace falta que suba a la séptima. Sube.
— Don Álvaro, que me voy.
— Hasta mañana, Pepe.
— Le dejo la puerta de abajo con el pestillo pequeño. Cuando salga, tira y ya está.
— Vale. Gracias.
— Y otra cosa, don Álvaro. La planta de la antesala. La regaba la señora que se jubiló en junio, y desde que usted quitó esa silla la riego yo los martes y los viernes, y yo de plantas no sé nada. Se lo digo por si tendría que haber alguien ahí sentado.
— Es de plástico, Pepe.
— Ya lo sé.
Se va y el edificio se queda con el ruido que hacen los edificios cuando no queda nadie dentro.
La ventilación. Un fluorescente del pasillo que ya no va a durar mucho.
En la mesa auxiliar sigue la maqueta que hizo alguien a mano en 1997, con sus palmeras de plástico fuera de escala y el esmalte de uñas de la piscina.
Encima de mi mesa está su informe de patologías con doce cosas marcadas en rojo.
Y hay una cosa más. Es la que me tiene aquí a estas horas.
Cañaveral ha pedido revisión de precios de la fachada.
Curro Salcedo me lo dijo el jueves pasado, de pie y con el casco en la mano, sin adornarlo.
El gresite ocre de 1968 no se fabrica. Hay que encargarlo a medida y hay una sola fábrica en Castellón que lo hace.
Todavía no hay número. Cuando haya número habrá reunión, y a la reunión vendrá mi primo con una carpeta.
Estoy leyendo el punto siete del informe cuando oigo abrirse la puerta de la escalera de servicio.
Por esa escalera se sube antes que por el ascensor, que para en la cuarta aunque no lo llame nadie. Es lo primero que aprende aquí todo el mundo. Reconozco los pasos antes de verla. Es una tontería reconocer unos pasos y aun así los reconozco.
Rocío Berrocal Cantos entra en la antesala con una carpeta azul en la mano. Se para en el marco de mi puerta. Lleva el abrigo puesto y abrochado, y no se lo ha quitado abajo, o sea que ha subido para irse.
— El terrazo — dice, y me tira la carpeta encima de la mesa desde metro y medio-. Se pule. Lo dice Amalia, lo dice el de la obra y lo digo yo. Léetelo mañana y fírmalo.
— Ya lo he leído.
— No lo has leído. Te lo mandé a las siete y diez y a las siete y once me contestaste con una línea.
— Lo he leído en el ascensor.
— El ascensor tarda cincuenta segundos y son cuarenta páginas.
Me echo hacia atrás en la silla. Esta silla era de mi abuelo y no gira bien hacia la izquierda desde 1990 y pico.
Berrocal sigue en el marco de la puerta, con la mano todavía en la jamba.
No entra y no se va. Detrás de ella el pasillo está a oscuras y la antesala tiene una moqueta que se traga los pasos.
— Mañana a las nueve hay comité — digo.
— Ya lo sé.
— Y el lunes viene Cañaveral con el número.
— También lo sé. Lo he puesto yo en tu agenda esta tarde.
— Pues sube, siéntate y lo vemos ahora.
Y ahí Berrocal hace una cosa que no había hecho hasta hoy.
Cierra la puerta. La cierra con la mano de atrás y sin mirarla, y la puerta es de cristal esmerilado, y desde dentro se ven las siluetas del pasillo y desde el pasillo no se ve nada.
Después se desabrocha el abrigo y lo deja en el respaldo de una de las dos sillas de las visitas. Con cuidado. Doblado por los hombros.
— A tu despacho — dice-. Ahora.
Tardo un segundo entero en entender la frase. Cuando la entiendo se me ocurren tres respuestas ingeniosas y no digo ninguna de las tres. Las tres son mentira y llevo once días esperando esto.
— Estamos en el edificio — digo.
— Sí.
— Eso lo pusimos tú y yo en octubre.
— Lo pusiste tú. Yo dije que de acuerdo — dice, y da dos pasos-. Siéntate.
Me siento. No sabría explicarte por qué me siento, y ahí está la parte interesante del asunto.
Llevo diez años tomando decisiones que le cuestan dinero a otra gente.
Firmo cosas que mueven a doscientas personas de sitio.
Y una mujer de metro sesenta y tres me dice que me siente en mi propia silla y me siento a la primera.
Lo que noto en el pecho no se parece a nada que me haya pasado nunca dentro de una oficina.
— Las manos ahí — dice, y me señala los brazos de la silla-. Encima. No me toques hasta que yo te diga.
— ¿Puedo hablar?
— No.
Se coloca entre la mesa y yo. Me empuja la silla hacia atrás con la rodilla hasta que las ruedas se enganchan en el borde de la alfombra. La lámpara del techo son cuatro focos y están los cuatro encendidos. Hay luz de sobra y no hay ni una sombra en toda la habitación.
— Apaga eso — digo.
— No.
— El interruptor está en la puerta.
— Ya sé dónde está el interruptor. Y no te vas a levantar.
Se agacha delante de mí. Se me olvida entero el argumento que estaba montando.
Me desabrocha el cinturón sin ninguna prisa, mirándome a la cara todo el rato.
De todo lo que hace, eso me desarma más que nada.
Me baja la cremallera. Me saca la polla, que ya la tengo dura desde que ha cerrado la puerta, y se queda un momento con ella en la mano sin hacer nada más.
Sonríe muy poco. Esa sonrisa la voy a tener en la cabeza toda la semana.
— Manos quietas.
— Están quietas.
— Esa se ha movido.
Empieza despacio, con la lengua y con la mano, y al segundo movimiento la tiene toda dentro de la boca.
Yo me agarro a los brazos de la silla con las dos manos.
Me agarro porque me lo ha dicho y porque si no me agarro me levanto.
Lo hace mirando hacia arriba de vez en cuando, comprobando que sigo obedeciendo.
Al minuto y medio esto se me va a terminar antes de tiempo y digo su nombre.
Para en seco. Se separa y se limpia la boca con el dorso de la mano.
— Todavía no.
— Joder.
— Todavía no — repite.
Se levanta. Se desabrocha ella sola el pantalón y lo deja caer en la moqueta, y las bragas encima, y no se quita ni la camisa ni los zapatos.
Se sube a mi mesa. En mi mesa hay un informe de cuarenta páginas, un teclado, dos bolígrafos y una lámpara de banquero que era de mi abuelo, y todo eso se va hacia la izquierda con el antebrazo.
El teclado se queda debajo de su muslo derecho.
En la pantalla, dentro del documento abierto, empieza a escribirse sola una fila infinita de erres.
— ¿Ahora? — digo.
— Ahora las manos sí.
Abre las rodillas y me acerca la silla tirándome del cuello de la camisa.
Hago lo que llevo veinte minutos queriendo hacer.
Está empapada y se lo digo. Me contesta que ya lo sabe.
Me dice que lleva así desde las siete y diez, desde que mandó el informe y le contesté con una línea de cuatro palabras.
La abro con los dedos y le paso la lengua por el clítoris despacio, y ella se echa hacia atrás con las dos manos apoyadas en la madera y la nuca contra el cristal frío de la ventana.
— Así.
— ¿Así?
— Así, y no hables.
Me tira del pelo con una mano. Con la otra se sujeta al canto de la mesa.
Le noto los muslos apretándome las orejas y me da igual todo lo demás.
Cuando se corre lo hace en silencio y con los dientes apretados.
Es lo único suyo que sigue siendo de la oficina, porque en esta planta todo el mundo aprende a no hacer ruido antes que a hacer nada.
Tarda en volver. Yo espero. Es lo único que puedo hacer y encima me está gustando.
— Levántate — dice-. No. Quédate. Quédate sentado.
Se baja de la mesa. Se me sienta encima a horcajadas, en la silla de mi abuelo, con las rodillas metidas entre los dos brazos de la silla y las manos abiertas en mis hombros.
Se la mete ella. Despacio, hasta abajo, sin dejar de mirarme ni un segundo.
Y ahí me hace la única pregunta de toda la noche.
— ¿Sí?
— Sí.
— Dilo entero.
— Sí, Rocío.
Empieza a moverse y la silla empieza a rodar.
Rueda treinta centímetros hacia atrás y damos con el respaldo en el cristal de la ventana.
Ella se ríe con la boca pegada a mi cuello y no para.
El edificio de enfrente tiene todas las luces apagadas.
Detrás están las grúas del puerto con las balizas rojas encendidas y un barco que lleva tres días sin moverse.
Le sujeto la cadera con una mano. Con la otra le busco la nuca y le tiro un poco del pelo hacia atrás para verle la cara. Me deja.
— Más despacio — digo.
— No.
— Rocío.
— He dicho que no.
Y a mí se me cruza por dentro una idea que no me hace ninguna falta en este momento.
Rocío Berrocal Cantos lleva ocho años en esta empresa recibiendo órdenes de gente que no sabe hacer su trabajo.
Esta es probablemente la primera vez en ocho años que da una y se la obedecen a la primera.
Y la está dando desnuda de cintura para abajo encima del consejero delegado.
Es lo más justo que ha pasado en esta planta desde que llegué.
Se corre otra vez echada hacia atrás y arqueada, sujeta solo por mis manos, y la silla de mi abuelo hace un ruido que no ha hecho en treinta años.
Se endereza. Me corro dentro treinta segundos después.
Le agarro las dos caderas y no consigo decir nada coherente, con la silla de mi abuelo contra la ventana y cuatro mil erres escribiéndose solas en la pantalla.
Nos quedamos así un rato largo. Ella respirando en mi cuello. Yo con la mano abierta en su espalda, por debajo de la camisa, en un sitio donde no hay nada que buscar.
— Se ha movido la maqueta — dice al final, con la voz pastosa.
— La maqueta está bien.
— Se ha despegado la piscina.
— La piscina lleva despegada desde diciembre.
Rocío Berrocal Cantos se levanta y se viste en dos minutos con una eficiencia que asusta un poco.
Se pasa las manos por el pelo dos veces y ya está otra vez presentable para un pasillo.
Yo tardo más. Yo tengo que buscar el cinturón debajo de la mesa y borrar cuatro mil erres de un documento que mañana a las nueve tiene que ver el comité.
— Te llevo — digo.
— No.
— Son casi las once.
— Son veinticuatro minutos andando cuesta arriba y me los conozco de memoria — dice, poniéndose el abrigo-. Y si me llevas, mañana hay un coche tuyo bajando por mi calle a las once y cuarto de la noche. En mi calle hay seis vecinas y cuatro de ellas no duermen.
— Coge un taxi.
— Cojo un taxi si me apetece. Y lo pago yo.
— No he dicho nada.
— Lo has pensado — dice desde la puerta-. Cierra bien abajo, que Pepe te ha dejado el pestillo pequeño.
Se va por la escalera de servicio. Oigo la puerta de la sexta y después el edificio otra vez.
Bajo cuarenta y cinco minutos más tarde. Antes recojo el informe del suelo. Coloco los dos bolígrafos donde estaban. Le doy la vuelta a la maqueta para que la piscina despegada quede hacia la pared, cosa que no tiene ninguna importancia y que hago igual.
El reloj del ordenador marca las 23:41 cuando lo apago.
Hay diecinueve correos sin abrir. Once son de una cadena sobre el aparcamiento de Nerja y dos son de Cañaveral.
La sala de reuniones de mañana está reservada de nueve a diez y media, con desayuno para nueve, y en la lista de convocados hay nueve nombres y el suyo no está.