Rocío
Entre el diecinueve de octubre y el dieciocho de diciembre hay sesenta días.
En esos sesenta días la obra baja de cuarenta y una patologías a doce y aparece detrás del falso techo del salón una bóveda de ladrillo que llevaba tapada desde el sesenta y ocho, y Amalia Rus manda un correo a las once de la noche con doce fotos y un signo de exclamación, y un signo de exclamación en una arquitecta técnica es un grito en mitad de la calle.
En esos mismos sesenta días nos hemos visto cinco veces fuera de la oficina, y las tengo contadas porque yo cuento todo, y porque cuando una cosa cabe en los dedos de una mano lo que haces no es contarla, es vigilarla.
Cinco.
Una en mi casa, con él bajando los tres pisos a las dos y media y la vecina del primero abriendo la mirilla justo cuando pasaba.
Una en Antequera, un domingo, con una excusa de trabajo que no nos creímos ni nosotros.
Una de once minutos de pie en un rellano que he decidido no contar.
Y dos en un coche aparcado en una calle de Huelin que no lleva a ningún sitio y que precisamente por eso es una calle perfecta.
La segunda de Huelin fue el veintiséis de noviembre, y de la hora y cuarenta que duró nos pasamos sesenta y cinco minutos discutiendo por nueve plazas de aparcamiento del Peñalver Nerja, asunto sobre el que ninguno de los dos tiene la menor competencia.
— Tú discutes conmigo mejor que nadie de esta empresa — me dijo, con el asiento echado hacia atrás y las rodillas contra la guantera.
— Es que en esta empresa no discute contigo nadie.
— Ya. Por eso.
Y después nos quedamos callados los dos, con el cristal empañándose por dentro, y en algún momento me dijo, mirando al parabrisas y no a mí, que llevaba años sin dormir del tirón y que la única noche entera que había dormido en mucho tiempo fue en un hotel de carretera de Antequera con una llave rota, y que no me lo contaba para nada, que era un dato.
Yo tampoco le contesté nada. Le contesté con la boca pequeña, que es otra manera de no contestar: le dije que los hoteles de carretera tienen mejores colchones que los de cuatro estrellas porque los cambian antes, y él dijo que ya, y ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por seguir hablando de colchones.
Las nueve plazas siguen ahí.
La comida de Navidad del Grupo Peñalver es el viernes dieciocho de diciembre a las dos y media en el salón del Peñalver Malagueta.
Somos ciento cuarenta en una sala hecha para ciento veinte.
Y hay un solo ascensor funcionando, porque la reforma del otro se aprobó en septiembre y vive dentro de un cajón, así que hay cola de ascensor en un hotel de cuatro estrellas y un señor de mantenimiento de Nerja explicándole a todo el que pasa, con una paciencia que no le ha pedido nadie, que eso él lo arregla en dos días con una pieza de cuarenta euros.
Yo llego a las dos y veinticinco porque he estado hasta las dos menos cuarto contestando la última queja del año desde una silla que desde noviembre se vence a la derecha si no le pongo debajo el cartón: un señor que pide la devolución de dos noches porque el mar hacía ruido.
Esa la he guardado en una carpeta que se llama diciembre y que se llama otra cosa.
Mesa once, la del fondo contra la ventana del patio de servicio.
Yoli a mi derecha, Inma Requena enfrente, Fali de espaldas al salón, Marian en la esquina, dos de sistemas que no hablan y el chico nuevo de compras, cuyo nombre llevo dos meses sin conseguir retener.
La presidencia está en el otro extremo, en diagonal, y entre una punta y la otra hay nueve metros de mesas, sillas y camareros; los he contado con los pies al ir a por el pan, que es la clase de cosa que hago cuando estoy nerviosa.
En la presidencia están Álvaro, doña Carmela, Nacho, Elvira Quesada, los directores de los cuatro hoteles grandes y un señor del banco sin presentar que va a comerse tres platos en silencio.
Doña Carmela lleva un broche que pesa más que ella y su propio cojín de casa, y a los diez minutos ya ha dicho, en un volumen que llega hasta la mesa siete, lo que tenía que decir.
— En el ochenta y cuatro una comida de empresa salía a seiscientas pesetas el cubierto y con langostinos — dice-. Y langostinos de verdad, no esto.
— Están congelados — dice Marian, muy digna, con uno cogido por la cabeza.
— Están congelados y descongelados — dice Inma-. Que es distinto.
— Y vueltos a enfriar en la cámara. Fíjate tú.
Somos una empresa de hoteles comiendo dentro de uno de nuestros hoteles, con lo cual esto es menos una comida que una inspección con mantel.
A las cuatro y diez Nacho coge el micrófono.
El discurso dura once minutos y es, técnicamente, una obra maestra: da las gracias por un año difícil, recuerda que hace cuatro años, cuando faltó su tío, alguien tuvo que ponerse al frente de la casa sin que se lo pidieran, hace una pausa que ha ensayado en el coche, y remata con una frase que en esta empresa se va a seguir repitiendo en julio.
— Por el que ha venido a poner orden en lo que algunos llevábamos cuatro años sujetando con las dos manos — dice, con la copa en alto y mirando a la presidencia.
Aplauso de comida de empresa, que en esta casa dura doce segundos y se hace mirando de reojo para ver quién ha empezado a parar, mientras doña Carmela, que no aplaude jamás, se dedica al flan con una concentración de relojero.
Álvaro dice ocho frases. Las cuento porque yo cuento todo, y porque a nueve metros de distancia y sin poder mirar a alguien lo único que queda por hacer es contarle las frases.
Da las gracias, dice tres cifras, dice que el Zambra abre el diecinueve de marzo y que va a abrir bien, dice que quien quiera pedirle algo puede subir a la séptima sin cita porque en la antesala no hay quien lo impida, y se sienta.
Ningún chiste. Desde la mesa once alguien murmura que este hombre no sabe hablar en público, y yo me miro las manos.
Después coge el micrófono Elvira Quesada y empieza la parte larga, la de los agradecimientos, la parte en la que hay que tener la cara puesta toda la hora.
— Antes de pasar al momento lúdico — dice-, un aplauso para los equipos que este año han remado todos en la misma dirección.
Y va nombrando departamentos con el papel en la mano.
Reservas, comercial, mantenimiento, recepción del Malagueta, gobernanta y pisos, y ahí Marian levanta la copa sin levantarse de la silla, como una reina saludando desde un balcón.
Compras, sistemas y administración. Y en administración, sin levantar la vista del papel, dice: «y a Rocío, que nos aguanta a todos».
Aplauden. Yo aplaudo también, porque cuando te aplauden hay que aplaudir y porque una de las primeras cosas que aprendí aquí es que la cara que se te queda dura menos si estás haciendo algo con las manos.
— Tú no eres de administración — dice Yoli a mi lado, la única de la mesa que no aplaude.
— Ya.
— Es que no lo eres.
— Ya, Yoli.
El amigo invisible del Grupo Peñalver es solo para los cuarenta de la sede, con un tope de veinte euros y con una norma que puso alguien hace nueve años: el que recibe tiene que adivinar en voz alta y delante de todos quién se lo ha dado.
Este año Elvira metió en el bombo al consejero delegado, y el bombo, que es un cubo de plástico de la cocina, quiso lo que quiso.
Me tocó él. He tenido siete días para pensarlo y al final compré lo primero que vi. Mentira. Estuve una hora y cuarto de pie en una tienda de la calle Carretería descartando cosas que decían demasiado.
Le compré una linterna.
Una linterna de obra, de metal, con la luz regulable y una correa para la muñeca.
Diecisiete euros con noventa. La envolví mal a propósito, con papel de rayas y con demasiado celo, para que se pareciera lo más posible al regalo de cualquiera de los otros treinta y nueve.
Cuando le llega el turno, Álvaro rompe el papel como rompe el papel un hombre que no recibe regalos desde hace mucho tiempo, es decir por una esquina y con cuidado, igual que si dentro hubiera un documento que hay que firmar antes del martes.
Saca la linterna. La mira. Y se queda tres segundos largos sin decir absolutamente nada, con ciento cuarenta personas mirándole y con una linterna de diecisiete euros con noventa en la mano.
— Tienes que adivinar quién ha sido — dice Elvira por el micrófono.
— No tengo ni idea.
— ¡Eso es de mantenimiento! — grita alguien desde la mesa cuatro, y el salón entero se ríe.
— Primo, yo creo que te están mandando un mensaje — dice Nacho sin micrófono, y se ríe la presidencia, y la presidencia se ríe peor que nadie.
Y entonces me toca levantar la mano y decir que he sido yo.
Ciento cuarenta personas hacen ese ruido de instituto que hace la gente cuando alguien confiesa algo delante de todo el mundo.
Y me oigo explicar en voz alta, con una naturalidad que no siento por ninguna parte, que en el inventario del Zambra nos pasamos dos horas alumbrando un pasillo con la linterna de un móvil y que a la tercera planta hay que volver otra vez.
Se ríen de verdad, porque media sala ha alumbrado alguna vez algo con el móvil dentro de un hotel a oscuras, y los chistes de casa siempre funcionan.
Álvaro pulsa el botón, la enciende y la apunta al techo del salón, donde hay una lámpara de mil bombillas y donde el haz de una linterna no se ve absolutamente nada, y la deja encendida cuatro o cinco segundos apuntando a una cosa que no existe.
— Gracias, Berrocal — dice, y se sienta.
Y yo, que llevo toda la tarde sin mirar hacia la presidencia, miro hacia la presidencia.
Y hay una persona que no está mirando la linterna.
Elvira tiene el micrófono apagado en una mano y el bolígrafo en la otra y me está mirando a mí, y lleva mirándome los cuatro o cinco segundos enteros que ha durado el haz de luz apuntando a una lámpara encendida.
Baja la cabeza. Escribe dos renglones en la libreta de anillas y la cierra con la goma.
Son dos segundos dentro de una comida de ciento cuarenta personas, y me los llevo a casa metidos en el bolso.
Doña Carmela se marcha a las cinco y diez, antes de los cafés y del lío, con Nacho llevándola del brazo y el cojín debajo del otro.
Al pasar por la mesa once se para y nos mira a los ocho, y dice, a la mesa entera, que este salón se hizo en el setenta y nueve para bodas y que las bodas se acabaron el año que pusieron la carretera nueva.
Y se va sin esperar respuesta, costumbre de familia.
De cinco y media a siete pasa lo que pasa en todas las comidas de empresa a partir de cierta hora, y en la puerta del salón hay un grupo del Cabo Roldán cantando una cosa en la que no consiguen ponerse de acuerdo ni en la letra ni en el tono.
Fali se ha bebido lo que se bebe un chico de veinticuatro años que ha dormido cuatro horas y ha entrado a la comida desde el turno de noche.
Me está contando una habitación que bloqueó mal en el Nerja cuando se queda mirando fijamente un punto de la pared del fondo, y vuelve al rato hablando de otra cosa, sin enterarse de que ha cambiado de tema.
A Álvaro lo veo seis veces en toda la tarde y en ninguna de las seis nos miramos.
Le veo escuchar nueve minutos seguidos a un director de hotel sin mirar el reloj ni una vez, cosa que yo no sería capaz de hacer ni cobrando.
Y le veo decirle que no a alguien y quedarse con la cara tranquila del que ha dicho que no bien y sin adornos.
A las siete menos veinte se acaba de golpe, como se acaban siempre estas cosas. Ciento cuarenta personas bajan por un ascensor y dos escaleras, y en cuatro minutos el salón se queda con cuarenta sillas descolocadas y un camarero apilando platos a una velocidad que da miedo.
El aparcamiento del Malagueta está en el primer sótano y huele a goma y a humedad de cochera.
Yo tengo el coche en la fila del fondo y Álvaro el suyo tres plazas más allá, y ahí estamos los dos, con las llaves en la mano, y no pasa nada de nada: no nos tocamos, no nos acercamos, no bajamos la voz.
Él dice que el lunes hay que decidir lo del terrazo y yo digo que el lunes le paso el informe de Amalia Rus.
Él dice que la linterna es muy buena. Yo digo que es la que usan los de la obra.
— Que descanses — dice.
— Igualmente.
Cuatro horas y media a nueve metros de sala, con una señora de ochenta y un años que no aplaude ni cuando le sacan la tarta, para acabar en un sótano que huele a goma, con dos plazas de aparcamiento vacías entre un coche y otro y la palabra igualmente, la palabra que le dices al del supermercado.
Y entonces se abre la puerta de las escaleras y sale Fali con el abrigo colgando de un brazo y el móvil en alto buscando cobertura. Nos ve a los dos ahí plantados sin hacer nada a las siete menos diez de un viernes y no le extraña lo más mínimo, porque a Fali no le extraña nunca nada de lo que ve.
— Jefe — dice, y le apunta con el móvil-. Con todos mis respetos. Rocío tendría que ser la jefa de esto y tú el CEO, que es el chief executive officer, que es el que manda. Que son dos cosas distintas, ¿eh? Que la gente se cree que es lo mismo y no lo es.