A mi despacho Álvaro
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Álvaro

Llueve. Llueve de verdad, con agua corriendo por la calzada y con la gente metida en los portales, y la ciudad se comporta como se comporta siempre que cae agua: dos coches cruzados a la salida del túnel y todo el mundo con cara de sorpresa.

Mi abuela come a las dos y yo llego a las doce.

Es un error que llevo cometiendo treinta años y que ella no me perdona del todo ninguna vez.

Me abre la puerta con el mandil puesto. Lo primero que mira son los zapatos.

— Has venido andando.

— Son cinco minutos.

— Son cinco minutos con sol. Hoy son cinco minutos de tonto — dice, y se aparta para dejarme entrar-. Deja eso ahí y no me pises la galería.

Mi abuela tiene ochenta y un años y una casa que huele a lo que huelen las casas donde alguien plancha todavía.

No la he visto sentarse quieta nunca, ni de niño ni ahora.

En la galería hay veintitantas macetas y un cubo debajo de la esquina de la derecha, y el cubo va por la mitad.

Miro el techo y hay una mancha nueva. Tiene forma de provincia y no sabría decir de cuál.

— El canalón está atascado — digo.

— El canalón lleva atascado desde el jueves.

— ¿Y por qué no me has llamado?

— Porque tú tienes una empresa con novecientas cuarenta personas dentro y yo tengo un cubo.

La escalera sigue en el cuarto de la caldera y pesa exactamente lo que pesaba en 1994.

Salgo al patio con el chubasquero amarillo de mi abuelo, que le habría venido bien a un hombre de metro setenta y a mí me llega por encima del codo.

Tardo veinte minutos largos. Del canalón salen hojas, un trozo de plástico verde y una pelota de goma que no es de esta casa.

Mi abuela dirige la operación desde abajo con un paraguas y con una autoridad que no admite conversación.

— Más a la izquierda.

— Estoy en la izquierda.

— En mi izquierda, malaje.

Bajo calado y con las manos negras. Ella ya tiene puesta la mesa camilla con dos cafés y una caja de zapatos encima.

La caja es lo que llevaba esperando toda la mañana; lo sé porque la ha puesto en el centro, y en esta casa lo que se pone en el centro es lo que importa.

Me siento. Me quedo mirando la tapa como el que sabe que le van a cobrar algo.

— Siéntate bien y no me toques nada con las manos húmedas.

Dentro hay fotografías. No están en álbumes ni en fundas de plástico: están sueltas, mezcladas, con los bordes blancos y las esquinas dobladas de tanto pasar por encima.

Las va sacando de tres en tres, con un orden que solo existe en su cabeza.

La primera que me pone delante es del Zambra el día que abrió, con el gresite recién puesto y una cinta cruzando la puerta.

Hay veinte personas en la acera y no sonríe ninguna.

Era 1968 y en 1968 no se sonreía en las fotos.

— Este es tu abuelo.

Antonio Peñalver Gámez tiene cuarenta años en esa foto y un cigarro en la mano izquierda. Está de pie, un poco separado del grupo, con la barbilla levantada. No mira a la cámara. Mira su propia fachada.

— Tu abuelo fue a pedir el dinero para ese solar a tres sitios — dice mi abuela-, en dos le dijeron que no y en el tercero le dijeron que sí porque el que estaba detrás de la mesa había ido al colegio con él.

Así se hacían las cosas. Y no me mires con esa cara, que ahora se hacen igual pero con más papeles y con más gente delante.

Voy pasando fotos despacio para que dure.

Hay una que no me esperaba y que me quedo mirando más de lo que debería.

Es un niño de siete u ocho años sentado en el mostrador de recepción del Zambra, con pantalón corto y con las piernas colgando, sujetando un llavero enorme con las dos manos.

Detrás hay un recepcionista de chaqueta blanca que le está diciendo algo.

El niño no mira a la cámara. Está muy serio y está muy a gusto, que son dos cosas que no suelen ir juntas.

— Ese es tu padre — dice mi abuela-. Ahí tendría ocho años. Se pasaba las tardes enteras en la recepción dando las llaves y no había manera de subirlo a casa. Luego creció y se le quitó.

— ¿Se le quitó?

— Se le quitó todo, hijo. Menos el despacho.

Y sigue sacando fotos de tres en tres, y no dice nada más de eso, y yo tampoco pregunto.

La piscina de la azotea con un trampolín que hoy no pasaría ninguna inspección.

Un autobús de ingleses aparcado en doble fila en la calle del Cuartelillo.

Y una mujer de veinticuatro años con un vestido de rayas y una carpeta debajo del brazo, plantada en mitad de la recepción, dando una orden a alguien que se ha quedado fuera del encuadre.

— Aquí llevabas tú la recepción — digo.

— Aquí lo llevaba yo todo. Tu abuelo compraba y yo hacía que funcionase. Él firmaba y yo me quedaba hasta las tres de la mañana cuadrando el libro de caja con un lápiz. Y en la escritura él va el primero y yo voy la segunda, porque en el sesenta y ocho las mujeres íbamos las segundas.

Se calla y bebe café. No lo dice con pena ni con rencor ni con ninguna de las cosas que dirían otras personas de ochenta y un años. Lo dice como quien lee en voz alta la temperatura del agua.

Y a mí se me viene encima, sin pedirme permiso, una sala de reuniones con la persiana torcida.

Rocío Berrocal Cantos de pie al fondo, porque no quedaban sillas, contestando quince preguntas seguidas sobre un hotel que conoce mejor que los ocho que estábamos sentados.

No digo nada de eso. Cojo otra foto y pregunto por un hombre con gafas de pasta.

— Ese es el de Vélez que puso el gresite. Se murió el año pasado con noventa y cuatro años y hasta los ochenta subía él solo al andamio. Ahora no hay quien te haga eso. Amalia Rus me dijo que hay que encargarlo a Italia.

— A Italia no. A Castellón.

— Peor me lo pones.

El móvil vibra encima del hule. Es mi primo. Contesto porque si no contesto llama cuatro veces, y porque mi primo trabaja los sábados exactamente igual que yo y luego lo cuenta el lunes. Ahí está la diferencia entre nosotros dos.

— Primo — dice-. ¿Tú sabes que Cañaveral ha pedido revisión de precios de la fachada?

— Me lo dijo Curro el jueves.

— ¿Y?

— Y todavía no hay número.

— Cuando haya número me lo pasas antes que al comité.

— Te lo paso a la vez que al comité.

Silencio de tres segundos. Al otro lado se oye una televisión y un niño. Mi primo tiene dos hijas y las lleva a baloncesto los sábados por la mañana, y eso también lo cuenta el lunes.

— Estás en casa de la abuela — dice.

— Sí.

— Se te oye la galería. Dale un beso y dile que la semana que viene subo yo.

Cuelgo y mi abuela no pregunta quién era, porque lo ha oído todo, porque oye lo que le interesa con una precisión que no tiene para nada más. Se levanta a mirar el puchero. Lleva desde las nueve de la mañana con una olla puesta para dos personas, y de las dos personas una come como un pájaro.

— Nacho tiene razón en lo de la fachada — dice desde la cocina.

— Ya lo sé.

— Nacho tiene razón en muchas cosas y se le nota demasiado. Ese es su problema y no es pequeño.

— ¿Y cuál es el mío?

— El tuyo lo sabes tú — dice, y golpea la tapa dos veces contra el borde de la olla. Así es como da por terminado un tema.

Vuelve, se sienta y me pregunta si mi primo está enfadado.

Le digo que no. Me dice que sí. Le digo que llevamos dos meses trabajando bien y que en los comités nos entendemos.

Y ella me contesta que en esta familia nadie ha dicho nunca en voz alta que está enfadado y que todos lo hemos estado siempre, y que eso también sale más caro de lo que parece.

Debajo de las fotos hay un sobre grande, marrón, atado con una goma que se ha quedado pegada al papel.

Lo saca y lo deja delante de mí sin darle ninguna importancia.

Dentro no hay nada suyo. Son papeles del colegio de la sierra: notas trimestrales, dos autorizaciones firmadas por mi padre y una hoja de gastos de uniforme con el desglose a mano.

— Esto lo guardaba tu padre y me lo dio tu madre cuando vaciaron el despacho — dice-. Yo no tiro papeles. Los papeles no molestan.

En el cajón de arriba de mi mesa, en la séptima planta, hay otro sobre. Es más pequeño y es blanco. Lleva mi nombre escrito a mano y sigue cerrado desde hace veintidós años. No lo sabe nadie y hoy no toca.

— Me llevaste tú — digo.

— Te llevé yo, sí.

— Con doce.

— Con doce y tres meses. Tu padre tenía una reunión en Sevilla y tu madre estaba con lo suyo. Fuimos en el coche y tú no abriste la boca en hora y media. Y cuando llegamos al aparcamiento me diste la mano y me dijiste que no hacía falta que subiera. Doce años tenías. Que no hacía falta que subiera.

Doblo la hoja de los uniformes y la meto otra vez en el sobre grande.

Fuera sigue lloviendo con ganas y por el patio se oye el canalón haciendo su trabajo.

Es un ruido bueno y me lo he ganado. Le pregunto por la rodilla.

Me contesta que la rodilla está donde estaba.

Le pregunto si ha ido al médico y me contesta con una pregunta sobre el hotel.

Así es como me cuelga el teléfono sin levantarse de la silla.

— ¿Vamos a llegar? — dice.

— Vamos a llegar.

— El diecinueve de marzo.

— El diecinueve de marzo.

— Pues no me lo digas dos veces. Cuando la gente repite las cosas es que no está segura.

Comemos a las dos y diez. El puchero está bueno y se lo digo, y me contesta que claro que está bueno.

Le cuento lo del gresite y lo del terrazo de las dos flores, que hay quien quiere levantarlo y quien dice que se puede pulir.

Le cuento que Ignacio Peñalver Salas ha pedido dos veces por escrito que aplacemos la apertura a junio, con argumentos buenos, porque mi primo tiene la costumbre insoportable de tener argumentos buenos.

Mi abuela escucha todo eso mirando por la ventana de la galería, con el tenedor parado en el aire.

— ¿Y quién lo está haciendo? — pregunta.

— ¿El qué?

— El hotel. Quién lo está haciendo. No quién lo firma.

Tardo lo justo en contestar. Un segundo y medio, dos como mucho. Y en un segundo y medio a mi abuela le sobra tiempo para girar la cabeza y dejar el tenedor en el plato.

— Hay una coordinadora de calidad que lleva siete años con un cuaderno — digo.

— Ah.

— Se llama Berrocal.

— Ah — repite, y sonríe con media boca, y no es una sonrisa buena-. Berrocal. ¿Y Berrocal tiene nombre de pila, o en tu empresa os llamáis por el apellido como en el internado?

— En el internado me llamaban por los dos.

— Peñalver de la Riva — dice-. Dos apellidos de una casa y media familia. Tu padre se casó con una prima segunda mía y en esta mesa eso no se ha dicho nunca en voz alta, así que ya lo he dicho yo.

— ¿Y a qué viene eso ahora?

— A que tengo ochenta y uno.

Me levanto a llevar los platos al fregadero porque me apetece muchísimo llevar los platos al fregadero.

En esta casa el agua sale fría un rato largo antes de decidirse.

Friego los dos platos, la olla no, la olla no me deja.

Cuando vuelvo, la caja de zapatos está cerrada y ella tiene las dos manos encima de la tapa.

— Varo.

— Dime.

— ¿Quién es la chica?

— No hay ninguna chica.

Carmela de la Riva se limpia las manos en el mandil aunque no las tiene sucias. Aparta la caja hacia un lado, despacio, y se acomoda en la silla como quien se prepara para estar un rato. Tarda en contestarme lo que tarda en ponerse cómoda, y en su caso eso es mucho tiempo.

— Un anillo de pedida costaba nueve mil pesetas en el sesenta y cinco — dice-. Tu abuelo lo pagó en veinticuatro meses. Yo lo supe desde el primero y me callé los veinticuatro. Cuando sepas lo que te cuesta a ti una cosa, vienes y me la cuentas.