A mi despacho Rocío
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Rocío

El lunes amanece nublado por primera vez desde mayo, y en la sexta planta no se habla de otra cosa, porque en esta ciudad una nube en octubre es una noticia y catorce personas de comercial mirando por la ventana del lado del puerto son, técnicamente, una reunión.

— Va a llover — dice Inma Requena desde la puerta del office, con el móvil en alto.

— No va a llover — dice Marian, que ha subido a traer unas fichas de gobernanta y se ha quedado a opinar-. Eso es calima haciendo el tonto. Ea. Ya está.

Me giro entera en la silla, que es lo que tienes que hacer cuando llevas ocho años trabajando de espaldas a la gente y de cara a una columna, y compruebo que efectivamente no va a llover y que a Marian se le ha descosido el bajo de la bata azul por tercera vez este mes.

No lo comenta. Saca algo del bolsillo delantero, se agacha, engancha la tela por dentro y se levanta con la cara de quien acaba de resolver un problema de ingeniería.

— Ya no se cae — dice, y se va sin esperar respuesta.

Yo tengo cuarenta y un correos sin abrir y uno de ellos es de una señora de Móstoles que celebró la boda de su hija en el Peñalver Nerja en junio y que escribe ahora, en octubre, para decir que en las fotos se ve una silla de plástico al fondo del jardín y que eso le ha estropeado el recuerdo.

Cuatro folios. Con fotografías señalizadas con círculos rojos.

Le voy a contestar y le voy a arreglar el recuerdo, porque para eso estoy, y me va a costar veinte minutos que nadie va a saber que he empleado.

A las diez y veinte Yoli aparece por mi izquierda con dos cafés de la máquina de la esquina, porque la nuestra sigue estropeada desde febrero, y se sienta en el borde de mi mesa, que para Yoli es una silla más de las que hay en esta planta.

— A ti te lo digo y ya está — dice-. Administración ha pedido los justificantes del viaje de Antequera.

— Se llaman facturas y las pide siempre.

— Las pide siempre en enero. Estamos en octubre.

Le doy un sorbo al café y me quemo. Llevo ganando tiempo así desde los diecinueve años.

En Antequera hubo dos habitaciones reservadas, dos habitaciones facturadas y dos desayunos servidos, uno de los cuales se subió a la habitación equivocada por culpa de una llave que no abría, y todo eso está escrito en un papel que ahora mismo está encima de la mesa de alguien que se aburre.

— Que las pidan — digo.

— Eso digo yo.

— Y que pidan también las de septiembre, que hay tres del Cabo Roldán que no cuadran y llevo un mes detrás.

Yoli me mira dos segundos de más. Luego se lleva su café y se va, y yo me quedo delante de la pantalla con la sensación de que acabo de contestar demasiado rápido a una pregunta que nadie me había hecho.

A las doce y treinta y ocho baja Álvaro. No baja a mi mesa; eso no ha pasado nunca y no va a pasar. Baja al pasillo de la pecera, se para delante de la persiana torcida, la mira con la cara del que ha recibido una ofensa, y dice en voz alta, al pasillo, que hay que estar en el Zambra a la una.

Somos cuatro los que vamos. Al final somos dos, porque Amalia Rus llama para avisar de que viene directa desde otra obra y Fali tiene turno de noche y a esta hora está durmiendo con las persianas bajadas en casa de su madre.

Salimos del edificio de Muelle Heredia a la una menos siete.

Del portal al Zambra hay siete minutos andando y me los sé de memoria: la cuesta corta hasta la Alameda, el semáforo largo, el trozo de acera levantada delante del quiosco, y después el Soho, que a esa hora huele a menú del día y a pintura plástica.

— Tenemos que hablar de cómo se hace esto — dice Álvaro en el semáforo.

— ¿Esto es lo del gresite o esto es lo otro?

— Lo otro.

— Pues habla bajo, que en esta ciudad hay quinientos mil habitantes y me conocen doscientos.

Y aquí empieza una conversación que dura seis minutos y medio y que si alguien la hubiera grabado no habría entendido nada, porque las dos personas que la mantienen van andando deprisa, no se miran, dicen las frases por la mitad y se contradicen a sí mismas antes de terminar de decirlas.

Empieza él. Dice que nadie tiene que saberlo.

Digo que eso no es una norma, que eso es una obviedad, y que las obviedades no hace falta pactarlas.

Dice que Elvira Quesada tiene un código de conducta de veintiuna páginas y que la obviedad ocupa la cuatro entera.

Le digo que me he leído las veintiuna páginas.

No le digo que me las leí el domingo siguiente por la tarde, en el sofá, con el portátil encima de las rodillas y una infusión al lado, ni le digo que subrayé un párrafo con el dedo en la pantalla como una idiota.

— Nada dentro del edificio — dice.

— De acuerdo.

— Y nada en horario de oficina.

— ¿Y qué es horario de oficina para ti, que entras a las siete y media y el viernes contestaste un correo a la una y cuarto de la madrugada?

Se calla. Cruzamos el semáforo largo con el hombre verde ya parpadeando y la moto de siempre pisando la línea. Se está guardando una respuesta buena y se le nota en la boca, y no me da rabia. Me da rabia después, en la acera de enfrente. A mí las cosas me dan siempre con retraso y andando.

— De ocho a siete — dice al final.

— Eso son once horas.

— Es una empresa, Rocío, no un club de lectura.

— Es una empresa donde el horario lo pones tú. Es como ponerte a dieta y bajar tú mismo a por el pan.

En la esquina de la Alameda hay un quiosco de bebidas que lleva ahí desde antes que yo, con cuatro taburetes y una máquina de café que sí funciona, y como llevamos desde las ocho sin sentarnos, paramos treinta segundos.

Pido un café solo. Álvaro pide una botella de agua pequeña y, sin pensarlo, sin ni siquiera mirarme, saca la tarjeta y la deja encima del mostrador para pagar las dos cosas.

Dos euros cuarenta.

Me quito el pendiente de la oreja derecha y me lo guardo en el bolsillo del pantalón antes de hablar, porque necesito exactamente los dos segundos que se tarda en hacer eso.

— Quita eso — digo.

— Son dos euros cuarenta.

— Ya sé lo que son.

— Rocío.

— Cada uno paga lo suyo — digo-. De todo lo que llevas dicho desde el semáforo, esta es la única que me importa de verdad.

Todo. Los cafés, las cenas, la gasolina, el taxi, la entrada del cine si algún día vamos al cine, que no vamos a ir.

Yo pago lo mío. Siempre. Y no hay excepción ni por cumpleaños ni porque un día me haya dejado la cartera en casa, porque el día que me la deje en casa me vuelvo andando y no pasa nada.

Álvaro guarda la tarjeta y saca un billete de cinco.

Durante un segundo y medio me lo imagino soltando alguna cosa razonable de esas suyas sobre lo absurdo que es dividir dos euros cuarenta entre dos personas adultas.

Luego pide dos tíquets separados. Y lo peor, o lo mejor, todavía no lo tengo claro, es que no me pregunta por qué.

— Hecho — dice.

— No me lo discutas nunca.

— No te lo he discutido.

— Me lo ibas a discutir.

— Sí — dice-. Pero no te lo he discutido.

Quedan tres minutos de calle. En esos tres minutos caben otras cuatro cosas dichas en desorden: que no nos escribimos nada que no podamos leer en voz alta delante de un juez, que en el trabajo yo le llamo Álvaro como todo el mundo y él me llama Berrocal como me ha llamado desde el primer día, que si alguien pregunta se contesta la verdad y la verdad es que trabajamos juntos, y que Yoli no lo va a saber.

Esa última la digo yo y me sale mal, me sale con un tono raro, y la repito peor.

— Yoli no lo va a saber — digo-. No porque no me fíe. Porque no quiero que tenga que mentir por mí en una comida.

— De acuerdo.

— Y no me digas de acuerdo con ese tono de reunión, que parece que te da lo mismo.

— No me da lo mismo — dice-. Es que estoy de acuerdo.

Y ahí, a treinta metros de la puerta del hotel, la conversación se rompe por dentro sin que ninguno de los dos lo diga.

Él suelta que esto no puede afectar al proyecto bajo ningún concepto, y yo contesto que el proyecto es lo único que hay, y los dos nos oímos, y los dos entendemos a la vez que acabamos de decir justo lo contrario de lo que queríamos decir. O casi. Casi lo contrario.

— Se acaba cuando lo diga cualquiera de los dos — añado ya en el portal-. Sin explicaciones y sin conversación de dos horas.

— Eso lo he propuesto yo hace cuatro minutos y me has dicho que era de película.

— Y lo es. Y me parece bien igual.

Marian nos abre, porque Marian tiene llave desde hace siete años y en esta empresa se les ha olvidado a todos.

Deja el juego pequeño encima del mostrador de recepción, avisa de que la piscina de la azotea hay que vaciarla antes de noviembre o se convierte en un criadero, y se va corriendo a los otros dos hoteles que le tocan hoy.

Y a la una y cuarto, con el Zambra vacío y Amalia Rus todavía a veinte minutos, subimos por la escalera de servicio a mirar unas humedades de la segunda planta que no llegamos a mirar.

Cuatro minutos. En el rellano de la primera, con la espalda contra el pasamanos frío y una claraboya de los años sesenta filtrando una luz de color sopa.

Le muerdo el labio de abajo y me dice algo contra la boca que no llego a entender y que no le pido que repita.

Tiene las manos por debajo de la camisa y yo tengo las mías en su cinturón, y no pasa de ahí porque abajo suena la puerta de la calle y la voz de Curro Salcedo explicándole a alguien que el andamio va por la fachada de atrás.

Bajamos por separado, con quince segundos de diferencia, como si eso engañara a alguien.

La una y diecinueve de un lunes. Horario de oficina.

Amalia Rus llega a la una y media con los planos de 1968 escaneados y una lista de cuarenta y una patologías ordenadas por gravedad, y nos pasamos dos horas y media midiendo el forjado del salón y discutiendo si el terrazo de las dos flores se levanta o se conserva.

Curro Salcedo dice que se levanta. Yo digo que ese suelo lo pisaron los abuelos de media Málaga y que si se levanta ya podemos abrir el hotel con otro nombre.

Se hace un silencio corto. Curro Salcedo se rasca la nuca y dice que bueno, que se puede pulir.

Álvaro no dice nada en toda la discusión y no me mira ni una vez, y yo no le miro ni una vez, y a las cuatro y diez, cuando volvemos andando cada uno por una acera distinta como dos espías de pueblo, descubro tres notas apuntadas en el cuaderno con una letra que no es la mía.

A las cinco y veinte vuelve Marian de sus dos hoteles, sube a la sexta a dejar los partes y se sienta en la silla vacía de al lado de mi mesa sin pedir permiso.

En esta planta eso lo hacen dos personas y las dos han pasado de los cincuenta.

Trae los partes de gobernanta del Malagueta y del Nerja, y trae también una lista suya, escrita a mano en el reverso de un albarán, de todo lo que hay que comprar para el Zambra y que nadie ha presupuestado todavía.

— Toallas de rizo del cuatrocientos, no del trescientos — dice-. Y las alfombrillas de baño con el borde cosido, que las de borde pegado duran tres lavados y luego parecen un tapete de abuela.

— Esto no lo tengo que comprar yo, Marian.

— Ya. Pero lo vas a comprar tú.

Tiene razón y las dos lo sabemos, y me guardo el albarán en el cuaderno con una goma. Cuando se levanta para irse le miro el bajo de la bata, que sigue enganchado por dentro y que va a seguir así hasta que se rompa la bata entera.

Después contesto a la señora de la silla de plástico.

Le ofrezco dos noches en el Nerja para el aniversario de su hija y le pido las fotos originales sin los círculos rojos, porque quiero ver el jardín.

Me contesta a los once minutos dándome las gracias y llamándome por mi nombre. Lo imprimo. No sé para qué lo imprimo.

Y por la noche, en la cama, con la ventana abierta porque al final no ha llovido ni ha hecho nada y en la terraza la higuera del vecino sigue tirando hojas con un mes de retraso, me pongo a repasar las normas y me salen seis, o siete si cuento la del café, o cinco si quito las dos que nos hemos saltado antes de comer, y me duermo intentando acordarme de cuál dijo él y cuál dije yo, y de si en algún momento de esos siete minutos alguno de los dos ha dicho en voz alta la palabra que habría que decir para que una cosa así necesite normas.