Álvaro #2
El preacuerdo hay que pasarlo a limpio, hay que llamar a Amalia, hay que meter las fechas en el plan, y a las seis y media volvemos a la nave porque Vicente quiere enseñarnos un hilo.
A las ocho y diez está oscuro. A las ocho y veinte se levanta una niebla baja en la carretera que sube del Torcal y a las ocho y media yo ya he entendido que no vamos a volver a Málaga esta noche.
Cenamos en una venta que se llama El Torcalillo, en la carretera, con manteles de papel, una televisión encendida sin sonido y un perro atado fuera que se llama Duque y al que saluda todo el que entra. Porra, un plato de chivo, dos cervezas y pan de esos que pesan.
— Explícame lo de la etiqueta — le digo.
— No hay nada que explicar.
— Le has dado una cosa que yo no le podía dar.
— Le he dado una cosa que tú sí le podías dar y no se te ha ocurrido. Ojo, que eso es peor para ti.
Se ríe. Se ríe con la cuchara en la mano.
— Mira — dice-. Ese hombre tiene ochenta y un empleados y una nave a la que le falta una letra desde hace ocho años.
¿Tú sabes por qué le falta la letra? Porque poner la A cuesta setecientos euros y quitar y poner el andamio cuesta mil doscientos, y prefiere gastarse eso en el aguinaldo.
Y ahora va a haber sesenta y una camas en el centro de Málaga con su apellido cosido en el embozo.
Eso no lo puede comprar, y encima le sale gratis, y encima se lo va a contar a su madre.
— Tú a la gente la tratas como a un expediente.
— Yo a la gente la trato como a gente. Los expedientes los haces tú.
Pide flan. Se lo come entero y luego dice que no quería flan. El hotel está a cuatro kilómetros y se llama El Cerrojo, y es un edificio bajo de dos plantas con doce habitaciones, aparcamiento de camiones y una recepción con un mostrador de melamina y un señor viendo un concurso.
El señor no aparta la vista de la televisión hasta que termina la pregunta. La pregunta es de geografía y la falla el concursante, y el señor de recepción dice el nombre correcto en voz alta antes de mirarnos.
— Buenas noches. ¿Tienen reserva?
— No.
— Mejor.
Berrocal me da un codazo en el brazo y no me atrevo a mirarla. Dos habitaciones. La siete y la ocho. Cada uno paga la suya con su tarjeta y el señor tiene que hacer dos facturas y no le hace ninguna gracia. Subimos. Pasillo estrecho, moqueta azul, ocho puertas. Yo abro la siete a la primera.
Ella mete la llave en la ocho y no gira. La saca, la vuelve a meter, la gira hacia el otro lado, la sacude. Se agacha para mirar el bombín. Le da con la cadera. Eso se lo ha visto hacer a Marian. La puerta no se mueve.
— Está rota — dice-. Voy a bajar.
— Espera.
Lo pruebo yo. Yo tampoco. La llave entra dos tercios y se para en seco, y detrás hay algo roto que se nota en el pulgar.
Nos quedamos los dos en un pasillo de moqueta azul, a las once menos veinte de la noche, con una llave que no abre en la mano. Y no bajamos a recepción.
— Álvaro.
— Dime.
— Si bajo a recepción, ese señor tarda diez minutos en encontrar el maestro y me abre la puerta.
— Ya.
— Solo lo digo para que conste que lo sabemos los dos.
— Consta.
Abro la siete. Entra Berrocal primero. Cierro.
Y no llegamos a la cama en un rato largo.
Me besa antes de que yo encienda la luz.
La luz no se enciende en toda la noche, y la habitación se queda con la claridad naranja de la farola del aparcamiento entrando por la persiana mal cerrada, y con eso sobra.
La empujo contra la puerta con el hombro.
Ella tira de mi camisa hacia arriba, sin desabrochar nada, y se le engancha en el reloj, y sigue tirando igual hasta que se oye una costura.
— Perdón.
— Me da igual la camisa.
Le meto la mano por debajo de la falda y levanta una pierna y me la pone en la cadera, y así estamos un buen rato, contra una puerta de melamina, con su boca en mi cuello y mi mano donde llevo ocho días queriendo tenerla.
Está mojada por encima de la ropa. Se ríe cuando se lo digo. Se deja de reír enseguida.
— Aquí — dice.
— ¿Aquí de pie?
— Aquí, con la mano. Y luego lo otro.
Le aparto las bragas a un lado y le meto dos dedos, y le busco el sitio con el pulgar, y se agarra al marco de la puerta con las dos manos por encima de la cabeza.
No cierra los ojos. Me mira todo el rato.
Es lo más obsceno que ha hecho nadie conmigo en la vida.
Cuando se corre lo hace mordiéndose el antebrazo para no despertar a media Antequera y sin dejar de mirarme ni un segundo.
Luego me quita el cinturón con una mano y con la otra me empuja hacia atrás.
Caemos a la cama sentados y Berrocal se queda de rodillas en el suelo entre mis piernas, y me la coge, y se la mete en la boca, y yo tengo que apoyar las dos manos atrás en el colchón.
Lo hace despacio a propósito. Levanta la cara una vez.
— ¿Estás bien?
— No.
— Pues por preguntar.
— Sigue.
Y sigue, y a los dos minutos la tengo que parar cogiéndole la cara con las dos manos, y se ríe con la boca cerrada y sube y me empuja para atrás en la cama.
El resto es esto. Ella boca abajo, de rodillas, con la cara en la almohada y las manos agarradas al cabecero, y yo detrás.
Se la meto despacio la primera vez y ella dice una palabra que no repito.
Después ya no es despacio. El cabecero de aglomerado da contra la pared y da bien, y a la tercera se cae un cuadro de un cortijo que había colgado encima, y se cae de canto, y hace un ruido tremendo, y ella se echa a reír con la cara en la almohada y se ríe tanto que tengo que parar.
— No te rías.
— Es que el cortijo — dice, y se le va otra vez.
— Rocío.
— Ya. Ya está. Sigue.
Sigo. Y se le va la risa a los diez segundos y ya no vuelve. La cojo por la cadera con una mano y por el hombro con la otra y voy más fuerte, y empuja para atrás, y en el aparcamiento arranca un camión y no nos enteramos.
Y en el último momento hago una cosa que no había pensado hacer.
La giro. La pongo boca arriba, me pongo encima y entro otra vez, y ahora nos vemos, y le sujeto la muñeca izquierda contra la almohada porque me la ha dado, y me clava el talón derecho en la parte de atrás del muslo.
Se corre así, y esta vez no se muerde el brazo ni nada parecido.
Ni se lo plantea. Si media Antequera se entera, que se entere.
Es al revés que hace media hora y no sé por qué.
Yo me corro detrás, dentro, con la boca en la suya y sin llegar a besarla, y diciendo una sola cosa.
— Estoy aquí.
Se me queda mirando después, en la oscuridad naranja, con el pelo pegado a la frente.
— ¿Qué has dicho?
— Nada.
— Has dicho estoy aquí.
— Sí.
— Ya lo sé — dice-. Lo digo porque no se te ocurre decir nada más raro.
Nos quedamos tumbados de lado, mirando la persiana mal cerrada, con el cuadro del cortijo apoyado en el rodapié y una habitación con una llave rota a tres metros de distancia.
— Rocío Berrocal Cantos — digo.
— ¿Qué?
— Nada. Es la primera vez que lo digo en voz alta.
Se incorpora un poco, apoyada en el codo.
— ¿Y cómo suena?
— Suena a las nueve y media de la mañana del uno de septiembre, en una sala con doce sillas y catorce personas — digo-. Y a esta noche. Y no sé separar una cosa de la otra.
— Álvaro Peñalver de la Riva.
— Ese soy yo.
— Ya. Es que en agosto me lo callé y llevo dos meses con eso atravesado y no te haces una idea.
Le pregunto por la cicatriz. Tiene una raya blanca de tres centímetros en la espinilla izquierda y se le ve con la luz de la farola.
— Una moto — dice.
— ¿Tuya?
— No.
Y no dice más, y yo no pregunto más, y eso también es algo.
Se duerme a las tres y veinte con la mano abierta encima de mi esternón, y pesa más de lo que debería pesar una mano.
Le subo la sábana hasta el hombro y le tapo la pierna izquierda, la de la cicatriz.
Fuera, en la nacional, pasa un camión cada cuatro minutos.
Mañana hay que volver.