A mi despacho Álvaro
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Álvaro

— Por la autovía son cincuenta minutos — dice-. Cincuenta. No cuarenta.

— He dicho cuarenta y cinco.

— Has dicho cuarenta y cinco porque conduces tú.

Salimos de Muelle Heredia a las nueve y veinte de la mañana y a los ocho kilómetros ya se ha quitado los zapatos.

No lo comenta. Se los quita, los deja de pie en el hueco del suelo, sube las rodillas y se pone la carpeta encima.

Yo llevo cuarenta minutos preparándome mentalmente para un viaje incómodo y la incomodidad la he traído yo solo.

Habla del proveedor durante el primer cuarto de hora.

Textiles Almedina, tercera generación, nave en el polígono desde 1994, ochenta y un empleados en temporada.

Le compramos sábanas, toallas y lencería de cama para los once hoteles desde antes de que Berrocal entrara en la empresa.

Vicente Almedina lleva la casa desde que se murió su padre.

Contesta el teléfono él. Ese dato me lo repite dos veces.

— Contesta el teléfono él — dice-. Acuérdate de eso.

— ¿Por qué?

— Porque en una empresa de ochenta y un empleados, si el dueño coge el teléfono es porque le gusta cogerlo.

— ¿Y tú de qué le hablas cuando lo llamas?

— De su padre. De la lluvia. Del algodón, que sube y baja como el aceite. Y una vez, en 2020, estuvimos once minutos hablando de un perro que se le había perdido.

— ¿Y luego le compras?

— Luego le compro doscientas toallas y me hace un cuatro por ciento que no le hace al resto — dice-. Y esos once minutos del perro yo los tengo apuntados en la ficha del proveedor, porque a mí se me olvidan las caras pero no se me olvida un perro.

— ¿Tienes fichas de los proveedores con datos personales?

— Tengo fichas de las personas. Los proveedores son personas y les pasan cosas. En la tuya de momento solo pone que corres.

— ¿Yo tengo ficha?

— Tú tienes dos líneas.

Después de Casabermeja se calla y mira por la ventanilla.

El campo de octubre está seco y amarillo y hay una torre de alta tensión cada trescientos metros.

En el kilómetro cuarenta y uno hay una gasolinera con un cartel enorme de un huevo frito y ninguno de los dos dice nada del huevo frito. Es lo más difícil de todo el viaje.

De lo del jueves ocho no hablamos. Han pasado ocho días.

En esos ocho días hemos tenido dos comités de obra, cuatro llamadas de tres minutos y un correo sobre un gresite.

Ella ha estado impecable. Yo también. Somos dos profesionales, y en algún momento de esta semana los dos hemos entendido que ser dos profesionales es lo mismo que ser dos cobardes con agenda compartida.

Llegamos a las diez y quince. La nave tiene la fachada de chapa color crema y un cartel de letras corpóreas al que le falta la primera A. Dentro huele a algodón crudo y a máquina caliente, y hay pasillos de estanterías de siete metros con los rollos de tela puestos de pie como columnas.

Vicente Almedina nos recibe con un café malo en vaso de plástico y le da a Berrocal dos besos.

— Rocío.

— Vicente.

— ¿Y tu padre?

— Tirando. Ya no habla del autobús.

— Ese hombre y yo llevamos veinte años sin vernos y le tengo más cariño que a mi cuñado.

Yo me siento y no me pregunta por mi abuelo.

La reunión empieza bien y se estropea en el minuto veintidós y la estropeo yo.

Berrocal saca la sábana. La trae en una bolsa de tela, doblada, y la extiende encima de la mesa de reuniones con las dos manos.

Lino grueso de 1974, el escudo con la guitarra y las letras HZ enlazadas.

Vicente se pone las gafas y se calla un rato largo.

— Esto lo bordó Manoli.

— ¿Manoli vive?

— Manoli tiene setenta y nueve años y vive en Villanueva. Dejó de coser para nosotros en el noventa y seis.

— ¿Y la máquina?

— La máquina la vendimos. Y aunque no la hubiéramos vendido, ese punto no lo hace la máquina. Ese punto lo hacía ella a mano y tardaba hora y veinte por pieza.

Y ahí es donde intervengo yo, y lo hago con la mejor intención del mundo.

— ¿Cuánto costaría montar eso otra vez?

— ¿Montar el qué?

— La capacidad. Si hay que comprar una máquina, se compra. Si hay que traer a dos personas a formarse con esa señora seis meses, se paga. Y el pedido completo del hotel lo necesito para la primera semana de marzo, así que si hay que reorganizar la producción, dígame el número.

Silencio.

Vicente se quita las gafas muy despacio y las deja encima de la sábana de 1974, que es un sitio donde no se dejan unas gafas.

— Mire usted — dice-. Yo en marzo tengo el pedido de tres hoteles de Torremolinos que me lo dan todos los años desde 2008.

A esa gente yo no le puedo decir que se espere porque ha venido un señor de Málaga y me ha dicho un número.

Y en cuanto a Manoli, Manoli cobra una pensión de setecientos euros y va a la iglesia a bordar los manteles del altar gratis.

Si usted le pone dinero delante, ella va a decir que sí, porque tiene setenta y nueve años y setecientos euros.

Y a mí eso no me lo va a hacer usted en mi nave.

Y se acabó la reunión. No formalmente. Formalmente seguimos allí veinte minutos más y Vicente contesta con monosílabos y mira dos veces el reloj de la pared. Yo sé cuándo se cierra una sala. Esta sala se ha cerrado.

Miro a Berrocal. Berrocal no me mira a mí. Está doblando la sábana. La dobla bien, por las costuras, sin prisa, y cuando termina la deja en el centro de la mesa y pone las dos manos encima.

— Vicente. Dos cosas, y las digo yo, que llevo comprándote toallas desde 2018.

— Dime, hija.

— Una: nosotros no queremos ciento seis juegos bordados.

Queremos sesenta y uno. Sesenta y una habitaciones de las ciento seis, las que dan a la calle.

Las otras cuarenta y cinco llevan tu lencería normal, la de siempre, la del catálogo, y esa la pides tú a producción cuando quieras y nos la traes en marzo con el resto.

— Sesenta y uno.

— Sesenta y uno. Y no los quiero en marzo. Los quiero de aquí a marzo. Uno cada dos días y medio. Si Manoli tarda hora y veinte por pieza y quiere hacer tres a la semana en su casa, con su luz y su butaca, tenemos ciento cincuenta días y nos sobran ocho.

Vicente vuelve a coger las gafas.

— Eso hay que preguntárselo a ella.

— Eso hay que preguntárselo a ella — dice Berrocal-.

Y no se lo vamos a preguntar nosotros, porque nosotros no somos nadie.

Se lo preguntas tú, y le dices que es para el Zambra, y le dices el número de la habitación donde ella durmió la noche de la boda de su hermana, si es que se acuerda, porque los del setenta y cuatro se acuerdan todos.

— La 114 — dice Vicente, sin pensarlo.

Y se ríe solo, y se pone colorado, y dice que eso lo sabe por otra cosa, y no explica por qué otra cosa.

— Y dos — dice Berrocal-. En el embozo, debajo del escudo, quiero una etiqueta tejida. Pequeña. Que ponga Textiles Almedina, Antequera. En las sesenta y una.

Vicente se queda con las gafas a media altura.

— Eso no se hace.

— En un hotel no se hace. En este sí. El diecinueve de marzo va a venir la prensa local y va a haber tres periodistas y una cámara en un vestíbulo de terrazo, y a mí me van a preguntar por las sábanas, porque siempre preguntan por las sábanas.

Y yo voy a decir tu apellido y el de Manoli.

Y eso no te lo puedo pagar y no te lo voy a pagar. Te lo estoy ofreciendo.

Vicente tarda seis segundos.

— Yo mañana estoy en Villanueva a las once.

Salimos de la nave a la una y veinte con un preacuerdo escrito a mano en la última hoja de la libreta de la pinza de tender, y con dos rollos de muestra en el maletero que Vicente ha cargado sin dejarme tocarlos. Arranco. Salgo del polígono. Y en la primera rotonda tengo que decirlo.

— Lo he hecho fatal.

— Sí.

— Podías haberme parado antes.

— Sí — dice-. Y no te he parado porque no se para a un consejero delegado delante de un proveedor. Se le arregla después, si se puede. Hoy se ha podido.

— ¿Y si no se hubiera podido?

— Pues hoy tendríamos sesenta y una sábanas de poliéster y una empresa de Antequera contando en toda la comarca que el nieto de Peñalver va por ahí comprando abuelas.

Me río. Me río de verdad, con el intermitente puesto, en una rotonda de un polígono industrial. Y aquí es donde se me estropea todo, y lo digo con conocimiento de causa, porque hasta este momento yo tenía un problema y a partir de este momento tengo otro.

Yo he visto a mucha gente buena trabajar. He tenido ochenta y una personas a mi cargo y contraté a cuatro que eran mejores que yo, y verlas trabajar me daba una satisfacción muy limpia y muy tranquila, la del que ha elegido bien.

Lo de hoy es otra cosa.

Esto es que hace veinte minutos una mujer de un metro sesenta y tres ha cogido una reunión muerta, la ha levantado del suelo y le ha dado a un señor de cincuenta y siete años exactamente lo que ese señor quería, que no era dinero.

Y yo le he ofrecido dinero, porque es lo único que sé sacar de la cartera.

Y he tardado dos horas y un ridículo en entender que el dinero era la respuesta equivocada, y Berrocal lo sabía desde el minuto uno, y no me lo ha dicho delante de nadie.

Y encima va descalza en mi coche.

La tarde se nos va entera. Vicente llama a Villanueva a las tres y cuarto desde el despacho, con la puerta abierta, y nosotros oímos media conversación desde el pasillo de las estanterías.

Habla ocho minutos. De los ocho, seis son de una operación de cadera.

Cuando cuelga sale y dice que Manoli quiere ver la sábana antes de decir nada, y que mañana se la lleva en el coche, y que si Manoli dice que no lo va a decir en dos segundos y sin darle vueltas, porque Manoli es así.

Berrocal se pasa una hora midiendo rollos con el metro de Vicente y hablando en un idioma que yo no domino: gramaje, hilos por pulgada, percal, sarga, encogimiento al primer lavado.

Yo la sigo por los pasillos con una libreta y me siento exactamente igual que el primer día en la pecera, con la diferencia de que aquí no hay nadie mirándome las manos.