Rocío
Los bomberos no vinieron. Lo cuento yo otra vez, y lo cuento a la mañana siguiente, con el pelo todavía mojado y el mismo nudo en el estómago que traigo desde las doce menos veinte de anoche.
Yo llegué a mi casa a la una y cuarto y me quedé sentada en el borde de la cama nueve minutos con un zapato puesto. Nueve minutos pensando. O nueve minutos sin pensar en nada, que a esa hora yo ya no lo distingo.
Así que aquí estoy, escribiendo con mis dos manos un documento oficial en el que consta que la noche del ocho de octubre había dos personas autorizadas dentro del Hotel Zambra, y decidiendo si pongo los nombres o pongo los cargos.
Pongo los cargos.
Bueno, pongo los cargos y luego pongo los nombres, porque los partes se rellenan como se rellenan y porque el día que yo empiece a maquillar un parte por una cosa así ya no soy la que arregla nada, soy otra persona.
Lo firmo a las nueve y veinte, lo archivo y me pongo a trabajar.
Y lo que no sale en ningún sitio es la parte administrativa.
En las películas la gente se besa contra una puerta y a la mañana siguiente sale de casa con una gabardina y una banda sonora.
Aquí me he besado contra una puerta a las doce menos veinte de la noche y a las nueve y veinte de la mañana he tenido que teclear la hora exacta en la que sonó la alarma que nos interrumpió, en un formulario con desplegables, y elegir la causa en una lista donde no está la causa.
No se lo puedo contar a nadie, y lo raro de verdad es eso mucho más que lo de anoche.
Llevo ocho años en esta planta y a Yoli le he contado cosas que no le he contado a mi padre, y hoy tengo la cosa más grande que me ha pasado en cuatro años metida en el pecho y me la tengo que tragar entre ciento diecinueve quejas, con la cara de todos los días y contestando al teléfono con el mismo tono.
Y no pasa nada en todo el día. Eso es lo que hay que entender de este viernes: que no pasa absolutamente nada.
Él no baja. Yo no subo. Ni correo, ni llamada, ni una de esas apariciones casuales en el office que se le ocurren a todo el mundo cuando quiere ver a alguien y no quiere que se note.
Yo me paso la mañana esperando algo y a las doce y media me doy por vencida y me pongo con las quejas de la semana, que son ciento diecinueve.
A la una y cuarenta bajo a comer y coincidimos en el ascensor.
Somos seis. Él, yo, dos de comercial, la chica nueva de reservas y un chico de una empresa de fotocopiadoras con un carro.
El ascensor del edificio de Muelle Heredia baja de la séptima a la calle en cincuenta segundos porque para en la cuarta, y yo esos cincuenta segundos me los conozco de memoria desde 2018 y nunca se me habían hecho tan largos.
Él está en el fondo a la izquierda y yo estoy delante, casi pegada a la puerta, mirando el número.
— Buenos días, Berrocal.
— Buenos días.
Y ya está, eso es todo. Uno de comercial cuenta un problema con una reserva de grupo, la chica nueva se ríe por educación, el de las fotocopiadoras dice que en su vida ha visto un ascensor que pare en una planta donde no ha llamado nadie, y en la cuarta se abre la puerta, se cierra sola, y todo el mundo pone la cara que se pone.
Salgo la primera y no me giro. Y voy andando por Muelle Heredia hacia el mercado con las orejas ardiendo como una cría de dieciséis años. Rectifico: como una señora de treinta y dos que anoche se besó con su jefe en un pasillo a oscuras, cosa bastante peor.
Y entre las ciento diecinueve está la del mar.
Un señor de Valladolid no, otro. Este es de Palencia y ha estado cuatro noches en el Peñalver Cabo Roldán, en una habitación de primera línea con terraza y vistas frontales, y escribe para reclamar el importe íntegro de la estancia porque, y cito literalmente porque me lo he aprendido de memoria, «en la descripción del establecimiento no se advierte en ningún momento de que el mar produce un ruido constante durante toda la noche, ruido que ha impedido el descanso de mi señora y el mío propio y que consideramos un defecto no informado del alojamiento».
Lo leo tres veces. La tercera me río sola en una planta diáfana, que es una cosa que en esta oficina se paga muy cara.
— ¿Qué? — dice Yoli desde tres mesas.
— El mar hace ruido.
— ¿Cómo?
— Que el mar hace ruido y no lo pone en la página web.
Se levanta y vienen dos más, y a las doce y cincuenta hay cuatro personas leyendo por encima de mi hombro una reclamación de setecientas ochenta palabras sobre el oleaje, y alguien propone contestarle con un enlace a un vídeo de olas, y alguien propone ofrecerle una habitación interior en un hotel del Soho, e Inma, que se ha enterado por teléfono desde el Malagueta y ha llamado solo para esto, propone mandarle un mar más pequeño.
Yoli dice que este hombre es un malaje y que a ella el mar la duerme.
Yo le contesto en serio, claro. Le contesto que lamento muchísimo que no haya descansado, que el ruido del mar viene incluido con el mar y que eso en España no se advierte porque se da por sabido, que la habitación estaba correctamente descrita, que no procede la devolución, y que si vuelve le reservo con mucho gusto una de las que dan al patio interior, que están a treinta y un euros menos y donde no se oye nada de nada.
Contesta a los cuarenta minutos. Dice que le parece muy bien y que si el año que viene puede reservar la del patio con la misma tarifa de este.
Ahí está. Ese es mi trabajo. Ocho años.
A las cinco y veinte aparece Fali con el chaleco puesto y una carpeta.
— Rocío, dos cosas. Una: que me ha dicho Amalia que el lunes en el comité va a pedir cambiar el gresite de la fachada, porque el que hay no se fabrica y hay que buscar equivalente.
Y dos: que si el parte de anoche lo cierro yo en el sistema o lo cierras tú, porque me sale a mí en pendientes y no sé por qué me sale a mí, si yo anoche estaba en el Malagueta.
— Lo cierro yo.
— Es que me sale en rojo.
— Fali, lo cierro yo.
— Pues nada.
Se va. Y a los cuatro minutos justos, ni uno más, aparece Yoli con el bolso ya colgado del hombro y esa cara.
— Esto no te lo he dicho yo — dice.
— Pues no me lo digas.
— El día dieciséis y el diecisiete hay viaje a Antequera. Textiles Almedina, el proveedor de las sábanas. Van dos personas.
— Ya lo sé, Yoli, la reunión la he pedido yo.
— Ya. Lo que no sabes es quién es la otra persona.
Y me lo dice. Y se queda mirándome exactamente el tiempo necesario para que yo ponga la cara de que me da igual, y se va, contentísima, porque Yoli es de las que necesitan que la información llegue antes que el acontecimiento y luego se quedan tan a gusto.
Nacho no va. Nacho tiene el sábado un torneo de pádel benéfico del que lleva hablando desde agosto.
Así que voy yo, y va él, cincuenta minutos de autovía de ida, una reunión, cincuenta minutos de vuelta si la reunión sale a la hora, y como en octubre en Antequera nada sale a la hora, una noche allí, porque a las doce y con niebla esa carretera no la coge una persona en su sano juicio.
De cinco y media a siete y cuarto de la tarde escribo tres correos.
El primero se lo escribo a Amalia. Le digo que igual sería más lógico que fuera ella, porque el textil de las sesenta y una sábanas históricas afecta al proyecto ejecutivo y porque Vicente la conoce del Malagueta.
Lo leo entero y lo borro, y lo borro porque es mentira: Vicente no la conoce de nada, y a Amalia el textil se la trae flojísima, y la única razón de ese correo está a dos plantas de altura sobre mi cabeza.
El segundo se lo escribo a Nacho. Le digo que si quiere puede ir él y llevarse a otra persona, y que el pádel benéfico es el sábado y la reunión el viernes.
Ese lo borro más rápido, porque me imagino a Nacho leyéndolo y contestando «Rocío, ¿tú te crees que yo me voy a Antequera un viernes? », y encima tendría razón.
El tercero se lo escribo a él y son tres líneas: que puedo ir sola perfectamente, que llevo negociando con ese proveedor desde 2018 por teléfono, que no hace falta que se desplace el consejero delegado a un polígono a hablar de sábanas.
Ese lo tengo escrito veintiséis minutos con el cursor parpadeando en la casilla del asunto y el asunto en blanco.
Y lo borro también, y lo borro por la peor razón de las tres, que es que si lo mando y él contesta «de acuerdo, ve tú», me voy a pasar de aquí al viernes que viene con una piedra en el estómago, y prefiero la piedra que tengo ahora, que por lo menos es mía y sé de dónde ha salido.
A las seis y cuatro me entra un correo suyo. Lo veo aparecer arriba a la derecha y se me para todo, y lo abro, y dice:
Berrocal, ¿el gresite equivalente que propone Amalia lo has visto puesto en algún sitio o solo en muestra? Si está puesto en algún edificio de Málaga, dime cuál y voy a verlo el domingo.
Una línea y media. Cero saludo. Cero nada.
Le contesto que sí, que hay dos: una fachada en la avenida de Andalucía puesta en 2019 y un zócalo de un edificio de la Alameda que lleva desde 2021 y que ya se está viendo cómo envejece, y que el de la Alameda es el que hay que mirar porque le da el sol de tarde igual que al Zambra.
Contesta a los dos minutos: gracias. Y me paso once minutos analizando la palabra gracias como si fuera un informe pericial, y llego a la conclusión de que gracias no significa nada, y luego me paso otros cuatro minutos comprobando esa conclusión.
Le tengo que llamar a mi padre este fin de semana.
Llevo dos domingos sin ir a El Molinillo y le tengo que llevar las pastillas de la tensión y el recibo del agua, y el sábado que viene ya es diecisiete y estoy en Antequera, así que va a tener que ser mañana sábado por la mañana, y eso significa levantarse a las nueve un sábado, y me da igual, porque si no voy mañana esto se me junta con el viaje y no voy hasta el veinticinco y eso no lo pienso hacer.
Le llamo desde la mesa, con el bolso ya colgado del hombro. Descuelga al cuarto tono y con la televisión de fondo.
— Papá, que mañana voy y te llevo las pastillas.
— No hace falta, hija, que yo tengo de...
Y se calla, porque en la televisión están diciendo algo, y vuelve tres segundos después para preguntarme si a mí no me tocaba trabajar los sábados. Le digo que no. Me dice que muy bien.
— ¿Y llevas pan?
— Llevo pan.
— Pues ya está.
Apago a las siete y media. Y me quedo un minuto con las manos en el borde de la mesa, mirando la columna que tengo delante desde 2018.
Lo que me da miedo no es Antequera. Antequera son cincuenta minutos de autovía, un polígono, una nave con olor a algodón y un señor de cincuenta y siete años que se llama Vicente y que me lleva llamando Rocío desde que le compré las primeras toallas por teléfono.
Antequera lo tengo dominado. Antequera lo he hecho cuarenta veces.
Me da miedo que esto se ponga bien. Porque si esto se pone mal, yo sé exactamente lo que hay que hacer: se acabó, se olvida, se trabaja, y en marzo abrimos el hotel y en abril me tomo dos semanas y me voy a Cádiz con mi padre a un apartamento que huele a cerrado.
Eso lo sé hacer. Eso lo llevo haciendo desde los diecinueve años.
Pero si esto se pone bien, no tengo ni idea de lo que hay que hacer. Eso no lo he hecho nunca.
Y luego está lo otro, que es más pequeño y me da más vergüenza: que yo he construido una vida entera en la que nadie me tiene que dar nada porque yo no pido nada, y en esa vida no hay ningún sitio previsto para un hombre que se presenta a las ocho y media de la noche en un hotel cerrado con dos bocadillos de lomo en manteca que no le ha pedido nadie.
Cojo el bolso, paso por el office a por el vaso que me dejé por la mañana y ahí sigue la máquina de café, estropeada desde febrero, con el folio pegado con celo y las mayúsculas de rotulador azul.
Alguien ha escrito debajo, con otro boli y otra letra, YA ESTÁ AVISADO OTRA VEZ.
Y debajo de eso, con un tercer boli y en minúscula, alguien ha puesto: y yo.