Rocío
Me quedé mirando la pantalla un rato largo. Un rato largo no: cuatro minutos, que a las siete y diez de la mañana de un jueves son una barbaridad.
Porque lo entendí a la primera, y él sabía que lo iba a entender a la primera, y ahí está el problema.
No me ha ascendido. No me ha cambiado de departamento, ni me ha subido el sueldo, ni me ha metido en ningún organigrama, ni ha hecho ninguna llamada, y si yo bajara hoy al despacho a decirle que ha incumplido el punto tres de mi discurso del aparcamiento, él podría enseñarme el correo, señalarme las ocho líneas y preguntarme educadamente cuál de ellas.
Ninguna. Todas.
Lo que ha hecho es ponerme a dirigir una obra de tres millones de euros sin darme nada, y encima lo ha hecho de una manera tan limpia que si algún día sale mal, en el acta no va a haber ni una línea con mis dos apellidos, y si sale bien tampoco.
Y lo peor de todo, lo verdaderamente insoportable, es que es la mejor decisión que se ha tomado en esta empresa en cuatro años.
Así que el lunes convoqué. Y el lunes vinieron once personas a las ocho y media de la mañana a un hotel cerrado con la luz dada de baja en tres plantas, y se sentaron en sillas de plástico traídas del Malagueta, y yo levanté un acta de cuatro páginas y Nacho la firmó al final delante de todos, y cuando salí a la calle del Cuartelillo a las diez y veinte me tuve que apoyar en la pared un segundo, porque llevaba hora y media de pie y hasta ese momento no lo había notado nadie, y yo la primera.
El jueves ocho hacemos el inventario. De noche, porque de día están los industriales, y esta semana, porque Amalia necesita saber qué mobiliario se salva antes de cerrar el proyecto ejecutivo.
Con linternas: la luz de las tres primeras plantas lleva dada de baja desde 2019 y darla de alta cuesta más que dos noches de linternas.
Y tenemos que ser dos porque a las nueve de la noche de un jueves no queda en esta empresa una sola persona a la que se le pueda pedir esto sin que pregunte por qué. Marian nos abre a las ocho y veinte y no se queda, porque mañana entra a las siete en Cabo Roldán.
— Ahí tenéis las llaves. La de la puerta de servicio es la que tiene la cinta azul, y hay que darle con la cadera.
La del sótano no tiene cinta y es la más gastada.
Y el llavero de las habitaciones lo dejo en el mostrador, en el hueco del ciento diez, que es el único que no tiene la etiqueta despegada.
— Gracias, Marian.
— La linterna grande no funciona. Le baila el muelle del contacto — dice, y se agacha, y le pone algo dentro-. Ea. Eso lo arreglo yo con un imperdible.
Y funciona. Funciona toda la noche. Se va, la puerta de servicio hace su ruido y luego el edificio se queda con el ruido que tiene un hotel cerrado por la noche, parecidísimo al de una nevera grande apagada, con la calle del Cuartelillo entrando por las rendijas y un bar montando sillas en la acera de enfrente.
Álvaro llega a las ocho y media con dos linternas más y una bolsa de papel.
— ¿Qué es eso?
— Cena.
— No he pedido cena.
— Ya lo sé. Son las ocho y media y vamos a estar aquí cuatro horas.
— ¿Y qué has traído?
— Lo que había abierto en la calle Casas de Campos.
Hay dos bocadillos de lomo en manteca, dos botellas de agua y una servilleta de papel con el nombre de un bar.
Nos los comemos de pie en el vestíbulo, apoyados en el mostrador de madera curva, con las dos linternas puestas de canto sobre el terrazo apuntando al techo, y la lámpara de latón de doce brazos nos devuelve una sombra en el techo que parece otra cosa.
Y a partir de ahí trabajamos cuatro horas seguidas y no nos tocamos ni una vez, dato objetivo que yo podría defender delante de un tribunal.
El inventario lo escribí yo en julio de 2019 en un fin de semana y tiene mil doscientas líneas.
Lo llevo impreso, en dos tomos, con las anotaciones a boli de hace siete años y las de hace tres en otro boli.
Vamos por plantas, de arriba abajo, y el procedimiento es este: yo canto la línea, él busca el objeto, yo apunto el estado.
— Séptima. Office de planta. Un carro de camarera, un aspirador, dos cubos.
— Hay un carro, un aspirador, tres cubos y una silla de oficina con una rueda.
— La silla no es mía.
— ¿Cómo que no es tuya?
— Que no está en el inventario. Esa silla ha entrado en este hotel después de 2019.
Se queda mirando la silla con la linterna, como quien mira a un intruso, y luego dice muy serio que la va a apuntar al final en un apartado nuevo, y le pregunto cómo va a llamar al apartado, y dice: cosas que han venido solas.
En la sexta hay veintiocho colchones apilados y ninguno vale.
En la quinta, la moqueta está mejor que abajo y se salva.
En la cuarta, el falso techo del pasillo se ha caído en dos tramos y hay una tubería a la vista con una brida nueva, y esa brida no la ha puesto esta empresa, porque en la ficha de mantenimiento no hay ninguna intervención desde 2020.
— Alguien ha entrado aquí — dice.
— Marian.
— Marian no pone bridas.
— Marian pone lo que haga falta.
En la tercera está la habitación de la sábana.
La sacamos entera y la extendemos encima de la cama para verla con las dos linternas: lino grueso, y en el embozo, bordado en hilo ocre, un escudo con una guitarra dentro y las letras HZ enlazadas de una manera que hoy no aprobaría ningún diseñador, y funciona precisamente por eso.
— Esto es de 1974 — digo-. Y ha estado durmiendo siete años. Se lava tres veces y vuelve.
— ¿Cuántas quedan?
— Sesenta y una. Las conté en 2019 y las he vuelto a contar hace veinte minutos, y siguen siendo sesenta y una, o sea que en siete años no ha desaparecido ninguna, y en un hotel abierto eso no pasa jamás.
— Sesenta y una para ciento seis habitaciones.
— Sesenta y una para las sesenta y una camas que van a tener una historia. Las otras cuarenta y cinco llevan sábana normal y no se entera ni el que duerme.
No dice nada. Coge una punta del lino, la dobla mal, se le queda torcida, la vuelve a doblar peor.
— Trae — le digo.
Y ahí es la primera vez en cuatro horas que nos rozamos, en un pliegue de una sábana de 1974, y los dos hacemos como que no.
A las diez y cuarto nos sentamos veinte minutos en el descansillo de la segunda, porque llevamos hora y media de pie y porque el termo del café me lo he dejado en un coche que no ha traído ninguno de los dos.
Él se sienta tres escalones más abajo que yo, con la espalda contra la pared y las piernas larguísimas ocupando el rellano entero.
— ¿Por qué volviste? — le digo.
— Me llamó mi abuela.
— Eso es lo que le dices al comité.
— Es verdad.
— Es verdad y no es la respuesta.
Se queda callado. Arriba, en la tercera, la puerta que no cierra bien da un golpe con la corriente y los dos levantamos la cabeza a la vez y luego la bajamos a la vez.
— Vendí mi empresa hace tres años — dice al final-. Ochenta y una personas. El lunes siguiente me levanté a las seis y media, corrí, me duché y a las ocho y diez estaba sentado en una cocina en la que solo funciona el microondas. Y así estuve dos años y medio.
— ¿Haciendo qué?
— Cosas.
— Álvaro.
— Aprendiendo italiano. Muy mal. Y comprando una casa que no uso.
Y ahí se calla. No va a decir más de golpe y no insisto, porque yo tampoco cuento las mías a la primera y porque este hombre acaba de darme más información en dos minutos que en cinco semanas de comités.
— ¿Y tú? — dice.
— Yo qué.
— Ocho años aquí. Ninguna solicitud de traslado.
— ¿Tú has mirado mi expediente?
— Yo miro los novecientos cuarenta expedientes.
— Eso es mentira y encima es una mentira mala.
Se ríe con la boca cerrada, que es como se ríe él.
Bajamos al sótano a las once y veinte. El sótano del Zambra huele a lejía vieja y a hormigón, y tiene el techo bajo, y las tuberías van vistas por el pasillo pintadas de un verde que ya no se fabrica.
Al fondo, contra la pared del este, están las cuatrocientas cajas: siete metros de largo, un metro de alto, tres filas.
Abrimos una con la navaja de él, que por supuesto lleva navaja. Dentro hay veinte albornoces doblados en bolsa individual, todos de la misma talla, todos del mismo color, y el color es mostaza.
— Mostaza — dice.
— Mostaza.
— ¿Cuatrocientos?
— Cuatrocientos, y todos XL. En 2017 el Zambra tenía una ocupación media de sesenta y dos y una clientela de setenta años. Aquí no ha cabido un XL en la vida, y menos en mostaza.
— ¿Y el albarán?
Está grapado a la primera caja, dentro de una funda de plástico, y lleva nueve años ahí.
Fecha: 14 de marzo de 2017. Cantidad: cuatrocientas unidades.
Referencia: una que no existe en ningún catálogo.
Y en el hueco de la firma del que hizo el pedido hay un garabato que podría ser cualquier cosa y un sello de goma corrido.
— Nadie — dice.
— Nadie.
— ¿Y no los ha reclamado el proveedor?
— El proveedor cobró en abril de 2017. El proveedor está encantado.
Deja el albarán donde estaba y cierra la caja, y a mí me da una risa tonta ahí abajo, a las once y media de la noche, en un sótano con cuatrocientos albornoces mostaza, y me río de una manera que hace mucho tiempo que no me río, con la mano en la boca y sin poder parar, y él no se ríe pero se le pone una cara rarísima.
— ¿Qué?
— Nada.
— Dime qué.
— Que llevo cuatro horas buscándole el fallo a esto y no se lo encuentro.
— ¿A qué?
— A estar aquí — dice.
Y ahí ya no hay bocadillo, ni inventario, ni acta que firmar el lunes.
La centralita de la alarma está a tres metros, en la pared, en una caja gris metálica de las que ya no se hacen, con una llave de latón puesta y un piloto rojo que parpadea cada cuatro segundos desde hace siete años y al que no le ha hecho caso ni un técnico.
Subimos por la escalera porque el ascensor de servicio no va y no va a ir hasta que llegue el pedido que Nacho firmó el lunes.
Dos tramos. La linterna grande la lleva él y la pequeña la llevo yo, y vamos hablando de la fachada, y de si el andamio se puede montar sin cortar la calle, y de que en Semana Santa esa acera es zona de paso de una cofradía y que si el andamio sigue puesto en marzo nos comemos una multa y un disgusto.
Salimos al pasillo de la primera planta.
Y nos callamos los dos a la vez. No pasa nada especial.
Es un pasillo de hotel a oscuras con una moqueta granate y once puertas, y al fondo, a la derecha del ascensor, cuarta puerta, hay una raya de luz en el suelo, porque la 114 tiene la persiana subida y la farola de la calle del Cuartelillo entra por el balcón.
— Marian ha venido el martes — digo.
— Ya.
Andamos los once metros. No sé cuál de los dos empieza a andar más despacio, y sé perfectamente que los dos sabemos que estamos andando más despacio, y esa es una de las cosas que pasan a las doce menos veinte de la noche en un edificio de siete plantas con dos personas dentro.
Llego a la puerta y pongo la mano en la madera. Y no la abro. Me giro y él está justo detrás, más cerca de lo que se pone nadie para nada, con la linterna apagada en la mano y sin decir absolutamente nada, y yo levanto la cara y le digo la única frase sensata que se me ocurre.
— Esto es una idea malísima.
— Sí.
— Lo digo en serio.
— Yo también.
— Álvaro.
— Dime.
— Que me lo digas tú.
— No — dice-. Yo llevo cinco semanas sin decir nada. Hoy dices tú.
Y lo digo.
— Ven aquí.
Y viene.
Y no es un beso de los que empiezan pidiendo permiso, porque el permiso lo hemos estado dando los dos por escrito durante cuatro horas, en un descansillo, en un pliegue de lino y en un sótano lleno de albornoces mostaza.
Me besa con la espalda contra la puerta de la 114 y con la llave puesta clavándoseme en el omóplato, y no se parece nada a lo de agosto, porque en agosto no sabíamos nada y ahora lo sabemos todo, y porque en agosto había una caseta y un ventilador y ahora hay una empresa entera con novecientas cuarenta personas dentro.
Me sujeta la cara con las dos manos. Yo le agarro la camisa a la altura del cuarto botón.
Su boca baja al cuello y a mí se me cae la linterna pequeña al suelo y rueda hasta la pared de enfrente y se queda ahí encendida, apuntando al zócalo, y ninguno de los dos va a por ella.
— Espera — digo.
— Espero.
— No, espera un segundo de verdad.
Y se para. Se para del todo, con la boca a dos centímetros de mi cuello y las manos donde estaban, y espera.
Y yo me quedo callada tres segundos, y en esos tres segundos me callo lo único sensato que tengo en la cabeza, que es que mañana a las ocho y media hay obra, y que él es el consejero delegado, y que el acta la firmo yo.
Lo que digo es:
— La llave se me está clavando en la espalda.
Y él se ríe contra mi cuello, y me levanta veinte centímetros con un brazo por debajo, y me pone dos pasos a la izquierda contra la pared lisa, y ahí ya sí, ahí ya me besa como se besa cuando se ha esperado cinco semanas, y yo le meto la mano por dentro de la camisa, y la moqueta granate, y las once puertas, y la raya de luz de la farola en el suelo.
Y entonces, a dos plantas de distancia y detrás de una llave de latón, una caja gris metálica que lleva siete años parpadeando sin motivo decide que este es el momento.
La alarma antiincendios de un hotel de 1968 no pita. Aúlla. Aúlla en las siete plantas a la vez, y el hueco de la escalera se lo pasa de una a otra, y las palomas de la azotea salen todas de golpe, y en la calle del Cuartelillo un perro empieza a contestarle.
Álvaro tiene la mano debajo de mi camiseta y no la quita.
— No he sido yo — dice.
Bajamos las dos plantas con una linterna, corriendo, con la otra todavía encendida en el suelo del pasillo de la primera apuntando al zócalo, y en el último tramo yo me acuerdo de que la centralita está en la pared del sótano, a dos metros y medio de cuatrocientas cajas de cartón.