A mi despacho Álvaro
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Álvaro

— Aquí se come lo que hay — dice mi primo-. Y hoy hay lo que hay.

Casa Chumi está en Pedregalejo, a quince minutos del centro en coche y a veinticinco en autobús, y es un chiringuito de los de toda la vida con las mesas en la arena y una barca partida por la mitad llena de leña de olivo donde clavan los espetos.

Hay una bombilla por cada tres mesas. En la de al lado hay una familia de doce personas celebrando algo y en la de más allá hay un señor solo con un cuaderno.

Nacho pide sin carta. Sardinas, ensalada malagueña, dos cervezas y unas conchas finas que dice que hoy están bien porque se lo ha dicho el hijo de Chumi al entrar.

Conoce a los tres camareros por su nombre.

A mí aquí no me conoce ni el del hielo, y llevo treinta años viniendo a esta playa dos veces al año.

Esa diferencia es la conversación entera y todavía no ha empezado.

Nacho y yo nos llevamos tres años y dejamos de tener infancia en común a los doce.

A mí me metieron interno en un colegio de la sierra y a él lo dejaron aquí.

Esa frase la habré dicho en voz alta cuatro veces en mi vida y siempre suena a queja.

En el colegio se comía bien y aprendí a correr.

Lo que pasa es que cuando volvías en Navidad tu primo ya tenía amigos con mote y tú tenías un uniforme.

Comemos veinte minutos hablando de nada.

De la obra del paseo. De que la arena ya no es la de antes, cosa que aquí dice todo el mundo desde 1970.

De un compañero del colegio que ha montado una franquicia de tortitas.

Nacho cuenta bien las historias. Se ríe él primero y no le importa, un talento que yo no tengo y que en una reunión de doce personas vale más que dos másteres.

A los postres se limpia las manos, tira la servilleta encima del plato y cambia de voz.

— Bueno. ¿A qué hemos venido?

— A cenar.

— Álvaro.

— Al Zambra.

— Ya.

Se recuesta. Coge un palillo y no lo usa.

— Yo te voy a decir una cosa y te la voy a decir una vez — dice-.

Ese proyecto no lo dirige nadie. En el organigrama pone mi nombre y las decisiones las toma otra persona.

El lunes yo leí en voz alta nueve páginas que no había escrito.

Lo hice bien. Pero cuando Amalia me preguntó por el plazo del ascensor, yo no sabía la respuesta, y en la sala había siete personas que sabían que yo no sabía la respuesta.

— Contestó Rocío.

— Contestó Rocío — dice-. Y contestó bien. Y la próxima vez va a contestar bien otra vez y yo voy a estar seis meses siendo el señor que lee.

Pasa un perro entre las mesas y sigue de largo.

En la mesa de las doce personas cantan el cumpleaños feliz.

Lo cantan mal y lo cantan dos veces, porque a mitad de la primera alguien avisa de que la tarta está delante del cuñado y no delante de la niña.

La niña tiene ocho años y se lo toma mucho mejor que el cuñado.

— Un proyecto sin un director con firma se cae solo — dice-.

Yo eso lo he visto tres veces en esta casa, primo, y no me lo estoy inventando.

Se cae porque llega un jueves en el que hay que decidir en veinte minutos si se pagan cuarenta mil euros de sobrecoste, y la que sabe lo que hay que hacer no tiene poderes, y el que tiene poderes está en Nerja y no coge el teléfono.

Y entonces no se decide. Y una semana de no decidir en una obra son tres semanas de plazo.

— ¿Y qué propones?

— Yo propongo lo evidente y tú no me lo vas a dar.

— Dilo igual.

— Que se lo des a ella — dice Ignacio Peñalver Salas, y lo dice sin ninguna amargura, mirando la barca de la leña-.

Director del proyecto Zambra, con poderes de firma hasta cincuenta mil, en el organigrama, con el correo y con la placa.

Y a mí me quitas de en medio, que bastante tengo con lo comercial.

— ¿Tú me estás diciendo que te quite el puesto?

— Te estoy diciendo que me quites un puesto que no tengo. Yo firmo. Dirigir no dirijo. Y yo no pienso firmar seis meses lo que decide otra persona, porque el día que eso salga mal el que sale en el acta soy yo.

Eso es lo más honesto que le he oído a un Peñalver en veinte años.

Y no puedo hacerlo. No puedo hacerlo por una razón que no le voy a explicar a mi primo en un chiringuito de Pedregalejo con una sardina en el plato.

La razón tiene un metro sesenta y tres, se apoyó el lunes en el capó de mi coche, se quitó un pendiente y me dijo que si yo movía un dedo por ella se iba de la empresa el mismo día.

La razón es que hace seis semanas nos acostamos sin saber cómo nos llamábamos.

Y la razón es un papel de veintiuna páginas con mi firma la primera.

Si yo nombro directora del Zambra a Rocío Berrocal Cantos, hay dos posibilidades, y las dos son malas.

O queda entre los dos para siempre y yo he incumplido el punto cuarto apartado b del código que pedí en junio.

O alguien lo sabe algún día, y entonces todo lo que ella haga en seis meses se convierte en otra cosa en la boca de esta empresa.

Y hay una tercera, que es la que se me ocurre entre el postre y el café.

— No la voy a nombrar — digo.

— Pues entonces no me llores en marzo.

— Espera. No la voy a nombrar y tú no vas a firmar a ciegas.

Vamos a hacer otra cosa. Comité de obra semanal, lunes a las ocho y media, en el Zambra y no en la oficina.

Lo convoca calidad, lo levanta calidad y el acta la redacta calidad.

Lo que está en el acta se ejecuta. Tú vas, escuchas, y firmas el acta al final de la reunión, delante de todos, sin llevártela a casa.

Nacho me mira con el palillo parado a media altura.

— O sea, que decide ella.

— Decide el comité.

— Álvaro, que decide ella.

— Decide el comité — digo-, y en el comité está la única persona que ha entrado en ese edificio veinte veces en siete años. Si tú no estás de acuerdo con algo, lo dices allí y lo cambiamos allí. Y si sale mal, el acta la hemos firmado los dos.

— ¿Y a ella quién se lo dice?

— Nadie. Se lo va a decir un correo.

Se ríe. Se ríe de verdad, con la cabeza para atrás.

— Tú eres muy raro, primo.

Pide dos cafés sin preguntarme.

— ¿Tú duermes?

— ¿Cómo?

— Que si duermes. Te lo pregunto porque mandas correos a las dos y cuarto de la madrugada, y yo dejo el móvil boca arriba en la mesilla, y llevo dos broncas por tu culpa.

— Los programo.

— No los programas.

— No los programo.

Se ríe otra vez. Luego se pone serio de una manera que no le pega, mirando la arena.

— Yo tengo dos niñas, una hipoteca y a las nueve y media estoy en mi casa cenando — dice-. Ese es el motivo por el que el puesto te lo han dado a ti. Y no me hace ninguna gracia, y ya me he peleado con eso todo lo que tenía que pelearme, y fue en junio y fue solo.

Quiero decirle que el puesto me lo han dado porque vendí una empresa y porque me apellido igual que él y que las dos cosas juntas no le pasan a uno por mérito. Quiero decirle también que a mí a las nueve y media no me espera nadie. Digo otra cosa.

— El comité de obra empieza el lunes a las ocho y media.

— Hecho — dice, y se bebe el café de un trago.

A las once y veinte lo dejo pagando la mitad, porque insiste, y salgo al paseo a llamar por teléfono.

Elvira Quesada Pino coge a la segunda y me contesta desde una cocina donde alguien está fregando.

Se lo cuento en medio minuto. Comité de obra, lunes, convoca calidad, redacta calidad, firma dirección comercial. Silencio de cinco segundos.

— No — dice.

— ¿No qué?

— No lo hagas. O hazlo entero. Si esa mujer va a dirigir la obra, que la dirija con el título, con el sueldo y con el poder de firma.

Lo que estás montando es que haga el trabajo de una directora cobrando lo de una coordinadora y sin ninguna protección.

Y eso el día que salga bien no se lo va a apuntar nadie, y el día que salga mal va a tener nombre y apellidos, y no van a ser los tuyos.

— Ella no quiere el título.

— ¿Te lo ha dicho ella?

— Sí.

— ¿Y tú desde cuándo le preguntas a la gente lo que quiere?

Eso no me lo esperaba.

— Elvira.

— Te he dado mi opinión profesional y la voy a poner por escrito, que para eso me pagas — dice-. Buenas noches, Álvaro.

Cuelga. Podría llamarla otra vez. Podría decirle que tiene razón.

Tiene razón en todo menos en una cosa, y esa cosa no se la puedo contar, y sin esa cosa su razonamiento es perfecto y no sirve.

Eso es lo que pasa cuando el que decide se guarda un dato: los demás te dan consejos buenísimos para un problema que no es el tuyo.

Repaso lo que estoy protegiendo. Estoy protegiendo el plazo del hotel de mi abuela.

Estoy protegiendo a una empleada de que la señalen en un office.

Estoy protegiendo a mi primo de firmar a ciegas y a la empresa de un incumplimiento del código.

Y todo eso es verdad, y es una lista muy bonita, y lo que no está en la lista es preguntarle a nadie.

Me quedo en el paseo de Pedregalejo con el móvil en la mano, delante de una playa negra y con una moto pasando por detrás, y hago lo que llevo haciendo desde los veintiséis años cada vez que alguien me dice que no: lo pienso durante dos minutos y lo hago igual.

Mando el correo desde el móvil, de pie, tecleando con el pulgar.

Ocho líneas. Comité de obra del proyecto Zambra, lunes a las 8:30 en la calle del Cuartelillo, convocatoria y acta a cargo de coordinación de calidad y experiencia, firma de acuerdos a cargo de dirección comercial. Copia a siete personas.

Y en el asunto no pongo su nombre, porque no hace falta, y porque escribirlo me habría llevado dos segundos más de los que estoy dispuesto a estar mirando esas tres palabras esta noche.

Lo mando a las 23:31. La confirmación de envío tarda lo que tarda la cobertura en Pedregalejo, que es un rato, y durante ese rato hay una versión de esta noche en la que yo cancelo el correo, subo mañana a la sexta, me pongo delante de una mesa que mira a una columna y le pregunto a una persona qué quiere hacer con su vida laboral.

Esa versión dura once segundos y luego sale el aviso de enviado.

Nacho sale del chiringuito con el cambio en la mano y las llaves en la boca.

— Con todo el cariño, primo — dice, y se pasa las llaves a la mano-. Tú no sabes darle una cosa a nadie sin quedarte la llave de la puerta. Eso lo has sacado de la abuela y a ella al menos se le nota. Anda, llévame a por el coche, que lo he dejado en un vado.