Rocío
El discurso me lo sé desde el jueves y tiene cuatro puntos.
El primero es que aquello fue en agosto, que agosto no cuenta y que en esta ciudad hay una tradición de siglos según la cual lo que pasa en Feria se queda en Feria, tradición que yo me he inventado el viernes en la ducha pero que suena tan bien que pienso decirla igual.
El segundo es que no va a volver a pasar.
El tercero es el importante y me ha costado tres días redactarlo mentalmente sin que me suene ni a súplica ni a amenaza, porque no es ninguna de las dos cosas: si él me mueve de sitio, si me sube, si me pone en un organigrama, si hace una sola llamada por mí, yo me voy de esta empresa el mismo día y no vuelvo.
Y el cuarto punto es que el código de conducta que firmó el tres de septiembre delante de dieciocho personas dice, en el punto cuarto, apartado b, la palabra mantenga y también la palabra mantenido, y que yo me lo he leído entero un domingo por la tarde con una infusión, y que él debería preguntarse si se lo ha leído igual de despacio.
Cuatro puntos que me llevo el lunes entero en la cabeza, entre ciento treinta y una quejas y un problema de sobreventa en Nerja.
A las nueve de la mañana hay reunión de arranque del proyecto Zambra en la pecera, y esta vez sí estoy convocada, con mi silla y todo, porque una reunión operativa no es un comité de dirección y en las operativas siempre ha habido sitio para la gente que trabaja.
Lo lee en voz alta muy bien. Hay que reconocérselo: lee mejor que yo, tiene la voz de la gente que ha hecho teatro en el colegio y sabe dónde parar.
En la página cuatro, Amalia pregunta por qué el pedido del ascensor de servicio tiene que salir antes del 20 de octubre si la obra eléctrica no acaba hasta enero.
— Buena pregunta — dice Nacho, y pasa la hoja hacia delante y hacia atrás dos veces-. Eso lo tiene Rocío.
Y no me mira al decirlo. No lo dice con maldad y no le da ninguna importancia: lo dice exactamente igual que cuando alguien dice que las llaves están en el cajón.
— Porque el plazo de entrega del fabricante son sesenta días y en Navidad no montan — digo-.
Si el pedido sale el 21 de octubre, el ascensor de servicio se pone en marcha en febrero y toda la carga de textil y de mobiliario de las siete plantas sube por la escalera.
Son ciento seis habitaciones. Son cuatro semanas de peones subiendo colchones a pulso.
— Perfecto — dice Nacho-. Pues eso.
Álvaro está sentado en la esquina, callado, con un bolígrafo que no ha destapado en cincuenta minutos, y en toda la reunión abre la boca dos veces. La segunda es para preguntar quién firma el pedido del ascensor, y Nacho dice que lo firma él, y Álvaro dice que muy bien, y ya está.
Y la ocasión no llega, porque la ocasión nunca llega en una planta diáfana en forma de L donde hay catorce mesas y todo el mundo tiene la oreja puesta aunque esté mirando la pantalla.
A las siete y veinte, desde la ventana del office, lo veo cruzar hacia el ascensor con la americana en el brazo.
Bajo por las escaleras de servicio. Siete tramos hasta la menos uno.
En el rellano de la cuarta hay un extintor con la revisión caducada en 2023 y, pegado con celo encima, el cartel de la despedida de una tal Puri que debió de jubilarse antes de que yo entrara, porque en ocho años yo no he conocido aquí a ninguna Puri.
En el de la segunda huele a tabaco todos los días desde hace años y en este edificio no fuma nadie.
El aparcamiento del edificio está en la planta menos uno y es de esos que se hicieron cuando los coches eran más estrechos, con una rampa mal peraltada y unas columnas pintadas de amarillo que tienen todas la misma marca de golpe a la misma altura.
Huele a goma y a garaje de los ochenta, hay nueve plazas y en dos de ellas hay un coche.
Me pongo delante del suyo, que es grande, gris y de una marca que no sabría decir porque a mí los coches me dan exactamente igual, y me apoyo en el capó, y en cuanto me apoyo el capó del coche del consejero delegado deja de parecerme una postura desde la que se puedan decir cuatro puntos ordenados, así que me despego y me quedo de pie, que es peor, porque de pie parece que estoy esperando el autobús.
Sale del ascensor a las siete y veinticuatro.
— Berrocal.
— Tengo que decirte cuatro cosas y las tengo ordenadas, así que déjame llegar al final.
— De acuerdo.
— Uno: lo de agosto fue en agosto.
Y en ese momento se abre la puerta de la escalera y aparece Fali con una caja de cartón en los brazos y un cordón de tarjeta colgando del cuello.
— ¡Rocío! Menos mal. Oye, que me ha dicho Inma que te dé esto, que son las hojas de reclamaciones antiguas del Malagueta, y que te diga que en el PMS, el programa de reservas, o sea donde está todo, aparecen dos NS del sábado, no-show, cuando el cliente no viene y no avisa, pero que ella jura que la gente durmió allí. Buenas noches, Álvaro.
— Buenas noches.
— ¿Le dejo la caja a usted o a...?
— A mí — digo.
Fali me deja la caja en los brazos, se despide llevándose la mano a la sien como un guardia y se va por donde ha venido, y yo me quedo con doce kilos de reclamaciones de 2016 y el punto uno a medio decir.
— ¿Te la sujeto? — dice Álvaro.
— No.
— Pesa.
— Ya sé lo que pesa. La he pedido yo en marzo.
Dejo la caja en el suelo, entre los dos, y sigo, porque si paro no arranco.
— Uno: lo de agosto fue en agosto y en esta ciudad lo que pasa en Feria se queda en Feria. Dos: no va a volver a pasar. Y lo digo igual que se dice que el martes hay comité. Tres...
— ¿El uno y el dos no son el mismo punto?
— No me interrumpas el discurso.
— Perdón.
— Tres — digo, y aquí me quito el pendiente de la oreja derecha y me lo guardo en el bolsillo del pantalón, y él sigue el gesto con los ojos y no dice nada-.
Tres es el punto de verdad. Si tú mueves un dedo por mí, se acabó.
Si me subes el sueldo, si me cambias de departamento, si me metes en un organigrama, si le dices a alguien que me tenga en cuenta, si haces una llamada.
Cualquier cosa. Yo me voy de esta empresa ese mismo día.
Te estoy diciendo el precio antes de que compres, porque tú eres de los que compran sin mirarlo y luego se sorprenden de la cuenta.
Silencio.
Una moto pasa por la rampa de arriba y el ruido rebota en el techo bajo durante cinco segundos larguísimos.
— Hecho — dice.
— ¿Cómo que hecho?
— Que de acuerdo. Que no voy a mover nada.
— ¿Así, sin más?
— Me acabas de pedir que no haga una cosa. No la voy a hacer. ¿Qué quieres que te diga?
Y aquí es donde yo, que llevo tres días preparando un discurso y he conseguido decirlo entero sin que me tiemble la voz, me pongo de un mal humor espectacular.
Es injusto y lo sé mientras me está pasando, que es la peor manera de que te pase una cosa.
Le he pedido que no haga nada y ha dicho que no va a hacer nada, o sea que tengo delante a un hombre escuchando a una mujer y haciéndole caso a la primera, que según todas las revistas que yo he leído en salas de espera es lo que hay que pedir y lo que no se consigue nunca.
Pues aquí lo tengo. Y la satisfacción dura cuatro segundos justos y después viene lo otro.
Porque lo ha aceptado en cuatro segundos, sin discutir, sin decir que soy la mejor de la empresa, sin decir siquiera que le parece una pena, y sin ese momento mínimo, ridículo, humillante y absolutamente humano en el que un hombre al que le has dicho que no lo intente por lo menos hace el gesto de intentarlo.
— Muy bien — digo.
— ¿Muy bien de bien o muy bien de lo otro?
— Muy bien de que ya está todo hablado.
— Berrocal.
— Falta el cuatro — digo-. El cuatro es que el código de conducta que firmaste tú el primero, con la foto y todo, dice en el punto cuarto, apartado b, que ningún directivo puede decidir sobre la carrera de una persona con la que mantenga o haya mantenido una relación personal.
Haya mantenido. En pasado. Yo lo he leído.
Y yo no pienso declarar nada, porque no hay nada, porque una noche de agosto entre dos personas que no sabían ni cómo se llamaban cabe entera en la palabra noche.
Se apoya en la columna amarilla con el hombro.
— Eso lo has decidido tú sola.
— Lo he decidido yo sola porque el que se sienta delante de Elvira Quesada a explicar una noche de Feria no eres tú, soy yo. A ti te llaman moderno. A mí me llaman otra cosa en el office y encima me lo van a decir bajito para que no me entere.
— Yo no he dicho que quiera declarar nada.
— Ya lo sé. Es que estoy hablando yo.
— Termina, entonces.
— Ya he terminado.
— No has terminado.
Y tiene razón, y me molesta muchísimo que tenga razón, porque me falta justo la frase que no he ensayado ninguna de las tres noches.
— Lo de agosto estuvo muy bien — digo.
— Ya.
— Lo digo porque llevaba dos años sin acordarme de que existo fuera de este edificio, y me acordé en una noche, y esto no pensaba decírtelo en voz alta porque me da una vergüenza espantosa.
— No te he pedido que me lo digas.
— Ya lo sé. Te lo estoy diciendo igual.
Y en ese momento se vuelve a abrir la puerta de la escalera.
— ¡Rocío! Perdón. Que se me olvidaba: dice Inma que las dos habitaciones OOO de la cuarta, out of order, o sea fuera de servicio, las ha dado ella de alta esta tarde porque ya está el aire, pero que si el mes que viene sale un DTS y te llega a ti la queja, que el DTS es un doble twin sin twin, o sea que hay una cama de matrimonio donde tenía que haber dos, que no ha sido ella.
— Fali.
— Dime.
— ¿Tú no libras nunca?
— Yo entro a las once. Voy aliquindoi de aquí al Malagueta, tomo algo y entro — dice, tan contento-. Hasta luego, Álvaro.
— Hasta luego.
Se va, y la puerta se cierra sola con un golpe que suena a chapa.
Nos quedamos los dos otra vez, con la caja de doce kilos en el suelo entre nosotros y una columna amarilla al lado, y ya no me queda ningún punto por decir, y llevo el pendiente en el bolsillo, y esto ha ido todo lo bien que podía ir.
Ha ido fatal.
— ¿Ya está? — dice.
— Ya está.
— Entonces te llevo la caja al ascensor y me voy.
— No hace falta.
— No he preguntado si hace falta.
Coge la caja del suelo, la lleva ocho metros, la deja en la puerta del ascensor, se sacude las manos y vuelve a por las llaves. Y cuando ya está abriendo el coche, con medio cuerpo dentro y el brazo en el techo, se para.
— Berrocal.
— Dime.
— Una cosa del punto tres.
— Dime.
— Estabas muy segura de que yo iba a ascenderte.