Álvaro
El Zambra huele a piscina vacía y a periódico mojado.
Son las nueve y diez de la mañana y hemos venido andando desde Muelle Heredia.
Siete minutos. Cruzas la Alameda, te metes por el Soho y a la tercera calle está la fachada de gresite ocre con los dos cuadros caídos.
Berrocal ha hecho el camino delante de mí sin hablar, con una carpeta debajo del brazo y una libreta cerrada con una pinza de tender.
Yo he ido detrás. He tardado los siete minutos en decidir que hoy no voy a decir nada de nada.
En la puerta nos espera la gobernanta. Mari Ángeles Portillo, Marian para todo el edificio desde hace treinta años, tiene cincuenta y ocho, un llavero de conserje con veintitantas llaves y un bolso del que salen cosas durante toda la mañana.
Entró en este hotel con veintiséis. Cuando cerró, la pasaron a gobernanta volante y lleva siete años cubriendo bajas en los otros diez, de Nerja a Cabo Roldán, con un coche de empresa y ochenta kilómetros diarios. Me da la mano y me mira las manos.
— Eso lo dicen todos el primer día.
Abre ella. La cerradura de la puerta de servicio va dura y le da con la cadera en el sitio exacto. Entramos por el pasillo del office y salimos al vestíbulo, y ahí se para uno aunque no quiera.
El suelo es de terrazo original del sesenta y ocho, gris con grano oscuro, y en el centro hay dos flores de mármol blanco de metro y medio, una entera y otra partida por una junta de dilatación.
El mostrador de recepción está a la derecha según se entra, en madera curva de una pieza, y detrás tiene el casillero de las llaves con ciento diez huecos numerados y ciento diez etiquetas escritas a máquina.
A la izquierda, el salón, con las sillas apiladas en una torre de veinte y un piano vertical tapado con una sábana.
Al fondo, dos ascensores y la escalera. En el techo hay una lámpara de latón con doce brazos y en ocho de los brazos no hay bombilla.
Faltan cuatro llaves y lo pregunto, porque en esta empresa las cosas que faltan llevan años faltando sin que se lleve la cuenta.
— Una la tengo yo — dice Marian.
— Otra la tengo yo — dice Berrocal.
— Y las otras dos se las llevó gente que se jubiló — dice Marian-. Una de ellas era el jefe de mantenimiento y en su casa la tienen en un cajón con las medallas.
Marian levanta la sábana del piano por una esquina y toca dos teclas con el dedo índice.
Suena una y la otra no. Lo trajo un cliente en el ochenta y nueve, se fue sin él, la hija llamó dos veces y luego dejó de llamar.
Vuelve a tapar el piano. En toda la mañana no se habla del piano otra vez.
La moqueta de la escalera está levantada en los cuatro primeros escalones y huele a lo que huele.
— La humedad viene del patinillo de la izquierda — dice Berrocal, y ya está subiendo.
Amalia Rus llega a las nueve y veinte con el metro láser y se queda en la planta baja midiendo. Nosotros subimos. Y a partir de aquí lo que pasa es que yo dejo de dirigir la visita a los cuatro minutos.
No lo decido. Ella entra en la primera planta, mira a la izquierda, dice que ahí no, y se va a la derecha.
Abre una habitación sin mirar el número.
Va al baño, abre el grifo del lavabo, lo deja correr cuatro segundos, lo cierra y dice que la vertical de agua fría se ha quedado con aire pero que el tubo está bien.
Sale, cruza el pasillo, empuja la puerta de la 107 con el hombro porque está hinchada, y dentro señala una mancha en el techo del tamaño de un plato y dice que esa es de 2021 y que no ha crecido, y que las que hay que mirar son las que tienen el borde blando.
Amalia le pregunta desde el hueco de la escalera por la altura libre del pasillo. Ella contesta dos con cuarenta sin medir. Amalia mide. Dos con cuarenta y uno.
En la tercera planta hay una habitación con la cama hecha con una sábana que tiene bordado un escudo, un dibujo de una guitarra y las letras HZ.
— Eso es del setenta y cuatro — dice Marian-. De cuando el bordado se hacía en Antequera. Ya no lo hace nadie así.
— Se puede hacer — dice Berrocal.
— Pues eso lo arreglo yo con un imperdible.
— Marian, que se puede hacer de verdad. Vicente todavía tiene los patrones antiguos.
La gobernanta la mira. Es la primera vez en toda la mañana que alguien le dice a esa mujer una cosa que no sabía, y le cambia la cara y le dura dos segundos, y luego se agacha a recoger un tornillo del suelo y se lo mete en el bolso.
Subimos a la azotea a las diez y media. La piscina son doce metros por cinco y en el fondo queda un charco verde con hojas y con un flotador de corcho hinchado.
Alrededor hay ocho hamacas apiladas y una ducha de pie con el latón comido.
Desde aquí se ve el puerto entero, la grúa grande, media Alcazaba y, si te giras, el arranque de Gibralfaro con el pinar.
Es la mejor vista de los once hoteles de esta empresa y lleva siete años siendo de las gaviotas.
Berrocal se asoma al murete y se queda ahí un rato.
— El 25 de octubre — dice.
— ¿Qué pasa el 25 de octubre?
— Que si esto no está vacío para el 25 de octubre y cae la primera buena, el problema deja de ser mío y pasa a ser del forjado.
Anoto la fecha. La anoto en el móvil, con alarma, y no le digo que la he anotado.
Marian baja a abrirle el cuarto de contadores a Amalia.
Nos quedamos los dos solos en una azotea de doce metros, a cuarenta grados de sol y con el ruido de la grúa del puerto de fondo.
Ninguno de los dos habla de agosto. Llevamos treinta y siete días sin hablar de agosto y a este ritmo vamos a llegar a Navidad.
— Berrocal.
— Dime.
— ¿Tú por qué no estabas en la lista de convocados del día quince?
— Porque la lista la hace mi jefe.
— Ya.
— Y porque si me convocan me tengo que sentar — dice, y se aparta del murete-. Y si me siento, ya no me puedo ir cuando quiera.
Eso lo ha dicho en tres segundos. Lo lleva pensado desde 2019. Se nota en el sitio donde pone las comas.
Aquí es donde yo debería estar pensando en el presupuesto.
Estoy pensando otra cosa. Estoy pensando que llevo tres semanas en esta empresa y que he leído cuarenta documentos, y que todo lo que sé de verdad de este edificio me lo ha dicho una persona que no aparece en el organigrama que me mandaron en junio.
Rocío Berrocal Cantos no dirige nada. No firma nada.
No tiene equipo. Tiene una llave de 2019 que nadie le pidió y una libreta cerrada con una pinza de tender.
Y esto se arregla en cuatro minutos y con un correo, y yo sé exactamente qué correo.
No lo mando. No lo mando porque el día que yo escriba ese correo va a haber una persona en esta empresa que sepa por qué lo he escrito, y esa persona voy a ser yo, y con eso basta para que sea otra cosa.
Así que me callo. Me callo tan bien que hasta a mí me parece que no estoy pensando nada.
Y entonces se mete en la piscina.
Por la escalerilla del rincón, sin avisar y con los zapatos puestos, para verle el desagüe al fondo.
Abajo hay un charco verde y siete años de alga seca, que es la superficie más traicionera que existe.
Le digo que salga. No sale. Se agacha, mete un dedo por la rejilla, dice que el sumidero está entero y que lo que hay que rehacer es el vaso, y al levantarse pone el pie donde no hay que ponerlo.
La cojo del brazo. Por encima del codo, con la mano entera, desde el borde y con medio cuerpo fuera del murete. No se cae. Se queda de pie en el fondo de una piscina vacía, con la cara a la altura de mi cintura, y desde ahí levanta la vista.
— Ya está — dice.
— Ya.
— Puedes soltar.
No suelto. Ese es el problema entero de la mañana y cabe en dos palabras.
La subo tirando del brazo y ella se deja subir, y arriba no se aparta.
Se queda a un palmo. Tiene el pelo pegado al cuello, una raya de verde en la mano y olor a hotel cerrado.
En el cuello se le ve el pulso. El mío se verá igual.
Y no pasa nada. No pasa nada durante siete u ocho segundos, que a cuarenta grados y con una grúa dando por detrás son una barbaridad.
Yo sigo con la mano donde la tenía. Ella tiene la libreta contra el pecho y no la baja, y los dos sabemos que la está sujetando ahí a propósito. Le miro la boca una vez. Ella lo ve.
— No — dice.
Y no lo dice enfadada. Lo dice como se lee un plazo de entrega.
— No he hecho nada.
— Ya lo sé. Yo tampoco. Y llevo desde el uno de septiembre no haciendo nada, y eso cansa mucho más.
Le suelto el brazo. Se le queda un momento la marca de los dedos y luego se le va, y ella se mira el sitio y se limpia el verde en la pernera del pantalón. Se va hacia la escalera deprisa, y en la puerta se para para dejarme pasar primero, cosa que no ha hecho en toda la mañana.
Habría sido más fácil que se cayera.
Bajamos a la primera.
— Falta una — dice Marian.
— ¿Cómo que falta una?
— Que no la han abierto. La 114.
Se va por el pasillo con el llavero. La 114 está a la derecha del ascensor, cuarta puerta, y hace esquina. Mete la llave. Abre.
Y dentro no hay siete años de nada.
Hay una cama hecha. Colcha estirada, dos almohadas con los cantos metidos, el embozo doblado veinte centímetros.
Hay una toalla de manos colgada en el baño, seca y planchada, y un vaso boca abajo sobre un tapete de papel.
La ventana del balcón está entornada y la persiana subida hasta arriba, y por el hueco entra la calle del Cuartelillo y el ruido de un bar que está montando la terraza. No hay polvo. Huele a jabón de hotel.
Se queda todo el mundo callado unos segundos que son bastantes.
— ¿Esto lo hace usted? — digo.
— Yo.
— ¿Desde cuándo?
— Desde que cerraron.
— ¿Cada cuánto?
— Todas las semanas — dice Mari Ángeles Portillo, y lo dice mirando la colcha y no mirándome a mí-. Vengo los martes a primera hora, la deshago, la lavo en el Malagueta y la vuelvo a hacer. Se tarda cuarenta minutos.
— ¿Y por qué?
— Porque yo entré a trabajar en esta habitación.
Se agacha, tira del embozo dos centímetros hacia la derecha, aunque estaba bien, y se levanta.
— Y porque una habitación hecha se puede vender esta misma noche — dice-. Un hotel entero, no. Al señor Ignacio le he pedido siete inviernos seguidos que diera de alta la luz de esta planta.
En la puerta, Berrocal no ha entrado. Se ha quedado en el marco con la libreta contra el pecho, y no ha dicho ni una palabra, y por la cara que tiene lo sabía desde antes de subir.
En el rellano de la segunda, Marian me para con dos dedos en el codo y no me suelta hasta que termina.
— Don Álvaro, yo le voy a decir una cosa y luego no la digo más.
Yo he estado siete años en el coche. Lunes en Nerja, jueves en Cabo Roldán y el fin de semana donde hiciera falta, y a las gobernantas de esos hoteles yo les caigo bien porque les tapo los agujeros y les caigo mal porque cuando me voy se nota.
Ochenta kilómetros diarios, cincuenta y ocho años y una hernia.
Y nadie me ha llamado nunca para preguntarme cómo se abre este edificio, que yo lo abrí catorce mil veces.
— ¿Se lo estoy preguntando ahora?
— Usted no. Ella.
Y señala con la barbilla el pasillo por el que Berrocal acaba de doblar la esquina con la libreta abierta, contando puertas en voz baja.
Y entonces caigo.
El tres de septiembre estuve en la acera de enfrente cuatro minutos, con la americana en el brazo, mirando una fachada con todas las persianas bajadas menos una. Primera planta, esquina, la que da a la calle del Cuartelillo. Esa.
Bajamos al sótano diez minutos antes de irnos, lo justo para que Amalia nos enseñe el cuadro general y la centralita vieja de la alarma, que es una caja gris de los años ochenta con una llave de latón y un piloto que parpadea sin motivo.
Al fondo, contra la pared, hay una pila de cajas de cartón de un metro de alto y siete metros de largo.
Cuatrocientos albornoces. Llegaron en 2017 para un hotel que ya se estaba muriendo. No los pidió la casa y ahí siguen.
— ¿Los devolvemos? — digo.
— Se intentó — dice Berrocal-. Dos veces.
Salimos a las once y cuarto. Amalia se queda midiendo el sótano. Marian se va al Malagueta porque tiene turno a las doce y ochenta kilómetros no se hacen solos, y antes de irse me devuelve el llavero completo menos una llave.
La 114 se queda con la llave puesta por dentro, porque la puerta está desencajada desde que en el noventa y ocho tocaron el marco para meter una tubería, y con la puerta entornada el peso de la hoja tira del bombín y la llave va girando sola un cuarto de vuelta, despacio, hasta que hace un clac y se para.
Nadie la toca. Lo hace mientras nos vamos y lo vuelve a hacer cuando ya estamos en la escalera.
Marian se ha llevado la única llave que no me ha devuelto y no lo ha disimulado.