A mi despacho Rocío
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Rocío

En julio de aquel año me mandaron al Zambra a hacer el inventario del cierre.

Sola, un fin de semana, veinticinco años y mil doscientas cosas que contar antes de que vinieran a llevárselas: seiscientas sábanas, once carros de camarera, un piano vertical que había llegado allí por su cuenta, según todo el mundo y ciento diez llaves de latón con su llavero de bola.

El lunes a primera hora entregué el inventario y no lo abrió nadie.

Eso lo sé de verdad, no me lo estoy inventando por pena: el archivo sigue en la carpeta compartida con la fecha de modificación de aquel domingo por la noche.

No me lo ha pedido nadie y no sabe que existe ni una persona de esta casa, y hasta hoy me parecía tan normal que no me había parado a pensar que a lo mejor no lo es.

El comité de dirección es a las diez en la pecera y yo no estoy convocada. Nunca estoy convocada: en ocho años he entrado en esa sala doscientas veces y siempre con algo en la mano y siempre por la puerta, nunca por la convocatoria.

Mi mesa está de espaldas al cristal, así que no veo nada.

Oír, en cambio, se oye todo, porque la persiana veneciana lleva desde el uno de septiembre atascada a media altura y torcida, y por el triángulo que queda arriba a la izquierda se escapan las voces igual que se escapa el humo de una olla mal tapada.

A las diez y veinte oigo la palabra Zambra.

A las diez y veinticinco oigo la palabra licencia.

A las diez y veintisiete oigo a mi jefe decir «eso no lo tengo aquí», y me levanto, cojo el archivador y el cuaderno con la pinza, y me pongo en la puerta antes de que les dé tiempo a llamarme, porque llevo ocho años ahorrándole a esta gente los cuatro minutos de buscar a alguien.

— Perdón. Traigo el expediente de la prórroga.

— Pasa, Berrocal — dice Álvaro.

Y ahí empieza la cosa. No me siento, claro, porque en la pecera hay doce sillas y hay once personas sentadas y una libre, y la libre es la de la esquina, la que está junto al aparador, y esa silla lleva ocupada por un proyector estropeado desde antes de que yo entrara en la empresa.

Me quedo de pie al lado del cristal con el archivador abierto sobre el antebrazo.

— La prórroga — digo-. Concedida el 14 de enero, vigente hasta el 12 de enero del año que viene. Si empezamos obra antes del 12 no hay que pedir nada nuevo. Si empezamos después, volvemos a la cola y son ocho meses.

— ¿Ocho? — dice el director financiero.

— Nueve el año pasado. Ocho es lo que tardó el Malagueta con el office.

Y a partir de ahí ya no me deja hablar el archivador, me deja hablar la sala.

Que cuántas habitaciones: ciento diez, pero utilizables ciento seis, porque las cuatro de la séptima planta dan al patinillo de la maquinaria y no se pueden vender ni con descuento.

Que cuánta plantilla haría falta: cuarenta y uno en temporada alta y veintisiete el resto del año, y de esos, dieciséis los tenemos ya dentro de la casa repartidos por los otros hoteles y once de ellos volverían mañana.

Que qué pasa con el ascensor de servicio: que lleva parado desde 2019 y que el de clientes tiene la ITE pasada por los pelos.

Que si la piscina de la azotea aguanta: que la piscina de la azotea tiene ahora mismo dos dedos de agua verde y hay que vaciarla antes de la primera lluvia de verdad, que en Málaga cae a finales de octubre, porque el agua parada se lleva por delante el forjado.

Que de dónde saco yo esos datos. Ahí me paro medio segundo.

— De ir.

— ¿De ir adónde? — dice Nacho.

— Al hotel.

Once caras. Yo no había pensado nunca que aquello fuera raro.

Voy dos o tres veces al año desde que cerró, con la llave que me dieron en 2019 para el tema de la inspección del ascensor y que no me han pedido de vuelta, y voy porque el edificio se estropea de una manera distinta cada estación y porque si no lo mira uno, cuando alguien decida abrirlo se va a encontrar una sorpresa de doscientos mil euros.

Lo hago porque soy incapaz de dejar una cosa rota sin mirarla, y de eso no se presume.

Siguen preguntando veinte minutos más. Y al final llega la del nombre, porque en esta sala hay quien opina que Zambra suena antiguo y que ya que se hace la obra habría que llamarlo Peñalver Soho. A esa contesto más rápido de lo que debería.

— El hotel se llama Zambra desde el sesenta y ocho y en esta ciudad hay tres generaciones que se han hecho la foto de la comunión en ese vestíbulo. Si le quitan el nombre, la reapertura la cuenta la prensa local un día. Si lo dejan, la cuentan tres y encima gratis.

— ¿Eso lo has estudiado? — dice el director financiero.

— Eso lo he visto.

Y entonces habla Álvaro por segunda vez en toda la reunión.

— Berrocal. Una última. Si mañana le entregaran ese edificio a alguien, ¿por dónde empezaría esa persona?

— Por el sótano.

— ¿Por el sótano?

— Todo lo que va a salir mal en marzo está ahora mismo en el sótano — digo-. La centralita vieja de la alarma, el cuadro general, el desagüe del office y cuatrocientas cajas sin abrir desde 2017. Arriba solo hay polvo, y el polvo no arruina a nadie.

No contesta y apunta con la letra pequeñísima.

Contesto quince preguntas seguidas. Las cuento después, por la noche, en la cama, porque soy así.

Quince.

Y en la número once, la del coste aproximado del textil, abro el cuaderno con la pinza de tender apoyándolo en el borde del aparador, busco la página de Antequera y leo un precio de hace dos años en voz alta, y ni una sola de las once personas que hay sentadas en esa sala pregunta qué es esa libreta.

Álvaro sí la mira. La mira dos segundos de más y después mira otra vez el orden del día, y no dice nada, y yo cierro el cuaderno con la pinza y me lo pongo debajo del brazo.

El comité aprueba tres cosas y las aprueba en catorce minutos.

Uno: reabrir el Hotel Zambra el Viernes de Dolores, con acto de reapertura y prensa local.

Dos: encargar el proyecto ejecutivo a Amalia, la arquitecta técnica que ya trabaja para el grupo, y pedir tres presupuestos de obra.

Tres: la reforma del ascensor de clientes del Peñalver Malagueta, que se aprueba por unanimidad y con mucho entusiasmo y que yo sé, mientras levantan la mano, que no se va a hacer nunca. Nacho pide la palabra al final.

— Yo lo voy a decir — dice, y se recuesta-. Seis meses y medio son seis meses y medio, y aquí lo que hay son buenas intenciones y una señora de ochenta y uno con prisa. Yo quiero que conste en acta que los plazos me parecen optimistas.

— Consta — dice Elvira.

— Y que la dirección del proyecto la voy a llevar yo en funciones, porque es lo que hay, y que necesito a alguien de calidad apoyando.

— Consta también.

El director financiero levanta el bolígrafo antes de que empiecen a recoger.

— Una pregunta tonta. Del día a día, ¿quién tira? Porque aquí hay una obra, once industriales, un proveedor de textil en Antequera y una gobernanta que va a querer opinar de todo. ¿A quién llamo yo si el martes se cae algo?

Y hay dos segundos de silencio en los que once personas miran a Nacho, y Nacho hace un gesto con la mano hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia el sitio donde estoy yo de pie con el archivador abierto sobre el antebrazo.

— A calidad.

Y todo el mundo apunta calidad, y nadie apunta un nombre, y a mí se me ocurren en ese momento tres respuestas y no doy ninguna, y esa es la parte que se me va a quedar.

Y así es como sale mi nombre por primera vez en un acta del comité de dirección del Grupo Peñalver, después de ocho años y de quince preguntas seguidas.

Apoyo de calidad.

Salgo la última, bajo dos metros por el pasillo, entro en el office, cojo un vaso de plástico, me acuerdo de que la máquina no funciona desde febrero, me quedo con el vaso vacío en la mano y me lo bebo igual, o sea, hago el gesto, y es una tontería mía que hago desde marzo. Yoli me pilla.

— ¿Estás bien?

— Estoy contentísima.

— Rocío.

— Estoy contenta — le digo-. Bueno, estoy contenta con el hotel. Con lo otro me da la risa, y no es lo mismo.

Mi jefe me alcanza en el pasillo con la carpeta debajo del brazo y me pone una mano en el hombro, dos golpecitos, como se felicita a un perro que ha traído el palo.

— Muy bien ahí dentro, Rocío. Muy bien. Oye, ¿me pasas el plan de arranque el lunes a primera hora? Con los plazos y eso. Que Nacho lo quiere para el consejo.

— Claro.

Digo claro. Digo claro con la misma voz con la que digo buenos días, y esa es la parte que me va a doler esta noche y no la otra.

Vuelvo a mi mesa, me siento y giro la silla entera para mirar la pecera, que es una cosa que no hago casi nunca, y desde aquí se ve a Álvaro de pie junto a la mesa hablando con Amalia y señalando algo en un plano, y se ve la persiana torcida, y se ve el proyector estropeado ocupando su silla desde hace nueve años.

Y luego abro un documento en blanco y me pongo a hacer lo que iba a hacer de todos modos, la única parte de todo esto que no me quita nadie.

Ciento ochenta y seis días hasta el Viernes de Dolores.

Ciento diez habitaciones, ciento seis vendibles.

La licencia son cero días si se empieza antes del 12 de enero y doscientos cuarenta si no, y ahí se acaba la discusión de los plazos.

La eléctrica, siete plantas de vertical, cuarenta y cinco días de obra sin contar imprevistos, y hay imprevistos.

El ascensor de servicio no se mueve hasta sesenta días después de que alguien firme el pedido, y el pedido sigue sin firmar.

En el sótano, cuatrocientos albornoces que llegaron por error en 2017, sin abrir, sin reclamar y sin que se sepa quién los pidió.

Y en el acta de hoy, en el apartado de asistentes, once nombres.