Álvaro
— Has adelgazado — dice mi abuela-. Y no te favorece.
— Buenos días, abuela.
— Siéntate ahí, que ahí te da el sol.
Doña Carmela de la Riva tiene ochenta y un años, un bastón que no usa y una casa en El Limonar con un porche cubierto donde come desde mayo hasta noviembre.
Debajo del toldo hay una mesa de mármol y seis sillas de hierro.
Se sientan tres. Las otras tres llevan puestas unas fundas de plástico desde que se murió mi abuelo.
Hoy hay arroz con pollo, y lo ha hecho la señora que viene los jueves, y mi abuela lo va a criticar delante de ella y le va a dar una propina al salir. Nacho llega diez minutos tarde con el móvil en la mano y la camisa por fuera.
— Abuela, con perdón, pero el arroz de esta mujer se te pasa siempre.
— Se te pasa a ti, que llegas tarde.
Mastico por el lado izquierdo. Llevo tres años masticando por el lado izquierdo porque tengo una muela partida abajo a la derecha y no encuentro el hueco para ir. Mi abuela lo ve al segundo bocado.
— Come por el otro lado.
— Me da igual el lado.
— Te da igual todo lo que tenga que pedir hora.
Comemos. Mi abuela habla del precio del pescado y del precio de la obra que le están haciendo a la vecina, y luego se para en seco a mitad de un plato y me mira a mí.
— ¿Tú sabes lo que costó el Zambra?
— Sé lo que cuesta ahora.
— No te he preguntado eso.
— No, no lo sé.
— Un millón doscientas mil pesetas de préstamo y la casa de mi madre de aval — dice, y no levanta la voz ni una nota-.
En el sesenta y ocho. Tu abuelo puso la cara y yo puse a mi madre.
Y a los seis años lo teníamos pagado, y aquello eran veintiocho habitaciones y una bomba de agua que había que darle con un palo.
Nacho se sirve más arroz. Ha oído esta historia cuatrocientas veces. Yo la he oído seis, y las seis desde una silla distinta.
— Abuela.
— ¿Tú comes en tu casa?
— A veces.
— ¿Con quién?
— Solo.
— Ya.
Se calla exactamente el tiempo que hace falta para que yo me arrepienta de haber contestado. Nacho mira el pollo con un interés que no tenía hace un minuto.
— Tu madre también comía sola — dice mi abuela-. Y decía que le gustaba.
— Abuela.
— Te he llamado para eso — dice-. No te he llamado para que arregles nada más. Los otros diez van solos. Ese no.
— El consejo va a querer números.
— El consejo lo presido yo hasta que me muera y luego ya me dará igual todo — dice, y se limpia la boca-. Yo lo que quiero es entrar por esa puerta con las llaves puestas por dentro y que haya gente en el bar. Y tengo ochenta y uno.
— Eso no es un plazo.
— Semana Santa.
Nacho levanta la cabeza del plato.
— Abuela, eso son seis meses y medio. Yo he tenido ese hotel en la mesa cuatro años.
— Ya lo sé, Ignacio. Por eso se lo pido a él.
Y ahí es donde la comida se convierte en otra cosa.
Mi primo no dice nada. Se queda con el tenedor a media altura dos segundos y luego sigue comiendo, y por fuera no pasa absolutamente nada.
Ignacio Peñalver Salas lleva cuatro años haciendo el trabajo de consejero delegado sin el cargo, sin el sueldo y sin la firma, y hoy su abuela acaba de explicar delante de él por qué no se lo dieron.
No se lo dieron porque él pedía permiso.
Yo no pido permiso. Eso en esta familia se llama tener carácter y en cualquier otro sitio se llama otra cosa.
Quiero decirle algo a mi abuela. Lo pienso durante todo el postre. La frase es fácil y son cinco palabras y no me sale ninguna de las cinco, y lo que digo al final es esto:
— Ciento diez habitaciones y seis meses. Si arranco la semana que viene, llego.
— Pues arranca.
— Va a costar dinero.
— Todo cuesta dinero, Varo. Lo que pasa es que tú solo sabes decirlo de esa manera.
Me levanto a las cuatro y veinte. Me abrocho el botón de la americana sin pensarlo y ella lo ve, porque lo ve todo, y no dice nada, y yo bajo los cuatro escalones del porche con la sensación exacta de haber pagado una cuenta que no era esa.
En el coche, camino del centro, Nacho me manda un mensaje.
Doce minutos desde El Limonar hasta Muelle Heredia y me da tiempo a leerlo en tres semáforos.
Dice: sin rencores primo, y luego dice: pero el Zambra en seis meses no lo abre ni Dios, y luego dice un emoticono de una cara riéndose que no me creo.
Aparco en Muelle Heredia a las cuatro y treinta y cinco y no subo. Cruzo la Alameda y me meto por el Soho, siete minutos andando, y me planto en la acera de enfrente del Zambra con la americana en el brazo y treinta y un grados.
Es más pequeño de lo que me acordaba. Siete plantas de gresite ocre con dos cuadros enteros caídos a la altura del tercero.
La puerta giratoria está tapiada por dentro con un tablero pintado de blanco y encima han escrito con espray el nombre de un grupo y una fecha de 2021.
En la esquina de la calle del Cuartelillo todavía se lee HOTEL ZAMbrA en letras de hierro, y a la letra Z le falta el travesaño de arriba desde antes de que yo naciera.
Me quedo cuatro minutos. Cuando ya me voy, levanto la vista y en la primera planta, en una ventana de la esquina, hay una persiana subida. Todas las demás están bajadas. Esa no.
A las cinco y cuarto pido el expediente del Zambra.
Me lo suben en un carro de la limpieza porque no hay otra cosa con ruedas en el edificio.
Cuatro cajas y ninguna con nada posterior a 2020.
Dentro hay dos proyectos que no se hicieron, tres presupuestos caducados y un informe de la instalación eléctrica atado con una goma que se rompe al tocarla.
Llamo al director de operaciones y le pregunto quién lleva el hotel cerrado. Me dice que nadie, porque está cerrado.
Le pregunto entonces quién paga el seguro, quién da de alta la luz de la escalera cuando entra un industrial y quién abre la puerta una vez al año para la inspección del ascensor. Se queda callado ocho segundos largos. Luego dice un nombre y no es el suyo.
A las cinco y media, Elvira Quesada Pino entra en mi despacho con dos ejemplares grapados y los deja encima de la mesa igual que se deja una multa.
— El código de conducta — dice-. Veintiuna páginas. Lo pediste tú en junio y lo hemos aterrizado con los servicios jurídicos. Está bien. Es duro.
— Duro por qué.
— Porque tú dijiste duro — dice, y se queda un momento con la mano encima de los papeles-. La página once la escribí yo un domingo por la mañana, en mi casa, con la televisión puesta y sin bajarle el volumen. Eso no hace falta que lo apuntes en ningún sitio.
— No lo apunto.
— Mejor.
Me siento. Lo leo entero, y lo leo delante de ella, porque si me lo llevo a casa no lo voy a leer y las dos personas de esta habitación lo sabemos.
Veintiuna páginas. Régimen de regalos y atenciones de proveedores, con un tope de cincuenta euros que va a hacer llorar a más de uno en Navidad.
Canal de denuncias interno, el buzón ético, gestionado por dirección de personas y con obligación de respuesta en quince días.
Conflictos de interés. Contratación de familiares hasta segundo grado, prohibida sin acuerdo expreso del consejo, cosa que en esta empresa es prácticamente una declaración de guerra. Y el punto cuarto.
El punto cuarto se llama relaciones personales en el entorno laboral.
Lo leo dos veces. Las relaciones entre empleados no se prohíben, faltaría más.
Se declaran. Por escrito, a dirección de personas, en un plazo de siete días naturales desde que existan.
Y el apartado b dice que ningún miembro de la dirección podrá participar, influir ni decidir en ningún asunto que afecte a la retribución, la promoción, la evaluación o el encuadramiento de una persona con la que mantenga o haya mantenido una relación personal.
— Una duda — digo-. Si una relación personal existió antes de que esto entre en vigor y ya no existe, ¿hay que declararla?
— Depende de si la otra persona sigue en la empresa.
— ¿Y si sigue?
— Entonces sí. Se declara la afectación. Se declara que hay alguien en esta casa sobre quien tú no puedes decidir.
— ¿Y si no se entera nadie?
Elvira levanta la cabeza del cuaderno por primera vez en veinte minutos y me mira dos segundos largos, con el bolígrafo parado encima de la hoja.
— Esa pregunta no la hace nadie por curiosidad.
— Yo la hago por curiosidad.
— Pues qué bien — dice, y vuelve a bajar la cabeza.
— ¿Esto lo firma todo el mundo?
— Todo el mundo. Novecientos cuarenta.
— ¿Y quién lo firma primero?
— Eso lo has preguntado tú mismo en junio — dice Elvira, y busca una hoja en la libreta de anillas-. Dijiste, y lo apunté: que lo firme el primero el que más pueda saltárselo.
Tiene una manera de citarte que es peor que discutir.
Bajamos a la sexta a las seis y diez. Ha convocado a los mandos y a media planta porque una firma sin público no sirve para nada, y en eso Elvira y yo estamos de acuerdo aunque ninguno de los dos lo va a decir.
Hay dieciocho personas de pie alrededor de la mesa del office.
La máquina de café sigue estropeada. Alguien tiene el móvil levantado para hacer la foto del boletín interno.
Y ella está.
Está en la tercera fila, con un vaso de agua del grifo en la mano, y no se acerca y no se aparta.
Rocío Berrocal Cantos mide un metro sesenta y tres y en un grupo de dieciocho personas de pie desaparece perfectamente si quiere, y esta tarde no quiere del todo, porque está justo en el hueco entre dos hombros por el que se ve la mesa.
Elvira lee en voz alta los cuatro puntos gordos. Cuando llega al tope de cincuenta euros en atenciones de proveedores se levanta en el fondo un rumor de calculadora.
— ¿Y las cajas de Navidad de los de la lavandería? — dice alguien.
— Se devuelven.
— Es que traen jamón.
— Se devuelve el jamón.
— Elvira, es un jamón entero.
— Y son cincuenta euros — dice ella, sin levantar la vista del folio-, y un jamón entero no ha valido cincuenta euros en la vida.
Se ríe media planta. Yo también, y me sale a destiempo, porque llevo tres días riéndome media frase tarde en esta empresa. Cojo el bolígrafo de Elvira porque el mío no pinta.
Y firmo el primero, delante de dieciocho personas y de un teléfono levantado, en el mismo sitio donde una máquina de café lleva seis meses estropeada, y firmo bien, con la rúbrica que hago desde los diecisiete años y que no se parece nada a mi letra, y mientras la hago voy pensando que esto está bien y que esto es lo que hay que hacer y que una empresa donde el que manda se apellida igual que el edificio necesita exactamente esto por escrito y firmado y colgado en la intranet, y ya estoy levantando la punta del bolígrafo cuando se me va el ojo otra vez al punto cuarto, apartado b, a la línea donde pone o haya mantenido, tres palabras en pasado que pedí yo mismo en junio, por correo, desde una casa con los muebles envueltos, para que nadie de esta familia pudiera escaparse por ahí, y no digo nada, y le devuelvo el bolígrafo, y le doy las gracias, y alguien aplaude, y el que aplaude es mi primo.