A mi despacho Rocío
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Rocío

A las nueve y media de la mañana yo no tengo que estar en esa sala, y si estoy es porque el expediente de la prórroga de la licencia del Zambra lo tengo yo en un archivador de mi mesa desde hace cuatro años y porque sé perfectamente que a alguien se le va a ocurrir preguntar por él, y en esta empresa las preguntas que se quedan en el aire terminan bajando por el pasillo hasta mi columna igualmente, solo que dos horas más tarde y con la palabra urgente delante.

Así que entro con la carpeta y me quedo de pie al fondo, entre la puerta y el aparador de los cables.

Y ahí está. Lo primero que hago es una cosa muy rara con la cara, una especie de reajuste general de todos los músculos a la vez, y lo segundo es apretar la carpeta contra el pecho tan fuerte que me va a dejar la marca de las gomas hasta la hora de comer.

Lo tercero es empezar a hacer cuentas. Trece días.

Trece días desde una caseta de una peña de Huelin, un vaso de tinto de verano y una bandeja con seis cubatas calientes, y ahora el de los cubatas está sentado en la cabecera de la pecera con un traje azul y mi primo lo acaba de presentar como consejero delegado del Grupo Peñalver.

Catorce, perdón. Catorce días. Cuento mal cuando me pongo nerviosa, y a lo mejor eso es lo único bueno que se puede decir de mí en este momento, que sigo contando.

No me mira. Me mira, mejor dicho, pero me mira igual que se mira un aparador de cables, y eso se lo agradezco tanto que casi me da la risa, porque durante nueve segundos larguísimos yo estoy convencida de que ese hombre va a decir mi nombre delante de once directores, y no puede decirlo, porque no lo sabe, porque se lo prohibí yo en una barra, con la mano encima de su boca, y esa es la clase de decisiones que una toma en agosto y le duran hasta marzo.

Contesto a una pregunta sobre la instalación eléctrica, y contesto bien, y digo el número de registro de la prórroga de memoria y no lo apunta nadie. Es lo más normal que pasa en toda la mañana. Cuando salgo me tiemblan las manos, y a mí no me tiemblan las manos.

Vuelvo a mi mesa a las once y cuarto y me pongo con las quejas de la semana, que son ciento seis y de las cuales cuarenta y una son del mismo hotel y treinta y ocho de ellas dicen la palabra ruido.

Abro un archivo, cierro otro, llamo a la gobernanta de Nerja para preguntarle por unas toallas y me da un parte del tiempo.

Contesto once correos. En ninguno de los once pongo una tontería, y eso, si alguien supiera lo que está pasando por dentro de mi cabeza esta mañana, debería figurar en algún sitio.

Entre las ciento seis hay una que me hace parar.

Una señora de Jaén escribe para contar que en el Cabo Roldán le pusieron el desayuno en una mesa desde la que se veía la piscina, y que ella no había pedido ver la piscina, y que quiere que conste.

No pide dinero. Quiere que conste, y ya está.

La marco en verde, que es el color de las que tienen razón sin saber que la tienen.

A las doce menos cuarto aparece Yoli con dos vasos de agua del grifo, porque la máquina de café lleva estropeada desde febrero y en esta planta el agua del grifo se ha convertido en una forma de vida social.

— Esto no te lo he dicho yo — dice, y se sienta en el borde de mi mesa, encima del cajón de las quejas impresas-, pero el nuevo montó una empresa de software para hoteles a los veintiséis años y la vendió a los treinta y tres a unos alemanes o a unos holandeses, una cosa del norte, y el número que me han dicho no te lo voy a repetir porque no me lo creo ni yo.

Vive en El Limonar, en una casa con jardín, solo.

Estuvo interno de pequeño en un colegio de la sierra.

Y lo primero que ha hecho esta mañana ha sido cargarse el puesto de secretaria de dirección, así que Elvira lleva desde las ocho y media escribiendo en su libreta con una cara que ya te digo yo lo que significa.

— ¿Y tú cómo sabes lo del internado?

— Porque yo hago nóminas, Rocío. Yo lo sé todo de todo el mundo y no lo cuento nunca.

— Yoli.

— A ti no te cuento nada. A ti te informo.

Le doy las gracias por el agua y no le pregunto lo único que quiero preguntarle, que es si el nuevo estaba en Málaga a mediados de agosto, y no se lo pregunto porque Yoli tiene un radar y porque además ya sé la respuesta.

A la una y media bajo a comer un bocadillo al muro del puerto, mirando las grúas.

Por la Alameda pasa el once y yo levanto la cabeza igual que la levanto desde hace trece años, por si acaso, aunque mi padre lleva trece años sin conducirlo.

Le dio un ictus leve un martes de marzo a la altura de la Aurora, con el autobús entero lleno, y tuvo la cabeza suficiente para arrimarse, echar el freno de mano y abrir las puertas antes de caerse encima del volante.

Lo prejubilaron en septiembre con cincuenta años.

Yo estaba en segundo de Turismo y en octubre ya estaba trabajando en la recepción de un hotel de Huelin, y eso no me lo pidió nadie, y no se puede decir en voz alta sin quedar fatal.

Y ahí, con medio bocadillo, tomo la decisión.

La decisión es hacer como que no. No como que no pasó, que sería mentira y además una tontería.

Como que no pasa nada, que técnicamente es verdad: yo tengo un trabajo que hago bien, él tiene un despacho en la séptima y una empresa de novecientas cuarenta personas, y todo eso cabe perfectamente en la misma ciudad mientras no lo junte nadie en una frase.

Vuelvo a subir, trabajo, se va la gente, y a las siete menos diez en la sexta quedamos tres personas y una de ellas está recogiendo el abrigo. A las siete en punto me suena el móvil de empresa.

En la pantalla no pone un nombre, pone una extensión, la 701, y yo esa extensión no la he visto marcada desde que se jubiló la secretaria.

— Calidad, dígame.

— Berrocal — dice-. A mi despacho.

Y cuelga.

Me quedo con el teléfono en la mano y con la boca abierta de una manera que me alegro mucho de que no hubiera testigos.

Berrocal. Berrocal, como en el ejército.

Berrocal, dos palabras, cuatro segundos, sin buenas tardes, sin por favor, sin siquiera el titubeo mínimo que tendría un hombre que ha estado desnudo en el suelo de mi salón hace catorce días entre una mesa baja y un ventilador.

Me quedo mirando la extensión 701 en la pantalla ocho segundos más de los que hacen falta para leerla.

Subo por las escaleras de servicio contando los escalones, y en el veintinueve pienso cinco frases buenísimas y en el treinta y siete ya sé que no voy a decir ninguna.

La antesala está vacía y tiene una planta de plástico, y la puerta del despacho es de cristal esmerilado y se ve una silueta grande de pie, moviéndose de un lado a otro con algo en la mano. Llamo con dos golpes. Entro.

No me manda sentarme y yo tampoco me siento, y nos quedamos los dos de pie, él delante de la mesa y yo a metro y medio, y entre los dos hay una alfombra fea y una silla que ninguno de los dos toca en veinte minutos.

— El martes dieciocho...

— El grupo de veintidós — digo.

— ¿Perdón?

— El grupo de veintidós del Malagueta. Once habitaciones, tres noches, alojamiento y desayuno.

El señor reclama el importe íntegro de los desayunos de dos días porque el último bajaron a las once y cuarto y el bufé se recoge a las once.

Le he ofrecido los desayunos del último día, que son ciento diez euros, y ha vuelto esta mañana al mostrador con una carpeta de anillas y ahora pide los dos días.

Doscientos veinte. La empresa puede pagarlos o no pagarlos.

Necesito saber cuál de las dos cosas es esta empresa a partir de hoy, porque llevo ocho años decidiéndolo yo sola y hasta ahora le ha dado igual a todo el mundo.

Silencio.

Se apoya con los nudillos en el borde de la mesa y no se sienta, y por un momento, muy corto, pone la misma cara que puso con la bandeja de los seis cubatas en la mano.

— Págalos — dice.

— No.

— Acabas de preguntarme.

— Le he preguntado qué clase de empresa somos, no le he pedido permiso. Si le pago los dos días, este señor vuelve en diciembre con un grupo de veintiocho y con la carpeta más gorda, y quien lo va a atender en diciembre voy a ser yo, no usted.

— ¿Por qué me hablas de usted?

— Porque es lo que hago con la dirección.

— ¿Y qué haces conmigo?

Ahí me callo tres segundos. Tres segundos son muchísimo tiempo en una habitación pequeña.

— Contigo hago lo mismo — digo-. Es que resulta que son la misma persona.

Se aparta de la mesa. Da dos pasos hacia el ventanal y se queda mirando las grúas, y desde ahí, de espaldas, con las manos en los bolsillos, dice una cosa que no me esperaba.

— Yo no lo sabía.

— Ya lo sé.

— Habría sido más fácil si me hubieras dejado decir el nombre.

— Habría sido más fácil para ti.

Se gira.

— Explícame eso.

— Si tú me llegas a decir tu nombre en la caseta, yo esa noche me voy a mi casa sola, tú te vas a tu vuelo y hoy no estamos teniendo esta conversación — le digo, y me oigo la voz muy tranquila y muy rara-.

Yo no me habría acostado con el consejero delegado del Grupo Peñalver ni loca.

Tú no tienes ninguna culpa de eso. Llevo ocho años trabajando en un sitio donde una mujer que hace algo bien tiene que explicar tres veces por qué lo hizo bien, y a mí esa noche me apetecía no explicarle nada a nadie.

Así que el nombre no me lo callaste tú. Te lo callé yo. Y me lo callé para mí.

No dice nada durante un rato largo.

— La eléctrica del Zambra — dice al final-. ¿Se puede rehacer sin tocar los patinillos?

Y ahí, quilla, es donde se me estropea el enfado.

Porque me está preguntando lo único del mundo sobre lo que yo puedo hablar cuarenta minutos seguidos sin respirar, y porque nadie de esta empresa me lo ha preguntado nunca, y porque durante los seis minutos siguientes se me olvida por completo que estoy de pie en el despacho del séptimo hablando con un hombre al que le he visto doblar una camisa por las costuras a las dos de la mañana.

Le explico lo de los patinillos. Le explico lo del ascensor de servicio.

Le digo que la piscina de la azotea hay que vaciarla antes de las lluvias de finales de octubre o el problema deja de ser el agua y pasa a ser la estructura.

Él escucha sin interrumpir. Toma notas en un papel con letra pequeñísima, y cuando le digo una cifra la repite en voz baja antes de escribirla, cosa que hace la gente que lleva mucho tiempo trabajando sola.

En la mesa auxiliar hay una maqueta del Zambra de cuando yo tenía tres años, con once palmeras de plástico y la piscina de la azotea pintada de azul con esmalte de uñas.

En algún momento de los seis minutos yo he cogido una palmera y la he vuelto a poner en su sitio sin enterarme, y ahora está torcida hacia la calle del Cuartelillo y no pienso arreglarla.

Cuando termino, me mira.

— ¿Y esto por qué no estaba en la presentación de esta mañana?

— Porque la presentación de esta mañana la hace el director de operaciones y yo no soy el director de operaciones.

— ¿Y quién eres?

— Coordinadora de calidad y experiencia.

— Eso no es un puesto. Eso es la descripción de una persona.

Y ese es el momento exacto en el que yo tengo que irme de ese despacho, porque he ganado la discusión de los doscientos veinte euros, he perdido las otras dos, y porque si me quedo treinta segundos más me voy a poner a llorar delante de un señor al que le he dicho que no cuando ha querido dejarme su teléfono. Cojo el pomo y me giro.

— Buenas noches, Álvaro — digo desde la puerta-. Ya sabes dónde tengo la mesa. Es la última de la izquierda, la que mira a una columna. Se ve muy bien desde la pecera, si algún día bajas y te agachas.