A mi despacho Álvaro
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Álvaro

A las seis y media el paseo marítimo está vacío hasta el club náutico.

Corro por la derecha, pegado al muro, con el mar a mano izquierda y todavía negro.

Aprendí a correr en un internado de la sierra porque era lo único que se podía hacer solo.

Sigo corriendo por la misma razón. Hoy hago siete kilómetros en treinta y seis minutos y me paro delante de una gaviota que no se aparta. Nos miramos. Me aparto yo.

En la casa del camino del Aljibe hay ocho habitaciones y yo uso tres.

La ducha de arriba, el sofá y la cocina, donde solo funciona el microondas porque no he tenido tiempo de llamar a un técnico para la vitrocerámica.

Desayuno de pie. A las siete y veinte estoy en Muelle Heredia con una carpeta y un traje azul, y el portero me abre la puerta de la calle antes de que yo llegue a tocarla.

— Muy bien — dice, y no cambia nada.

Pepe Nadales lleva treinta y un años en esta puerta. Llamaba don Antonio a mi abuelo. Llamó don Antonio a mi abuelo muerto durante el velatorio entero. No voy a ganar esta discusión y no pienso volver a tenerla.

La sede son dos plantas de un edificio rehabilitado, la sexta y la séptima.

La sexta es diáfana, en forma de L, con catorce mesas a la derecha del ascensor y a la izquierda un pasillo corto con la sala grande, el archivo y el office.

La séptima es más pequeña y está casi vacía.

Mi despacho tiene la mesa de mi abuelo, dos sillas, una maqueta del Hotel Zambra hecha en 1997 y una puerta de cristal esmerilado por la que se ven las siluetas del pasillo pero no las caras.

Detrás hay un ventanal con las grúas del puerto.

La primera decisión que tomo como consejero delegado la tomo a las siete y treinta y cinco de la mañana y es sobre una mesa.

La mesa de fuera. La antesala tiene una mesa con un teléfono, una silla y una planta de plástico. Es el puesto de secretaria de dirección. Lo ocupó la misma señora durante veintidós años y se jubiló en junio. Bajo a la sexta y le digo a la directora de personas que no voy a cubrirlo.

— ¿Y quién te coge el teléfono? — dice.

— Yo.

— ¿Y quién te filtra?

— Nadie.

Elvira Quesada Pino tiene cuarenta y siete años, una libreta de anillas y una manera de escribir mientras te escucha que da a entender que lo que estás diciendo va a ser usado en tu contra. Apunta. No discute. Escribe la palabra suprimir y hace un círculo alrededor.

— Lo dejamos ahí de momento — dice.

— No hay nada que dejar, es una silla.

— En esta casa nunca es una silla — dice, y por un momento deja de escribir-. Yo entré aquí de administrativa con veinticuatro años y me sentaron en una banqueta sin respaldo. Todavía me acuerdo de quién tenía la silla de al lado.

Y ya está. Se le va la cara a la libreta.

Tiene razón y no se lo digo.

La reunión de bienvenida es a las nueve y media en la sala grande, la que todo el mundo llama la pecera porque tiene un tabique de cristal del suelo al techo.

Alguien ha intentado bajar la persiana veneciana para que no se vea desde fuera.

La persiana se ha atascado a media altura y se ha quedado torcida, con una esquina arriba y la otra a la altura del pecho.

Sigue así toda la reunión. Va a seguir así en marzo.

Dentro hay doce sillas y hay más de doce personas.

Mi primo entra el último con dos cafés y me da uno sin preguntarme si lo quiero.

Ignacio Peñalver Salas tiene treinta y nueve años, un bronceado de fin de semana y cuatro años ejerciendo de consejero delegado en funciones sin el cargo ni el sueldo.

El consejo me ha puesto a mí. Eso en esta sala no se dice en voz alta y lo piensa todo el mundo. Se pone de pie él solo.

— Bueno — dice-. Con todo el cariño, os presento a mi primo Álvaro, que viene de vender su empresa por una cantidad que no vamos a decir aquí, y que nos va a explicar a los que llevamos veinte años en esto todo lo que hemos estado haciendo mal.

Se ríen. Se ríen bien, sin maldad, porque es un chiste bueno y porque además es verdad y aquí todos lo saben.

Mientras se ríen me miran las manos. Llevan mirándomelas desde que he cruzado la puerta de la calle.

En esta casa se miran las manos y después el reloj, en ese orden, y con eso ya han decidido cuánto vas a durar.

El reloj me lo regaló mi abuela cuando vendí la empresa y cuesta lo que cuesta un coche pequeño.

Me lo he puesto esta mañana a propósito.

Quitármelo habría sido mucho peor. Un hombre que se quita el reloj para venir a trabajar contigo te está diciendo que sabe perfectamente lo que ganas.

Me levanto. Me abrocho el botón de la americana. Es un gesto que hago desde los veintiséis años y no sirve absolutamente para nada.

— Buenos días. Vengo de fuera y llevo doce años sin pisar un hotel de esta familia que no fuera de vacaciones. Así que la primera hora la voy a pasar callado.

No la paso callado. La paso preguntando.

Para el que escucha es lo mismo. Once hoteles.

Novecientos cuarenta empleados. Ocupación media del ochenta y uno por ciento en los cuatro de costa y del cincuenta y nueve en los de interior.

Un hotel cerrado desde 2019 en la calle del Cuartelillo, en el Soho, a siete minutos andando de esta sala, con ciento diez habitaciones, siete plantas y una fachada de gresite ocre que se cae a cachos.

El Zambra. El primero. El que mi abuela abrió con mi abuelo en el sesenta y ocho y el que los presentes no han vuelto a nombrar en cuatro años sin bajar la voz.

El director de operaciones me enseña las cifras en una presentación de treinta y una diapositivas.

La treinta y una es un agradecimiento con una foto de una playa que no es ninguna de nuestras playas.

Le pregunto de dónde ha sacado la foto y me dice que del banco de imágenes.

Le pregunto cuánto cuesta el banco de imágenes.

En esa sala no lo sabe ni el que ha hecho la presentación.

Pregunto por qué está cerrado. Me contestan tres cosas distintas en dos minutos.

Que la reforma no salía. Que hubo un problema con la licencia.

Que el consejo prefirió esperar. Las tres son maneras educadas de decir que nadie quiso firmar.

La cuarta explicación no sale del comité. Me la da una voz del fondo.

— Se cerró por la instalación eléctrica. En julio de 2019 hubo un informe que obligaba a rehacer la vertical entera y la obra se presupuestó en marzo de 2020, y luego llegó lo que llegó y ya no se volvió a mirar. La licencia no ha caducado. Está prorrogada hasta enero.

Levanto la cabeza.

Está de pie contra la pared del fondo, entre la puerta y el aparador de los cables, porque no quedan sillas y porque nadie le ha ofrecido la suya.

Lleva una carpeta de gomas sujeta con los dos brazos contra el pecho.

Un metro sesenta y poco. El pelo recogido con algo que no es una goma.

Y no me está mirando a mí, está mirando al director financiero, y ha contestado a la pregunta como se contesta a un compañero.

Y yo sé exactamente de qué me suena. De una barra de la Feria con una bombilla fundida encima.

De una escalera de tres pisos. De un ventilador que hacía un ruido raro y de una hoja de higuera encima de una mesa.

Hace catorce días. Yo tenía un vuelo a las ocho de la mañana.

Fregué dos vasos antes de irme y no encendí la luz.

No digo nada. Es lo más difícil que he hecho en once años y por fuera parece que estoy mirando un informe.

Doy las gracias sin nombre. Digo «gracias, muy útil» a una mujer que acaba de darme el único dato verdadero de la mañana y a la que no puedo llamar de ninguna manera, porque no tengo su nombre, y porque yo a la gente la guardo entera, con los dos apellidos, desde los doce años y desde el primer día de internado, cuando lo único que se podía saber de los demás era cómo los llamaba el prefecto en la lista.

Ella tampoco dice nada. Se le queda la cara igual. Igual del todo. Sujeta la carpeta un poco más arriba y sigue de pie. Cuando el director financiero le pregunta si la prórroga de la licencia está por escrito, ella dice que sí y dice el número de registro de memoria. Nadie apunta el número. Yo sí.

La reunión termina a las once y diez. Sale la tercera por la puerta, detrás de dos personas que van hablando de otra cosa, y en el pasillo se para a bajarle el volumen a un teléfono fijo que lleva sonando toda la reunión.

A las once y veinte entro en el office a por un café.

La máquina tiene pegado un folio con celo y en el folio pone YA ESTÁ AVISADO, en mayúsculas, con rotulador azul y con el trazo de alguien que apretaba.

La máquina lleva sin funcionar desde febrero.

Pregunto quién avisó y a quién, y una chica de reservas me dice que el folio lo puso Inma antes de irse al Malagueta, y que eso fue en marzo.

Salgo del office sin café. Es la primera cosa de esta empresa que he entendido entera.

Subo a la séptima por las escaleras de servicio.

Cuarenta segundos. El ascensor tarda más porque para siempre en la cuarta.

Abro el listado de personal en el portátil.

Novecientas cuarenta líneas. Filtro por servicios centrales y me quedan sesenta y una.

Miro la columna de puestos y encuentro uno que no había leído en la documentación que me mandaron en junio: coordinación de calidad y experiencia.

Una sola persona. Alta en 2018 en el puesto y en la empresa desde hace ocho años.

Reporta al director de operaciones, que reporta a mi primo.

Rocío Berrocal Cantos.

Lo leo tres veces seguidas y la tercera ya no estoy leyendo nada. Treinta y dos años, mil novecientos ochenta euros netos, contrato indefinido desde 2019, cero incidencias, cero solicitudes de traslado, cero peticiones de nada en ocho años. Una persona que no ha pedido nunca nada.

Cierro el portátil. Me quedo mirando la maqueta del Zambra, que tiene una piscina en la azotea pintada de azul con esmalte de uñas.

La hizo alguien a mano en 1997 y le puso unas palmeras de plástico más altas que el edificio, que es el único error de escala de toda la pieza.

Le doy la vuelta dos veces porque no tengo nada mejor que hacer con las manos.

En la antesala hay una planta de plástico con el sustrato húmedo. Alguien la riega. Llevo cuatro horas en el edificio y esa es la información que no me voy a poder quitar de encima en todo el día.

Repaso lo que sé, que es poco y es raro.

Hace catorce noches me explicó que en Málaga, cuando alguien te hace un hueco, tú le das las gracias y ya está.

Se sabe de memoria un número de registro.

No estaba en la lista de convocados de esta mañana, porque he pedido la lista y la he mirado, y ha entrado igual en una sala donde no la habían llamado, se ha quedado de pie contra la pared y ha esperado por si hacía falta.

Hay una palabra para eso y no es imprescindible.

Elvira aparece en la puerta del despacho a las once y media con la libreta de anillas contra el muslo. No entra. Se queda en el marco, con medio cuerpo en la antesala vacía y la vista en la mesa del teléfono que he decidido no cubrir.

— Dos cosas — dice-. La silla de fuera me la vas a devolver antes de Navidad y no vamos a discutir hoy. Y el jueves lo aterrizamos.

— ¿Qué aterrizamos el jueves?

— El código de conducta — dice, y da un golpecito en el marco con el bolígrafo antes de irse-. Lo pediste tú en junio. Cuando todavía no conocías a nadie de esta casa.