Rocío #2
Me muerde justo debajo, y la risa se me convierte en otra cosa en mitad de la garganta.
Le cojo la cabeza con las dos manos y baja, y me pasa la lengua por el pezón, despacio, y luego no despacio, y yo me arqueo hacia atrás y me doy con el codo en la lámpara de pie, que se tambalea y no se cae, y ninguno de los dos hace el menor comentario porque hay cosas que no merecen la pena.
Me levanta en peso y me deja sentada en el sofá, y se pone de rodillas en el suelo entre mis piernas. La mesa baja está justo detrás y se le clava en la espalda y la empuja veinte centímetros con el culo, arrastrándola por las baldosas con un ruido horroroso.
— Perdón.
— Sigue.
Me quita las bragas tirando de un lado y luego del otro, con paciencia, y me pone la pierna izquierda encima de su hombro, y cuando me besa entre las piernas por primera vez lo hace con la boca abierta y sin ninguna prisa, y a mí se me olvida el nombre del señor de Valladolid, y la sexta planta, y el aire acondicionado que se apaga solo a las nueve.
Me lame despacio. Sube, baja, se para justo donde no hay que pararse y se queda ahí esperando a que yo diga algo.
— No pares.
— No estaba parando.
— Estabas negociando.
Se ríe contra mí y la risa me llega a todas partes, y luego me mete los dedos y ya no habla más.
Me agarro al respaldo con una mano y a su pelo con la otra, y me corro así, con el talón clavado en su espalda y el ventilador haciendo clac cada tres vueltas, y con un ruido que en este edificio se ha oído en tres pisos.
Cuando puedo hablar, digo:
— En el cajón de la mesa baja. Debajo de las pilas.
— ¿Debajo de las pilas?
— Es un cajón de emergencias.
Saca la caja, saca uno, y yo se lo quito de la mano y le leo la fecha en voz alta con el tono con el que se lee un pliego de condiciones, y él me dice que le está gustando mucho el nivel de control de calidad de esta casa, y yo le digo que se calle y que se baje los pantalones, y se los baja.
— Ahora levántate.
— ¿Nos vamos a la cama?
— No.
Se levanta, y en cuanto se levanta me acuerdo de que este hombre mide un metro noventa mal contados y de que yo no.
Así que me subo de pie al asiento del sofá.
Desde ahí le saco medio palmo, y desde medio palmo por encima se le ve una cara que no le había visto en toda la noche, que es la de un hombre esperando a que le digan lo siguiente.
— Cógeme.
— ¿Que te coja?
— En brazos. Ahora.
Y me coge, y lo hace a la primera, y yo le paso las piernas por la cintura y me agarro por detrás de su cuello.
Da dos pasos hacia atrás conmigo encima y le mete el talón al ventilador de pie, que se cae de lado en las baldosas y se queda ahí tumbado, soplando al techo y haciendo clac cada tres vueltas igual que si no hubiera pasado nada.
— El ventilador.
— Déjalo.
Me lleva tres pasos y me apoya en la pared de al lado de la nevera, debajo de la balda de los vasos.
Me sube diez centímetros con las manos abiertas por debajo de los muslos y entra así, de pie, despacio y de una vez, y a mí se me escapa un ruido que en esta casa no se había oído en cuatro años.
Los vasos de la balda hacen el suyo, a cada empujón y sin fallar uno, y mañana los voy a mirar de otra manera.
— ¿Aguantas?
— Aguanto.
Y aguanta. Yo le muerdo el hombro para no despertar al segundo B y luego me acuerdo de que en el segundo B tienen la tele puesta a las dos de la mañana, y hago el ruido que me da la gana.
Le digo que más fuerte y va más fuerte. Le digo que no pare y no para.
Y me corro así, de pie, dando con la espalda contra el yeso y con una mano suya abierta detrás de mi cabeza para que no me la dé yo.
Y después le empiezan a temblar los brazos.
— Me estás soltando.
— No te estoy soltando.
— Me estás soltando un poco.
— Te estoy... — dice, y ahí se le acaba la frase.
Y se corre de pie, conmigo encima, con los brazos temblándole de aguantarme el peso, y sin hacer casi ruido, que después de tanto ruido mío resulta hasta educado.
Aguanta tres segundos más de los que tiene.
Luego bajamos los dos al suelo de una manera que no tiene ningún mérito y que consiste en resbalar por la pared.
— Esto lo has hecho antes.
— Nunca.
— Mentira.
— Nunca con una balda tan cerca.
Nos quedamos ahí tirados, y el ventilador, desde el suelo y de lado, nos sopla en la cara cada tres vueltas, y hay una hoja de higuera junto a la puerta de la terraza que ha debido de entrar cuando abrí, y él la coge, la mira y la deja en la mesa baja con muchísimo cuidado, como si fuera un documento.
— Tu higuera — dice.
— La del segundo.
Nos vamos a la cama a las tres. Dormimos poco y mal y bien.
A las cinco y media lo oigo vestirse en el borde de la cama, sin encender la luz, moviéndose por la habitación con esa cautela ridícula de la gente alta en pisos pequeños.
— Tengo un vuelo a las ocho — dice.
— Mm.
— Oye.
— ¿Qué?
— Te dejo mi...
— No.
Se queda con la frase a la mitad y con un zapato en la mano.
Yo tengo la cara medio metida en la almohada y los ojos cerrados, y podría abrirlos y decir otra cosa perfectamente, y no lo hago, porque a las cinco y media de la mañana yo todavía soy la que pone las reglas y a las nueve voy a volver a ser otra persona.
— De acuerdo — dice.
Y la puerta de abajo suena antes de que me dé tiempo a arrepentirme.
Por la mañana saco el café a la terraza de metro y medio y me siento en el escalón con las rodillas dobladas porque no cabe una silla, y la higuera del segundo ha tirado hojas, y hay dos vasos boca abajo sobre el trapo, al lado del fregadero, y yo llevo cuatro años sin lavar un vaso a las cinco y media de la mañana.
Eso me gusta. No, mentira: eso me molesta.
Y estoy repasando la noche entera, no la parte buena, la otra, la de la barra y la bombilla fundida y los seis cubatas, cuando me suena el móvil de empresa con la mano llena de espuma y contesto sin mirar quién es, porque a las nueve y diez de un miércoles de agosto solo llama Inma.
Inma me está contando que el señor de Valladolid ha vuelto al mostrador con una carpeta de anillas y que ahora pide también el importe de los desayunos del segundo día, y yo la oigo con media cabeza mientras con la otra media intento acordarme de una cosa que dijo anoche aquel hombre y que no encaja en ningún sitio, algo pequeño, algo de la familia y de arreglar una cosa,
— ¿Rocío? ¿Que si me oyes?