A mi despacho Rocío
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A mi despacho

A mi despacho

Por Jimena Alcor

© inepub.com

Rocío

El señor de Valladolid ha escrito cuatro mil doscientas palabras sobre un desayuno, y yo las he contado, porque contarlas me parecía menos humillante que leerlas por tercera vez, cosa que llevo haciendo desde las siete de la tarde en una sexta planta donde el aire acondicionado se apaga solo a las nueve y nadie de esta empresa sabe dónde está el mando.

Son las once y diez de la noche del dieciocho de agosto y el grupo eran veintidós personas en once habitaciones dobles del Peñalver Malagueta, tres noches, alojamiento y desayuno, y el conflicto entero consiste en que el desayuno se sirve hasta las once y ellos bajaron el último día a las once y cuarto, cosa que el señor de Valladolid considera un incumplimiento grave del contrato de hospedaje y yo considero un martes.

Veintidós.

Ha adjuntado ocho fotos de un bufé recogido, tomadas desde ángulos distintos, y la última la ha hecho desde tan abajo que parece la foto de un delito.

Ha adjuntado también el parte meteorológico del día, no sé para qué, y una copia escaneada de su carnet de socio de una asociación de consumidores de Castilla y León que caducó en marzo.

Lo del carnet caducado es lo que más me gusta de toda la carpeta, porque es el gesto de un hombre que sale de casa con la armadura puesta sin mirar si le sigue valiendo.

Llevo ocho años contestando estas cosas y tengo una teoría que no le he contado a nadie, entre otras cosas porque no me la han pedido: la gente no escribe una queja para que le devuelvan el dinero, escribe una queja para que alguien le ponga por escrito que tenía razón, y el dinero es lo único que se le ocurre pedir porque nunca ha aprendido a pedir lo otro.

Le contesto que tiene razón. Le contesto que tiene razón en el horario y en nada más, y él va a leer las dos cosas iguales y va a colgar la respuesta en algún foro con la palabra vergonzoso en mayúsculas.

Mi mesa es la última de la fila de la izquierda, pegada a la columna y de espaldas a la pecera, de manera que para saber quién entra en la sala de reuniones tengo que girar la silla entera, y en ocho años a nadie se le ha ocurrido que a lo mejor bastaba con darle la vuelta a la mesa.

El portátil tiene una pegatina de un festival de jazz al que no fui, puesta ahí para tapar una grieta de la carcasa que se abre un milímetro más cada verano.

Cobro mil novecientos ochenta euros netos.

Sé dónde está la llave del cuadro eléctrico de los once hoteles del grupo, incluido el que lleva siete años cerrado, y no figuro en ningún organigrama que se haya impreso jamás en esta empresa.

Apago, cierro y bajo, y como Pepe ya no está en la garita salgo por la puerta pequeña de Muelle Heredia con la tarjeta y el calor me da en la cara igual que a las cuatro de la tarde.

Terral. En agosto Málaga no se enfría de noche: se queda quieta, con el viento seco viniendo de tierra y toda la ciudad a treinta y un grados a las once y media, y los turistas caminando muy despacio por la Alameda con esa cara de estar arrepintiéndose de algo.

Y en la Alameda me encuentro a Yoli.

— Ni lo digas — dice.

— No he dicho nada.

— Estabas cogiendo aire para decir que estás cansada. Te he visto la tripa.

Yoli trabaja en administración, tiene treinta y cinco años, un vestido verde que le he visto tres veranos y un talento sobrenatural para contar las cosas antes de que pasen. Viene del Real con dos primas y va otra vez al Real porque las primas se han dejado el móvil en la caseta.

— Te vienes.

— Yoli, son las once y media.

— Son las once y media de la Feria, quilla. Eso cuenta distinto.

Y ahí es donde yo debería haber dicho que no. No lo digo. Bueno, sí que lo digo, pero lo digo mientras subo a la lanzadera, y eso no cuenta.

La lanzadera de Cortijo de Torres tarda un cuarto de hora y va llena de gente que huele a colonia y a cartojal, y yo voy de pie con el bolso del portátil colgado del hombro, y ese es exactamente el aspecto de una persona que no ha planeado nada de lo que le está pasando.

En el Real hay una alfombra de vasos de plástico y una fila de bombillas de colores que no llega a iluminar nada, y hay una caseta de una peña de Huelin donde Yoli conoce a todo el mundo desde antes de conocerme a mí.

A los diez minutos Yoli se ha ido a bailar con un chico de logística y yo estoy en la barra con un vaso de tinto de verano, que es lo que se pide cuando no quieres beber pero no quieres explicarlo.

A mi derecha hay un hombre con una bandeja de seis cubatas y un problema evidente, y los tiene ahí, en el hueco de la barra, sujetos con las dos manos, y mira hacia una mesa del fondo con la paciencia de alguien que espera un tren que sabe que ha pasado ya.

Camisa blanca, remangada, demasiado buena para una caseta.

Un metro noventa mal contados. No suda, y eso en agosto en el Real es prácticamente una ofensa.

— Se te van a calentar — le digo.

— Ya.

— ¿Son para alguien?

— Eran para esa mesa.

— ¿Y qué ha pasado con esa mesa?

— Que se han ido a bailar — dice, y mueve la bandeja dos centímetros a la izquierda sin ningún motivo-. Me dejaron sentarme cuando no había sitio. He querido invitarlos.

— ¿Con seis?

— Eran seis.

Me río en la barra, con el vaso a media altura, y él me mira sin entender nada, y con eso ya me cae bien.

— Mira — le digo-, te voy a explicar una cosa que te va a ahorrar dinero el resto de tu vida.

En Málaga, cuando alguien te hace un hueco en la mesa, tú le das las gracias y ya está.

Si le pagas, le estás diciendo que le has cogido prestada una silla y que quieres estar en paz antes de irte.

Es la manera más cara que existe de no hacer amigos.

Se queda callado un segundo largo.

— ¿Y qué hago con seis cubatas?

— Empezar.

Coge uno, lo prueba y pone una cara que no le pega nada a la camisa.

— Está malísimo.

— Es que has pagado veinticuatro euros por seis vasos de hielo con una idea dentro.

Y a partir de ahí ya no paramos. Hablamos de la bombilla fundida que hay justo encima de nosotros y de si alguien vendrá a cambiarla, de un señor que baila sevillanas con una muleta y lo hace mejor que todos, de las tres veces que él ha intentado aprender a nadar de mayor y lo mal que se le da.

Yo le cuento lo de mi vecino del segundo y la higuera, que se mete por mi terraza y en verano tira hojas y en invierno tira ramas, y que llevo cuatro años sin decirle nada porque el día que se lo diga se acaba la higuera y a mí la higuera me gusta.

En algún momento me pregunta qué hago en Málaga en agosto.

— Vivo aquí.

— Ah.

— ¿Y tú?

— He venido a arreglar una cosa de mi familia.

Lo dice como quien dice que ha venido a recoger un paquete, y yo no pregunto más, porque tengo la sensación clarísima de que si pregunto vamos a acabar los dos contándonos a qué nos dedicamos, y a qué me dedico yo es lo último que me apetece esta noche.

Entonces se gira hacia mí, se apoya en la barra con el codo y dice:

— Me llamo...

— No — le digo, y le pongo dos dedos en la boca, que es una chulería que no he hecho en mi vida-. Nombres no. Mañana yo vuelvo a ser la que arregla las cosas de todo el mundo y tú vuelves a ser lo que seas. Esta noche no somos nadie.

Tarda en contestar lo que tarda en apartarme la mano, que es despacio.

— De acuerdo.

— Reglas — le digo-. Nombres no. Trabajo no. Nada de a ver si nos seguimos en ningún sitio. Y si mañana nos cruzamos por Larios, tú miras un escaparate.

— ¿Y cómo te llamo?

— Oye.

— Oye.

— Perfecto.

Se queda mirándome. Tiene una manera de mirar sin parpadear que en un despacho debe de ser insoportable y en una barra a la una de la mañana es otra cosa completamente distinta.

— Oye — dice-. ¿Vives lejos?

— Lagunillas.

— No sé dónde está.

— Cuesta arriba.

Subimos los tres pisos parándonos en dos.

En el primer descansillo se para él con la mano en la barandilla y dice que le habían dicho que Málaga era llana.

En el segundo me paro yo, me doy la vuelta dos escalones por encima y por una vez en mi vida le saco una cabeza a alguien, y lo beso ahí, con la luz automática apagándose por la mitad y la tele del segundo B a un volumen que debería estar prohibido.

Besa despacio y con las dos manos quietas al principio, y luego deja de estar quieto, y cuando abro la puerta el piso nos devuelve el calor de todo el día de golpe, cincuenta y cuatro metros con la persiana bajada desde las ocho de la mañana y un olor a higuera que sube de la terraza y se queda pegado al techo.

Enchufo el ventilador de pie, que hace un clac cada tres vueltas y lleva haciéndolo desde que lo compré, y lo pongo mirando al sofá.

— Quítate la camisa — le digo-. Y no la dobles.

La dobla.

La dobla entera, por las costuras, y la deja en el brazo del sofá con una precisión que me da una risa que casi lo estropea todo, y él levanta la cabeza y dice «¿qué?» con una camisa doblada en la mano y el pecho desnudo, y yo le digo que nada, que siga, y que se siente.

Se sienta, y el sofá es de dos plazas y está contra la pared de la cocina, y yo me subo encima de él con las rodillas a los lados y las manos en su cuello, y desde arriba se ve mejor todo: la cara, el ángulo de la mandíbula, la manera en que traga cuando le paso el pulgar por debajo de la oreja.

Me sujeta por las caderas. No aprieta. Espera.

— ¿Puedo? — dice.

— Puedes.

Me baja la cremallera del vestido con una mano y con la otra me sostiene la espalda, y el vestido se me queda en la cintura, y él se queda mirándome tanto rato que le tengo que dar en el hombro.

— Es que estaba pensando una cosa.

— Piénsala luego.

— Es sobre esto.

— Entonces dila rápido.

— Que llevas toda la noche diciéndome lo que tengo que hacer — dice, con la boca ya en la clavícula-, y que no me está pareciendo mal.