El contraataque gastronómico
Entrar en el vestíbulo del parador de Kioto tomados de la mano fue radicalmente diferente a cualquier otra simulación que hubiésemos montado antes.
Esta vez no había poses estudiadas. Los dedos de Isaac estaban entrelazados con los míos con una firmeza real, y su pulgar acariciaba el dorso de mi mano con un ritmo pausado que conseguía mantener mis nervios a raya.
Los murmullos de los periodistas que seguían apostados en el salón principal volvieron a elevarse como un enjambre de avispas.
Los flashes parpadearon, buscando la foto del escándalo, pero Isaac ni siquiera pestañeó.
Caminaba con la cabeza alta, empujando las puertas dobles de la sala de deliberaciones del comité con la confianza de quien no tiene nada que ocultar.
Frente a nosotros, los tres jueces internacionales y el director del concurso nos esperaban sentados tras una larga mesa de madera de cedro. Sus rostros eran un poema de solemnidad japonesa y severidad francesa.
—Señorita Ortiz, señor Taylor —empezó el director del certamen, ajustándose las gafas—.
Agradecemos que hayan regresado, pero el comité no puede permitir que la marca del concurso se asocie a un fraude de relaciones públicas.
El audio filtrado es bastante explícito respecto a sus verdaderos sentimientos.
—El audio es explícito respecto a lo que pensábamos el uno del otro hace tres semanas, antes de empezar a cocinar juntos —intervine, dando un paso al frente y soltando la mano de Isaac solo para dejar mi tableta digital sobre la mesa de madera—.
Pero lo que es verdaderamente delictivo es cómo se obtuvo esa grabación.
Deslicé la pantalla, mostrando el informe técnico detallado con la firma digital de la IP de Sergio, los registros de acceso ilegal a los servidores de mi restaurante y la cronología exacta que demostraba el intento de extorsión y sabotaje.
El maestro japonés del jurado se inclinó hacia delante, examinando los datos con ojos minuciosos.
Tras un par de minutos de tenso silencio, miró a los críticos franceses y asintió lentamente.
—Esto es un ataque directo a la integridad del concurso —declaró el juez nipón, su voz resonando con autoridad—. El sabotaje externo no debe dictar el resultado de los fogones.
El director del certamen suspiró, tamborileando los dedos sobre la mesa antes de mirarnos fijamente a ambos.
—Las pruebas de la extorsión son claras, y el comité tomará medidas legales inmediatas contra el responsable.
Sin embargo, el daño mediático ya está hecho.
Todo el país está debatiendo si su talento es real o una campaña de marketing.
—El director se reclinó en su silla, entornando los ojos—.
Les permitiremos competir en la gran final de mañana. Pero hay una condición no negociable.
—Dispare —dijo Isaac, cruzando los brazos sobre el pecho.
—La final no se juzgará a puerta cerrada.
El veredicto de los jueces se emitirá en riguroso directo en la gala televisada de mañana por la noche, frente a millones de espectadores.
Si su cocina es tan real como dicen, el mundo entero lo verá.
Si fallan bajo la presión, el veredicto público destruirá la reputación de sus restaurantes para siempre. ¿Aceptan el reto?
Miré a Isaac de reojo. Él se giró hacia mí al mismo tiempo.
No hacía falta telepatía de madres; la complicidad que habíamos forjado entre el vapor del onsen y los andenes de la estación de tren brillaba en sus ojos oscuros.
Una sonrisa perezosa y desafiante, su marca registrada, se dibujó en sus labios.
—Nos encanta el directo —respondió Isaac por los dos.
El resto de la tarde y parte de la noche se convirtieron en un despliegue de sincronía absoluta en las cocinas de prueba del parador.
Ya no había secretos, ni barreras, ni miedo a que nuestros egos chocaran.
Habíamos dejado atrás la necesidad de demostrar quién era mejor para concentrarnos en lo único que importaba: el plato definitivo.
El menú para la final exigía una obra cumbre que representara nuestra identidad. Decidimos apostar por una reinterpretación de la costilla de buey glaseada, fusionando el control milimétrico de mi cocina con la fuerza indomable de su técnica de ahumado.
—Necesitamos que la reducción de vino tinto y soja tenga un punto más de densidad, Patty —dijo Isaac, pasándome una cuchara limpia mientras controlaba la temperatura del soplete de alta intensidad para sellar la carne.
Probé la salsa de sus dedos. Esta vez, al mirarlo, no vi al enemigo del instituto ni al rival insufrible de la acera de enfrente. Vi al hombre que me complementaba a la perfección, tanto dentro como fuera de la cocina.
—Está perfecta, Taylor —sonreí, dándole un suave toque con el hombro—. Si conseguimos que el crujiente de jengibre aporte el contraste de textura exacto, los críticos franceses van a llorar en directo.
—Haremos que lloren, princesa —murmuró él, atrapando mi cintura por la espalda durante un segundo sagrado, plantando un beso rápido en mi cuello que me dejó la piel de gallina antes de volver al fuego—.
Mañana por la noche vamos a demostrarles que el fuego y la vanguardia no solo se mezclan...
sino que queman a cualquiera que intente apagarlos.
Apagué el temporizador de la cocina de pruebas con una sonrisa.
Las cámaras de televisión estarían listas al día siguiente, y el villano Sergio pensaría que nos había arrastrado al abismo.
Lo que no sabía es que nos había metido exactamente en nuestro hábitat natural: el calor extremo de los fogones donde, a partir de ahora, Isaac y yo cocinábamos con una sola alma.