El ingrediente secreto es la verdad
Encerrada en la suite tradicional, el silencio del ryokan era una losa. Isaac no había vuelto a la habitación; el recepcionista me había confirmado que había pedido que trasladaran sus cosas a la zona de literas del personal técnico del concurso. Me había dejado atrás.
Con los ojos hinchados y una taza de té verde enfriándose entre mis manos, me negaba a aceptar que todo terminara así. Rebobiné la noche del audio en mi cabeza. ¿Quién demonios podría haber grabado esa conversación privada en el comedor de mis padres? Solo estábamos cuatro personas en esa casa.
Entonces, mi teléfono vibró. No era un mensaje de mi madre pidiendo perdón, sino una notificación de la aplicación de seguridad de L'Étoile.
Debido a la diferencia horaria con España, allí acababa de empezar la mañana.
La alerta indicaba que alguien estaba intentando acceder al sistema informático de proveedores de mi restaurante desde una dirección IP desconocida.
Entré en los registros de acceso remoto y una dirección de correo electrónico vinculada al intento de hackeo me hizo saltar del futón como si me hubieran inyectado electricidad.
—Sergio —susurré, sintiendo una oleada de náuseas y furia pura.
Sergio era el crítico gastronómico y consultor de imagen que mi madre había querido contratar meses atrás para relanzar L'Étoile.
Yo lo había echado a patadas de mi despacho tras descubrir que cobraba comisiones ilegales a los proveedores.
Lo que nadie recordaba es que Sergio era el sobrino de don Alfonso, el editor del Diario Local, y había estado presente en la casa de mis padres al principio de aquella fatídica tarde, supuestamente "dejando unos documentos" antes de que Isaac y yo llegáramos.
El muy miserable había dejado una grabadora oculta o el micrófono de su tableta encendido en el salón para tener munición contra mí si la "pareja del año" triunfaba.
No era una filtración inocente; era un chantaje corporativo para hundir mi reputación y la de Isaac.
Miré el reloj de pared. Eran las tres de la tarde en Japón.
La delegación del jurado iba a emitir su veredicto sobre nuestra descalificación en una hora, e Isaac tenía un billete reservado para el tren bala hacia el aeropuerto de Osaka a las tres y media.
iba a abandonar el concurso. Iba a abandonarme a mí.
—Ni de coña, Taylor —dije, secándome las lágrimas con rabia.
Me calcé los botines, agarré mi abrigo y salí corriendo del pabellón tradicional.
La nieve en los jardines del parador me llegaba por las pantorrillas, pero el orgullo pijo que tantas veces me había frenado ya no existía.
Corrí por el camino de la estación de montaña, resbalando dos veces sobre el hielo y manchando mi impecable abrigo de lana clara de barro y nieve. Me importaba un bledo.
Llegué a la pequeña estación de tren de la montaña de Kioto con los pulmones ardiendo y el pelo desordenado. A lo lejos, el silbato del tren bala resonó en el valle.
A través de la marea de turistas y pasajeros uniformados, divisé una chaqueta de cuero gastada. Llevaba la mochila al hombro y caminaba hacia la línea amarilla del andén sin mirar atrás.
—¡ISAAC! —grité con todas mis fuerzas, rompiendo cualquier protocolo de decoro aristocrático.
Varias personas se giraron, pero él se detuvo en seco. Vi cómo sus hombros se tensaban. Se dio la vuelta lentamente, con los ojos entornados y esa expresión fría que me partía el alma.
—¿Qué haces aquí, Patricia? —dijo cuando llegué a su altura, jadeando, con las mejillas encendidas por el frío y el esfuerzo—. Vuelve al hotel. Aún puedes salvar tu marca culinaria si les dices que tú también fuiste víctima de mi "carácter rústico".
—Cállate la boca por una vez en tu vida, Taylor —le espeté, plantándome a medio metro de él y extendiendo mi teléfono móvil frente a sus ojos—.
Mira esto. No fuimos nosotros. Fue Sergio.
El consultor que eché de mi restaurante.
Dejó un micrófono en el salón de mi madre para chantajearnos porque lo descubrí robando.
La prensa no tiene nada, solo un audio descontextualizado de una noche en la que todavía no sabía que...
Isaac miró la pantalla, leyendo los informes técnicos de acceso y los correos de confirmación que yo misma le había enviado al comité del concurso hacía diez minutos. Su mandíbula se relajó un poco, pero sus ojos seguían fijos en mí, buscando algo más.
—Vale —murmuró, bajando el teléfono—. El audio fue una trampa. Pero lo que dijiste esa noche era lo que pensabas de mí, ¿no? Un troglodita. Alguien inferior.
—¡Eso fue antes! —di un paso más, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo detuvo mi temblor por el frío—.
Fue antes de tener que compartir cocina contigo.
Antes de ver cómo cuidas a tu equipo, antes de probar esa maldita reducción ahumada que es lo mejor que he saboreado en mi vida...
Y antes de que casi me besaras en esa habitación.
El tren bala entró en la estación con un rugido de viento, pero para mí todo el andén se quedó en absoluto silencio. Isaac me miraba fijamente, la mochila resbalando de su hombro hasta caer al suelo.
—Te odio, Isaac Taylor —dije, con la voz rota y las lágrimas congelándose en mis pestañas—.
Te odio porque desarmas todo mi control, porque cocinas mejor que yo con la mitad de esfuerzo y porque has conseguido que me importe una mierda la opinión del jurado de Kioto si tú no estás al otro lado de la mesa.
No quiero ganar este concurso con nadie más.
No quiero fingir... porque ya no estoy fingiendo.
Isaac no respondió con palabras. Dio un paso adelante, me agarró de la cintura con esa fuerza ruda y firme que me volvía loca y me pegó a su pecho. Su boca buscó la mía en un beso que sabía a nieve, a adrenalina y a toda la verdad que nos habíamos callado desde el instituto.
Fue un beso salvaje, un punto de ebullición absoluto donde el odio se transformó definitivamente en el amor más puro y caótico de nuestras vidas. Los pasajeros japoneses pasaban a nuestro alrededor como borrones en una película, pero en mitad de la estación de Kioto, el menú estaba completo.
—Vaya —dijo él, al separarse unos milímetros, con esa sonrisa ladeada y endiablada volviendo a su rostro mientras me limpiaba una lágrima con el pulgar—. Para ser una pija estirada, tienes una forma de declarar el amor bastante aceptable, Ortiz.
—Cállate y vámonos —sonreí, agarrándolo de la mano—. Tenemos un jurado internacional que convencer y una final nacional que ganar. Juntos.