El punto de ebullición
El regreso del onsen a la habitación fue un trayecto silencioso y cargado de una electricidad estática que hacía que el aire pesara.
Al deslizarnos bajo el edredón de seda del único futón, la famosa "línea divisoria" que habíamos pactado se evaporó.
No nos tocábamos, pero sentía el calor de Isaac a pocos centímetros de mi espalda.
Tardé horas en dormir, consciente de cada una de sus respiraciones en la oscuridad del ryokan.
Cuando el despertador sonó a las cinco de la mañana, la tormenta de nieve había amainado, dejando paso a un amanecer gélido y cristalino sobre las montañas de Kioto.
Me incorporé, frotándome los ojos, y me encontré a Isaac ya sentado en el borde del tatami, dándome la espalda. Se estaba abrochando los botones de la chaquetilla blanca de cocina. Al oírme mover, se giró lentamente. Tenía la mirada cansada, pero inusualmente intensa.
—Buenos días, Patty —dijo, con la voz ronca por el sueño.
—Buenos días —respondí, con el corazón dándome un vuelco tonto al recordar lo cerca que habíamos estado en el agua unas horas antes.
Isaac se levantó, caminó hacia mí y se agachó a mi altura.
Por un segundo, el tiempo se detuvo. Su mirada bajó a mis labios y luego subió a mis ojos.
Extendió la mano, rozando con el pulgar mi mejilla en una caricia tan real, tan desprovista de cámaras y de mentiras, que contuve el aliento.
Se inclinó hacia mí. Supe, con una certeza matemática, que iba a besarme.
Quería que me besara. La distancia se redujo a milímetros...
¡Clac!
Los paneles de la puerta se sacudieron cuando un asistente del concurso golpeó la madera exterior.
—¡Ortiz-san, Taylor-san! Quince minutos para entrar a las cocinas de la semifinal. El jurado internacional ya está en sus puestos.
El hechizo se rompió en mil pedazos. Isaac se apartó con una maldita sonrisa resignada, pasándose los dedos por el pelo.
—Salvados por la campana, princesa —murmuró, recuperando su tono canalla—. Venga, vístete. Tenemos un concurso que ganar.
Dos horas más tarde, la cocina del Parador de Kioto era el escenario de un despliegue culinario brutal.
Frente a nosotros, un jurado compuesto por tres implacables críticos internacionales —dos franceses de ceño fruncido y un maestro japonés de la alta cocina tradicional— observaba cada uno de nuestros movimientos.
Ya no había espacio para los reproches ni para el orgullo. El caos de egos del primer día se había transformado, por puro instinto de supervivencia, en una coreografía perfecta.
—¡Taylor, necesito el fondo ahumado para el bacalao ya! —ordené, moviéndome entre el vapor de las ollas con la precisión de un cirujano.
—Marchando, jefa. Reduciendo a fuego lento —respondió él, colándose a mi espalda para dejar el cazo sobre mi mesa de trabajo. Al pasar, su cadera rozó la mía, un contacto fugaz que me encendió por dentro, pero que canalicé directamente en el emplatado.
Éramos dos fuerzas de la naturaleza compitiendo en el mismo bando.
Mi obsesión por el detalle milimétrico aseguraba que cada brote verde y cada esferificación estuvieran colocados con pinzas en el lugar exacto; su intuición salvaje lograba que los puntos de cocción del pescado al fuego directo rozaran la divinidad.
Cocinábamos mirándonos de reojo, entendiéndonos sin hablar, respondiendo al ritmo del otro como si lleváramos toda la vida compartiendo los mismos fogones. Bueno, técnicamente, la llevábamos.
—Último plato. El postre de cítricos con soplete —anunció Isaac, colocándose a mi lado frente a la mesa de presentación.
Tomé el soplete de cocina, pero mis manos, traicionadas por los nervios de tener la mirada fija del juez japonés sobre mí, temblaron ligeramente.
Isaac lo notó al instante. Sin decir una palabra, dio un paso al frente, se colocó justo detrás de mí y cubrió mi mano derecha con la suya. Su palma era grande, cálida y firme.
—Juntos, Patty —susurró en mi oído, su aliento rozando mi cuello—. Yo controlo el fuego, tú la precisión.
Apreté el gatillo bajo la guía de su mano. La llama azul del soplete caramelizó la superficie del postre en un segundo perfecto. El aroma a azúcar tostada y yuzu inundó la sala.
Terminamos. Los tres platos de nuestra "Fusión de Distrito" estaban frente al jurado.
El juez japonés tomó una porción del bacalao ahumado con vanguardia de cítricos, se lo llevó a la boca y cerró los ojos durante cinco segundos que parecieron una eternidad. Cuando los abrió, miró a los críticos franceses y luego a nosotros. Hizo una inclinación de cabeza lenta y respetuosa.
—Subarashii —pronunció—. Un equilibrio perfecto. El fuego respeta a la técnica, y la técnica eleva al fuego. Se nota cuando dos chefs cocinan con una sola alma.
A mi lado, Isaac exhaló un suspiro de alivio y, dejándose llevar por la euforia del momento, me agarró de la cintura y me levantó en el aire, haciéndome girar.
Solté una carcajada real, rodeándole el cuello con los brazos.
Al bajarme, nuestros rostros quedaron a un palmo de distancia, los dos jadeando por el esfuerzo, con la adrenalina a mil por hora y los aplausos del equipo del concurso de fondo.
Los flashes de los fotógrafos de prensa volvieron a brillar a nuestro alrededor, capturando el abrazo. Pero esta vez, mientras Isaac me sostenía contra su pecho y yo lo miraba a los ojos, ninguno de los dos estaba fingiendo.
El ingrediente final que todo best seller necesita antes del gran clímax es el tercer acto dramático: el malentendido, el golpe bajo de la prensa que hace que todo lo que han construido parezca una mentira y ponga a prueba su confianza.
En el Capítulo 8, justo cuando están en su momento más dulce y real, el pasado y los tabloides van a dinamitar su burbuja en Kioto.