Vapor, nieve y otras formas de quemarse
El plan era perfecto en mi cabeza. Isaac se había quedado en la habitación ordenando sus cuchillos, así que yo había aprovechado para escapar hacia el onsen del hotel.
Necesitaba sumergirme en el agua caliente, relajar los músculos y, sobre todo, poner tres paredes de distancia entre mi cordura y los ojos oscuros de Taylor.
El baño termal exterior del parador era un espectáculo místico. El agua brotaba directamente de la roca volcánica, humeante y cargada de minerales, rodeada por un jardín japonés donde los copos de nieve caían en silencio, derritiéndose antes de tocar la superficie del agua.
Me deslicé en la piscina de piedra con un suspiro, sumergiéndome hasta los hombros.
El calor me envolvió de inmediato, contrastando de forma gloriosa con el aire helado de la montaña.
Cerré los ojos, apoyando la cabeza en el borde de roca lisa.
Al fin, paz. Al fin, un respiro de ese magnetismo exasperante.
Entonces, el crujido de unos pasos sobre la madera del pasillo rompió el silencio.
Abrí los ojos y el aire se me congeló en los pulmones.
A través de la densa cortina de vapor, emergió una silueta alta, de hombros anchos y andares perezosos.
Isaac. Llevaba únicamente el yukata —la bata de algodón tradicional— entreabierto, revelando un torso perfectamente definido que el calor del ambiente ya había empezado a cubrir de finas gotas de sudor.
Llevaba una pequeña toalla blanca sobre el hombro.
—¿Es una broma de mal gusto? —mi voz resonó en el eco del baño, haciéndole levantar la vista.
Isaac se detuvo en seco al borde de la terma, parpadeando al descubrirme entre el vapor. Una sonrisa lenta y descarada se dibujó en sus labios.
—Vaya, Ortiz. Parece que cuanto más intentamos huir el uno del otro, el destino insiste en ponernos en la misma sartén —dijo, soltando una risa baja que me vibró en el estómago—.
El recepcionista me ha dicho que los baños estaban separados por horas debido a la tormenta, y que ahora le tocaba al sector masculino.
—Pues te ha informado mal, porque yo he bajado primero —retruqué, cruzando los brazos bajo el agua, intentando ignorar el hecho de que Isaac acababa de dejar caer el yukata al suelo, quedándose solo con el bañador.
Dios mío. Tenía una cicatriz en el costado derecho que nunca le había visto, y la piel bronceada por el calor de los fogones de su taberna—.
Date la vuelta y vuelve por donde has venido, Taylor.
—Ni hablar. Fuera hace diez grados bajo cero y tengo los dedos de los pies congelados —replicó, ignorando por completo mis protestas mientras bajaba los escalones de piedra y se sumergía en el agua.
El agua subió de nivel. Isaac nadó un par de brazadas cortas y se acomodó en el lado opuesto de la pequeña terma de piedra. Pero en un espacio tan íntimo, "el lado opuesto" significaba que sus piernas largas estaban a apenas unos centímetros de las mías bajo el agua cristalina.
El silencio que cayó entre nosotros se volvió denso, cargado, flotando en el vapor que nos aislaba del resto del mundo. Fuera, la ventisca seguía azotando los árboles, pero dentro de la piscina termal, la temperatura era peligrosamente alta.
—¿Te duele mucho? —preguntó Isaac de repente, con un tono de voz inusualmente suave.
—¿El qué? —lo miré, descolocada por su falta de ironía.
—La presión —dijo él, apoyando los brazos en los bordes de la roca y mirándome fijamente.
Sus ojos oscuros brillaban reflejando la luz tenue del jardín—.
Llevas semanas sin dormir bien, Patty. Te obsesionas con cada plato, con cada crítica, con lo que dice la prensa de nosotros...
Estás tan empeñada en ser perfecta que te vas a romper.
El comentario me dio donde más me dolía, precisamente porque tenía razón. Bajé la mirada hacia el agua, sintiendo un nudo extraño en la garganta.
—Tengo que serlo, Isaac —confesé en un susurro, olvidándome por un segundo de que éramos enemigos—. Mi familia lo ha apostado todo a L'Étoile. Si yo fallo, el restaurante se hunde. No tengo el lujo de tomármelo a broma como tú.
Escuché el movimiento del agua. Antes de que pudiera reaccionar, Isaac se había deslizado por la terma, acortando la distancia hasta detenerse justo a mi lado.
El calor de su cuerpo rivalizaba con el del agua termal.
Extendió una mano y, con una delicadeza que me cortó la respiración, usó un dedo para apartarme un mechón de pelo mojado de la cara. Su tacto ardió contra mi piel fría.
—No me lo tomo a broma, princesa —murmuró, su rostro a escasos centímetros del mío, permitiéndome ver la absoluta sinceridad en su mirada—.
Me importa mi negocio tanto como a ti el tuyo.
Pero sé que eres la mejor chef que ha pisado esa calle.
No necesitas ser perfecta para ganarme... solo necesitas ser tú.
Mi corazón empezó a latir a un ritmo frenético, un tamborileo salvaje que resonaba en mis oídos.
El vapor nos envolvía, sus labios estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaban, y la barrera del odio que habíamos construido durante años pareció derretirse como la nieve al caer en la terma.
Era el enemigo. Era el chico consentido del instituto. El rival de la acera de enfrente. Pero en mitad de las montañas de Japón, rodeados de magia y fuego latente, mantener las distancias se había vuelto una misión completamente imposible.
Para lograr ese efecto definitivo de best seller que deja a los lectores sin aliento y devorando páginas, lo mejor es combinar ambas ideas, pero con un ritmo cinematográfico muy específico: el "casi beso" en la habitación que se interrumpe por el amanecer, seguido inmediatamente por la adrenalina pura del juicio gastronómico, donde esa tensión sexual no resuelta se transforma en una compenetración absoluta entre fogones.
Cuando los personajes canalizan el deseo contenido en trabajar perfectamente como un equipo frente al jurado, la química traspasa la pantalla (o el papel).
Aquí tienes el Capítulo 7: