A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS Sabor a nieve y Kioto (una sola cama)
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Sabor a nieve y Kioto (una sola cama)

El Comité Internacional del Concurso no tenía piedad.

Para la gran semifinal, nos habían hecho volar hasta un exclusivo parador de montaña en las afueras de Kioto, Japón.

Un lugar donde la gastronomía se consideraba una religión mística, donde el corte de un pez o la temperatura del caldo dashi decidían el destino de un chef.

Era el escenario perfecto para nuestra supuesta "fusión de vanguardia y fuego".

El problema no era la cocina japonesa, que me fascinaba por su precisión matemática. El problema era que el invierno nipón se había desatado con una violencia histórica.

A través de las ventanas del coche de línea que nos subía por los sinuosos caminos de montaña, la ventisca borraba el paisaje, cubriendo los almendros y los templos con una capa espesa y blanca de nieve.

—Precioso, de verdad. Muy bucólico —refunfuñé, frotándome los brazos por encima de mi abrigo de lana fina—. Pero como la calefacción del parador falle, te juro, Taylor, que te usaré a ti como leña.

—Tranquila, princesa. Si te arrimas un poco a mí, verás que soy mejor que cualquier radiador —dijo Isaac, con esa sonrisa perezosa mientras miraba por la ventana, llevando su eterna cazadora de cuero y una bufanda oscura que le daba un aire de modelo fuera de servicio.

Cuando por fin entramos en el lujoso hotel de montaña —una estructura de madera noble y minimalismo zen—, el calor del interior nos recibió junto al aroma a té verde y madera quemada.

Pero la paz duró poco. Al llegar a la recepción, el encargado, un hombre japonés impecable, nos miró con una reverencia cargada de una disculpa profunda.

—Gomen nasai... Lo sentimos muchísimo, señores Ortiz y Taylor —dijo en un inglés pausado—.

Debido a la gran tormenta de nieve que ha bloqueado los accesos, la delegación de jueces ha tenido que quedarse en el parador principal.

Hemos tenido que reorganizar las estancias por seguridad.

La suite doble que tenían reservada ha tenido que ser cedida...

Solo nos queda una disponible en el pabellón tradicional.

—¿Una habitación? —repetí, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. Querrá decir una suite con dos estancias, ¿verdad?

—Una habitación tradicional japonesa, ryokan —sonrió el recepcionista con cortesía extrema—. Con un único y espacioso tatami y un futón matrimonial. El hotel está completamente lleno debido al temporal. No hay más opciones. Las carreteras están cerradas.

Miré a Isaac de golpe. Él se había quedado helado, parpadeando ante el recepcionista, y luego bajó la vista hacia mí. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de shock absoluto y esa diversión canalla que tanto me ponía de los nervios.

—Vaya, Patty... Parece que el destino quiere que compartamos algo más que los fogones —murmuró al oído, su aliento cálido rozando mi oreja y haciéndome estremecer.

Diez minutos después, la puerta de paneles de papel de arroz se deslizó tras nosotros.

La habitación era preciosa, minimalista, con vistas a un jardín zen cubierto por una capa salvaje de nieve.

En el centro de la estancia, sobre el suelo de paja tejida, se extendía un único, mullido y enorme futón de seda blanca.

Una sola cama. Puerta con puerta con el enemigo, atrapados por la tormenta del siglo en Japón.

—Ni te lo pienses, Taylor —declaré, dejando mi maleta con un golpe seco—. Ese futón es mío. Tú eres un hombre de la naturaleza, seguro que el suelo de madera te parece un colchón de cinco estrellas.

Isaac soltó una carcajada baja, un sonido rudo que rebotó en las paredes de madera de la estancia. Se quitó la cazadora de cuero, dejándola caer en una silla, y comenzó a desabrocharse los dos primeros botones de la camisa negra. El calor de la habitación empezaba a subir de golpe.

—Escúchame bien, pija —dijo, acortando la distancia entre los dos a grandes zancadas hasta que su cuerpo casi tocaba el mío.

Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás, clavando los ojos en los suyos—.

Fuera hay diez grados bajo cero. Estamos en mitad de las montañas de Kioto fingiendo que nos amamos con locura ante la prensa internacional, y yo estoy cansado, hambriento y no pienso romperme la espalda en el suelo por tu orgullo de aristócrata.

Dio un paso más, obligándome a retroceder hasta que mis pantorrillas chocaron contra el borde del futón. Se inclinó sobre mí, tan cerca que podía ver el pulso acelerado en su cuello. Su aroma a cítricos, soplete y madera llenó todo mi espacio mental.

—El colchón es enorme, Patty —su voz bajó a un susurro dangerously suave—. Si te quedas en tu lado y yo en el mío, prometo no morderte... A menos que me lo pidas.

El corazón me dio un vuelco tan salvaje que temí que pudiera oírlo en el silencio de la habitación.

El odio que nos había unido desde el instituto seguía ahí, pero la tensión sexual acumulada durante semanas de falsas apariencias y roces en la cocina acababa de encontrar su punto de ebullición.

Atrapados por la nieve, sin cámaras delante, la línea entre la rivalidad y el deseo se volvía más delgada que el papel de arroz de las paredes.

Sostuve su mirada, tragando saliva, intentando mantener la compostura mientras la tormenta golpeaba los cristales.

—Una línea en medio, Taylor —conseguí decir, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Si cruzas un solo milímetro a mi lado, te aseguro que aprenderás lo que es un corte limpio de chef.

—Trato hecho, princesa —sonrió él, con esa maldita sonrisa ladeada que hacía que me odiara a mí misma por encontrarlo tan insultantemente atractivo—. Que empiece la noche.

¡El trope del onsen (baños termales japoneses) en mitad de una tormenta de nieve es oro puro para la tensión sexual!

El contraste del agua hirviendo con el frío exterior, el vapor que difumina la realidad y el hecho de estar con la ropa justa (o solo una toalla tradicional) es el clímax perfecto de la proximidad forzada.

Aquí tienes el Capítulo 6: