A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS Cuchillos, egos y alta temperatura
33%

Cuchillos, egos y alta temperatura

Haber aceptado este pacto con el diablo significaba una sola cosa: compartir cocina.

Y no una cocina cualquiera, sino la de L'Étoile.

Me había negado rotundamente a pisar la guarida de Isaac, alegando que mis platos necesitaban herramientas de precisión y no "sartenes abolladas por los vikingos".

Él, tras dos horas de discusión telefónica que casi terminan en derramamiento de sangre, había cedido.

A las ocho de la mañana del lunes, la cocina de mi restaurante, habitualmente un templo de paz zen y orden milimétrico, parecía una zona de guerra.

—Eso es un sacrilegio, Taylor —dije, cruzándome de brazos mientras observaba cómo Isaac dejaba caer un trozo enorme de costilla de cerdo sobre mi impoluta encimera de acero inoxidable quirúrgico.

—Esto, princesa, es la base de un buen guiso —replicó él, sin mirarme, concentrado en afilar un cuchillo que parecía diseñado para cazar jabalíes—.

Tu menú vanguardista tiene mucha estética, pero le falta alma.

La gente del jurado quiere llorar de la emoción, no quedarse con hambre tras comerse una espuma de aire con sabor a humo.

—¡Mi menú tiene una técnica impecable! —mi voz subió un tono, la frustración hirviendo bajo mi piel—. Para ganar la fase regional del Concurso Nacional necesitamos equilibrio. Mi propuesta de postre con esferificaciones de cítricos contrasta perfectamente con...

—Tu propuesta de postre es aburrida, Ortiz —interrumpió él, dándose la vuelta.

Estaba demasiado cerca. Se había quitado la chaquetilla blanca tradicional para ponerse un delantal de lona negra ajustado sobre una camiseta gris que le marcaba los hombros.

Tenía una pequeña mancha de harina en la mejilla que, por pura rabia estética, lo hacía ver insultantemente atractivo—.

Necesitamos un puente entre tu mundo de cristal y mi mundo de fuego.

¿Qué tal si en lugar de jugar a los científicos, fusionamos mi técnica de ahumado con tus malditos brotes verdes?

—¿Ahumado? ¿En un plato de vanguardia? —lo miré como si sugiriera usar dinamita para abrir una lata de conservas.

—Pruébalo —dijo él.

Cerró la distancia que nos separaba, rompiendo mi espacio personal con esa parsimonia exasperante que manejaba a la perfección. Mojó una cuchara en una reducción que burbujeaba en uno de mis fogones de inducción y la acercó a mis labios.

—Venga, Patty. No te va a envenenar. Abre la boca —murmuró, con una voz baja y repentinamente suave que me erizó los vellos de los brazos.

Lo miré con desconfianza, sosteniéndole la mirada. Estábamos tan cerca que podía ver los pequeños destellos dorados en sus ojos oscuros. Di un paso adelante, acortando la distancia de forma casi inconsciente, y probé la salsa directamente de la cuchara que sostenían sus dedos firmes.

El sabor me golpeó de inmediato. Era una explosión perfecta: dulce, sutilmente ahumado, con un toque de acidez que limpiaba el paladar al final. Una maldita genialidad.

—Está... aceptable —mentí, tragando saliva y desviando la mirada para que no notara el vuelco salvaje que acababa de dar mi corazón.

—Eres una mentirosa pésima —se burló él, con esa maldita sonrisa ladeada instalándose en su rostro mientras dejaba la cuchara en la pica—. Te ha encantado. Tu cara de pija indignada te delata.

Apreté los puños, intentando recuperar el control de mis emociones.

El problema de cocinar con Isaac Taylor no era solo el choque de nuestros egos monumentales, ni que su estilo intuitivo desarmara por completo mi necesidad de controlarlo todo.

El verdadero problema era que el calor de la cocina no venía solo de los fogones.

Cada vez que pasaba por mi lado y su brazo rozaba el mío, cada vez que me quitaba un utensilio de las manos con un roce de dedos que duraba un segundo de más, la tensión eléctrica se volvía casi insoportable.

Estábamos jugando con fuego, diseñando un menú que la prensa ya calificaba como "el sabor del amor secreto de la temporada", mientras nosotros hacíamos un esfuerzo sobrehumano para no terminar matándonos... o besándonos contra la encimera.

—Bueno —dije, aclarándome la gola y recuperando mi tono profesional—. Si vamos a usar tu reducción, la presentación la diseño yo. Y ni se te ocurra sugerir que la sirvamos en un plato de barro rústico.

—Como ordene, jefa —dijo él, haciendo un saludo militar sarcástico mientras se volvía hacia el fuego—. Pero prepárate, porque mañana nos toca presentar el dossier oficial ante el comité en el parador de montaña, y he oído que la carretera está empezando a cubrirse de nieve.

Un escalofrío que no tenía nada que ver con la cocina me recorrió la espalda. Un parador de montaña aislado. Una tormenta en camino. Y nosotros dos fingiendo ser la pareja perfecta del año. ¿Qué podría salir mal?

¡Me encanta! Llevar la fase internacional o la presentación del concurso a un país con una gastronomía mística y un paisaje de ensueño es el escenario perfecto para un best seller cinematográfico.

¿Qué mejor lugar que Japón (Kioto o los Alpes Japoneses)?

Tiene esa mezcla de nieve, tradición culinaria mágica, alta precisión técnica (que le encanta a Patricia) y respeto por el fuego y el producto (que le encanta a Isaac).

Imagina un hotel tradicional (ryokan) o un parador exclusivo de montaña en el norte de Japón, rodeados de bosques nevados, termas naturales (onsen) y... una sola habitación disponible con una sola cama (o un solo futón tradicional gigante).

Vamos a por el Capítulo 5, donde la magia gastronómica y la tormenta de nieve los acorralan por completo: