A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS El arte del teatro (y otros métodos de tortura)
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El arte del teatro (y otros métodos de tortura)

La puerta de la casa de mis padres apenas se había cerrado detrás de nosotros cuando la máscara de civismo se me cayó de la cara. Caminé a zancadas por el porche, con los tacones repicando contra el suelo como metralletas, dispuesta a subirme a mi coche y despertar de esta pesadilla.

—¡Ortiz, frena un poco! —la voz de Isaac sonó a mis espaldas, seguida del eco de sus botas. Me agarró suavemente del antebrazo para obligarme a girar.

Me solté de su agarre como si me hubiera quemado con aceite hirviendo. La calle estaba oscura, iluminada solo por la luna de junio y una farola lejana.

—No me toques, Taylor —le espeté, con los ojos echando chispas—. No hay cámaras aquí fuera. No tienes que fingir que te importo una mierda.

—¿Crees que a mí me hace gracia esto? —Isaac dio un paso hacia mí, pasándose los dedos por el pelo con genuina frustración.

La chulería habitual había desaparecido, sustituida por una tensión rígida—.

Mis planes no incluían convertirme en el accesorio de prensa de una pija estirada. ¡Tengo un restaurante que dirigir!

—¡Y yo tengo una reputación que mantener!

—vacié toda mi rabia en un susurro sibilino—.

Mi cocina se basa en la disciplina. ¿Cómo se supone que voy a justificar ante los críticos que estoy saliendo con un chef que sirve raciones gigantescas y usa la misma cazadora de cuero desde el instituto?

¡Van a pensar que he perdido el juicio gastronómico!

Isaac soltó una carcajada seca, acortando la distancia entre los dos hasta que pude oler el aroma de la noche en su piel.

—Pues vas a tener que tragarte tu orgullo aristocrático, princesa. Porque si mañana no salimos ahí fuera cogidos de la mano, nuestras madres nos hunden y el comité del concurso nos echa a patadas. Así que haz un esfuerzo mental, visualiza tu preciada estrella Michelin y prepárate para actuar.

Sostuve su mirada, respirando agitadamente. El odio mutuo flotaba entre nosotros, pero en mitad de la noche, con la tensión del engaño pisándonos los talones, la atmósfera se volvió extrañamente densa.

—Mañana a las diez en la plaza del Ayuntamiento —dije, dando un paso atrás para romper el hechizo—. Hay una sesión de fotos con los hosteleros locales. Lávate el pelo, Taylor.

—Duerme bien, mi amor —respondió él, recuperando su sonrisa canalla y perezosa solo para fastidiarme mientras subía a su moto.

Al día siguiente, la ciudad amaneció revolucionada. El Diario Local había encendido la mecha y las redes sociales hicieron el resto.

Cuando llegué a la plaza del Ayuntamiento, el murmullo de la gente era ensordecedor.

Las cafeterías del centro de la ciudad no hablaban de otra cosa.

Éramos los dos chefs más reconocidos de la zona, dueños de los locales de moda y, para qué negarlo, el centro de muchas miradas.

El hecho de que ambos fuésemos jóvenes, atractivos y —supuestamente— solteros codiciados, había mantenido siempre un halo de misterio a nuestro alrededor. Hasta hoy.

A mi alrededor, los corrillos de la prensa local y los vecinos no disimulaban. Los comentarios volaban:

—Te lo digo yo, esto es una estrategia de marketing de tres pares de narices para ganar el Concurso Nacional.

¡Vaya forma de vender periódicos! —¿Qué dices?

Si se conocen desde críos. Se veía venir.

Estaban juntos en secreto y lo han llevado con la máxima discreción para que la rivalidad de los restaurantes no les afectara. ¡Es superromántico!

Me acomodé las gafas de sol de marca, intentando que no se me notara el pánico. Llevaba un traje de chaqueta entallado color blanco roto, impecable. De repente, una mano firme, cálida y decidida se posó en la pequeña de mi espalda.

Un escalofrío eléctrico me recorrió toda la columna.

—Buenos días, cariño —susurró una voz ronca en mi oído.

Me giré. Isaac estaba insultantemente guapo. Se había tomado la molestia de ponerse una camisa negra que le marcaba los hombros a la perfección y llevaba los primeros botones desabrochados. Olía endiabladamente bien.

Varios flashes fotográficos brillaron de golpe en nuestra dirección. El murmullo de la plaza subió de volumen. Ya no había escapatoria.

—Hola, cielo —respondí, forzando la sonrisa más radiante y falsa de mi repertorio cinematográfico.

Antes de que pudiera reaccionar, Isaac me rodeó la cintura con el brazo, pegando mi cuerpo al suyo con una naturalidad pasmosa. Por debajo de la tela de su camisa, sentí la firmeza de sus músculos. Para el resto del mundo, éramos la estampa de la felicidad y el éxito.

—Relájate, Patty —me murmuró entre dientes, sin dejar de sonreír falsamente a la cámara del fotógrafo que se nos acercaba—. Estás tan rígida que van a pensar que te estoy clavando un cuchillo.

—Si no me sueltas un poco la cintura, te lo clavaré yo en cuanto estemos a solas —le siseé entre sonrisas, clavándole ligeramente las uñas en el hombro mientras posábamos para la portada del día siguiente.

—Por favor, una foto mirándoos de reojo, como si compartierais un secreto —pidió el fotógrafo, entusiasmado con la química visual que desprendíamos.

Isaac se giró hacia mí. Bajó la vista y clavó sus ojos oscuros en mis labios antes de mirarme a los ojos. Fue un gesto tan cargado, tan peligrosamente real, que por un segundo me olvidé de las cámaras, de la prensa y de la plaza entera. Mi corazón dio un vuelco salvaje.

Si íbamos a jugar a esto, la temperatura de la cocina iba a subir mucho más rápido de lo que ambos podíamos controlar.

El ingrediente secreto de todo buen best seller de romance gastronómico es meter a los dos rivales en un espacio cerrado y estrecho, rodeados de fuego, cuchillos y platos que probar. En el Capítulo 4, la tensión profesional va a chocar de frente con la tensión sexual que intentan ignorar.

Aquí tienes la propuesta para arrancar el cuarto capítulo: