A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS La diplomacia de las madres
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La diplomacia de las madres

El teléfono móvil sobre mi mesa de despacho vibró con la insistencia de una alarma de incendios. Miré la pantalla y un escalofrío me recorrió la nuca.

Mamá.

—Hola, mami —dije, forzando mi voz de hija perfecta y sumisa, esa que guardo para las grandes crisis—.

Justo iba a llamarte. No sabes cuánto lo siento, pero ha surgido un imprevisto de última hora en el restaurante.

Nos ha entrado una reserva de doce cubiertos, un crítico gastronómico importantísimo de Madrid, y el chef de cocina está con gripe y...

—Patricia, cariño, ahórrate el monólogo dramático —la voz de mi madre sonó calmada, imperturbable, con ese tono de sospechosa dulzura que solo usan las madres cuando llevan un as en la manga—.

Sé perfectamente que los miércoles por la noche cerráis por descanso del personal.

Y sé que tu segundo chef está perfectamente porque lo acabo de ver comprando tomates en el mercado.

Tragué saliva. Maldita sea.

—Mamá, es que estoy agotada, de verdad, la presión del concurso...

—A las ocho y media en casa, Patty. Tu madrina Elena va a preparar su famoso asado y ni se te ocurra presentarte con las manos vacías. Trae ese postre tan mono con frutos rojos que haces. Ah, y ponte algo bonito, que llevas semanas viviendo en esa chaquetilla blanca. Un beso, te quiero.

Clic.

Me quedé mirando el teléfono fijamente, como si pudiera desintegrarlo con la mente.

"Elena va a preparar su famoso asado". Lo que significaba, por pura y matemática lógica de la desgracia, que él también estaría allí.

Elena era la madre de Isaac. Mi madre y ella llevaban siendo uña y carne desde los años ochenta, compartiendo confidencias, recetas y, para mi desgracia, la obsesión de que sus hijos volvieran a ser los amiguitos adorables que compartían el camión de bomberos.

Al otro lado de la calle peatonal, la situación en la cocina de La Taberna no era mucho mejor. Isaac Taylor contemplaba su propio teléfono con una mueca de puro sufrimiento épico, ignorando el temporizador que pitaba al fondo.

—Mamá, escúchame, de verdad que me encantaría ir a veros —mentía Isaac, paseándose por la cocina desierta mientras se frotaba la nuca—.

Pero es que tengo que hacer el inventario de la bodega.

Si no cuento las botellas de vino esta noche, la gestoría me va a colgar de los pulgares. Es un asunto de vida o muerte fiscal.

—Isaac Alejandro Taylor —la voz de Elena al otro lado de la línea cortó el aire como un cuchillo de carnicero—.

Tienes exactamente cuarenta minutos para ducharte, quitarte el olor a ajo y presentarte en casa de Carmen.

Si no estás aquí a las ocho y media, le regalaré tu guitarra firmada al hijo del vecino, ese que tiene siete años y rompe todo lo que toca.

Isaac abrió la boca para protestar, pero el tono de llamada rota le indicó que la negociación había terminado.

—Mierda —masculló para sí mismo, tirando el teléfono sobre la mesa de trabajo—. Va a ser una noche larguísima.

A las ocho y veintinueve de la tarde, aparqué mi coche frente a la casa de mis padres en la urbanización de las afueras.

Me había cambiado de ropa a regañadientes: unos vaqueros oscuros, unos tacones sensatos y una blusa de seda color champán.

Sencilla, elegante, pulcra. Nada que ver con el espécimen que acababa de aparcar su moto ruidosa justo detrás de mi vehículo.

Isaac se quitó el casco, sacudiendo su pelo oscuro con ese gesto coreografiado que parecía sacado de un anuncio de champú. Llevaba una cazadora de cuero gastada, una camiseta negra que le quedaba estúpidamente bien y unos vaqueros que habían visto días mejores.

Nos miramos a través del espacio que separaba ambos coches. Sus ojos brillaron con esa mezcla habitual de burla y fastidio.

—Vaya, vaya. Miren a quién han arrastrado de los pelos fuera de sus cocinas —dijo Isaac, bajándose de la moto y colgando el casco en el manillar—. ¿Qué pasa, Ortiz? ¿A ti también te han amenazado con destruir tus posesiones más preciadas?

—A mí no me amenazan, Taylor. Yo vengo por amor filial —mentí descaradamente, agarrando con cuidado la caja de alta repostería donde llevaba el postre—.

Aunque admito que saber que ibas a estar aquí casi me hace fingir un secuestro exprés.

¿Qué haces con esa ropa? Parece que vengas de un concierto de rock de segunda categoría.

—Y tú pareces sacada de un catálogo de subastas de arte —replicó él, acercándose a mí a grandes zancadas y extendiendo la mano hacia mi caja—. Deja que te lleve eso, princesa. No vaya a ser que te rompas una uña de porcelana antes de cruzar el umbral.

—No me toques el coulis de frambuesa, Taylor. Tus manos rústicas arruinarían la simetría del emplatado —le espeté, apartando la caja con un movimiento rápido mientras subíamos los escalones del porche.

Estábamos tan enzarzados en nuestra habitual guerra de pullas de bajo calibre que no nos dimos cuenta de que la puerta principal ya estaba abierta.

Mis miedos se confirmaron en el acto. Allí de pie, con delantales a juego y sendas copas de vino en la mano, nos esperaban Carmen y Elena.

Sus sonrisas eran demasiado amplias. Demasiado perfectas.

Aquello no era una cena familiar. Era una maldita emboscada de nivel profesional.

—¡Pero bueno, si han llegado juntos! —exclamó Elena, juntando las manos con un entusiasmo sospechoso—. Qué estampa tan bonita. Entrad, entrad, que tenemos muchísimo de qué hablar.

El asado de la madrina Elena estaba espectacular, pero a mí me sabía a serrín por culpa de la tensión.

Isaac y yo nos sentamos frente a frente en la mesa del comedor.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, saltaban chispas suficientes como para incendiar las cortinas.

Él se dedicaba a comer con un descaro insuficiente, devorando las patatas mientras me lanzaba miradas burlonas cada vez que yo usaba correctamente la servilleta de hilo.

Nuestras madres se miraron entre sí. Intercambiaron una de esas señales telepáticas que solo las mejores amigas de toda la vida entienden, y Carmen, mi madre, se aclaró la garganta.

—Bueno, chicos —empezó mi madre, dejando la copa de vino sobre la mesa con una sonrisa sospechosamente brillante—. Sabemos que ambos os habéis inscrito en el Concurso Nacional de Gastronomía. Y sabemos lo mucho que significa para vuestros negocios.

—Es mi billete para la expansión nacional, mamá —puntualicé, enderezando la espalda—. Y lo voy a ganar. Sola.

—Disculpa, Patty, pero creo que has pronunciado mal mi nombre. El trofeo se viene a la taberna —intervino Isaac, apoyando los codos en la mesa con una sonrisa de suficiencia.

—De eso nada, jovencitos —interrumpió Elena con voz firme, haciendo que ambos nos calláramos de golpe—. No vais a competir el uno contra el otro. Vais a competir juntos. Como un equipo.

El silencio que cayó en el comedor fue tan denso que habría colapsado un agujero negro. Isaac se atragantó con el agua y yo casi me clavo el tenedor en el labio.

—¿Perdona? —dije, riéndome por puro nerviosismo—. Mamá, eso es imposible. Las bases del concurso exigen...

—Las bases de este año tienen una categoría especial para la "Fusión y Relevo Generacional de Distritos Gastronómicos" —explicó mi madre, sacando un recorte de periódico impreso y deslizándolo sobre la mesa como si fuese un documento de alto secreto—.

Y da la casualidad de que esta mañana hemos tomado el café con don Alfonso, el editor del Diario Local.

Un mal presentimiento, negro y viscoso, se me instaló en el estómago. Miré a Isaac. Por primera vez en la noche, su sonrisa canalla había desaparecido; estaba tan pálido como yo.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó Isaac, entornando los ojos.

—Bueno... Alfonso se quejaba de que el concurso de este año no tenía ninguna historia humana y emocionante que vender a los patrocinadores nacionales —dijo Elena, encogiéndose de hombros con total naturalidad—.

Así que le contamos una. Le dijimos que los herederos de los dos restaurantes más famosos de la calle Mayor no solo han unido sus talentos culinarios en secreto para crear el menú del siglo...

sino que también habéis unido vuestros corazones.

—¡¿QUÉ?! —gritamos Isaac y yo al unísono, poniéndonos en pie de un salto.

—¿Habéis dicho que estamos juntos? —mi voz subió tres octavas—. ¡¿Con este... con este troglodita?! ¡Si lo único que quiero unir a él es una orden de alejamiento!

—Oye, frena un poco, pija —saltó Isaac, ofendido, aunque su mirada seguía fija en su madre—. Mamá, decidme que es una broma. No podéis inventaros una relación. ¡Es mentira!

—Ya no es mentira. Técnicamente, para todo el pueblo, ya es oficial —sentenció mi madre, sacando su propio teléfono móvil y mostrándonos la pantalla—. Alfonso acaba de publicar el avance digital de la sección de sociedad de mañana por la mañana. Mirad el titular.

Isaac y yo nos inclinamos sobre la mesa, con las cabezas tan juntas que podía sentir el calor de su respiración en mi mejilla, pero en ese momento me importaba un bledo. Leí el titular en voz alta, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo mis tacones:

"Fuego y Vanguardia en la cocina: Patricia Ortiz e Isaac Taylor confirman su romance secreto y se alían para asaltar el Concurso Nacional de Gastronomía.

" Debajo, había una foto horrible que nos habían tomado hacía meses en la calle, donde parecíamos estar susurrándonos algo al oído cuando en realidad nos estábamos insultando por un problema con los cubos de basura.

—Esto es una locura —murmuré, llevándome las manos a la cabeza—. Mañana mismo llamo a ese periodista y desmiento...

—Si lo desmientes, arruinarás la reputación de ambos restaurantes —cortó Elena con gravedad—El comité del concurso ya ha llamado entusiasmado.

Si decís que es mentira, parecerá que os habéis reído de la prensa y de la organización.

Os descalificarán antes de empezar. Y lo peor...

la clientela pensará que vuestra rivalidad es una pataleta de niños. Perderéis credibilidad. Los dos.

Me dejé caer en la silla, completamente conmocionada. Miré a Isaac. Él se pasó una mano por el pelo, frustrado, exhalando un suspiro largo. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, reflejando la misma constatación desesperada: nos habían acorralado.

—Entonces... —la voz de Isaac sonó ronca, peligrosa—. ¿Tenemos que fingir que nos queremos frente a las cámaras?

—Solo hasta que termine el concurso —dijo mi madre, sonriendo con dulzura mientras nos servía más asado—. Venga, chicos, comed, que tenéis que celebrar vuestro "compromiso".

Miré a mi nuevo y falso novio. Él me devolvió la mirada con una mueca que intentaba ser una sonrisa para no asustar a nuestras madres, pero sus ojos prometían guerra.

El concurso empezaba en dos semanas, y yo iba a tener que pasar cada bendito día pegada al hombre que más odiaba en este planeta... simulando que era el amor de mi vida.

¡Esto se pone interesantísimo! Combinar la discusión posterior a la cena con el impacto mediático del día siguiente es el movimiento perfecto para un Capítulo 3. Muestra la cruda realidad de lo que se dicen a solas frente al teatro absoluto que tienen que montar de cara al público.

Además, captas genial la esencia del best seller: sembrar la duda en la gente (¿es marketing o es amor real?). Aquí tienes el Capítulo 3: