A FUEGO LENTO Y A TRES ESTRELLAS
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El sabor del enemigo
Existen tres verdades universales en mi vida. La primera: un soufflé perfecto requiere precisión matemática, no intuición. La segunda: el éxito se sirve en plato frío. Y la tercera: Isaac Taylor es el error biológico más exasperante que la naturaleza ha osado crear.
Desde la ventana del piso superior de mi restaurante, L'Étoile, el mundo parecía bajo control.
Los manteles de hilo italiano estaban perfectamente alineados, la cubertería de plata brillaba bajo las luces tenues y el aroma a trufa y reducción de vino tinto flotaba en el aire como una promesa de perfección.
Sin embargo, solo hacía falta mirar a través de la estrecha calle peatonal para que mi presión arterial se disparara.
Justo enfrente, puerta con puerta, se alzaba La Taberna de Isaac.
Su letrero de neón parpadeaba con un descaro casi ofensivo.
El tío acababa de salir a la acera a saludar a un grupo de clientas que reían como adolescentes histéricas.
Llevaba las mangas de la chaqueta de chef remangadas, mostrando unos antebrazos que, por pura desgracia estética, eran insultantemente atractivos, y esa sonrisa perezosa de quien se sabe el rey del mambo.
Isaac levantó la vista, me descubrió en la ventana y, sin perder la sonrisa, alzó su copa de vino en un brindis silencioso cargado de burla.
Apreté los dientes. Dios, lo odiaba. Lo odiaba con la intensidad de mil soles.
Lo peor de todo es que no siempre había sido así. Hubo un tiempo, remoto y afortunadamente borrado de mi historial emocional, en el que Isaac y yo compartíamos algo parecido a la paz.
Nuestras madres se conocieron en las clases de preparación al parto, lo que significaba que habíamos sido vecinos de cuna, de patio y de cicatrices en las rodillas.
Hay fotos vergonzosas en el salón de mi casa que atestiguan que a los siete años compartíamos el mismo fuerte de mantas en el jardín y que él me dejaba el camión de bomberos a cambio de la mitad de mis sándwiches de nocilla.
Éramos inseparables. Un pack. "Los gemelos de la acera de enfrente", nos llamaban los vecinos.
Pero el idilio infantil se fue al traste en el momento en que entramos en el instituto.
La adolescencia es un patio de tiburones, y nosotros elegimos bandos diferentes.
Yo me convertí en la delegada de clase pulcra, la chica que se sentaba en primera fila, la que organizaba los eventos benéficos y mantenía el uniforme impecable.
Me gané una reputación de "pija inalcanzable" que, sinceramente, alimenté con orgullo; si vas a estar en la cima, al menos asegúrate de que tus zapatos combinen.
Isaac, por su parte, descubrió que una sonrisa ladeada, una guitarra y una actitud de "me importa todo una mierda" funcionaban de maravilla.
Se convirtió en el capitán del equipo, el chico malo del fondo de la clase que hacía reír a todos y el imán oficial de las animadoras.
La misma popularidad que a mí me exigía esfuerzo y protocolo, a él le caía del cielo sin despeinarse.
Dejamos de hablarnos. El patio del instituto era un tablero de ajedrez y nosotros estábamos en extremos opuestos.
Él me consideraba una estirada insufrible; yo lo consideraba un consentido con exceso de hormonas y falta de sustancia.
La complicidad de la infancia se marchitó y en su lugar creció una maleza de orgullo y pullas sarcásticas cada vez que nos cruzábamos en el rellano.
Y entonces, ambos descubrimos la cocina.
La herencia familiar nos obligó a volver al mismo escenario, pero esta vez con cuchillos afilados en la mano. Cuando tomamos el relevo de los restaurantes de nuestros padres, la guerra fría se convirtió en la Tercera Guerra Mundial Gastronómica.
—Chef, los inspectores de la guía local acaban de entrar —la voz de mi jefe de cocina me sacó de mis pensamientos.
Dejé caer la cortina, bloqueando la visión de Isaac y su club de fans. Me alisé la chaqueta blanca, verifiqué que mi pelo estuviera recogido en un moño perfecto sin un solo cabello fuera de lugar y miré a mi equipo.
—Que empiece el juego —dije—. Hoy vamos a demostrarle a la acera de enfrente quién domina realmente esta calle.
El servicio de la cena fue un ballet perfecto.
Ejecutamos el menú degustación con la precisión de un cirujano: el tataki de atún con emulsión de wasabi sobre cama de algas salió impecable, y el postre de deconstrucción de tarta de queso se sirvió a la temperatura exacta.
Observé desde la cocina cómo los inspectores asentían con solemnidad mística mientras anotaban en sus libretas.
Victoria asegurada.
A la una de la madrugada, con las luces de L'Étoile ya apagadas y el equipo de limpieza terminando, salí a la calle peatonal buscando un respiro de aire fresco. Me quité el gorro de chef, dejando que el pelo me cayera sobre los hombros, y respiré hondo.
Entonces oí la música.
A través de los cristales de la taberna de enfrente, el ambiente era radicalmente distinto.
Había risas, copas de vino vacías sobre las mesas de madera rústica y un grupo de clientes rezagados aplaudía.
Y ahí estaba él. Isaac Taylor, apoyado en la barra, riéndose con el inspector principal de la guía local mientras le servía un chupito de un licor casero.
El inspector ya no anotaba nada; directamente abrazaba a Isaac por el hombro como si fuesen amigos de la infancia.
Sentí una punzada de indignación que me encendió la sangre. Yo ofrecía una experiencia mística; él ofrecía un maldito parque de atracciones.
La puerta de su local se abrió e Isaac salió acompañando al grupo. Tras despedirse con un guiño que provocó suspiros en las inspectoras del comité, se giró hacia mí. La calle estaba desierta, iluminada solo por las farolas antiguas y el neón de su taberna.
—Vaya, Ortiz. ¿Saliendo de tu torre de marfil a mezclarte con la plebe? —dijo, cruzando la calle con las manos en los bolsillos de su delantal negro.
—Estaba disfrutando del silencio, Taylor. Al menos hasta que abriste la puerta de tu cantina —respondí, cruzando los brazos y apoyándome en la fachada de mi restaurante, mirándolo desde arriba gracias a mis tacones, aunque él seguía sacándome una cabeza.
Se detuvo a un metro de mí. Demasiado cerca. Podía oler el aroma a soplete, a cítricos y a ese calor de cocina que parecía emanar de su propia piel.
—Admítelo, te mueres por saber qué le he servido al inspector jefe para que casi llore de la emoción —me retó, con una sonrisa ladeada que hacía que se le formara un hoyuelo endiablado en la mejilla izquierda—.
Una pista: no llevaba nitrógeno líquido, ni florituras de pija.
Comida real, Patty. De la que llena el estómago y enciende el alma.
—Lo que tú llamas "comida real", los cardiólogos lo llaman atentado terrorista —retruqué, sosteniéndole la mirada, negándome a pestañear—Mi cocina es arte, técnica y disciplina. Cosas que no entenderías ni aunque te vinieran explicadas en un libro con dibujos.
Isaac soltó una carcajada baja, un sonido que vibró en el aire silencioso de la noche.
Dio un paso más, acortando la distancia hasta que mi espacio personal quedó completamente pulverizado.
Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mantenerle el pulso visual.
Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de diversión y algo más denso, algo que hizo que se me secara la boca.
—Eres exasperante, ¿lo sabes? —murmuró, bajando el tono de voz, volviéndola peligrosamente suave—. Tan perfecta, tan pulcra, con tu chaquetilla sin una sola mancha... Da unas ganas locas de desordenarte entera, Ortiz. A ver si así descubrimos si tienes sangre en las venas o solo horchata de diseño.
Mi corazón dio un vuelco salvaje, un latido traidor que me golpeó las costillas.
La tensión entre nosotros se volvió tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo de deshuesar.
Sostuve su mirada, apretando los puños para que no notara el temblor de mis manos.
El odio que le profesaba era real, pero la corriente eléctrica que nos unía desde que dejamos de ser niños era igual de innegable.
—Sigue soñando, Taylor —dije, forzando mi mejor tono de desprecio aristocrático mientras daba un paso lateral para zafarme de su magnetismo—.
El mes que viene es el Concurso Nacional de Gastronomía.
Prepárate para ver cómo me llevo el trofeo mientras tú te quedas limpiando la grasa de tus freidoras.
—Que gane el mejor, princesa —respondió él, dándose la vuelta con esa chulería innata mientras caminaba de regreso a su acera—. Pero recuerda que a mí el fuego nunca me da miedo.
Entré a mi restaurante y cerré la puerta con llave, apoyando la espalda contra la madera. Me llevé una mano al pecho, intentando calmar mi respiración. El concurso iba a ser mi billete a la gloria absoluta y la oportunidad perfecta para librarme de él.
Lo que no sabía en ese momento, mientras intentaba borrar de mi mente el calor de su cercanía, era que el destino —y nuestras madres— tenían un plan maestro para freírnos a los dos en la misma sartén.