El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
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La última discusión no surgió de un documento antiguo.

Mauro preguntó qué harían si alguna de aquellas referencias conducía a otro archivo particular.

La pregunta parecía práctica.

Acabó convirtiéndose en la primera prueba seria del acuerdo que acababan de firmar.

—No todos van a abrirnos sus fondos —dijo Mauro—. Leandro puede ser una excepción.

Leandro levantó una ceja.

—No sé si eso pretende ser un elogio.

—No.

Irene sonrió apenas.

Sebastián devolvió el extracto a su funda.

—Si encontramos una referencia suficientemente concreta, primero comprobamos si el fondo existe y cuál es su situación.

—¿Después? —preguntó Irene.

—Pedimos acceso.

—¿Y si lo niegan?

Sebastián pensó.

Hasta poco tiempo atrás la respuesta habría sido puramente operativa.

Registrar la negativa.

Buscar otra vía.

Seguir adelante.

Pero cada vez resultaba más claro que determinadas procedencias podían depender de documentos únicos.

—Entonces esa parte no podrá demostrarse.

Irene asintió.

—Bien.

Mauro la miró.

—¿Bien?

—Sí. Me preocupa que empecemos a pensar que estar cerca de una respuesta nos da derecho a llegar por cualquier medio.

Nadie respondió inmediatamente.

La investigación comenzaba a salir de archivos accesibles.

Entraba en territorios documentales más complejos.

Fondos privados.

Papeles mal catalogados.

Referencias conocidas solo por copias.

Cuanto mayor fuera la proximidad a una respuesta, mayor sería también la tentación de forzar accesos o interpretar una negativa como sospecha.

Irene continuó:

—Una procedencia incompleta sigue siendo una conclusión válida si eso es todo lo que permiten las fuentes.

Sebastián recordó una frase de Almarza:

Prefiero perder el libro a inventar su camino.

Era el mismo principio aplicado al presente.

No debían inventar evidencia.

Tampoco podían justificar cualquier medio para obtenerla.

—De acuerdo —dijo Sebastián.

Leandro lo observó.

—Eso significa también que si otro propietario les niega acceso no pueden utilizar esa negativa como prueba en su contra.

—Correcto.

—Quiero que quede escrito.

Mauro tomó la hoja del acuerdo y añadió:

La negativa o imposibilidad de acceder a un fondo no constituirá por sí misma indicio de ocultamiento, posesión ilícita ni contenido adverso.

Leandro leyó.

—Eso es importante.

Sebastián asintió.

La ausencia de acceso no podía criminalizarse.

Un archivo privado podía permanecer cerrado por razones personales, jurídicas o de conservación.

Ninguna probaba nada sobre el Códice.

Irene añadió:

—Pero sí podemos dejar constancia de que una hipótesis no pudo verificarse por falta de acceso.

—Por supuesto.

La diferencia era limpia.

Mauro dejó el bolígrafo.

—Ahora sí parece un acuerdo real.

No porque fuera más largo.

Porque empezaba a prever conflictos concretos.

La siguiente conversación mostró que las diferencias entre ellos seguían intactas.

Irene quiso saber cómo se conservaban habitualmente las piezas relevantes del archivo.

Leandro explicó que algunas estaban depositadas en instalaciones especializadas y otras permanecían en propiedades familiares con sistemas de control ambiental.

—¿Qué criterio usan para decidirlo? —preguntó Irene.

—Fragilidad, uso, valor y seguro.

—¿Valor histórico o económico?

—Ambos.

Irene no ocultó su incomodidad.

—No siempre coinciden.

—Lo sé.

—Una hoja sin atractivo comercial puede ser mucho más importante documentalmente que una pieza vistosa.

—También lo sé.

—Entonces el seguro no debería convertirse en el criterio dominante.

Leandro se acomodó.

—No lo es. Pero conservar un archivo cuesta dinero.

Sebastián reconoció el conflicto de fondo.

Para Leandro, los recursos privados formaban parte inevitable de la conservación.

Para Irene, esa realidad podía conceder al mercado una influencia excesiva sobre aquello que merecía cuidado.

Mauro intervino.

—No vamos a resolver hoy todo el sistema patrimonial.

—No —respondió Irene—. Pero sí podemos comprobar que las piezas que estamos utilizando estén bien conservadas.

Leandro dijo:

—Las que ustedes identifiquen como relevantes pueden revisarse con nosotros.

No era una conversión ideológica.

Era una solución concreta.

Irene aceptó.

El acuerdo funcionaba precisamente porque no exigía que pensaran igual.

Exigía que esas diferencias no alteraran el tratamiento de las pruebas.

Cuando volvieron al extracto exterior, Sebastián comprendió algo que había evitado admitir.

Leandro estaba aportando más que acceso físico a un archivo.

La conservación familiar permitía colocar sobre la misma mesa documentos que Almarza había conocido de manera parcial y que Álvaro nunca consiguió completar con las fuentes riojanas.

La ventaja no consistía en que los Velasco tuvieran una respuesta.

Consistía en que habían conservado piezas que, cruzadas con San Millán, Nájera y Valvanera, podían reducir incertidumbres acumuladas durante décadas.

Eso no convertía a Leandro en aliado.

Colaborador seguía siendo una palabra suficientemente precisa.

Mauro dispuso las versiones.

—Tenemos una copia familiar que conserva mejor la función.

Señaló otra.

—Otra que conserva más contexto.

Después el extracto externo.

—Y ésta parece conservar el movimiento posterior.

Sebastián asintió.

—Pero ninguna demuestra por sí sola la continuación.

—No.

—Entonces primero hay que determinar cuáles pueden compararse legítimamente.

Irene añadió:

—Y qué ramas externas contienen información que no dependa de algo que ya conocemos.

Ahí estaba el cambio.

Ya no estaban únicamente reconstruyendo cómo Almarza llegó a su límite.

Por primera vez empezaban a reunir fuentes que él no había tenido simultáneamente.

Podían avanzar más allá.

Pero solo si mantenían sus reglas.

Sebastián escribió:

¿QUÉ COPIAS SON REALMENTE INDEPENDIENTES?

Después:

¿QUÉ MOVIMIENTOS PERTENECEN AL DOCUMENTO Y CUÁLES AL VOLUMEN?

Y finalmente:

¿QUÉ PROCEDENCIAS EXTERNAS PUEDEN COMPROBARSE?

No escribió ninguna ciudad.

Todavía no correspondía.

El siguiente avance debía comenzar como dirección documental, no como destino físico.

Irene observó las preguntas.

—Esto puede multiplicarse otra vez.

Sebastián sabía a qué se refería.

Cada copia podía conducir a otra.

Un inventario podía abrir una correspondencia.

Un apellido podía terminar en un archivo familiar.

Sin un criterio, la investigación se expandiría indefinidamente.

—Seguimos la regla de Almarza.

Mauro preguntó:

—¿Cuál?

—Solo seguimos una copia cuando aporta información que no puede explicarse por una tradición ya conocida.

Irene asintió.

Eso limitaba la expansión.

No perseguirían duplicados porque sí.

Solo ramas capaces de aportar un tramo nuevo o una confirmación realmente independiente de alguna función esencial.

Leandro cerró una de las cajas.

—Entonces tengo algo que quizá merezca la pena revisar.

Sebastián lo miró.

—¿Qué?

—Tres referencias de Álvaro que nunca pude situar dentro de La Rioja.

Mauro se inclinó.

—¿Documentos?

—Copias o referencias a copias. No puedo asegurar que los originales sobrevivan.

—¿Dicen dónde estaban?

—Una sí. Las otras permiten, como mucho, reconstruir una dirección general.

Sebastián no preguntó cuál.

Irene dijo:

—Primero vemos las referencias. Después decidimos si justifican una nueva búsqueda.

Leandro asintió.

—Exactamente.

Sebastián la miró.

Pocos días antes él habría sido quien pronunciara esa frase.

Ahora Leandro empezaba a utilizar el mismo lenguaje metodológico.

No porque hubieran borrado sus diferencias.

Porque las reglas comunes lo obligaban a trabajar dentro del mismo marco de prueba.

El acuerdo que nadie esperaba empezaba a mostrar su verdadero valor.

No había creado confianza.

Había creado una forma de trabajar sin necesitarla.

Y eso les permitía entrar en la parte más delicada de la investigación manteniendo todavía separados los dos recorridos que no podían confundir.

Las copias empezaban a conducir fuera de La Rioja.

El Códice, en cambio, aún no.