CAPÍTULO 23 Información guardada por los Velasco
BLOQUE 1
La carpeta donde aparecía el nombre de Julián de Almarza no contenía una carta dirigida a la familia Velasco.
Eso fue lo primero que Sebastián comprobó.
Tampoco había una respuesta firmada por él ni una transcripción completa de alguna consulta.
Lo que tenían delante era menos directo y, precisamente por eso, más difícil de interpretar: una hoja de trabajo perteneciente al archivo familiar donde alguien había reunido referencias documentales y, junto a una de ellas, había escrito el nombre del investigador riojano.
Leandro había hecho bien en no presentarla como correspondencia.
Irene examinó el papel antes de que Sebastián empezara a leerlo.
Era una hoja irregular que en algún momento había sido doblada en cuatro.
Los pliegues habían debilitado las fibras, aunque no había pérdidas importantes.
La tinta principal correspondía a una sola mano.
Existían además dos anotaciones posteriores a lápiz y una numeración archivística mucho más reciente.
Mauro preguntó:
—¿Fecha?
Irene negó.
—Puedo dar un margen material amplio. Finales del siglo XIX o comienzos del XX son compatibles. Más precisión exigiría otro tipo de análisis.
Sebastián miró a Leandro.
—¿El archivo tiene una fecha?
—No exacta. Está agrupada con papeles que los inventarios familiares sitúan entre los últimos años del XIX y las primeras décadas del XX.
—Entonces no fechamos más de lo que podemos.
—De acuerdo.
Leandro no intentó estrechar el margen.
Sebastián volvió a sentir aquella incomodidad que empezaba a repetirse: cuando la conversación entraba en precisión documental, Leandro no parecía necesitar exagerar.
La hoja llevaba por encabezado:
Relaciones antiguas que conviene conservar juntas para cotejo.
Debajo había varias entradas.
Algunas describían certificaciones.
Otras, copias.
Una mencionaba expresamente papeles de Fernando de Velasco.
Otra remitía a una relación conservada con documentación de Juan.
La quinta decía:
Véase lo solicitado por D. Julián de Almarza sobre responsables y entregas antiguas.
Mauro acercó la silla.
—Entonces hubo contacto.
Sebastián corrigió:
—Hubo conocimiento de una solicitud de Almarza. Todavía no sabemos cómo circuló.
La frase no demostraba una consulta personal.
Podía haber intervenido otro investigador.
También un sacerdote, un archivero o cualquiera de los intermediarios habituales de correspondencia erudita.
Incluso era posible que la anotación hubiera sido realizada después de conocerse que Almarza investigaba aquellas procedencias.
La cuestión no era imaginar una relación.
Era reconstruir la dirección de la información.
La entrada siguiente estaba unida mediante una pequeña llave dibujada en el margen:
Copia de nombres entregada para confrontar con relación que obra fuera de la casa.
Debajo:
No entregar original mientras no se determine a qué papeles se refiere.
Mauro levantó la vista.
—Bastante protectores.
Irene respondió:
—De los documentos. Eso no implica protección de un secreto.
Exactamente.
Una familia podía negarse a enviar un original antiguo por correo y, en cambio, facilitar un extracto o una copia para consulta.
No había nada clandestino en ello.
Sebastián advirtió una marca pequeña junto al nombre de Almarza.
La misma marca aparecía en otra hoja de la carpeta.
Pidió verla.
Leandro se la entregó por medio del soporte.
La segunda hoja era un listado mucho más escueto.
Copias remitidas o mostradas para consulta.
Había nombres de investigadores, eclesiásticos y notarios.
Algunos llevaban fechas.
Junto a Almarza solo figuraba:
J. de A. — noticias de procedencia. Respondido por extracto.
Mauro habló primero.
—¿Respondido?
—Eso dice.
Sebastián buscó algún nombre que permitiera identificar quién había enviado aquel extracto.
No lo encontró.
Tampoco había descripción suficiente para saber qué pieza se había copiado.
Era una de esas noticias que podían modificar el sentido de toda una búsqueda sin demostrar, por sí solas, casi nada.
Irene señaló la hoja anterior.
—Esto explicaría por qué Almarza conocía parte de la tradición Velasco sin haber visto el archivo.
Sí.
Encajaba con lo que ya sabían.
En los cuadernos de Almarza había extractos y referencias a una variante familiar que nunca llegó a revisar de manera completa.
Ahora el propio archivo confirmaba que al menos una respuesta había salido en forma de extracto.
Sebastián escribió:
ALMARZA RECIBIÓ INFORMACIÓN PROCEDENTE DEL ARCHIVO VELASCO.
Debajo:
NO DEMOSTRADO: ACCESO DIRECTO AL ORIGINAL.
Mauro observó.
—Eso une los dos fondos.
—Une una consulta —corrigió Sebastián—. No convierte ambos archivos en una misma cadena documental.
Siguieron.
La hoja siguiente contenía una transcripción breve.
No estaba atribuida a Almarza.
No había razón para suponer que fuera exactamente el extracto remitido, aunque podía pertenecer a la misma familia documental.
Comenzaba a mitad de una frase y terminaba con una fórmula que ya conocían:
…para que conste quién tuvo guarda, quién llevó y quién recibió.
Sebastián se detuvo.
Aquello era importante.
La distinción de funciones no había surgido exclusivamente del método personal de Almarza.
Existía en una tradición documental conservada por los Velasco.
Eso podía explicar por qué el investigador había terminado insistiendo tanto en separar quien guarda, quien transporta y quien recibe.
Quizá las fuentes mismas lo habían obligado.
Irene preguntó:
—¿Está completa?
—No.
El encabezado faltaba.
No había fecha original.
El papel era claramente posterior a los hechos descritos.
Otra copia.
Otra supervivencia parcial.
Pero una supervivencia valiosa.
Mauro volvió a la fórmula.
—“Quién tuvo guarda, quién llevó y quién recibió.” Es nuestro problema entero.
Sebastián asintió.
—Y demuestra que esas categorías podían existir antes de las reconstrucciones modernas.
Eso tenía consecuencias.
Si una tradición antigua distinguía funciones y las copias posteriores simplificaban el lenguaje, una persona que había llevado el volumen podía terminar convertida en poseedor.
Quien lo había recibido para remitirlo podía aparecer después como dueño.
Y quien había conservado una copia podía ser confundido con quien guardó el objeto.
La pérdida de contexto hacía el resto.
Leandro habló:
—Por eso en el archivo se hablaba de relaciones y copias, no del libro.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Desde cuándo?
Leandro aceptó la corrección implícita.
—No puedo decir “siempre”. Es la manera en que me lo explicaron y es como aparecen descritas muchas piezas en los inventarios familiares.
—Eso sí podemos verificar.
—Sí.
Sebastián volvió al inventario.
Las palabras se repetían con consistencia:
copias
relaciones
certificaciones
procedencias
papeles antiguos
No aparecía Códice de San Millán.
Tampoco un título espectacular que hubiera servido durante generaciones para construir una leyenda familiar.
Eso era significativo.
Los papeles habían sobrevivido bajo descripciones ordinarias y solo ahora, al compararlos con otras fuentes, empezaban a adquirir una importancia mayor.
Irene lo formuló:
—Estos documentos son más importantes para nosotros de lo que probablemente fueron para quienes los archivaron.
Sebastián asintió.
Y esa banalidad descriptiva jugaba a favor de su autenticidad contextual.
La última hoja de aquel conjunto llevaba al pie:
Guardar con las demás copias porque los nombres se repiten aunque las relaciones no sean iguales.
Sebastián permaneció mirando la frase.
Era exactamente la lógica que venían reconstruyendo.
Ninguna copia contenía todo.
Los nombres sobrevivían de formas distintas.
Las diferencias eran tan útiles como las coincidencias.
Mauro preguntó:
—¿Quién escribió esto?
—Todavía no sabemos.
Y esa era la nueva pregunta.
No quién había poseído el Códice.
Sino quién, dentro del archivo Velasco, había comprendido que aquellas copias debían compararse sin confundirse entre sí.