El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
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BLOQUE 3

La candidata no resolvió nada de inmediato.

Eso fue una buena señal.

Si la hoja hubiera contenido una cadena impecable y un nombre completo después de Diego Sánchez, Sebastián habría desconfiado desde el primer momento.

En cambio, era una pieza difícil.

La escritura se interrumpía en zonas desvaídas.

Había abreviaturas y correcciones.

Una mano principal y al menos una intervención posterior.

Irene la examinó durante un largo rato antes de permitir que trabajaran sobre el texto.

No era medieval.

Tampoco pretendía serlo.

El papel y la filigrana eran compatibles con una copia realizada siglos después de los acontecimientos que describía.

La tinta de la mano principal era coherente con esa cronología general.

No había señales inmediatas de una fabricación reciente.

Eso no demostraba que el contenido fuera históricamente exacto.

Solo que la pieza resultaba materialmente coherente con lo que decía ser: una copia posterior.

Irene levantó la vista.

—No encuentro nada que me haga pensar en una fabricación moderna.

Leandro guardó silencio.

Sebastián agradeció que no tratara la observación como una victoria.

La hoja comenzaba a mitad de una relación.

Los primeros nombres eran conocidos.

Martín de Arce.

Diego Sánchez.

Después aparecía una fórmula abreviada.

Mauro la reconoció antes que nadie.

—La carta.

Sebastián también vio la semejanza.

No eran exactamente las mismas palabras.

La formulación decía:

…recibe para hacer seguir ciertos papeles con el volumen antiguo, falto al comienzo…

Sebastián sintió que el pulso le aumentaba.

No dijo nada sobre el contenido.

—Primero confirmemos la mano.

Irene examinó la frase.

—Pertenece a la escritura principal. No es una adición marginal posterior.

Eso resolvía una de las dudas que Almarza nunca había podido aclarar.

La descripción del volumen incompleto y la recepción pertenecían al mismo bloque copiado.

Mauro dijo:

—Eso ya es más de lo que pudo demostrar Almarza.

—Sí.

Una pregunta quedaba cerrada.

Muchas otras seguían abiertas.

La persona que recibía aparecía abreviada.

Tal como había indicado el corresponsal de 1893.

La forma seguía sin permitir un desarrollo inequívoco.

Sebastián comparó con la transcripción de Almarza.

La correspondencia era muy estrecha.

Eso fortalecía la posibilidad de que la hoja familiar descendiera de la misma tradición documental que había visto el corresponsal.

Leandro preguntó:

—¿Es la misma pieza?

Sebastián negó.

—No podemos decirlo.

—¿Una copia de la misma relación?

—Eso es plausible.

—¿Con qué seguridad?

—Todavía insuficiente para afirmarlo.

Leandro aceptó.

La hoja continuaba.

Después de la recepción figuraba una entrega posterior.

El destinatario estaba dañado.

No había desaparecido por completo.

Quedaban trazos.

Pero no suficientes para formar un nombre con seguridad.

Mauro inclinó la cabeza.

—¿Podemos reconstruirlo?

—No ahora —respondió Sebastián.

Irene añadió:

—Y no vamos a forzarlo.

Más abajo aparecía una nota:

Tomados los nombres para memoria de las entregas.

Los tres se miraron.

La carta de 1893 había descrito una fórmula prácticamente equivalente.

Sebastián dijo:

—Esto demuestra que la noticia del corresponsal no fue una invención aislada.

Había una tradición documental real que conservaba los elementos que había descrito.

Eso era muy distinto de decir que todas sus interpretaciones fueran correctas.

Mauro miró a Leandro.

—¿Sabías lo que decía esta hoja?

—Sabía que contenía nombres y entregas. La relación con las referencias de Almarza se volvió más clara cuando empezamos a ordenar algunas descripciones antiguas del archivo.

La respuesta podía ser completa o no.

Pero no necesitaban resolver esa cuestión para evaluar el documento.

Al final de la hoja aparecía una certificación:

Conforme con relación que se tuvo a la vista.

No era una certificación de propiedad.

Era de cotejo.

La firma se conservaba abreviada.

Debajo, una nota posterior:

Copia conservada con papeles de J. V.

Irene señaló la línea.

—Esto explica la llegada al archivo familiar.

Sebastián asintió.

La copia podía haberse conservado con los papeles de Juan de Velasco sin que Juan hubiera tenido contacto material con el Códice.

Exactamente la distinción que habían construido durante días.

Leandro miró a Sebastián.

—¿Ahora entendés por qué nunca acepté que esto se interpretara como una apropiación familiar?

Sebastián respondió:

—Entiendo que esta pieza no demuestra propiedad del Códice.

—Es lo que vengo diciendo.

—Eso no significa que tengas razón sobre cualquier otra cuestión.

—Nunca dije que la tuviera.

Mauro intervino antes de que la conversación se desviara.

—¿Qué aporta esta hoja a la cadena?

Sebastián regresó al documento.

La pieza permitía sostener varias cosas.

Una tradición conservada por los Velasco contenía una relación que continuaba después de Diego Sánchez.

La descripción del volumen falto al comienzo pertenecía al mismo bloque que la recepción posterior.

La propia relación registraba que algunos nombres habían sido extraídos para conservar memoria de entregas.

Y la copia había terminado vinculada a papeles de Juan de Velasco sin que eso demostrara contacto material de Juan con el manuscrito.

Era mucho.

No alcanzaba para incorporar un receptor.

El nombre seguía abreviado.

El destinatario de la entrega posterior estaba incompleto.

Mauro lo resumió:

—Avanzamos.

—Sí.

—Pero seguimos sin nombre.

—Seguimos sin una persona que podamos incorporar a la cadena con seguridad.

Ese límite debía mantenerse.

Irene señaló otro aspecto.

—También confirma que el archivo Velasco conservaba información que Almarza nunca pudo consultar de forma completa.

—Sí.

Ésa era quizá la consecuencia más importante.

Leandro había abierto una puerta documental real.

Aceptar su colaboración había servido.

No porque él supiera dónde estaba el Códice.

Tampoco porque su familia lo hubiera poseído.

Ni porque debieran creer sus interpretaciones.

Había servido porque el archivo conservaba una pieza materialmente coherente y documentada dentro del fondo, capaz de responder una pregunta que Almarza dejó abierta.

Parte de lo que Leandro había sostenido era correcto.

Eso hacía la situación más compleja, no más simple.

Mauro preguntó:

—¿Hay más documentos vinculados con esta copia?

Leandro asintió.

—Sí.

—¿Muchos?

—No demasiados. Pero prefiero que los vean siguiendo el orden del archivo.

Sebastián preguntó:

—¿Cronológico?

—Archivístico.

Irene sonrió levemente.

—Mejor.

Leandro señaló la segunda caja.

—Hay correspondencia familiar, un inventario anterior y notas de cotejo. Algunas pueden no tener relación directa con el volumen.

—¿Las leíste?

—Algunas.

—¿Todas?

—No.

Sebastián lo observó.

No sabía hasta dónde creerle.

Pero esa no era la pregunta más importante.

—¿Hay algo que mencione a Almarza?

Leandro tardó un instante.

—Sí.

El silencio cambió.

Mauro se inclinó.

—¿Una carta?

—No exactamente.

—¿Qué?

—Una nota donde aparece su nombre junto a una consulta sobre procedencias.

Sebastián sintió que el problema acababa de adquirir otra dimensión.

—Quiero verla.

Leandro no se movió.

—La van a ver.

—Ahora.

—Primero terminemos de documentar esta pieza. Si mezclamos papeles antes de fijar su contexto, van a cometer exactamente el error que llevan intentando evitar desde que llegaron.

Sebastián apretó la mandíbula.

Irene intervino:

—Tiene razón.

Continuaron con la hoja.

Fotografía controlada.

Medidas.

Descripción del soporte.

Transcripción diplomática.

Dudas paleográficas.

Relación con la carta de 1893.

Comparación con el repertorio de Almarza.

Solo entonces Irene permitió devolverla a su carpeta.

Antes de cerrar la caja, Sebastián observó otra vez la línea:

…recibe para hacer seguir ciertos papeles con el volumen antiguo, falto al comienzo…

Era lo más cerca que habían estado de atravesar documentalmente el vacío posterior a Diego Sánchez.

Y aun así todavía no lo atravesaban.

Faltaba identificar correctamente a quien recibió.

Faltaba demostrar la entrega posterior con suficiente precisión.

También reconstruir la genealogía de aquella copia y establecer cuánto había llegado a conocer Almarza de esa tradición.

Mauro dijo:

—Entonces la ayuda sirvió.

Sebastián respondió:

—Sí.

La palabra le costó menos de lo que había esperado.

Leandro tomó otra carpeta.

—Esto es lo que preguntaron sobre Almarza.

La dejó sobre la mesa.

Sebastián no la abrió inmediatamente.

En la cubierta aparecía:

Consultas sobre procedencias. Correspondencia y notas.

Debajo había una referencia del archivo familiar.

Y, escrito después a lápiz:

J. de Almarza

Irene miró a Sebastián.

Mauro también.

Leandro volvió a sentarse.

—No sé cuánto les va a servir.

Sebastián apoyó las manos a ambos lados de la carpeta.

Por primera vez desde el comienzo de aquella reunión, Leandro dejó de ocupar el centro del problema.

El problema estaba en los documentos.

Una familia que nunca había podido situarse con seguridad dentro de la ruta material del Códice había conservado, sin embargo, una parte auténtica de su memoria documental.

Y dentro de aquel archivo existía ahora una referencia directa al investigador que más cerca había estado de reconstruir esa memoria antes que ellos.

No habían aceptado la ayuda de Leandro porque confiaran en él.

La habían aceptado porque el método los había conducido hasta su archivo.

Y los primeros documentos demostraban que, al menos en una cuestión esencial, la cooperación había sido necesaria.