BLOQUE 2
Leandro llegó solo.
La reunión se realizó en una sala de consulta vinculada a una fundación cultural con la que la familia había trabajado antes.
No era una residencia privada.
Tampoco una exhibición de objetos antiguos.
Había una mesa amplia, iluminación controlada, soportes adecuados y cajas archivísticas preparadas para consulta.
Sebastián observó el lugar antes de sentarse.
Leandro lo notó.
—Podés revisar las condiciones si querés.
—Lo va a hacer Irene.
Leandro miró hacia ella.
—Me parece mejor.
No hubo ironía.
Irene comprobó los soportes y las condiciones generales de manipulación.
Después asintió.
—Podemos trabajar acá.
Mauro permaneció de pie unos segundos más.
—Antes tenemos que dejar algo claro.
—Supuse que sería así.
—Todo documento que veamos tiene que quedar identificado dentro de su procedencia archivística. No queremos hojas aisladas sin contexto.
Leandro asintió.
—De acuerdo.
—Nada será aceptado como auténtico solo porque pertenezca a tu familia.
—También de acuerdo.
—Y cualquier pieza relevante será cotejada con documentación externa.
—Espero que lo hagan.
Mauro finalmente se sentó.
Sebastián habló entonces.
—¿Qué querés?
Leandro no fingió no comprender.
—Que vean los documentos.
—Eso no explica por qué.
—Porque durante demasiado tiempo cada aparición de mi apellido terminó pareciendo, para ustedes, una historia de apropiación. Prefiero que vean lo que realmente conserva mi familia antes de decidir qué significa.
—¿Y después?
—Después podrán seguir pensando lo que quieran sobre mí.
Irene observó a Leandro.
—¿Por qué ahora?
Él demoró un momento.
—Porque ahora saben suficiente para no confundir papeles de familia con una cadena de propietarios.
Sebastián sintió la frase como una provocación.
—¿Antes no?
—Antes podrían haber visto un apellido repetido y haber supuesto que estábamos frente a una transmisión del Códice.
Mauro miró a Sebastián.
Era, incómodamente, el mismo error que Almarza les había enseñado a evitar.
Leandro señaló una de las cajas.
—Nada de lo que hay ahí demuestra que mi familia tuviera el Códice.
Sebastián no esperaba escucharlo.
—¿Entonces qué demuestra?
—Eso tienen que decidirlo ustedes.
Mauro preguntó:
—¿Sabías que Fernando de Velasco conservó una copia?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace años.
—¿Tenés esa copia?
Leandro negó.
—No sé si tengo la copia exacta que ustedes buscan.
Sebastián notó la precisión.
—¿Pero tenés documentación relacionada con ella?
—Sí.
Irene intervino.
—¿Los documentos de estas cajas fueron heredados?
—Forman parte del archivo familiar.
—No te pregunté eso.
Leandro comprendió.
—Hasta donde permiten saber nuestros propios inventarios, el núcleo que van a consultar no fue adquirido por mí. Está registrado dentro del fondo familiar desde antes del siglo XX.
Mauro preguntó:
—¿Y tu padre?
Leandro respondió con cautela.
—No puedo responder por cada pieza individual sin reconstruir su procedencia. Pero el conjunto principal figura ya en inventarios familiares antiguos.
Era suficiente.
No implicaba una búsqueda heredada.
Solo procedencia documental.
Sebastián preguntó:
—¿Podemos ver esos inventarios?
—Sí.
Leandro abrió la primera caja.
No tocó directamente los documentos.
Sacó una reproducción de un inventario familiar y la colocó frente a Irene.
—El original no se manipula sin necesidad.
Irene revisó fecha, numeración y estructura.
Había entradas relativas a correspondencia y copias de documentación monástica.
También relaciones de procedencia.
Nada extraordinario.
Eso, precisamente, le daba credibilidad como inventario.
Mauro señaló una entrada:
Relaciones antiguas relativas a libros y entregas. Copias y testimonios.
—¿Dice cuándo ingresaron?
Leandro negó.
—El inventario demuestra que ya estaban dentro del fondo. No cuándo llegó cada pieza.
Sebastián asintió.
Era la respuesta correcta.
No rellenaba el vacío.
Otra entrada decía:
Papeles de Fernando y Juan de Velasco, con copias antiguas conservadas entre correspondencia familiar.
Irene miró a Sebastián.
Juan aparecía allí.
Pero nada decía que hubiera recibido o custodiado el Códice.
Solo se trataba de papeles de familia.
Leandro comentó:
—Ahora entienden por qué siempre me molestó que nuestro apellido se asociara directamente con la retención de un manuscrito.
Sebastián respondió:
—Nunca demostramos que ocurriera.
—No. Pero lo sospechaban.
Mauro intervino.
—Una sospecha no es una conclusión.
Leandro no discutió.
Irene continuó revisando el inventario.
Una entrada tenía una anotación posterior:
Cotejado con relaciones de procedencia.
No figuraba el nombre de quien hizo el cotejo.
Tampoco había fecha suficiente para atribuirlo a una investigación concreta.
Sebastián no siguió esa línea.
Aún no.
Pidió las piezas vinculadas con Fernando.
Leandro entregó otra carpeta.
Dentro había una certificación conservada en copia posterior.
Irene la examinó primero.
El soporte y la escritura no pretendían ser medievales.
Era una copia posterior, coherente con lo que esperaban.
Sebastián comenzó a leer.
La fórmula mencionaba una relación recibida por Fernando de Velasco y conservada para posibles comprobaciones posteriores.
No decía que Fernando hubiera recibido el volumen.
Tampoco hablaba de propiedad.
Confirmaba la reconstrucción que ya tenían.
Mauro preguntó:
—¿Esta pieza estaba en el archivo antes de que Almarza trabajara sobre Fernando?
Leandro señaló una entrada del inventario.
La correspondencia cronológica parecía posible, aunque no perfecta.
Sebastián fue prudente.
—Hay que estudiar bien esa relación.
—Por supuesto.
Pero algo ya estaba claro.
La tradición documental Velasco no había nacido con Leandro.
Tampoco con una reconstrucción contemporánea.
Existía dentro del archivo familiar desde mucho antes.
Leandro observó a Sebastián.
—¿Eso cambia algo?
—Cambia cómo tenemos que evaluar el documento.
—¿En qué sentido?
—Por lo que es. No por quién lo conserva.
Leandro sonrió apenas.
—Me alcanza.
Sebastián no respondió.
Irene pidió otra carpeta.
Contenía correspondencia y extractos vinculados con antiguas procedencias.
Entre ellos apareció una nota cuya descripción coincidía con algo que Almarza había intentado consultar.
No era la copia buscada.
Pero la mencionaba:
Relación antigua cotejada con papeles de F. V. y con copia conservada por J. V.
Mauro se inclinó.
—Juan.
Sebastián asintió.
Probablemente.
Todavía debía demostrarse.
Leandro dijo:
—Ésa es una de las razones por las que acepté reunirme con ustedes.
—¿La conocías?
—Sí.
—¿Sabés dónde está la copia de Juan?
—Tengo una candidata.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Por qué no la mostraste desde el principio?
—Porque ustedes pidieron documentación relacionada con Fernando y Juan. Quería que vieran primero de dónde sale.
Mauro lo observó.
—Eso es exactamente lo que nosotros habríamos exigido.
—Lo sé.
Irene dijo:
—Mostranos la candidata.
Leandro no se movió.
—Antes quiero dejar algo claro. No voy a condicionar lo que concluyan ni impedir que documenten lo que encuentren. Solo les pido que, si identifican alguna pieza históricamente sensible, no publiquen su ubicación exacta antes de evaluar medidas de conservación y seguridad.
Irene miró a Sebastián.
Era el mismo problema que ella venía planteando desde hacía días.
Mauro preguntó:
—¿Querés derecho de veto?
—No.
—Entonces ¿qué querés?
—Tiempo razonable para proteger una pieza antes de que la difusión de su importancia la convierta en un objetivo.
Irene respondió:
—Eso es razonable.
Sebastián la miró.
—Depende de qué entienda por proteger.
Leandro dijo:
—Lo discutiremos si aparece algo que realmente lo necesite.
No insistió.
El punto era incómodo porque no podía descartarse por provenir de él.
La publicación de una procedencia podía aumentar el interés sobre materiales hasta entonces discretos.
Que Leandro tuviera un interés personal no invalidaba el riesgo.
Sebastián terminó aceptando:
—No publicaremos una localización sensible sin evaluar antes las consecuencias.
—Con eso alcanza.
No era un acuerdo sobre la propiedad de nada.
Solo una regla provisional de trabajo.
Leandro se levantó y regresó con una caja más pequeña.
La dejó frente a Irene.
—Ésta contiene la candidata.
La caja parecía ordinaria.
Dentro había una carpeta con una etiqueta moderna:
Copias antiguas. Procedencias. Velasco.
Debajo, a lápiz:
Posible relación citada por Almarza.
Sebastián levantó la vista.
—¿Quién escribió eso?
Leandro negó.
—No puedo atribuir esa anotación con seguridad.
Por primera vez en toda la reunión, Sebastián creyó que aquella duda era completamente real.