CAPÍTULO 21 Nombres conservados en archivos distintos
BLOQUE 1
Sebastián empezó a trabajar con una pregunta que unos días antes le habría parecido demasiado amplia.
No quería saber simplemente dónde aparecía cada nombre.
Quería averiguar cuáles conseguían sobrevivir cuando los documentos que los contenían terminaban separados por siglos, fondos y finalidades distintas.
La diferencia cambiaba por completo el sentido de la búsqueda.
Sobre la mesa había reproducciones procedentes de San Millán, Nájera y Valvanera, junto con relaciones que Julián de Almarza solo había conocido por correspondencia y algunas referencias a archivos particulares cuya importancia empezaba a crecer.
No tenían delante una única cadena documental.
Tenían supervivencias parciales.
Mauro contempló el conjunto.
—Parece que estamos volviendo al principio.
—No —respondió Sebastián—. Al principio seguíamos nombres para seguir personas. Ahora queremos entender qué información pudo sobrevivir aunque las personas y los documentos ya no permanecieran juntos.
Irene se acercó.
—Y cuáles de esas supervivencias dependen unas de otras.
—Exactamente.
Porque una repetición seguía sin ser una confirmación mientras no pudieran reconstruir de dónde procedía.
Sebastián escribió varios nombres ya conocidos.
Gonzalo de Pancorbo.
Rodrigo de Herramélluri.
Martín de Arce.
Diego Sánchez.
Fernando de Velasco.
Y, por último, uno de los escribanos que habían identificado como productor o certificador de una copia.
No todos pertenecían a la cadena material.
Eso era deliberado.
Después trazó columnas:
SAN MILLÁN
NÁJERA
VALVANERA
COPIAS EXTERNAS
ARCHIVOS PARTICULARES
Mauro observó la hoja.
—¿No habíamos quedado en que contar apariciones era peligroso?
—Lo sigue siendo.
—Entonces ¿para qué hacemos esto?
—Para desmontar relaciones, no para sumar coincidencias.
La tabla no serviría para calcular cuántas veces aparecía un apellido.
Serviría para reconocer posibles patrones y después reconstruir sus dependencias.
El primer nombre fue Gonzalo de Pancorbo.
Aparecía en varias ramas.
A primera vista podía parecer una confirmación muy fuerte.
Pero Almarza ya había demostrado que algunas de esas menciones dependían de una misma tradición.
Sebastián las unió.
Otra procedía de una relación cuya genealogía seguía sin resolverse por completo.
La aparición más interesante figuraba en un inventario creado con una finalidad administrativa distinta.
Irene señaló.
—Ésta vale más para este análisis.
—Sí. No porque sea más antigua, sino porque no parece haber sido escrita para reconstruir retrospectivamente la historia del volumen.
El nombre existía allí porque alguien había tenido que realizar una actuación administrativa.
Almarza había anotado:
El nombre tiene distinto valor según la razón por la que fue escrito.
Sebastián dejó la frase visible.
Un nombre incorporado por un historiador tardío no pesaba igual que el mismo nombre registrado dentro de un procedimiento que lo necesitaba para identificar una entrega o una responsabilidad.
Mauro dijo:
—Entonces los documentos más útiles son los que no saben que algún día vamos a usarlos para esto.
Irene sonrió.
—En cierto sentido.
Sebastián asintió.
Las fuentes más valiosas podían ser justamente las que no intentaban contar la historia que ellos estaban buscando.
Rodrigo de Herramélluri ofrecía otro patrón.
Su nombre aparecía en una rama de San Millán.
También en una copia conservada en Valvanera y en una relación exterior.
Almarza había advertido que la copia de Valvanera y una de las versiones externas compartían una misma deformación del apellido.
Eso sugería dependencia.
Sebastián las vinculó.
La forma conservada en San Millán era distinta.
No tenía aquella deformación ni el mismo orden de nombres.
Mauro dijo:
—Entonces tenemos dos líneas.
Sebastián corrigió:
—Como mínimo, dos transmisiones que no podemos reducir todavía a una sola copia conocida.
—Eso ya es bastante.
—Es bastante para formular una diferencia documental. No para contar dos pruebas independientes del hecho.
Irene comparó las variantes.
—¿Pueden descender de una fuente común anterior?
—Perfectamente.
Eso era incluso probable.
Cuando los intermediarios se habían perdido, la independencia absoluta era difícil de demostrar.
Pero las diferencias servían para establecer una cronología relativa.
Almarza lo había formulado:
Las variantes permiten saber que las copias estuvieron separadas antes de que una de ellas adquiriera el error.
No reconstruía toda la historia anterior.
Pero permitía saber que la divergencia era antigua respecto de la deformación.
Martín de Arce planteaba otro problema.
Su nombre aparecía demasiadas veces.
Varias menciones procedían de una misma lista tardía.
Otra figuraba en una relación familiar.
Una tercera estaba dentro de un inventario que decía:
papeles en que se nombra a Martín de Arce
Almarza había descartado casi todas como confirmaciones independientes.
Solo una quedó marcada:
Posible tradición separada. No resuelta.
Mauro preguntó:
—¿Por qué no pudo decidir?
Sebastián buscó la nota.
La procedencia desaparecía al llegar a una reorganización archivística del siglo XVIII.
Había un inventario anterior y otro posterior.
Entre ambos, el grupo había cambiado de clasificación.
No quedaba documentación suficiente para demostrar de dónde procedía aquella relación.
Irene dijo:
—Entonces tampoco podía descartarla.
—No.
Quedaba suspendida.
No verdadera.
Tampoco falsa.
No resuelta.
Sebastián escribió esa categoría al pie de la hoja.
La necesitaban.
Diego Sánchez ofrecía un caso distinto.
Su nombre sobrevivía en muchas ramas, pero precisamente por eso había que ser más cautelosos.
Diego no era un responsable formal que sustituyera a Gonzalo de Pancorbo.
Era el último receptor/portador del volumen demostrado dentro de la línea física que podían reconstruir antes del vacío posterior.
Y muchas relaciones tardías utilizaban su nombre como punto de enlace.
Sebastián dijo:
—Diego funciona como ancla documental.
Mauro lo miró.
—¿En qué sentido?
—Algunas copias terminan en él. Otras empiezan desde él. Algunas lo usan como último nombre seguro antes de intentar continuar.
Eso explicaba la repetición.
Una tradición podía conservar el tramo anterior.
Otra intentar prolongar la información hacia adelante.
Una tercera utilizarlo simplemente como referencia.
Almarza había escrito:
D. S. es común a varias relaciones porque funciona como punto de enlace, no necesariamente porque todas procedan de la misma copia.
Sebastián permaneció sobre la frase.
Diego podía ser el último nombre compartido antes de que la memoria documental se dispersara con mayor intensidad.
Mauro preguntó:
—¿Y si después de él cada rama conserva algo diferente?
—Eso es exactamente lo que necesitamos averiguar.
Llegaron a Fernando de Velasco.
Su caso era diferente porque no pertenecía a la ruta física del volumen.
Sin embargo, su nombre sobrevivía en varias ramas documentales.
Una lo mencionaba como testigo.
Otra como conservador de copia.
Una relación tardía lo había transformado erróneamente en depositario del Códice.
Sebastián separó las menciones.
—Acá no estamos siguiendo al volumen.
Irene asintió.
—Estamos siguiendo cómo cambia una función mientras el nombre sobrevive.
Eso también era historia documental.
Podían reconstruir cómo un hombre que había conservado noticia terminaba convertido, siglos después, en supuesto poseedor.
Almarza había escrito:
El mismo nombre puede conservarse mientras cambia la función que se le atribuye.
Aquella frase explicaba algo decisivo.
La memoria no sobrevivía intacta.
También se deformaba.
Mauro señaló la tabla.
—Entonces cuando aparezca un nombre fuera de La Rioja no alcanza con que coincida.
—Nunca alcanza.
Necesitaban comparar también qué función le atribuía cada fuente.
Si dos tradiciones conservaban el mismo nombre con funciones compatibles y formulaciones realmente independientes, la convergencia ganaba peso.
Si una de ellas transformaba radicalmente la función, podía tratarse de una reinterpretación posterior.
Irene observó la hoja.
—Esto tampoco es una cadena.
—No.
Era un entramado de supervivencias documentales.
Incompleto.
Con ramas perdidas.
Y con errores acumulados.
No había diseño central detrás de aquello.
Solo documentos que habían sobrevivido de manera desigual.
La pregunta empezó a cambiar.
Ya no importaba únicamente qué nombres se habían conservado.
Importaba cuáles habían sobrevivido juntos en tradiciones cuya dependencia no pudiera reducirse fácilmente a una misma copia.
Almarza había formulado:
Un nombre aislado dice poco. Una sucesión parcial repetida en tradiciones distintas puede conservar estructura.
Sebastián miró a Mauro.
—Eso es lo que tenemos que buscar.
No coincidencias individuales.
Estructuras parciales capaces de haber sobrevivido en más de una rama.
Entonces comprendieron por qué Almarza había seguido tantos inventarios.
No estaba intentando localizar el Códice detrás de cada apellido.
Intentaba reconstruir, mediante supervivencias diferenciadas, la forma de una memoria anterior que ningún archivo conservaba completa.