El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 2
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En el repertorio menor había una serie que Sebastián había ignorado durante los primeros días porque parecía excesivamente repetitiva.

Veintitrés nombres.

Junto a cada uno, una letra.

En el margen inferior aparecía la clave:

G — guarda

T — tránsito

E — entrega

C — copia

F — fe o certificación

P — propiedad comprobada

N — solo noticia

Mauro soltó una exhalación.

—Hizo nuestra clasificación hace más de un siglo.

Irene sonrió.

Sebastián estaba mirando otra cosa.

La letra P aparecía solo dos veces.

En cambio N y C ocupaban buena parte de la lista.

La distribución confirmaba algo importante.

Almarza había comprendido que la mayoría de las personas vinculadas documentalmente con el Códice pertenecían a la transmisión de información.

No necesariamente a su posesión material.

Una de las dos P ni siquiera se refería al volumen buscado.

Era un caso comparativo utilizado para estudiar cómo se documentaba una propiedad verdadera.

La segunda llevaba una advertencia:

Solo si identificación resulta cierta.

Por tanto, tampoco podía utilizarse.

Mauro dijo:

—Entonces en estos papeles no tenemos un propietario demostrado del Códice.

—No tenemos una propiedad del volumen demostrada por Almarza dentro de esta reconstrucción.

La formulación importaba.

La ausencia de prueba no permitía declarar que nunca existió un propietario.

Permitía afirmar únicamente que la investigación no había conseguido demostrar una sucesión patrimonial.

Irene encontró una reflexión:

No necesito saber quién fue dueño para seguir la responsabilidad de guarda.

Aquella frase había liberado el método de Almarza.

Buscar propietarios lo llevaba inevitablemente hacia genealogías familiares y títulos patrimoniales.

Buscar responsabilidades lo llevaba hacia acciones.

Y las acciones producían documentos.

Recepciones.

Entregas.

Inventarios funcionales.

Certificaciones.

Correspondencia.

Sebastián entendió la diferencia.

Mauro preguntó:

—¿Entonces por qué aparecen tantas casas particulares?

—Porque conservaron papeles.

—O porque algún miembro intervino en una operación concreta.

—Exactamente.

No porque todas esas casas hubieran tenido físicamente el Códice.

El repertorio ofrecía un caso perfecto.

Una familia aparecía en tres documentos.

En el primero como destino de una copia.

En otro como lugar de conservación de una relación.

Mucho después, un descendiente figuraba como propietario de:

papeles viejos procedentes de monasterios

Era muy fácil convertir aquello en una historia familiar de posesión del manuscrito.

Almarza desmontó la interpretación.

Primero comprobó que la copia había llegado a la casa mucho después de los acontecimientos medievales descritos.

Después estableció que los papeles viejos reunían documentos de procedencias distintas.

Finalmente encontró un inventario doméstico donde no figuraba ningún volumen de pergamino compatible.

Su conclusión fue:

La casa conserva memoria documental. No puedo demostrar que haya conservado el volumen.

Sebastián miró a Irene.

—El mismo patrón.

—Y puede repetirse en cualquier archivo familiar.

Eso imponía una regla para cualquier fondo privado.

Si aparecía una pieza auténtica, había que separar su propiedad actual de la procedencia histórica de la información que contenía.

También averiguar cómo había llegado allí y qué fuente había utilizado el documento.

Solo después podía preguntarse si existía contacto material entre esa familia y el volumen.

Mauro dijo:

—Entonces una copia heredada puede ser perfectamente legítima aunque trate sobre documentación monástica.

—Claro.

Una transcripción o una carta podían haber entrado legalmente en un archivo particular por muchas razones.

No había que convertir toda conservación privada en expolio.

Irene añadió:

—Y que la copia sea legítimamente privada tampoco da derechos sobre el objeto que describe.

—Exactamente.

Almarza había formulado el principio:

Legitimidad de la copia y propiedad del original son problemas distintos.

Sebastián subrayó la frase.

Volvieron a la carta de 1893.

El hombre abreviado recibía, según la noticia indirecta:

ciertos papeles y un volumen antiguo para su remisión posterior

La categoría más prudente era:

TRÁNSITO / RECEPCIÓN PARA REMISIÓN POSTERIOR — PENDIENTE DE DEMOSTRACIÓN

No custodio formal.

Tampoco propietario.

Mauro preguntó:

—¿Y si después aparece que lo tuvo durante años?

—Entonces cambiaremos la clasificación.

—Pero ahora no sabemos.

—Exactamente.

Las categorías no eran etiquetas narrativas.

Eran conclusiones provisionales que podían cambiar con la evidencia.

Almarza había realizado correcciones similares.

Una persona tratada primero como custodio terminó siendo transportista cuando apareció una entrega posterior muy próxima.

Otra que parecía testigo resultó haber guardado temporalmente ciertos papeles, pero no el volumen.

Alguien considerado propietario terminó identificado como administrador de bienes ajenos.

Cada corrección reducía una historia vistosa.

Y mejoraba la historia demostrable.

Otra anotación de Almarza decía:

Las relaciones tardías prefieren sustantivos: dueño, custodio, depositario. Los documentos próximos suelen describir actos: recibe, lleva, entrega, copia, certifica.

Sebastián dejó la frase a la vista.

—Esto explica muchísimo.

Irene asintió.

El verbo estaba más cerca del hecho.

El sustantivo podía ser una interpretación posterior.

Empezaron a releer distintas fuentes buscando precisamente eso.

No quién decía ser cada persona.

Qué había hecho.

Fernando de Velasco reapareció.

Una fuente tardía lo llamaba:

depositario de noticias antiguas

La expresión podía inducir a error.

La documentación más próxima aclaraba:

Conserva copia para poder responder si fuere necesario.

Sebastián escribió:

CONSERVA DOCUMENTO PARA CONSULTA

Mauro añadió:

—Y eso puede iniciar una tradición familiar de papeles sin iniciar ninguna tradición material del Códice.

—Exactamente.

Irene buscó si Almarza había seguido descendientes de algunos poseedores de copias.

Sí.

Pero no para transformarlos en herederos del volumen.

Los seguía cuando podían ayudar a localizar documentación.

Una nota lo confirmaba:

Seguir descendencia solo cuando permita localizar archivo de papeles. No convertirla en sucesión de responsables.

Sebastián dejó abierta la página.

Eso permitía comprender por qué ciertos apellidos sobrevivían durante décadas en las notas de Almarza mucho después de haber desaparecido de la cadena material.

Un archivo familiar podía resultar extraordinariamente útil sin haber custodiado nunca el manuscrito.

Podía conservar correspondencia, copias de inventarios, certificaciones o transcripciones de piezas perdidas en los archivos institucionales.

Irene dijo:

—Y ahí vuelve el problema de las localizaciones privadas.

Sebastián asintió.

Un fondo particular podía ser históricamente crucial y, precisamente por ello, vulnerable a una exposición innecesaria.

—Lo tenemos presente.

Irene aceptó.

No necesitaban resolver todavía todos los casos.

Pero sí aproximarse a ellos sin sospecha automática.

Si una familia conservaba documentos legítimos, la cooperación era el camino razonable.

No la acusación.