BLOQUE 3
La última página de aquella sección parecía escrita para cerrar una etapa.
Almarza había puesto un encabezado:
Lo que ninguna copia puede decir sola
Debajo había anotado preguntas que todavía no podía responder.
Cuál había sido la sucesión completa.
Qué noticias habían estado físicamente unidas al volumen.
Cuándo se habían separado determinadas relaciones.
Qué datos procedían directamente del libro y cuáles de materiales asociados.
Y, finalmente:
Dónde continuó el volumen después de la última entrega comprobada.
Mauro leyó la última.
—Ahí vuelve a aparecer.
Sebastián asintió.
El límite.
Pero Almarza había escrito algo más:
Lo que ninguna copia dice puede aparecer al comparar lo que todas conservan de manera diferente.
Eso era el principio que venían aplicando.
Sin embargo, también tenía un límite.
La comparación podía recuperar relaciones perdidas.
No podía crear evidencia inexistente.
Unas líneas más abajo:
La comparación reconstruye relaciones. No resucita documentos.
Irene asintió.
—Ese es el freno.
Podían demostrar que debió existir una fuente intermedia.
Reconstruir una dependencia.
Incluso sostener una entrega mediante convergencias.
Pero no escribir el contenido de un documento desaparecido solo porque resultara necesario para cerrar la historia.
Mauro señaló:
—Entonces si el nombre posterior a Diego no sobrevivió en ninguna fuente suficiente, no hay método que lo invente.
—Exactamente.
Ese era un límite documental.
No intelectual.
Sebastián reunió todo lo que Almarza tenía más allá de Diego Sánchez.
Una noticia sobre una entrega posterior cuyo receptor no podía identificarse.
Una copia que mencionaba un movimiento, pero cuya dependencia no estaba resuelta.
Una carta parcial.
Una relación tardía probablemente compuesta.
Y referencias a documentos que Almarza había solicitado sin conseguirlos.
Era mucho.
Y seguía siendo insuficiente.
Mauro contempló los papeles.
—Cualquiera podría elegir una de estas pistas y continuar.
—Sí.
—Almarza no lo hizo.
—No.
En el Cuaderno de Procedencias había escrito:
Tengo caminos posibles. No tengo todavía un camino demostrado.
Sebastián dejó la frase abierta.
Era la diferencia entre una investigación y una narración construida.
Mauro preguntó:
—¿Nosotros podremos llegar más lejos?
Sebastián observó las reproducciones.
—Tenemos la ventaja de poder confrontar documentos que él conoció por separado.
—Eso no responde.
—Porque todavía no sabemos.
No necesitaban suponer que los recursos modernos garantizaban una solución.
Almarza había hecho todo lo que permitían las fuentes a las que accedió.
Ellos disponían de otras posibilidades.
Nada más.
Irene miró la cadena.
—Y si encontramos el siguiente nombre, cada respuesta va a abrir otra búsqueda.
Sebastián creyó al principio que hablaba solo del trabajo archivístico.
Ella continuó:
—Otro fondo. Otra familia. Otro documento quizá en manos privadas. Cada vínculo recuperado puede hacer visible algo que antes nadie consideraba importante.
Mauro permaneció en silencio.
Sebastián comprendió.
Una procedencia inédita tenía valor histórico.
Podía adquirir también valor económico.
Una referencia a una colección privada podía transformar un documento olvidado en una pieza codiciada.
—Todavía no publicamos nada —dijo.
—Por eso podemos pensar antes qué hacer cuando llegue el momento.
Irene no pidió detener la investigación.
Su preocupación era otra.
Separar descubrimiento de difusión.
Sebastián no tenía todavía una respuesta definitiva.
Volvieron a Almarza.
En sus últimas notas no registraba únicamente lo que encontraba.
También anotaba los límites de acceso.
Original no localizado.
Archivo sin respuesta.
Copia solicitada.
Referencia imposible de comprobar.
No viajar mientras no se confirme.
Su mapa estaba construido tanto por hallazgos como por imposibilidades.
En el repertorio menor comenzaba una sección más seca.
Había antiguas signaturas y referencias abreviadas.
Inventarios.
Nombres repetidos.
Junto a algunos aparecía la marca con que Almarza indicaba que la noticia debía buscarse fuera del conjunto principal.
Ya no estaba intentando comprender únicamente cómo se había formado su hipótesis.
Empezaba a seguir dónde podían sobrevivir nuevas evidencias.
Mauro señaló un nombre repetido en varias referencias.
—¿Lo conocemos?
Sebastián buscó.
Aparecía en una relación anterior y también en inventarios diferentes.
Aún no sabían si todas esas apariciones dependían de la misma tradición.
La investigación volvía a abrirse.
Almarza había escrito:
Comenzar por los inventarios. Los nombres pueden haber sobrevivido donde se perdió la relación que los reunía.
Sebastián cerró lentamente el cuaderno.
Después volvió a la página inicial de aquella sección:
Lo que ninguna copia puede decir sola.
Ya no parecía una limitación.
Era una instrucción.
No buscar una copia definitiva.
No esperar un documento perfecto.
Comparar sin sumar mecánicamente.
Separar dependencias.
Aceptar ausencias.
Y avanzar solo cuando la evidencia permitiera hacerlo.
Eso era lo que Almarza había hecho.
Por eso su investigación podía parecer al mismo tiempo extraordinariamente avanzada e incompleta.
Había reconstruido la identidad de un volumen que nunca vio.
Comprendido que la información se había distribuido mediante documentos diferentes.
Separado funciones y corregido interpretaciones transmitidas durante generaciones.
También había aprendido que una copia podía conservar algo perdido mientras otra transmitía un error muy antiguo.
Pero al llegar al punto donde necesitaba continuar la cadena material, ninguna podía darle por sí sola el nombre que faltaba.
Sebastián guardó la última reproducción.
La historia no estaba perdida.
Estaba distribuida.
Y precisamente esa distribución ofrecía todavía una posibilidad.
Si determinados nombres aparecían en inventarios producidos por líneas documentales suficientemente distintas, quizá pudieran reconstruir hasta dónde había llegado Julián de Almarza antes de que sus fuentes dejaran de responderle.