El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) CAPÍTULO 16 Ninguna copia contenía la historia completa
47%

CAPÍTULO 16 Ninguna copia contenía la historia completa

BLOQUE 1

Sebastián comenzó la mañana con una decisión que a Mauro le pareció absurda hasta que vio la primera reproducción sobre la mesa.

No iban a leer ningún documento de principio a fin.

Iban a leerlos por lo que faltaba.

Mauro lo miró con desconfianza.

—¿Por lo que no dicen?

—Por lo que cada uno dejó de conservar.

Irene comprendió de inmediato.

Durante los días anteriores habían comprobado que ninguna copia reproducía toda la memoria documental asociada al volumen. Algunas conservaban nombres; otras, determinadas entregas o descripciones materiales. Había datos que sobrevivían en una tradición y desaparecían de otra.

Hasta entonces esas diferencias les habían servido para reconstruir dependencias.

Ahora debían intentar algo más difícil.

Comprender qué parte de la historia había dejado de ser visible en cada rama.

Sebastián tomó la relación vinculada con San Millán.

La conocían bien.

Conservaba una secuencia parcial de nombres y referencias relacionadas con antiguos papeles emilianenses. También permitía seguir una parte de la sucesión documental.

Pero determinados tramos de entrega que aparecían en otras fuentes no estaban allí.

Sebastián escribió:

S.M. conserva: nombres, relación emilianense, parte de la sucesión.

Después añadió:

No conserva: determinadas entregas posteriores.

Mauro señaló inmediatamente.

—¿No conserva o nunca las tuvo?

Sebastián detuvo el lápiz.

Era exactamente la corrección que necesitaban.

Tachó.

Escribió:

No aparecen en la copia conservada.

Irene sonrió apenas.

—Mejor.

La ausencia visible no permitía reconstruir automáticamente una ausencia histórica.

Un dato podía no haber estado nunca en aquella tradición.

También podía haberse omitido.

Perderse durante una copia.

O quedar fuera porque no servía a la finalidad del documento.

Pasaron a Valvanera.

La rama conservaba nombres ausentes en San Millán y algunas referencias de procedencia que parecían provenir de otra tradición.

Sin embargo, varias fechas habían desaparecido.

También se había debilitado la explicación de determinadas funciones.

Sebastián anotó:

V. conserva: nombres adicionales, referencias de procedencia, parte de la estructura de responsabilidad.

Después:

No aparecen: varias fechas ni explicación completa de algunas funciones.

Nájera ofrecía otra configuración.

Había menos nombres.

En cambio, un tramo administrativo podía reconstruirse con bastante claridad porque permitía distinguir recepción, entrega y certificación.

La descripción material del volumen era escasa.

Mauro contempló las tres hojas.

—Si tuviéramos solo una, contaríamos historias distintas.

—Sí.

—Y ninguna sería completa.

—Exactamente.

Ése era el problema que Almarza había terminado comprendiendo.

No existía una copia privilegiada capaz de sustituir al conjunto.

En el repertorio menor aparecía una página que intentaba representar algo parecido.

No había una tabla limpia.

Había filas irregulares y signos en los márgenes, con nombres que se repetían y datos que solo aparecían en determinadas columnas.

Pero la intención era clara.

Almarza comparaba qué había sobrevivido en cada tradición.

Un nombre aparecía en tres.

Una entrega en dos.

Una descripción material únicamente en una.

Un responsable figuraba en dos ramas cuya dependencia directa no estaba demostrada.

Una fecha aparecía en una copia y también en un inventario.

Otro dato sobrevivía solo en una relación tardía de origen incierto.

Irene permaneció observando.

—Está reconstruyendo la pérdida.

Sebastián asintió.

No solo la supervivencia.

También aquello que había dejado de llegar hasta ellos.

Era una tarea más difícil porque lo perdido no podía observarse directamente.

Solo se volvía visible cuando una tradición conservaba algo que otra ya no mostraba.

Almarza había escrito:

Cada copia guarda y pierde.

Debajo:

No confundir ausencia con inexistencia.

Sebastián dejó la página abierta.

La segunda frase era esencial.

Que un nombre no estuviera en una copia no significaba que nunca hubiese formado parte de una relación anterior.

Podía haber sido eliminado durante una reducción administrativa.

Omitido por falta de utilidad.

Perdido en una copia defectuosa.

Mauro señaló:

—Entonces tampoco podemos sumar todas las copias para reconstruir una supuesta original.

—No.

—Porque también estaríamos sumando añadidos posteriores.

—Exactamente.

Ahí estaba uno de los peligros mayores.

La solución más cómoda sería reunir todos los datos supervivientes y declarar que esa suma representaba la relación antigua completa.

Pero podían fabricar así un documento que jamás había existido.

Irene añadió:

—Una reconstrucción máxima puede ser tan falsa como una demasiado pobre.

Sebastián la miró.

Era una buena formulación.

Almarza había llegado al mismo problema.

Escribió:

No fabricar la relación perdida juntando cuanto aparece en relaciones posteriores.

Y debajo:

Reconstruir solo aquello cuya coexistencia pueda demostrarse.

Ésa era la diferencia.

Podían demostrar que ciertos nombres ya estaban juntos en una etapa concreta.

También que determinadas noticias de responsabilidad coexistían con una descripción material.

Pero no podían afirmar que todos los datos supervivientes hubieran formado parte de una única hoja o relación.

Sebastián escribió:

LA HISTORIA COMPLETA NO ES LA SUMA DE TODAS LAS COPIAS.

Mauro leyó.

—Entonces ¿qué es?

Irene respondió antes.

—Lo que podamos reconstruir de las relaciones entre ellas.

Sebastián asintió.

La historia no estaba dentro de una copia.

Tampoco podía obtenerse mediante una suma mecánica.

Estaba en la crítica entre documentos.

En saber qué podía ser anterior y qué parecía añadido.

En reconstruir dependencias.

En identificar omisiones.

En establecer qué informaciones coexistieron realmente.

Y, sobre todo, en dejar separado aquello que todavía no podía unirse.

Encontraron un ejemplo perfecto.

Una copia conservaba seis nombres.

Otra cuatro.

Una tercera cinco.

La suma producía siete.

Pero Almarza había demostrado que uno de esos nombres había sido incorporado en una etapa posterior.

La supuesta lista original de siete era una creación moderna del investigador si decidía reunirlo todo sin crítica.

Mauro negó.

—Cuanto más tenemos, más fácil es inventar.

—Si perdemos de vista la procedencia, sí.

El problema no era necesariamente la falta de documentación.

También podía ser el exceso mal interpretado.

Una copia podía ampliar información auténtica.

Otra resumirla.

Otra combinar tradiciones.

Una podía arrastrar un error.

Otra conservar un dato perdido en todas las demás.

No existía una jerarquía simple.

Fray Julián, desde San Millán, les escribió:

Uno nunca tiene la historia. Tiene aquello que consiguió sobrevivir de ella.

Sebastián volvió al cuaderno de Almarza.

En el margen aparecía una idea casi idéntica:

No confundir lo conservado con lo ocurrido.

Mauro sonrió.

—Parece que Julián y Almarza hubieran trabajado juntos.

Fray Julián respondió poco después:

—Los archivos terminan enseñando cosas parecidas a quienes pasan suficiente tiempo con ellos.

Durante la hora siguiente reconstruyeron únicamente la secuencia que podían sostener.

Gonzalo de Pancorbo seguía siendo el responsable formal.

Después aparecían las intervenciones conocidas de Martín de Villamayor, Rodrigo de Herramélluri, Ferrán de Ojacastro, Martín de Arce y Diego Sánchez, cada uno con la función que la documentación permitía atribuirle.

Después quedaba el espacio vacío.

No incorporarían allí ninguno de los nombres probables que aparecían en copias posteriores.

Sebastián buscó si Almarza había representado algo semejante.

Encontró una página.

Después de Diego Sánchez había una línea.

Nada más.

Al lado:

No escribir nombre mientras no pueda demostrar continuidad.

Irene observó.

—Dejó el hueco.

—Sí.

No intentó completarlo.

Aquel espacio en blanco era quizás una de las partes más fiables de toda su investigación.