CAPÍTULO 11 Manuscritos detrás de los inventarios
BLOQUE 1
Sebastián llevaba varios minutos observando una entrada de inventario cuando comprendió que el problema no estaba únicamente en lo que decía.
También estaba en todo lo que había dejado de decir.
La descripción era breve:
Libro viejo de pergamino, sin principio, entre otros papeles antiguos.
Nada más.
No había autor.
Tampoco procedencia.
No mencionaba San Millán ni conservaba nombres de responsables.
Habían desaparecido precisamente las palabras que durante semanas les habían permitido seguir el volumen.
Mauro leyó.
—Con esto no encontramos nada.
Sebastián negó.
—Con esto encontramos exactamente el problema.
Irene se acercó.
—Perdió el nombre.
Sebastián asintió.
Un manuscrito podía atravesar siglos bajo denominaciones diferentes.
Una generación podía identificarlo por contenido.
Otra por función.
Décadas más tarde podía quedar reducido a una descripción material.
Y cuando ese significado se perdía, bastaba con llamarlo libro viejo.
Almarza había comprendido que buscar únicamente referencias explícitas a San Millán significaba perder el volumen en el momento en que cambiara la forma de catalogarlo.
El repertorio menor tenía una sección dedicada a inventarios.
No contenía transcripciones completas.
Almarza anotaba fechas, referencias abreviadas y descripciones suficientes para volver sobre un posible candidato.
Algunas entradas estaban marcadas.
Otras, tachadas.
Una advertencia se repetía:
No identificar por semejanza.
Sebastián ya conocía la frase.
Aquella mañana adquiría otro sentido.
Los inventarios estaban llenos de manuscritos de pergamino.
Había volúmenes grandes.
Libros incompletos.
Materiales sin título.
Si cada coincidencia se trataba como señal del Códice, encontrarían decenas.
Mauro señaló:
Libro de pergamino, antiguo, sin cubierta.
—¿Compatible?
Irene respondió:
—Con demasiadas cosas.
Sebastián buscó la observación de Almarza.
Descartar como identificación. No consta defecto inicial ni relación con entregas.
Mauro apoyó el lápiz.
—Era rápido para decir que no.
—Había aprendido.
Otra entrada parecía mucho más prometedora:
Volumen grande de pergamino, falto de hojas al principio.
Sebastián sintió el impulso inmediato.
Irene lo miró.
—No.
—No dije nada.
—Otra vez tu cara.
Mauro sonrió.
Almarza había escrito primero:
Posible.
Después, en tinta distinta:
No. Libro litúrgico descrito con título en inventario anterior.
Sebastián respiró lentamente.
El volumen coincidía en soporte.
También en tamaño relativo y pérdida inicial.
Aun así era otro manuscrito.
La semejanza material no bastaba.
Necesitaban procedencia.
Una anotación más extensa decía:
Los inventarios rara vez describen lo que un investigador futuro necesitará. Describen lo que en su tiempo bastaba para distinguir un objeto de los demás.
Sebastián leyó despacio.
Aquello explicaba buena parte del problema.
Un archivero antiguo no estaba pensando en una investigación dos siglos posterior.
Si dentro de un armario existía un único volumen grande de pergamino incompleto, esa descripción podía ser suficiente.
Si después aparecían otros semejantes o el conjunto era reorganizado, la identificación perdía fuerza.
Irene dijo:
—La catalogación funciona para el presente que la produce.
—Y puede volverse opaca después.
Eso mismo había sucedido con los cuadernos de Almarza.
Nadie los había ocultado.
Habían perdido contexto dentro de sucesivas clasificaciones.
El Códice podía haber sufrido algo parecido mucho antes.
Fray Julián, desde San Millán, observó al recibir las fotografías:
—Los títulos tampoco son permanentes.
Sebastián asintió.
Un libro podía ser reconocido por su contenido durante un período.
Después por el uso.
Más tarde por su aspecto.
Finalmente solo por el lugar donde quedaba guardado.
Almarza había documentado un ejemplo.
En un inventario antiguo:
Libro de relaciones antiguas.
Décadas después:
Volumen de pergamino sin principio.
Más adelante:
Libro viejo.
La primera tentación era pensar en tres objetos diferentes.
Almarza intentó comprobar continuidad.
Había una nota de traslado:
Se pasan los libros antiguos del armario bajo al cuarto interior.
No enumeraba títulos.
La cantidad general de volúmenes se mantenía.
Algunas características también.
Su conclusión fue prudente:
Probable identidad entre los dos primeros. El tercero no puede asegurarse.
Otra vez había dejado abierta la ruptura.
Sebastián escribió:
INVENTARIO ≠ IDENTIDAD
Debajo:
Necesita continuidad contextual.
Mauro miró la hoja.
—Cada vez tenemos menos maneras de reconocerlo.
Sebastián negó.
—Tenemos menos maneras de equivocarnos.
Continuaron con inventarios riojanos.
La mayoría no ofrecía nada útil.
Había misales, breviarios, libros de cuentas y colecciones de sermones. También cartularios y pergaminos sueltos.
Muchos volúmenes carecían de descripción suficiente.
Mauro terminó impacientándose.
—¿Cuántos revisó Almarza?
—Muchísimos.
—¿Y cuántos le sirvieron?
—Muy pocos.
Irene respondió:
—Por eso los pocos que conservó importan.
El repertorio no era una colección de inventarios.
Era un archivo de candidatos y descartes.
Sebastián empezaba a comprender que los errores eliminados permitían medir la exigencia del método.
Una nota se repetía:
No confundir manuscrito antiguo con manuscrito buscado.
Mauro soltó una risa.
—Parece obvio.
—No cuando llevás años esperando reconocer uno —respondió Sebastián.
El deseo de encontrar podía transformar cualquier coincidencia en solución.
Almarza había aprendido a protegerse.
Hacia media mañana apareció una entrada diferente:
Papeles antiguos procedentes de libros deshechos y relaciones de entregas.
Mauro levantó la cabeza.
—¿Libros deshechos?
Irene respondió antes de que Sebastián hablara.
—No extrapolemos.
La frase describía un conjunto.
Podía referirse a otros libros.
También a fragmentos reutilizados o a documentación reunida bajo una clasificación general.
Almarza había escrito:
No aplicar al volumen buscado.
Después:
La presencia de papeles derivados no prueba división material.
Sebastián permaneció sobre la frase.
Otra vez.
La documentación insistía en lo mismo.
No existía prueba de que el Códice hubiera sido físicamente desarmado para dispersar su información.
Los inventarios podían reunir papeles procedentes de historias distintas.
Lo importante no era imaginar una fragmentación.
Era descubrir cómo la información seguía apareciendo cuando el objeto había perdido su nombre.
Y si Almarza había conseguido seguir ese proceso, tal vez el manuscrito pudiera reconocerse precisamente allí donde las denominaciones empezaban a fallar.