BLOQUE 3
La prueba más contundente de que Almarza nunca había examinado directamente el volumen no estaba en una declaración.
Estaba en sus dudas.
Sebastián lo comprendió durante la tarde.
Si hubiera tenido el libro delante, muchas preguntas materiales habrían desaparecido.
No tendría que discutir durante años si la cubierta descrita era oscura.
Podría examinarla.
No dependería de terceros para saber cómo estaba estructurada la pérdida inicial.
Tampoco preguntaría si las relaciones de nombres estaban cosidas al volumen, insertadas o simplemente conservadas junto a él.
Sin embargo, el repertorio seguía lleno de preguntas.
Irene encontró una:
¿Las hojas de nombres pertenecen a la misma costura o fueron conservadas sueltas?
Debajo:
No consta.
Años más tarde:
Sin respuesta.
Otra anotación:
No conozco la disposición interior del volumen.
Después:
Ignoro si conserva foliación antigua.
Y en otra página:
No puedo saber si la pérdida inicial afecta al texto principal o a hojas preliminares.
Mauro señaló.
—Si lo hubiera visto, por lo menos podría haber estudiado todo esto.
—Sí —respondió Irene—. No sabría necesariamente qué había desaparecido, pero la estructura material le habría permitido responder muchas preguntas.
Sebastián copió algunas frases.
No necesitaban acumular diez pruebas.
Pero juntas mostraban un límite inequívoco.
Almarza conocía el volumen mediante documentos.
No mediante observación.
La pregunta siguiente era tentadora.
¿Había estado alguna vez físicamente cerca del lugar donde se encontraba?
No podían saberlo.
Y no importaba mientras no existiera documentación.
Encontraron una nota:
No acudir todavía. Falta comprobar que la noticia se refiere al volumen.
Meses después:
Viaje suspendido.
La copia no conservaba el destino completo.
Mauro preguntó:
—¿Puede ser importante?
Sebastián respondió:
—Puede. Pero no sabemos qué lugar era.
No iban a convertir una palabra ilegible o una referencia mutilada en un destino.
La investigación debía llegar a cualquier nueva localidad por convergencia documental.
No por deseo.
Irene siguió examinando las características materiales que Almarza había retirado.
Una entrada decía:
Se dice que tenía cierre.
Después:
No confirmado.
Finalmente:
No utilizar como rasgo identificativo.
El cierre desaparecía de la descripción.
Otra nota:
Ornamentación: noticia demasiado tardía.
Descartada.
Después:
Iniciales grandes: probablemente confusión con otro manuscrito.
También fuera.
El volumen reconstruido perdía decoración a medida que aumentaba el rigor.
No ganaba misterio.
Ganaba plausibilidad.
Sebastián estaba satisfecho.
Cada vez se parecía menos a un objeto legendario y más a un manuscrito real que había atravesado siglos bajo descripciones imperfectas.
Fray Julián comentó desde San Millán:
—A veces se supone que un documento importante fue reconocido siempre como importante.
Sebastián respondió:
—Y muchas veces sobrevive precisamente porque durante años nadie lo trata como una pieza excepcional.
La idea abría otra posibilidad.
Si el manuscrito había perdido su identidad histórica, podía terminar catalogado bajo una descripción banal.
volumen incompleto
libro sin principio
papeles antiguos
relaciones varias
Pero todavía no podían usar esa posibilidad para localizarlo.
Solo para entender qué clase de problema enfrentaban.
Mauro preguntó:
—¿Almarza pensó que podía conservarse bajo otro nombre?
Sebastián encontró una anotación:
Si conserva el volumen una institución, puede figurar ya bajo descripción que no permita reconocerlo por la denominación antigua.
Debajo:
Por eso la procedencia vale más que el título.
Otra vez el mismo principio.
Encontrarlo no consistiría necesariamente en buscar San Millán dentro de un catálogo.
Primero había que seguir la vida del objeto hasta una descripción posterior.
Por eso podía estar cerca sin saber todavía dónde.
Hacia el final de la tarde encontraron una página titulada:
Lo que sé sin haber visto el volumen.
Sebastián acercó la reproducción.
Algunas afirmaciones estaban corregidas al margen.
Leyeron únicamente aquellas que Almarza había mantenido.
Que existió un volumen de pergamino reconocido como antiguo.
Que en las noticias seguras se hallaba ya incompleto al comienzo.
Que estuvo vinculado documentalmente con San Millán.
Que diferentes relaciones conservaron nombres de personas responsables de su guarda, tránsito o entrega.
Que parte de esas noticias sobrevivió fuera del lugar donde estuvo el volumen.
Irene se detuvo en la última.
—Otra vez.
Sebastián asintió.
La memoria documental se había separado del objeto.
No sabían todavía en qué escala.
Pero el fenómeno estaba demostrado.
La página continuaba con lo que Almarza ignoraba:
No sé su contenido íntegro.
No sé su lugar de origen primero.
No sé cuándo perdió el comienzo.
No sé si la encuadernación descrita en las noticias tardías es la antigua.
No sé dónde se encuentra actualmente.
Sebastián permaneció en silencio.
Almarza había registrado sus límites con la misma disciplina que sus descubrimientos.
Al final escribió:
No haber visto el libro obliga a distinguir cada afirmación según la fuente que la sostiene.
Irene dejó escapar el aire.
—Ahí está todo.
Sí.
Almarza no había tratado de compensar la ausencia del original con imaginación.
Había construido el método alrededor de esa ausencia.
Mauro contempló la página.
—Entonces su investigación consistía en saber cuánto podía afirmar sin el libro.
—Exactamente.
El volumen desaparecido era el centro de una arquitectura documental.
Almarza no tenía el centro.
Tenía huellas producidas a su alrededor.
Cada inventario y cada relación ofrecían un ángulo diferente. Si dos fuentes suficientemente independientes coincidían, la descripción ganaba estabilidad. Si divergían, debía entender por qué. Cuando una noticia dependía de otra, dejaba de contar como nueva evidencia.
Era lento.
Pero funcionaba.
Antes de volver a sus tareas en San Millán, Fray Julián les envió una última observación:
Quizá por eso su investigación todavía sirve. No escribió como si hubiera encontrado aquello que deseaba encontrar.
Sebastián permaneció unos minutos frente a la página.
Lo que sé sin haber visto el volumen.
Parecía una advertencia escrita para cualquier investigación posterior.
No convertir reconstrucción en presencia.
La última nota que copiaron decía:
Buscar ahora los inventarios que pudieron conservar la descripción cuando el volumen dejó de ser reconocido por su nombre.
Sebastián la leyó otra vez.
Ahí estaba el paso siguiente.
Hasta entonces habían reconstruido cómo Almarza consiguió conocer un manuscrito que nunca tocó.
Ahora necesitaban entender cómo una descripción podía sobrevivir incluso después de desaparecer el nombre del objeto.
Tendrían que buscarlo en inventarios que no supieran que lo estaban nombrando.
En catálogos donde apareciera reducido a sus rasgos materiales.
En relaciones administrativas cuyos autores jamás imaginaron que aquella descripción sería utilizada más de un siglo después para reconstruir una investigación.
Sebastián cerró la carpeta.
Julián de Almarza no había tocado una sola hoja del Códice.
No examinó su tinta.
No recorrió sus cuadernillos.
Tampoco pudo comprobar personalmente la pérdida del comienzo.
Y, sin embargo, había conseguido algo mucho más difícil que repetir una tradición.
Había aprendido a reconocer la ausencia de un libro mediante los documentos que aquel libro había dejado detrás.