El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 2
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El método de Almarza se entendía mejor en sus cartas.

No preguntaba simplemente si alguien recordaba un libro antiguo.

Intentaba formular preguntas que redujeran la posibilidad de recibir respuestas influenciadas por su propia hipótesis.

Sebastián encontró un borrador:

Agradeceré me indique si entre las relaciones antiguas que conserva esa casa aparece un volumen de pergamino señalado como incompleto al comienzo. No deseo que se me atribuya identificación alguna; basta copiar literalmente la noticia.

Irene levantó la vista.

—Esto está muy bien hecho.

Mauro preguntó:

—¿Por qué?

—Porque no le cuenta al corresponsal todo lo que espera encontrar.

Sebastián asintió.

Si Almarza hubiera enviado una descripción completa, podía inducir a la otra persona a buscar semejanzas.

En cambio pedía datos parciales.

Después los comparaba por su cuenta.

Otra carta decía:

Copiar la entrada entera, incluyendo las anteriores y posteriores si guardan relación con libros de igual clase.

No quería frases aisladas.

Quería contexto.

Una descripción recortada podía atribuir al volumen equivocado una característica perteneciente al asiento anterior o posterior.

En algunas respuestas los corresponsales copiaban suficiente información.

En otras no.

Almarza anotaba:

Insuficiente.

O:

Pedir nuevamente con línea anterior.

En una ocasión escribió:

No puedo saber a qué libro corresponde la nota marginal.

Sebastián sintió la dimensión práctica del problema.

Una consulta que ellos podían resolver hoy mediante una fotografía podía costarle meses.

Carta enviada.

Respuesta incompleta.

Nueva solicitud.

Otro archivo.

Otra espera.

Mauro comentó:

—Nosotros nos impacientamos por dos días.

Irene lo miró.

—Vos.

Sebastián sonrió.

La comparación, sin embargo, era inevitable.

Almarza trabajaba mediante terceros.

Cada observación material podía llegar mediada.

Incluso una respuesta muy detallada podía ser menos fiable que un asiento breve escrito cuando el libro estaba presente.

Encontraron un ejemplo.

Almarza preguntó por una encuadernación.

La primera respuesta decía:

cubierta de cuero.

Él volvió a preguntar:

¿Oscuro o claro? ¿Liso o trabajado? ¿Consta señal, cierre o resto de cierre?

La segunda contestación aportó más detalles:

oscuro, sin poder asegurar color primero por suciedad y uso; señal cerca del borde; no recuerdo cierres.

Almarza registró:

Testimonio de memoria. Utilizar con cautela.

Mauro sonrió.

—Consiguió más información y le dio menos confianza.

—Porque ahora sabemos que procede del recuerdo —dijo Irene.

Otra fuente mucho más breve decía:

Cubierta oscura con señal en esquina.

Había sido redactada cerca del momento en que el objeto estaba disponible para ser observado.

Ofrecía menos detalle.

Almarza le otorgaba mayor peso.

Sebastián comprendió que el investigador no jerarquizaba las fuentes por cantidad de información.

Medía su distancia respecto del objeto.

Una descripción contemporánea tenía una naturaleza distinta de una memoria tardía.

Un inventario redactado con el volumen delante no equivalía a una copia posterior de ese inventario.

Una transcripción literal tenía otro valor que un resumen.

En el repertorio menor Almarza había creado abreviaturas:

O.V. — original visto por corresponsal

C.O. — copia de original

C.C. — copia de copia

M. — memoria

R. — referencia sin texto

Mauro observó.

—Parece una escala.

Sebastián negó.

—No necesariamente de verdad o falsedad. De distancia y control.

Irene añadió:

—Cada intermediación introduce una posibilidad más de error.

Encontraron uno poco después.

Una fuente antigua contenía una abreviatura que podía leerse:

gr.

El primer copista la desarrolló como:

grande.

Una copia posterior hablaba ya de:

gran volumen.

Almarza consiguió finalmente una reproducción del documento inicial y escribió:

La abreviatura no demuestra grande. Puede corresponder a guarda.

Sebastián quedó inmóvil.

Un desarrollo dudoso había creado un rasgo físico.

Después ese rasgo parecía aparecer repetido en varios documentos porque todos dependían de la misma lectura.

Mauro negó.

—Cinco copias podrían estar repitiendo un único error.

—Exactamente.

La cantidad no servía sin genealogía documental.

Buscaron entonces testimonios de tamaño que no dependieran de aquella abreviatura.

Había al menos dos.

Uno utilizaba volumen mayor.

Otro comparaba el manuscrito con libros vecinos.

Por esas fuentes Almarza mantuvo la idea de un formato considerable.

No gracias al error que favorecía su hipótesis.

A pesar de él.

Irene sonrió.

—Eso es muy importante.

—¿Qué?

—Encontró una lectura que lo ayudaba y la eliminó igual.

Sebastián asintió.

Era una señal fuerte de rigor.

Algo semejante ocurrió con la pérdida inicial.

Una copia decía:

falto en su comienzo.

Otra:

faltan comienzos.

La segunda parecía una confirmación.

Almarza pidió el contexto completo.

Descubrió que la expresión hablaba de varios documentos incluidos en un conjunto.

No del volumen.

La eliminó de la comparación.

Cada corrección reducía detalles.

Y, paradójicamente, el objeto reconstruido ganaba solidez.

Mauro lo expresó:

—Cuanto más borramos, más visible se vuelve.

Sebastián levantó la mirada.

Era una buena manera de decirlo.

La reconstrucción final podía resultar menos rica.

Pero cada rasgo que sobrevivía estaba mejor sostenido.

A comienzos de 1892 Almarza resumió:

Puedo sostener sin exceso que se trata de un volumen de pergamino, grande respecto de otros con los que fue descrito, incompleto al comienzo desde fecha anterior a las noticias más seguras y vinculado con relaciones de responsables. Todo lo demás permanece sujeto a comprobación.

Sebastián leyó despacio.

Nada de ornamentación extraordinaria.

Nada de un contenido secreto.

Nada de propietarios ilustres.

Ni siquiera un origen remoto.

Solo aquello que podía defender.

Fray Julián escribió desde San Millán:

Y con eso consiguió seguirlo.

Sebastián asintió.

Porque la apariencia era solo una parte del problema.

La historia documental era la otra.

Si hubiera seguido únicamente semejanzas físicas, habría perseguido demasiados manuscritos.

Si hubiera seguido apellidos, habría construido genealogías falsas.

Y si hubiera contado todas las copias como testimonios independientes, habría multiplicado artificialmente la evidencia.

Almarza combinaba descripción, procedencia y función documental.

Una carta contenía una frase curiosa:

Si llegara usted a ver el volumen, podrá comprobar por sí mismo lo que aquí solo puedo describir.

Almarza escribió al margen:

Eso es precisamente lo que no debo suponer que ocurrirá.

Sebastián dejó la hoja.

Había algo sobrio en aquella respuesta.

Almarza quería encontrar el manuscrito.

Pero había construido un método que debía funcionar aunque nunca llegara a verlo.

Irene dijo:

—Eso explica por qué copiaba tanto.

Sebastián la miró.

—¿En qué sentido?

—No sabía qué iba a sobrevivir.

Aquella idea permaneció entre ellos.

Almarza había aprendido trabajando con pérdidas.

Los originales podían desaparecer.

Las noticias podían conservar algo de ellos.

Quizá esa experiencia hubiera influido en su manera de preservar sus propias investigaciones.

Todavía no podían demostrarlo.

Pero la posibilidad era coherente con el hombre que estaban conociendo.