BLOQUE 2
La entrada más importante apareció en una copia de inventario que Almarza había recibido en 1891.
Era poco espectacular:
Entre los libros viejos: uno de pergamino, falto al comienzo, con papeles de relaciones.
Sebastián permaneció inmóvil.
La frase reunía varios rasgos que conocían.
Pergamino.
Pérdida inicial.
Papeles asociados.
Pero no mencionaba San Millán.
Tampoco responsables.
Ni título.
Mauro preguntó:
—¿Éste?
Sebastián buscó la nota de Almarza.
Puede corresponder al volumen seguido. Comprobar inventario anterior y posterior.
Todavía no lo había aceptado.
La investigación ocupaba varias páginas.
Almarza encontró una copia anterior del inventario.
Allí aparecía:
Libro grande de pergamino, imperfecto en su principio, con relación de nombres antigua.
Después localizó una relación de reorganización.
Un grupo de libros había cambiado de ubicación.
No se enumeraban individualmente.
El número de piezas permanecía compatible.
En un inventario posterior figuraba:
Libro de pergamino incompleto y papeles de antiguas entregas.
Mauro observó.
—Eso parece continuidad.
—Parece —respondió Sebastián.
Irene revisó.
No había dimensiones.
Tampoco descripción de cubierta.
La señal no aparecía.
La continuidad dependía principalmente del contexto archivístico.
Almarza había escrito:
Probable permanencia del mismo volumen en la serie. No demostrada por descripción material suficiente.
Mauro dejó escapar el aire.
—Nunca termina de darte todo.
—Los archivos casi nunca lo hacen.
Sebastián encontró entonces una referencia lateral.
Remitía a una carta de alguien que había consultado una versión anterior del inventario antes de una reorganización.
La carta decía:
El libro incompleto se encontraba junto a una relación de antiguos responsables, aunque no puedo afirmar si ésta estaba cosida al volumen o guardada con él.
Irene levantó la mirada.
—Eso fortalece la asociación.
Sebastián asintió.
—Pero no resuelve unidad material.
Almarza había escrito:
La relación acompañaba al libro. No sé si pertenecía físicamente a él.
Aquella diferencia abría una posibilidad importante.
Las relaciones podían haberse conservado junto al volumen.
Si era así, podían copiarse sin alterar el manuscrito.
No había que extraer hojas.
Bastaba con consultar los materiales asociados.
Mauro comprendió:
—Entonces algunas copias pueden no venir directamente del cuerpo del Códice.
—Exactamente.
Una podía derivar de una relación guardada con él.
Otra de una anotación posterior.
Otra incluso de una copia intermedia.
Llamar a esos documentos fragmentos del Códice sería incorrecto.
Eran descendientes documentales de información relacionada con el volumen.
Irene añadió:
—Y por eso pueden divergir.
Si varias personas copiaban en momentos diferentes, no tenían por qué seleccionar lo mismo.
Una podía conservar nombres.
Otra una fecha o una entrega.
Otra limitarse a describir el objeto.
La dispersión de información no exigía una dispersión física del libro.
Fray Julián respondió desde San Millán:
—Y copiar no era una práctica extraordinaria.
No necesitaban imaginar una intención única.
Los archivos copiaban por utilidad.
Para consultar.
Para acreditar derechos.
Para recordar una entrega.
Para conservar un extracto cuando el original estaba lejos.
Almarza había escrito:
No buscar intención única donde bastan prácticas ordinarias de archivo.
Sebastián sonrió.
Aquella frase protegía todo el problema de una explicación innecesariamente conspirativa.
La información podía haber sobrevivido porque personas distintas copiaron aquello que necesitaban.
El resultado, siglos después, parecía una trama de conexiones.
Pero podía haber nacido de actos completamente ordinarios.
Otro inventario decía:
Se copian los nombres para reconocimiento de antiguas entregas.
Sebastián leyó lentamente.
Ahí había una función concreta.
No se copiaban los nombres para proteger un misterio.
Se copiaban porque servían para identificar entregas.
Almarza anotó:
La copia parece administrativa, no literaria.
Eso explicaba por qué muchas relaciones conservaban nombres sin contexto narrativo.
No se intentaba preservar una historia completa.
Solo aquello que resultaba útil.
Otra fuente decía:
Tomados del libro nombres de quienes tuvieron guarda.
Mauro levantó la cabeza.
La frase parecía mucho más directa.
Sebastián buscó la procedencia.
No era contemporánea al volumen.
Era una copia tardía de una relación anterior.
Almarza había advertido:
Texto no contemporáneo. Puede conservar fórmula antigua.
No podían convertirla en prueba directa.
Pero se integraba en un patrón.
Otro documento decía:
Se trasladan a hoja aparte las noticias necesarias.
Nada más.
Sebastián permaneció mirando.
Las noticias habían sido copiadas.
Varias veces.
Con finalidades distintas.
Y en momentos diferentes.
Pero todavía existía un límite.
Demostrar copia no demostraba que todas aquellas copias provinieran del mismo antecedente.
Almarza lo había resumido:
No basta demostrar copia. Hay que demostrar fuente común.
Sebastián señaló la frase.
Podían localizar muchas hojas semejantes.
Sin reconstruir dependencias nunca sabrían si todas descendían del mismo volumen o si una sola relación había producido múltiples copias posteriores.
Irene tomó otra reproducción.
—Esto puede ayudarnos.
La relación contenía cuatro nombres.
Tres coincidían con una copia ya conocida.
El cuarto no.
Mauro preguntó:
—¿Error?
Sebastián respondió:
—Puede.
—¿O información que la otra copia perdió?
—También.
Almarza había escrito:
Si D procede de C, el cuarto nombre debe ser adición. Si ambos proceden de fuente anterior, puede ser omisión de C.
Sebastián sonrió.
No intentaba demostrar solo que los documentos estaban relacionados.
Intentaba saber de qué manera.
Una tercera relación contenía los cuatro nombres.
Pero en orden diferente.
Eso impedía una genealogía sencilla.
Almarza concluyó:
Debe existir relación intermedia o fuente común no localizada.
Ahí aparecía otra clase de ausencia.
No un receptor desconocido.
Una fuente perdida entre testimonios supervivientes.
La historia documental no era una línea.
Era una estructura incompleta.
Algunas ramas llegaban hasta ellos.
Otras solo podían inferirse.
Mauro dibujó un esquema.
—Empieza a parecer imposible.
Sebastián negó.
—Empieza a parecer un archivo real.
Los archivos históricos conservaban pérdidas y reordenaciones.
También copias parciales y errores.
La perfección habría sido mucho más sospechosa.
Al final de aquella sección Almarza escribió:
El volumen puede desaparecer de una relación y continuar existiendo bajo descripción distinta. Las noticias tomadas de él pueden seguir apareciendo aun cuando ya no se sepa nombrarlo.
Sebastián dejó la página abierta.
Esa frase unía dos procesos.
El objeto podía perder identidad en los inventarios.
La información relacionada con él podía seguir circulando.
Quizá el verdadero desafío no fuera encontrar un manuscrito explícitamente llamado San Millán.
Era aprender a reconocerlo detrás de descripciones que ya no sabían quién había sido.