BLOQUE 3
La página que terminó de ordenar aquella evolución estaba en el Cuaderno de Procedencias.
No era nueva.
Ya la habían visto.
Nunca la habían leído desde esa pregunta.
Fecha:
1892.
Encabezado:
Estado de la cuestión.
La escritura era más regular que en muchas páginas de trabajo.
Almarza parecía haber preparado un balance para sí mismo.
La primera frase decía:
Existe suficiente fundamento para considerar que las relaciones dispersas remiten a un volumen materialmente identificable, conocido durante distintas etapas por descripciones no uniformes.
Sebastián continuó.
Su vinculación con San Millán está documentalmente acreditada para una parte de su historia, pero no puedo establecer su origen primero.
Irene asintió.
Nada se había exagerado.
La siguiente frase decía:
El volumen era de pergamino, de formato considerable, incompleto al comienzo en las noticias que he podido comprobar y acompañado o seguido en algún momento por relaciones de nombres y entregas.
No afirmaba que todas aquellas relaciones formaran parte del texto original.
La distinción seguía intacta.
Después:
La secuencia de responsables puede seguirse durante varios tramos sin necesidad de suponer propiedad.
Sebastián sonrió apenas.
Era el principio que acababan de reconstruir por su cuenta.
Y entonces apareció la frase que definía mejor que ninguna otra el lugar de Almarza dentro de aquella historia:
He llegado a conocer más de la historia de este libro que de su contenido.
Mauro dejó escapar el aire.
—Ahí está.
Sí.
Almarza se había acercado al Códice sin haber leído una sola página de él.
Había reconstruido su vida documental.
La línea siguiente evitaba cualquier romanticismo:
Ignoro dónde se encuentra.
No sabía dónde estaba.
Sebastián mantuvo la fecha en mente.
Todo lo posterior debía respetarla.
Almarza podía seguir avanzando.
Podía reducir el campo.
No encontrarlo.
Después escribió:
Sé, en cambio, que las noticias que poseo no pueden explicarse todas por una sola copia tardía.
Esa era la base de su convicción.
Había suficiente diversidad documental para sostener que detrás de las distintas tradiciones existía un referente histórico común.
Y finalmente:
Si consigo identificar el responsable posterior a la última entrega comprobada, quizá pueda dejar de seguir copias y empezar a seguir el libro.
Sebastián permaneció inmóvil.
Aquella frase conectaba todo.
Hasta ese momento Almarza perseguía la memoria documental del volumen.
El siguiente receptor podía permitirle recuperar su trayectoria material.
Mauro miró la tabla.
Diego Sánchez.
Después el espacio vacío.
—Por eso importa tanto el nombre que falta.
—Sí.
No era simplemente otro responsable.
Podía ser el puente entre dos tipos de investigación.
La genealogía de las noticias.
Y el desplazamiento real del objeto.
Irene observó:
—Y no consiguió incorporarlo.
—No en ese momento.
Sebastián revisó las páginas posteriores.
Había candidatos.
Cartas.
Noticias que parecían abrir una continuación.
Ninguna estaba todavía integrada en el Cuaderno grande como responsabilidad demostrada.
El vacío permanecía.
Fray Julián, desde San Millán, dijo:
—Quizá por eso estuvo cerca durante tantos años. Ya sabía qué puerta necesitaba abrir.
Sebastián respondió:
—Le faltaba el documento que permitiera hacerlo.
Almarza no estaba perdido entre miles de manuscritos.
Había reducido el problema.
Sabía qué tipo de volumen perseguía.
Conocía una parte de su historia.
Había depurado copias y eliminado falsas confirmaciones.
También había reconstruido responsabilidades.
Y sabía exactamente qué vínculo le faltaba.
Eso era estar cerca.
Aunque siguiera ignorando dónde estaba el Códice.
Mauro preguntó:
—¿Nosotros tenemos ese documento?
Sebastián miró las cajas.
—Todavía no lo sabemos.
Ellos contaban con posibilidades que Almarza nunca había tenido.
Podían consultar al mismo tiempo fondos que él conocía mediante correspondencia.
Comparar reproducciones sin esperar meses.
Reconstruir antiguas signaturas a través de instrumentos archivísticos posteriores.
Eso podía permitirles ir más lejos.
Pero antes necesitaban respetar el punto exacto donde él se había detenido.
Irene volvió al balance de 1892.
—Hay otra cosa importante.
—¿Cuál?
—Nunca intentó demostrar una leyenda.
Sebastián asintió.
No perseguía una reliquia imposible.
Tampoco un texto oculto capaz de transformar la historia.
Intentaba resolver un problema documental.
Un volumen había producido o acumulado noticias.
Después esas noticias habían sobrevivido dispersas.
Almarza quería saber qué libro había generado aquella memoria y qué había ocurrido con él.
No necesitaba nada más.
Las páginas posteriores a 1892 mostraban un cambio adicional.
Las referencias lingüísticas disminuían.
Aumentaban inventarios y correspondencia.
Crecían los nombres y las dudas relacionadas con funciones.
La investigación se volvía más concreta.
También más difícil.
En 1893 apareció:
No necesito otra descripción del volumen. Necesito saber quién lo recibió.
Mauro señaló.
—Ya no tiene dudas sobre qué está buscando.
Sebastián respondió:
—Tiene una identidad documental suficientemente fuerte para no necesitar acumular más descripciones.
No era lo mismo que haberlo visto.
Pero el problema principal había cambiado.
Ya no se trataba de demostrar que aquel objeto histórico había existido.
Necesitaba seguir su movimiento.
Debajo había varias referencias a cartas.
Una estaba marcada:
Esperada.
No encontraron respuesta adjunta.
Quizá nunca llegó.
La investigación entraba en sus últimos años.
Almarza empezaba a tener dificultades para viajar.
Algunas respuestas se demoraban.
Otras no llegaban.
El tiempo comenzaba a imponerse sobre un trabajo que había necesitado años para volverse preciso.
Irene encontró una frase aislada:
He estado más cerca por los papeles que por los lugares.
Sebastián la leyó en silencio.
Ahí estaba la verdadera cercanía de Almarza.
Cada fuente suficientemente independiente había reducido el espacio de duda.
Cada responsabilidad demostrada eliminaba posibilidades.
Cada falsa procedencia descartada evitaba una desviación.
No necesitaba haber estado físicamente cerca del manuscrito.
Había conseguido que el problema fuera más pequeño.
Mauro preguntó:
—¿Podemos decir ya que sabía que estaba buscando el Códice de San Millán?
Sebastián tardó en responder.
—Podemos decir que reconstruyó un volumen vinculado documentalmente con San Millán cuyos rasgos y relaciones coinciden con el objeto que nosotros seguimos.
—¿Nada más?
—Nada más.
Irene asintió.
Era suficiente.
No necesitaban poner en boca de Almarza un nombre que quizá nunca utilizó.
La identidad podía construirse mediante convergencia.
No mediante una etiqueta retrospectiva.
Sebastián mantuvo abierta la página de 1892.
Volvió a leer:
Ignoro dónde se encuentra.
Aquella línea debía pesar tanto como todas las demás.
Almarza nunca afirmó haber encontrado el volumen.
Tampoco haberlo visto.
Había llegado muy cerca de reconstruir su historia.
Y justamente cuando estaba preparado para dejar de seguir las copias y volver a seguir el objeto, la documentación empezó a faltarle.
Sebastián cerró su libreta.
En la última hoja había copiado una sola frase:
He llegado a conocer más de la historia de este libro que de su contenido.
La guardó aparte.
Porque resumía la paradoja de Julián de Almarza.
Había dedicado años a conocer un manuscrito que nunca pudo abrir.
Había aprendido a distinguir sus huellas dentro de fuentes incompletas.
Reconstruyó responsabilidades sin convertirlas en propiedad.
Y cuando por fin dejó de perseguir la memoria documental y estuvo en condiciones de buscar el recorrido físico, encontró exactamente el límite que todavía seguían viendo sobre la mesa.
Diego Sánchez.
Después, un espacio vacío.
Almarza había estado cerca del Códice.
Pero nunca lo había tenido entre sus manos.