El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 2
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Todavía faltaba demostrar hasta qué punto Almarza había llegado a identificar ese volumen con el que ellos seguían desde San Millán.

Sebastián no quería resolverlo por intuición.

Necesitaban observar cuándo el investigador empezó a unir tres líneas que antes mantenía separadas:

las noticias emilianenses, la descripción material y la secuencia de responsables.

Durante 1889 y parte de 1890 Almarza siguió utilizando expresiones cautelosas.

volumen de las relaciones

libro incompleto

libro mencionado en papeles emilianenses

Nunca utilizaba un título estable.

Tampoco afirmaba un origen que no pudiera demostrar.

Una nota decía:

No sé si salió de San Millán como volumen propio de la casa o si llegó allí desde otro origen.

Sebastián leyó dos veces.

Aquella frase impedía otro salto.

La presencia documental del volumen en San Millán no demostraba que hubiera sido producido allí.

Podía haber llegado desde otro sitio.

Quizá hubiera sido recibido o incorporado mucho antes de las noticias que conocían.

No lo sabían.

Irene resumió:

—San Millán forma parte de su historia demostrable. No necesariamente de su origen material.

—Exactamente.

Almarza había intentado resolverlo.

Buscó inventarios más antiguos.

Pidió copias.

Comparó referencias.

No encontró una fuente capaz de demostrar el origen primero del volumen.

Por eso escribió:

No afirmar origen donde solo conozco presencia.

Mauro encontró otra anotación de 1890.

—Acá dice “volumen de San Millán”.

Sebastián leyó:

La noticia recibida parece referirse al volumen de San Millán que sigo desde las relaciones anteriores.

No era un título.

Era una identificación funcional.

Para entonces Almarza trataba aquel volumen como un objeto históricamente vinculado con San Millán.

Debajo aparecía:

La sucesión de responsables puede reconstruirse con suficiente seguridad hasta D. S.

Diego Sánchez.

La descripción material y la secuencia de responsabilidades empezaban a formar para Almarza una misma investigación.

Pero la frase siguiente era aún más importante:

No he visto el libro ni conozco a persona viva que lo haya visto con certeza.

Sebastián dejó la reproducción sobre la mesa.

Aquello tenía que permanecer inalterable.

Almarza nunca había examinado físicamente el Códice.

Toda la precisión que pudiera alcanzar procedía de documentación.

Mauro volvió a leer.

—Ni conocía a nadie que pudiera asegurar haberlo visto.

—En ese momento —precisó Sebastián.

Eso era todo lo que podían afirmar.

Irene preguntó:

—Entonces ¿qué lo convencía de que no era una construcción producida por copias tardías?

Sebastián buscó la respuesta.

Dos páginas después:

Porque las fuentes discrepan demasiado para ser una sola invención y coinciden demasiado en ciertos accidentes para ser libros diferentes.

Mauro quedó quieto.

La frase condensaba el razonamiento.

Si todos los textos hubieran sido idénticos, podían descender de una única tradición repetida.

No era lo que ocurría.

Variaban en redacción.

También en propósito y orden.

Algunas omitían nombres conservados por otras.

Sin embargo, compartían determinadas características materiales poco útiles para una invención retrospectiva.

La pérdida al comienzo aparecía de manera repetida.

No simplemente la idea genérica de un libro incompleto.

También se repetía el formato considerable en relación con otros volúmenes descritos en las mismas fuentes.

Y varias tradiciones mencionaban noticias añadidas o asociadas sobre responsables y entregas.

La combinación estrechaba el conjunto de posibilidades.

Una nota de Almarza decía:

No tengo el libro. Empiezo, sin embargo, a tener su historia.

Nadie corrigió nada.

No hacía falta.

Aquella era la forma exacta de su cercanía.

No geográfica.

Documental.

Mauro preguntó:

—¿Qué tan cerca llegó?

Sebastián miró las páginas.

—Todavía no podemos medirlo.

No necesitaban hacerlo aún.

Primero debían seguir cómo había evolucionado su método.

En 1891, las cartas enviadas por Almarza empezaron a cambiar.

Ya no solicitaba principalmente copias de palabras o textos.

Pedía inventarios con descripciones de libros incompletos.

Preguntaba por relaciones de entrega y por responsables de archivos.

También pedía información sobre reencuadernaciones o traslados de volúmenes que hubieran perdido su denominación.

Irene observó:

—Ya está trabajando claramente sobre procedencias.

Sebastián asintió.

La correspondencia lo confirmaba.

Cada vez preguntaba más por el soporte.

Por la falta inicial.

Por las cubiertas.

Por añadidos.

Por cualquier rasgo capaz de individualizar un objeto a través de descripciones indirectas.

En una carta de 1891 un corresponsal se ofreció a examinar un libro que parecía compatible con la búsqueda.

Almarza respondió:

No conviene viajar mientras no se establezca antes la procedencia. Una semejanza material sin continuidad documental nos haría perseguir otro volumen.

Mauro dejó la hoja.

—Se negó.

—Sí.

—¿Y si era el mismo?

Sebastián lo miró.

—Eso no cambia si su decisión era razonable.

Almarza no podía saberlo.

Un volumen grande e incompleto de pergamino no era suficiente.

Sin continuidad documental podía convertirse en otra falsa pista.

La copia que conservaban de aquella carta no permitía identificar el lugar completo.

Sebastián dejó el vacío sin intentar completarlo.

Una nota privada explicaba además por qué Almarza nunca convirtió aquella investigación en una gran publicación:

No publicar mientras no pueda distinguir dónde termina la evidencia y dónde empieza mi reconstrucción.

Irene leyó lentamente.

Después miró a Sebastián.

La frase se acercaba demasiado a las discusiones que mantenían desde que habían llegado a Valvanera.

Mauro dijo:

—Él también tenía el problema de cuándo publicar.

Irene respondió:

—No exactamente el mismo.

Almarza temía publicar una conclusión que no pudiera sostener.

Ellos tenían además otro problema.

Una procedencia exacta podía modificar el valor o la vulnerabilidad de documentos todavía conservados en manos privadas.

Ambos dilemas comenzaban en la misma idea.

Responsabilidad.

En 1892 Almarza escribió:

Ya no considero probable que las relaciones procedan de diversos libros semejantes. La hipótesis más económica es un mismo volumen conocido por testimonios en momentos distintos.

Sebastián se detuvo.

Aquel era un cambio importante.

La existencia de un solo volumen dejaba de ser una posibilidad equivalente a otras.

Almarza la consideraba la explicación mejor sostenida.

Pero inmediatamente añadió:

Conservar alternativa hasta encontrar una relación que una dos momentos sin depender de las copias.

Ni siquiera la mejor hipótesis sustituía una demostración.

Necesitaba un vínculo.

Las relaciones de entrega y las responsabilidades empezaban a proporcionarlo.

Por eso el problema había dejado de ser identificar un objeto abstracto.

Almarza empezaba a reconstruir su historia.