BLOQUE 3
La última parte de la jornada comenzó con una pregunta distinta.
¿Por qué Almarza conservaba tantos nombres que había descartado?
Podía haberlos borrado.
Sin embargo, el repertorio estaba lleno de ellos.
Personas confundidas con otras.
Noticias dependientes.
Identificaciones que él mismo había demostrado insuficientes.
Sebastián comenzó a entender que el cuaderno no conservaba únicamente posibilidades.
Conservaba errores.
Una anotación lo confirmaba:
No borrar. Podría volver a aparecer en copia posterior.
Mauro sonrió.
—Eso es brillante.
Sebastián asintió.
Si un nombre descartado reaparecía años después en otra copia, necesitaba recordar por qué lo había rechazado.
De lo contrario, la misma noticia podía recuperar apariencia de novedad.
Aquello era especialmente importante en una investigación basada en tradiciones documentales.
Irene encontró un ejemplo.
Un nombre había sido descartado en 1887.
Reaparecía cuatro años después.
Almarza escribió:
Misma tradición. No nueva.
En 1893 volvía a aparecer.
Nueva anotación:
Deriva otra vez de la relación ya descartada.
La falsa pista había sobrevivido durante años.
El investigador no volvió a incorporarla.
Sebastián comprendió otro aspecto del problema.
Copiar preservaba memoria.
También podía preservar errores.
Mauro preguntó:
—Entonces varias copias con el mismo nombre pueden significar que conservaron una noticia verdadera.
—Sí.
—O que todas repitieron la misma equivocación.
—Exactamente.
Mauro se dejó caer contra el respaldo.
—Excelente.
Irene sonrió.
—Eso son los archivos.
Sebastián revisó la sección final correspondiente a aquella fase.
Los nombres ya no estaban organizados alfabéticamente.
Almarza los agrupaba por función.
Reciben
Entregan
Copian
Certifican
Solo mencionados
Era la misma lógica que habían visto en otra tabla, pero ahora entendían cómo se había construido.
Los nombres podían cambiar de columna cuando aparecía una fuente mejor.
Uno pasaba de Reciben a Copian.
Otro había sido trasladado desde una categoría de custodia a Solo mencionados.
Un tercero había comenzado bajo:
Propietario?
y terminaba como:
Responsable temporal.
La investigación se hacía visible en esas correcciones.
Sebastián miró la última categoría.
Era la más numerosa.
Solo mencionados.
La mayoría de las personas vinculadas documentalmente con el volumen no tenían contacto material demostrado con él.
Habían hablado de su existencia.
Habían copiado una noticia.
Conservaron un nombre o leyeron una relación.
Eso explicaba por qué la memoria documental era mucho más extensa que la ruta física.
Fray Julián les envió una reflexión:
Tal vez el libro pasó por pocas manos y su recuerdo por muchas más.
Sebastián permaneció sobre la frase.
Era exactamente eso.
El volumen podía desaparecer.
La información sobre él seguía multiplicándose.
En relaciones.
En inventarios.
En copias posteriores.
En papeles de entrega.
No eran fragmentos físicos del Códice.
Eran fragmentos de su historia documental.
Todavía necesitaban demostrar hasta dónde llegaba ese mecanismo.
Pero ya no era una intuición aislada.
Aparecía dentro del propio método de Almarza.
Irene cerró el repertorio.
—Tenemos que parar acá.
Mauro miró el reloj.
—¿Por horario o por método?
—Por los dos.
Sebastián volvió a la hoja de la cadena.
Diego Sánchez.
Después, el espacio en blanco.
Ya no resultaba tan frustrante.
Ahora sabía cuántos nombres habían intentado ocuparlo.
También sabía por qué habían sido rechazados.
Eso era progreso.
Mauro guardó sus notas.
—Entonces mañana sí seguimos.
Sebastián negó.
—Mañana cambiamos la pregunta.
—¿Cuál?
Hasta ese momento habían intentado averiguar quién había recibido el volumen después de Diego Sánchez.
Quizá esa pregunta todavía llegaba demasiado pronto.
Antes necesitaban demostrar algo anterior.
Sebastián miró ambos cuadernos.
—Tenemos que averiguar en qué momento Almarza dejó de trabajar con noticias posiblemente relacionadas y llegó a convencerse de que estaba siguiendo un mismo volumen.
Irene levantó la vista.
Ahí estaba el problema verdadero.
Antes de afirmar que Julián de Almarza se había acercado al Códice de San Millán, necesitaban demostrar que el investigador había conseguido identificar un objeto concreto detrás de las descripciones dispersas.
No bastaba con que varias fuentes hablaran de libros grandes.
Ni con que aparecieran nombres repetidos.
Tampoco alcanzaba la falta inicial por sí sola.
Debía existir un momento en que la combinación de evidencia hubiera superado su propio filtro.
Mauro preguntó:
—Entonces dejamos de perseguir por un rato al siguiente receptor.
—Sí.
—Y seguimos a Almarza.
Sebastián asintió.
Eso era exactamente lo que necesitaban.
Guardaron los materiales.
Durante días habían reconstruido cómo Almarza separó custodios de propietarios y cómo distinguió a un testigo de alguien que realmente recibió el volumen.
Habían visto nombres atractivos desaparecer cuando la documentación no permitía sostenerlos.
También habían comprobado que una noticia podía viajar sin el libro y que una familia podía conservar documentos auténticos sin haber poseído nunca el objeto al que esos papeles se referían.
Ahora faltaba responder una pregunta más difícil.
En qué momento todas aquellas noticias dejaron de ser para Julián de Almarza una acumulación de referencias semejantes.
En qué momento decidió que detrás de ellas existía realmente un mismo volumen.
Sebastián apagó la lámpara.
Antes de seguir los nombres, habían tenido que aprender a desconfiar de ellos.
El paso siguiente consistiría en descubrir qué había encontrado Almarza entre todas aquellas fuentes para dejar de perseguir semejanzas y comenzar a seguir un objeto que nunca llegó a tener delante.