BLOQUE 2
La depuración produjo un efecto inesperado.
La cadena no solo se acortaba.
Cambiaba de forma.
Algunos nombres tratados durante décadas como eslabones resultaban ser testigos. Otros pertenecían a personas distintas unidas únicamente por un apellido semejante. Algunas listas combinaban información procedente de épocas diferentes.
Sebastián empezó a entender por qué ciertas reconstrucciones posteriores podían resultar convincentes y equivocadas al mismo tiempo.
No necesitaban inventar los nombres.
Bastaba con inventar las conexiones.
El ejemplo más claro estaba en una relación copiada durante el siglo XVIII.
Ocho nombres aparecían uno detrás de otro.
Sin contexto, parecían formar una cadena impecable.
Almarza había dedicado varias páginas a desarmarla.
Los primeros nombres procedían de un documento.
Los siguientes de otra fuente.
Los últimos habían sido incorporados por el copista a partir de una tercera relación.
La lista nunca había existido como unidad durante el período histórico al que pretendía referirse.
Era una composición tardía.
Mauro la observó.
—Alguien puede verla hoy y pensar que encontró toda la ruta.
—Precisamente porque está ordenada —respondió Sebastián.
La organización era el problema.
No implicaba fraude.
Un copista podía reunir noticias de diferentes documentos para facilitar una consulta.
Con los siglos, esa comodidad podía confundirse con continuidad histórica.
Irene examinó las tintas.
—Los últimos nombres ni siquiera parecen incorporados en la misma intervención.
Almarza había resumido:
Lista compuesta.
Eso bastaba para dejarla fuera como cadena.
Otra fuente tenía el problema contrario.
Estaba desordenada.
Había nombres escritos en márgenes y fechas incompletas. Una entrega aparecía añadida al final de una página.
A primera vista parecía menos útil.
Almarza le concedía más valor.
La razón estaba en la fecha.
Aquellos apuntes habían sido producidos mucho más cerca de los hechos descritos.
No pretendían narrar una historia.
Eran administración.
Y precisamente por eso podían conservar mejor determinadas funciones.
Sebastián dijo:
—Los documentos más ordenados no siempre son los mejores.
Mauro contempló la página llena de añadidos.
—Está claro.
Una anotación decía:
Recibido para remitir.
No mencionaba el nombre del objeto.
El asiento anterior hablaba de un volumen de pergamino.
La conexión era tentadora.
Almarza había escrito:
Puede referirse al mismo, pero la continuidad material no está expresada.
No unió los asientos.
Sebastián empezó a sentir un respeto incómodo por aquella insistencia.
Almarza tenía impulsos interpretativos.
El repertorio los mostraba.
Probablemente.
Debe ser.
Parece claro.
Pero más adelante muchas de esas fórmulas aparecían corregidas.
No probado.
Retirar.
No basta.
No había comenzado siendo infalible.
Había aprendido a obligarse a una disciplina.
Mauro encontró una fuente donde aparecían dos nombres conocidos.
Uno correspondía a un copista.
El otro había intervenido en una certificación.
Una relación tardía los llamaba a ambos:
custodios.
Almarza había corregido:
El primero copia. El segundo certifica. Ninguno recibe.
Sebastián dejó ambos fuera del tránsito físico.
Irene observó:
—Cuanto más limpiamos, más pequeña se vuelve la historia material del volumen comparada con la historia de quienes hablaron de él.
Sebastián asintió.
Aquella diferencia resultaba esencial.
El Códice había producido documentación a su alrededor.
Una entrega podía generar un asiento.
Una certificación dejaba otra clase de documento.
Una copia podía conservar información que posteriormente servía a un inventario.
Cada acto aumentaba la memoria documental.
No multiplicaba el objeto.
Fray Julián escribió desde San Millán:
Quizá por eso sobrevivió tanta información. Las funciones eran distintas y cada una producía sus propios papeles.
Sebastián volvió a mirar los documentos.
La idea de un Códice físicamente dividido empezaba a resultar cada vez menos necesaria para explicar la dispersión de noticias.
La información podía multiplicarse sola.
Almarza había anotado:
Los nombres viven más que las entregas que los originaron.
Más abajo:
Una lista puede conservar una memoria cuando ya no conserva el objeto.
Irene leyó.
—Ahí empieza a comprender el mecanismo.
Sebastián asintió.
No sabían todavía hasta dónde lo había llevado.
Pero la estructura se hacía visible.
Otro candidato descartado era un sacerdote.
Durante décadas una anotación marginal había llevado a pensar que aquel hombre recibió el volumen.
Almarza localizó la petición original.
El sacerdote pedía:
las noticias del libro
No el libro.
La copia posterior resumía:
Se entregó al padre…
La entrega había existido.
El objeto entregado era otro.
Papeles.
No el Códice.
Sebastián se detuvo.
—Esto es fundamental.
Irene asintió.
Si seguían únicamente el verbo entregar, podían trasladar el volumen a lugares por los que nunca había pasado.
Había que identificar siempre qué se entregaba.
Sebastián escribió:
IDENTIFICAR EL OBJETO DE CADA ENTREGA
Mauro sonrió.
—Definitivamente nos quedamos sin pared.
El siguiente caso era todavía más delicado.
Una familia había conservado papeles durante generaciones.
Entre ellos había referencias al volumen.
Un historiador posterior concluyó que la familia también había custodiado el Códice.
Almarza buscó inventarios domésticos.
Encontró:
papeles antiguos relativos a monasterios.
No encontró el volumen.
Su conclusión:
Conservaron noticias. No puedo demostrar que conservaran el libro.
Sebastián dejó el apellido fuera de la cadena.
Mauro dijo:
—Es el mismo problema que podemos tener con cualquier archivo familiar.
—Sí.
No hacía falta llevarlo todavía hacia un apellido concreto.
La regla servía por sí misma.
Documentos familiares auténticos podían conservar información relevante sin demostrar posesión física del objeto mencionado.
Y la ausencia de posesión tampoco volvía inútiles esos documentos.
Irene añadió otra dificultad.
Los archivos familiares no necesariamente conservaban una clasificación estable.
Podían mezclar copias con originales o agregar notas posteriores.
La memoria oral podía ayudar.
También deformar.
Sebastián miró otra vez la lista inicial de cinco candidatos.
Después de horas de trabajo, solo Andrés de Villacorta I seguía siendo cronológicamente compatible con una de las noticias.
Eso no lo convertía en receptor.
Mauro preguntó:
—¿Lo seguimos?
Sebastián negó.
—Primero tenemos que saber si Almarza lo siguió.
Buscaron el nombre en páginas posteriores.
Aparecía una última vez.
Al lado:
No insistir. Identidad insuficiente.
Sebastián tachó el nombre de la lista activa.
Mauro abrió la boca.
—¿Y volvemos a cero?
—No.
Sebastián señaló la cadena.
—Volvemos al punto correcto.
El receptor seguía desconocido.
Ésa era la verdad que podían sostener.
La investigación no había retrocedido.
Habían eliminado una solución falsa.