El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
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Por la tarde reconstruyeron la cadena sobre una única hoja.

Sebastián impuso una condición.

No entrarían referencias dudosas.

Solo aquellas relaciones que Almarza había incorporado al Cuaderno de Procedencias y que ellos podían vincular con fuentes localizadas.

El resultado era más corto de lo que Mauro esperaba.

—¿Todo esto para estos nombres?

Sebastián respondió:

—Para estas responsabilidades demostradas.

Gonzalo de Pancorbo seguía encabezando la fase de responsabilidad formal.

Después aparecían las intervenciones ya conocidas.

Martín de Villamayor.

Rodrigo de Herramélluri.

Ferrán de Ojacastro.

Martín de Arce.

Diego Sánchez.

Sebastián evitó unirlos mediante flechas simples.

Una flecha podía sugerir una transferencia directa y homogénea.

En cada relación anotó el tipo de evidencia.

Entrega

Recepción

Certificación

Noticia independiente

Algunos tramos estaban sostenidos por más de una fuente.

Otros por un solo documento suficientemente claro.

Mauro señaló el final.

—Después de Diego sabemos que hubo otra entrega.

—Sí.

—Pero no sabemos a quién.

—Exactamente.

—Entonces el volumen sigue. La cadena demostrada no.

Sebastián asintió.

Ésa era la formulación precisa.

En el Cuaderno de Procedencias, Almarza había marcado aquel punto con una línea.

Debajo:

Continúa, pero no puedo nombrar responsable.

Nada más.

No había ciudad.

Tampoco apellido.

Ni una dirección sobre la que pudieran construir una ruta.

Solo una ausencia perfectamente definida.

Sebastián sintió que allí se veía con más claridad que en ningún otro sitio lo cerca que había estado Almarza.

No cerca geográficamente.

Cerca metodológicamente.

Había demostrado que el volumen no terminaba con Diego Sánchez.

Sabía que existió otra entrega.

Tenía más de una noticia compatible.

Pero no podía identificar al receptor.

Por eso se negó a incorporarlo.

Irene señaló la línea.

—Éste es el punto exacto.

Sebastián la miró.

—Sí.

Mauro tomó R-6.

—Después intentó buscar al receptor desde los documentos de quien había hecho la entrega.

—Correcto.

La copia parcial que consiguió no contenía el nombre.

Pero el repertorio mostraba que Almarza no abandonó.

Encontraron una anotación posterior:

Si no aparece el nombre del receptor, buscar la entrega en relación paralela.

Debajo había varias referencias.

Una ya estaba descartada.

Otra permanecía abierta.

Una tercera tenía marca de comprobación parcial.

Sebastián sintió que la investigación comenzaba a ramificarse.

No seguirían aquellas referencias ese día.

Todavía no.

Antes necesitaban terminar de depurar los nombres ya conocidos.

Irene señaló otra nota marginal:

No convertir una cadena de custodios en genealogía de propietarios.

Mauro sonrió.

—Parece escrita para coleccionistas.

—También para historiadores —respondió Sebastián.

Miró de nuevo el apellido Velasco.

No lo incluyó en la cadena.

No correspondía.

La familia podía haber conservado información auténtica sin haber poseído nunca el Códice.

Y el hecho de no haberlo poseído no volvía irrelevantes sus papeles.

La diferencia iba a resultar importante más adelante.

Mauro guardó la tabla.

—Entonces, ¿qué tenemos?

Sebastián respondió:

—Una cadena más corta y más limpia.

—Un punto exacto de interrupción.

—Sí.

—Y varios nombres que quedan afuera.

—También.

Irene añadió:

—Y una regla que no podemos olvidar: donde se conserva una noticia no necesariamente estuvo el volumen.

Mauro asintió.

Ya no necesitaban repetirla.

Había empezado a formar parte natural del método.

Fray Julián, desde San Millán, hizo una observación:

—Quizá durante una parte de su trabajo Almarza no buscaba un lugar.

Sebastián preguntó:

—¿Entonces qué buscaba?

—Una relación suficientemente firme como para poder formular el siguiente lugar sin inventarlo.

Sebastián permaneció en silencio.

Eso explicaba la aparente lentitud.

Almarza no había recorrido monasterios siguiendo rumores.

Intentaba conseguir que cada desplazamiento fuera consecuencia de una relación demostrada.

Otro investigador habría viajado siguiendo una posibilidad.

Almarza había esperado.

Un coleccionista habría convertido el vacío en una historia.

Él lo había dejado vacío.

Irene comenzó a guardar los materiales.

Sebastián permaneció frente a la hoja.

La cadena terminaba en Diego Sánchez.

Después quedaba un espacio.

No escribió desconocido.

Tampoco un interrogante.

Lo dejó vacío.

Porque ésa era la forma más fiel de representar la evidencia.

Mauro se puso de pie.

—Mañana seguimos esa línea.

Sebastián negó.

—No.

Mauro lo miró.

—¿No?

—Primero revisamos todos los nombres antes de seguir cualquiera.

Irene sonrió.

La decisión era correcta.

Antes de buscar un nuevo receptor, debían asegurarse de que cada nombre de la cadena significaba exactamente lo que estaban afirmando.

Cuando salieron, Sebastián llevaba una copia de la tabla.

En la parte superior había escrito una frase de Almarza:

Una procedencia solo existe cuando puede explicarse la responsabilidad entre dos momentos.

Debajo estaba la cadena demostrada.

Y al final, el espacio en blanco.

Aquello no representaba una derrota.

Era la forma más exacta que habían encontrado de mostrar el límite de la investigación.

El Códice había continuado más allá de Diego Sánchez.

Eso podían empezar a sostenerlo.

Lo que todavía no podían decir era quién había respondido por él después.

Y mientras ese nombre siguiera ausente, avanzar significaría hacer exactamente aquello que Julián de Almarza se había negado a hacer.

Inventar continuidad donde todavía no existía prueba.