El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
16%

BLOQUE 3

Por la tarde trabajaron únicamente con una sección.

Irene insistió.

Sebastián aceptó.

No querían seguir una pista nueva.

Querían demostrar cómo funcionaban las remisiones.

Eligieron un nombre conocido:

Diego Sánchez.

En el repertorio tenía varias referencias.

Una conducía a una copia de relación.

Otra a un documento de entrega.

Había también un inventario posterior.

La última estaba marcada:

noticia recibida — origen pendiente.

Sebastián reconstruyó las fechas.

El documento de entrega era el más antiguo de los testimonios disponibles.

La relación copiada era posterior.

El inventario había sido redactado después, pero no utilizaba la misma fórmula.

Almarza había intentado establecer dependencia.

Junto al documento de entrega:

Visto en copia certificada.

Junto al inventario:

Texto distinto. Puede proceder de conocimiento independiente.

En la relación:

Probablemente derivada de E. No contar.

Mauro señaló la última referencia.

—¿Y ésta?

Noticia recibida — origen pendiente.

La remisión conducía a una carta.

No estaba allí.

Buscaron entre la correspondencia separada de Valvanera y consultaron a Fray Julián para comprobar los papeles conservados en San Millán.

No apareció.

Al menos no bajo esa referencia.

Sebastián sintió el impulso de atribuir importancia a la ausencia.

Lo contuvo.

Podía haberse perdido.

Tal vez estuviera en otro archivo.

Incluso podía haber cambiado de signatura o tratarse de una referencia provisional nunca actualizada.

Irene dijo:

—Pendiente sigue siendo pendiente.

—Después de más de un siglo.

—El tiempo no mejora una prueba.

Mauro levantó la vista.

—Esa también merece publicarse.

Probaron el sistema con otro nombre.

El funcionamiento era similar.

Con un tercero descubrieron algo más útil.

Una fuente que Almarza había considerado inicialmente independiente tenía una corrección posterior:

Procede de la copia de 1774. No sirve como segunda confirmación.

Fecha de la rectificación:

1892.

Sebastián observó.

Almarza había vuelto sobre una conclusión anterior y había reducido voluntariamente el número de testimonios que podía utilizar.

No estaba acumulando pruebas.

Estaba eliminando duplicaciones.

—Esto cambia cómo tenemos que leer el Cuaderno grande —dijo Sebastián.

Irene asintió.

—Las entradas que sobreviven tienen más valor cuando sabemos qué descartó.

El Cuaderno de Procedencias no era simplemente una colección de datos.

Era el resultado de un proceso de depuración.

Mauro cerró su libreta.

—Entonces cuando lleguemos al punto donde pierde la pista...

Sebastián terminó la idea.

—No significará necesariamente que dejara de encontrar noticias.

Mauro asintió.

—Dejó de encontrar noticias que pudiera demostrar.

Exactamente.

Eso explicaba cómo alguien podía aproximarse mucho a la historia de un objeto y aun así negarse a afirmar dónde estaba.

Almarza podía haber conocido rumores.

También cartas incompletas o nombres sin procedencia suficiente.

Si no podía establecer qué fuente sostenía una noticia, la dejaba fuera.

Su cadena terminaba donde terminaba la demostración.

No donde terminaban las posibilidades.

Sebastián se levantó y caminó hasta la ventana.

Durante meses había imaginado a Almarza frustrado por no haber encontrado el Códice.

Ahora lo veía de otra manera.

Quizá el mayor mérito del investigador no hubiera sido acercarse al manuscrito.

Había sabido detenerse.

Irene se acercó.

—Estás pensando demasiado.

—Estoy pensando que nosotros quizá no sepamos hacer lo mismo.

Ella tardó un instante.

—¿Detenernos?

—Sí.

Irene miró hacia la mesa.

—Yo llevo varios días pensando qué significa eso.

Sebastián la observó.

—¿Querés parar?

—No. Parar no siempre significa dejar de investigar.

—¿Entonces?

—Puede significar decidir que una localización no debe hacerse pública antes de que el documento esté protegido.

Sebastián miró el repertorio.

—Otra vez eso.

—Va a volver.

La cuestión no era menor.

Almarza había trabajado en un mundo donde una referencia podía tardar semanas en llegar a otra provincia.

Ellos podían fotografiar una signatura y distribuirla en segundos.

Una procedencia mal difundida podía aumentar el valor comercial de un documento antes de que una institución tuviera siquiera conocimiento de su importancia.

—También puede ayudar a identificarlo y protegerlo —dijo Sebastián.

—Sí.

—Entonces no hay una regla absoluta.

—Eso es lo que estoy diciendo.

Volvieron a la mesa.

Antes de terminar la consulta decidieron revisar las guardas y los últimos folios sin profundizar todavía en las referencias intermedias.

En la guarda posterior encontraron un índice de abreviaturas.

Algunas podían resolverse definitivamente:

S.M. — San Millán

V. — Valvanera

N. — Nájera

S.D. — Santo Domingo

Otras continuaban abiertas.

No aparecía Burgos.

Tampoco una abreviatura que pudiera identificarse con seguridad con esa ciudad.

Sebastián agradeció que fuera así.

No necesitaban adelantarse.

Al final del índice había una regla:

Las procedencias comprobadas pasan al cuaderno grande. Las dudosas quedan aquí hasta nueva noticia.

Mauro leyó.

—Entonces ya sabemos cómo se relacionan.

Sebastián asintió.

El repertorio era el espacio de prueba.

El Cuaderno grande registraba aquello que había superado ese filtro.

Debajo aparecía otra frase:

No copiar como cierta una relación solo porque coincida con otra.

Irene miró a Sebastián.

—Otra para publicar.

Él sonrió.

Llegaron a la última hoja escrita.

La posición no significaba que fuera necesariamente la anotación cronológicamente final, porque varias páginas anteriores tenían correcciones más tardías.

Pero la frase ocupaba sola la mitad superior:

Si la noticia del volumen es verdadera, deberá existir fuera de estas copias algún documento producido cuando todavía era reconocible.

Sebastián sintió un estremecimiento.

La lógica era clara.

Si el volumen había sido entregado como un objeto concreto, en algún momento debió producirse documentación nacida del contacto directo con él.

Una recepción.

Quizá un inventario contemporáneo.

Tal vez una certificación.

Almarza no quería seguir únicamente los ecos que las copias habían dejado.

Necesitaba llegar a una fuente producida cuando alguien todavía tenía delante el objeto.

Mauro señaló una última línea.

Buscar antes al responsable que al libro.

Sebastián no respondió inmediatamente.

La frase explicaba buena parte del repertorio de nombres.

Almarza no estaba construyendo una genealogía de propietarios.

Seguía a las personas porque una persona dejaba documentos.

Una entrega.

Una cuenta.

Una carta.

Un asiento notarial.

El nombre del libro podía desaparecer.

El responsable podía conducir hasta el registro que todavía lo describía.

Irene cerró el cuaderno.

Sebastián no sintió frustración.

Habían leído apenas una parte.

Pero ya sabían qué tenían.

El pequeño volumen no contenía la solución al misterio.

Conservaba el método que había permitido a Julián de Almarza avanzar sin convertir semejanzas en certezas.

Había registrado el origen de las noticias.

Había intentado distinguir fuentes dependientes.

Cuando una confirmación resultaba falsa, la eliminaba.

Y cuando una relación no podía demostrarse, la dejaba fuera.

Mauro se acercó.

—¿Mañana?

Sebastián miró los dos cuadernos.

Por primera vez desde las reorganizaciones del archivo, ambos estaban otra vez sobre una misma mesa.

—Los leemos uno contra el otro.

—¿Cómo?

—Cada procedencia aceptada en el Cuaderno grande tiene que poder reconstruirse desde las fuentes del repertorio.

Irene añadió:

—Y sin mejorar el grado de certeza que Almarza les dio.

Sebastián asintió.

—Sin mejorar a Almarza.

Antes de salir miró las dos cubiertas.

Una contenía aquello que el investigador había terminado aceptando.

La otra preservaba lo que había comparado, dudado o descartado.

Durante décadas habían quedado separadas por una clasificación archivística.

Ahora volvían a estar juntas.

Sebastián comprendió entonces que la pregunta ya no era únicamente hasta dónde había llegado Julián de Almarza.

Era otra.

En qué momento dejó de seguir rastros aislados y comprendió que las palabras, las copias y los nombres que aparecían dispersos podían formar parte de la memoria documental de un mismo volumen.

La respuesta tendría que surgir de aquellas páginas.

Pero solo si conseguían leerlas con la misma disciplina con la que habían sido escritas.