BLOQUE 3
Dedicaron el resto de la jornada a reconstruir completamente el ingreso de 1902.
No regresaron al Segundo Cuaderno.
Tampoco solicitaron todavía el pequeño repertorio.
Sebastián había aceptado que primero debían terminar la historia material del paquete.
La relación de Valvanera identificaba cinco componentes documentales.
Una nota añadía:
Los papeles llegaron envueltos en tela y atados, sin caja propia.
El envoltorio no se conservaba, al menos no con ninguna referencia conocida.
No había razones para esperar lo contrario.
Pero la anotación demostraba que las piezas habían llegado físicamente unidas.
No eran materiales relacionados retrospectivamente por temática.
Habían formado un paquete real.
Otra línea decía:
Sobre el exterior, indicación manuscrita: Papeles de D. J. de Almarza. Para archivo.
La persona que preparó el envío había utilizado una identificación sencilla.
No mencionaba el Códice.
Tampoco Berceo.
Ni siquiera las procedencias.
Solo:
Papeles de D. J. de Almarza. Para archivo.
Aquello explicaba parte de la dispersión posterior.
Mientras el nombre de Almarza tuvo significado para quienes organizaban el conjunto, la relación entre las piezas podía conservarse.
Cuando dejó de tenerlo, cada documento comenzó a clasificarse según su forma.
Las cartas fueron a correspondencia.
Las copias, a series auxiliares.
Los cuadernos siguieron caminos diferentes.
Sebastián observó la relación.
—No se perdió todo de una vez.
Irene negó.
—Se desarmó poco a poco.
—Sin que nadie intentara esconder nada.
—Exactamente.
La documentación lo demostraba.
No existía un archivista que hubiera intentado borrar la investigación.
Había decisiones sucesivas de ordenación.
Una anotación de 1911 resumía el cambio:
No siendo fondo constituido, distribúyase según materia.
Sebastián permaneció mirando.
Para Almarza, aquellas piezas formaban una investigación.
Para el archivo no constituían un fondo formal.
No existía obligación de preservarlas juntas.
Una decisión técnicamente razonable había terminado destruyendo el contexto intelectual del conjunto.
Irene señaló la paradoja.
—Almarza separó su investigación de los papeles familiares para conservarla junto a las fuentes.
—Y después el archivo volvió a separar la investigación.
—Con otro criterio.
No era una contradicción.
Era el efecto del tiempo.
Mauro volvió a la cuestión del cuaderno menor.
La descripción física era escasa:
cuaderno menor de notas y referencias, sin título.
En 1911:
cuaderno pequeño. Notas del investigador.
Después desaparecía de la serie.
No constaban dimensiones.
Tampoco color de cubierta.
Ni número de hojas.
La única pista real era:
Mantener con índice antiguo.
Sebastián siguió la clasificación.
El índice pertenecía a una antigua serie de instrumentos auxiliares.
Después de varias reorganizaciones, parte de aquellos materiales terminó bajo una denominación genérica:
Índices, repertorios y cuadernos auxiliares sin uso actual.
Mauro sonrió.
—Por fin.
Sebastián lo miró.
—¿Por fin qué?
—Una clasificación capaz de tragarse cualquier cosa.
La serie sobrevivía parcialmente.
No estaba descrita pieza por pieza.
Algunas unidades habían recibido nuevas signaturas.
Otras no.
Entre las entradas figuraba:
Repertorio manuscrito de referencias históricas. Siglo XIX. Autor no identificado.
Sebastián levantó la vista.
Nadie dijo nada.
Podía ser.
También podía no serlo.
Debajo había otro registro:
Índice de noticias de libros, entregas y antiguos fondos. Procedencia: archivo auxiliar.
Y otro:
Cuaderno de notas de investigador no identificado, con remisiones a inventarios antiguos.
Tres candidatos.
No uno.
La búsqueda no podía resolverse escogiendo el que sonara mejor.
Debían reconstruir cuál descendía de la clasificación de 1911.
Sebastián copió las tres referencias.
No sintió urgencia.
Podían esperar.
Antes de terminar, Irene volvió a la carta del 17 de octubre.
—Hay una frase que no quiero que perdamos.
—¿Cuál?
—“Algunas de las noticias utilizadas por el investigador procedían de documentos consultados aquí.”
Sebastián asintió.
Irene insistió:
—Dice algunas.
Mauro entendió.
Valvanera había sido una fuente.
No la fuente.
El Segundo Cuaderno reunía información de distintos lugares.
Por eso ni siquiera depositarlo junto a los documentos de Valvanera permitía verificarlo por completo.
Mauro preguntó:
—Entonces aunque encontremos todo lo que Almarza consultó acá, solo tendremos una rama.
—Sí —respondió Sebastián.
—Después habrá otros archivos.
Sebastián miró las hojas.
La estructura empezaba a hacerse visible.
La información se había copiado.
Después había sido distribuida.
Conservada en lugares diferentes.
Seguir cada rama podía convertir la investigación en algo enorme.
Todavía no sabían hasta dónde debían hacerlo.
Irene volvió a su advertencia:
—Por eso tenemos que pensar qué hacemos si esto funciona.
—Primero encontremos el repertorio.
—No hablo de mañana.
Sebastián esperó.
—Si ese cuaderno menor es realmente un índice de fuentes, puede conducirnos a archivos pequeños y a documentos que nadie ha relacionado todavía. Algunos estarán bien protegidos. Otros quizá no.
—¿Querés que no los sigamos?
—No. Quiero separar investigar de difundir.
La discusión seguía sin una respuesta definitiva.
Tal vez nunca la tuviera.
Al salir de la sala, Sebastián permaneció unos minutos junto a la ventana.
Habían ido a Valvanera buscando lo que Almarza había dejado allí.
Ahora comprendían que el Paquete C había sido algo más que un cuaderno acompañado por hojas.
Era una arquitectura de trabajo.
El Cuaderno de Procedencias contenía relaciones que Almarza había considerado suficientemente fuertes para continuar examinándolas.
Las hojas separadas explicaban referencias internas y preservaban fuentes todavía en discusión.
Los extractos conectaban la investigación con archivos diferentes.
La carta establecía cómo debía conservarse el conjunto.
Y el pequeño cuaderno parecía haber servido para recordar dónde había encontrado cada noticia.
El archivo había desarmado con el tiempo aquella arquitectura.
Ellos estaban tratando de reconstruirla.
A la mañana siguiente comenzaron por una tabla de equivalencias.
La referencia de 1911.
La reorganización posterior.
Una nueva clasificación.
Un traslado en los años sesenta.
Finalmente una signatura vigente.
De los tres candidatos, solo uno podía seguirse sin interrupciones hasta el antiguo:
Cuaderno pequeño. Notas del investigador.
Sebastián escribió la signatura.
No añadió ninguna conclusión.
El objeto fue solicitado.
Cuando llegó, venía dentro de una caja estrecha.
Irene se acercó primero.
En su interior había un cuaderno pequeño.
Cubiertas oscuras.
Sin título exterior.
Sin nombre de autor.
Mauro contuvo el aire.
Sebastián no se movió.
Una etiqueta antigua sobrevivía cerca del borde:
Repertorio de referencias.
Debajo, escrito a lápiz mucho tiempo después:
Autor desconocido.
Sebastián observó el objeto.
El segundo cuaderno pequeño recibido con los papeles de Almarza en 1902 acababa de reaparecer bajo una descripción que había perdido su nombre.
Pero todavía faltaba demostrarlo desde dentro.
Irene colocó el soporte.
—Primero la encuadernación.
Mauro la miró.
—¿Ahora?
Irene negó.
—Mañana.
Sebastián no protestó.
Por primera vez no necesitaba abrir un cuaderno para sentir que habían encontrado algo importante.
Porque aquel pequeño volumen no prometía una respuesta.
Prometía algo quizá más útil.
El mapa documental que Julián de Almarza había utilizado para buscarla.