El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
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A la mañana siguiente solicitaron la caja señalada por el inventario.

Contenía diecinueve cartas.

La mayoría no tenía relación con Almarza.

Sebastián leyó remitentes.

Irene comprobó fechas.

Mauro cotejó las referencias antiguas con las fichas de 1911.

La decimocuarta carta tenía una hoja protectora añadida mucho después.

Sobre ella alguien había escrito:

Acompañaba papeles del investigador Almarza.

Nadie habló.

La fecha figuraba en el exterior.

17 de octubre de 1902.

La misma asociada a la salida del Paquete C.

Irene colocó correctamente el documento antes de abrirlo.

La carta no podía estar escrita por Almarza.

Había muerto ocho años antes.

La firma pertenecía a otra persona.

El nombre estaba parcialmente deteriorado.

Sebastián no intentó completarlo.

Primero leyó.

La carta explicaba que los papeles habían pertenecido a don Julián de Almarza y que se remitían conforme a instrucciones dejadas por él y conocidas por su familia.

Después:

El cuaderno contiene relaciones de procedencia tomadas de archivos diversos y no debe entenderse como propiedad de esta casa ni de la familia del difunto, sino como material de estudio confiado para su conservación y consulta.

Sebastián levantó los ojos.

Custodia.

Otra vez.

Ni siquiera el propio Cuaderno debía confundirse con una transferencia de propiedad.

Continuó:

Se acompañan las hojas que el señor Almarza señaló como necesarias para comprender las abreviaturas y referencias del cuaderno.

Ahí estaban las hojas 48 y 49.

También los extractos y reproducciones.

La carta demostraba que la unidad intelectual había llegado completa.

Entonces apareció la frase que resolvía una pregunta abierta desde el final del tomo anterior:

Se ha elegido este monasterio porque algunas de las noticias utilizadas por el investigador procedían de documentos consultados aquí o de copias conservadas durante años en esta casa.

Sebastián permaneció inmóvil.

Irene dejó de escribir.

Mauro apoyó el lápiz.

Valvanera no había sido escogida para esconder el Cuaderno.

Tampoco porque formara parte de una organización destinada a custodiar el Códice.

Había sido elegida por una razón documental.

Algunas de las fuentes que Almarza había utilizado para construir su investigación estaban allí.

Dejar el Cuaderno en Valvanera permitía que otros comprobaran sus afirmaciones.

La carta continuaba:

Si alguna relación no pudiera cotejarse con los papeles de esta casa, deberá conservarse como noticia pendiente y no como procedencia demostrada.

Irene miró a Sebastián.

—Hasta después de muerto siguió poniendo límites.

Sebastián no sonrió.

Había comprendido otra cosa.

Si varias fuentes de Almarza habían procedido de Valvanera, entonces localizar el Cuaderno no bastaba.

Necesitaban identificar esas fuentes.

Y descubrir cuáles continuaban existiendo.

Mauro dio vuelta la carta.

En el reverso había una anotación archivística posterior:

Comprobadas varias referencias. Otras no localizadas.

Sin fecha.

Sin firma.

Sebastián se acercó.

—Alguien intentó cotejarlo.

Irene asintió.

Eso no significaba que esa persona hubiera continuado la búsqueda del Códice.

Podía tratarse de una simple revisión archivística.

Pero introducía otra capa dentro de la historia del Cuaderno.

Debajo aparecía una anotación distinta:

Los papeles correspondientes se hallan bajo referencia antigua.

Y una signatura.

No era la del Cuaderno.

Tampoco la de las hojas 48 y 49.

Era otra.

Mauro miró a Sebastián.

—¿La pedimos?

Unos días antes lo habría hecho sin dudar.

Sebastián observó la referencia.

No sabía de qué época era.

Tampoco qué clasificación describía.

—Primero averiguamos qué significa.

Irene lo miró.

—Bien.

Mauro negó con una sonrisa.

—Esto se está poniendo preocupante.

Sebastián volvió a la carta.

Habían seguido los papeles de Julián de Almarza para reconstruir la unidad que el archivo había dispersado.

Ahora podían hacerlo.

El conjunto enviado en 1902 había llegado completo.

El Cuaderno.

Las hojas necesarias para interpretarlo.

Los extractos.

La carta que explicaba su depósito.

Después el archivo los había distribuido de acuerdo con sus propias categorías.

No había conspiración.

No había ocultamiento.

Había décadas de trabajo archivístico realizado con criterios diferentes.

Pero la carta había abierto algo más importante.

Almarza eligió Valvanera porque allí se conservaban documentos que habían servido para corregir su investigación.

Eso significaba que el monasterio no era solamente el lugar donde su trabajo había terminado.

Había sido también uno de los lugares desde donde ese trabajo se había construido.

Sebastián cerró su libreta.

No volvió a abrir el Segundo Cuaderno.

Todavía no.

La siguiente pregunta estaba en el reverso de la carta.

Una signatura antigua.

Y antes de pedir aquello que pudiera encontrarse detrás de ella, tenían que saber qué había significado.

Porque después de todo lo aprendido, una referencia archivística no era todavía un documento.

Era apenas la promesa de que podía existir uno.